Como Lucía se ha dejado caer por tierras italianas he recordado un mediodía con Carlitos, J. y ella hace un par de septiembres en un bar enfrente de la facultad. Hablábamos de la palabra “morbo”, ese concepto que todos tenemos en el imaginario pero nadie sabe definir.
Me he dado cuenta investigando un poco por la red de lo propio del español que es ese término. Morbo, morboso, ese algo-sin-nombre que provocan ciertas personas y sus actitudes que estimulan un área del ser humano no situada ni en el corazón ni en la cabeza sino más bien en algún punto debajo de la piel. Cuando se trata de definir “qué tiene esa persona que no sé lo que es” alguien dice “mucho morbo” y todos asienten tranquilos por haberle puesto nombre a eso que sienten. En realidad es una mentira piadosa, porque es sólo vestir con palabras algo indefinible.
En italiano no logro definir lo que significa, lo más aproximado sería “affascino”, fascinación, pero no es exactamente eso. Carlos se acercó a la definición más precisa diciendo que el morbo era “la promesa de algo que puede llegar a pasar”. Tal vez.
Lo que yo siento cuando veo piel ilegal, una estudiante en clase que descuidadamente se quita un zapato y acaricia el suelo con la planta del pie desnuda, un mechón de pelo cayendo en el momento preciso, una caricia en un sitio inédito por parte de quien no debe hacerla (en el codo, en el tobillo, en la espalda), la manera de caminar apoyando el peso en las caderas, una chica estudiando en la biblioteca acariciándose distraidamente el labio superior con las yemas de los dedos…
Me turba ese descontrol del pensamiento confuso que te provoca la sensación morbosa, que eriza el pelo y no sabes señalar en que punto del cuerpo está actuando, y acabas haciendo un movimiento vago con las manos para intentar encontrarlo. Me encanta esa turbación…