euforia. (Del griego, fuerza para llevar o soportar).
1. f. Capacidad para soportar el dolor y las adversidades.
2. f. Sensación de bienestar, resultado de una perfecta salud o de la administración de medicamentos o drogas.
3. f. Estado de ánimo propenso al optimismo.
Melonian me dejó un comentario muy interesante en el post anterior. Dice, literalmente: “De la más impoluta miseria hasta la más flipante de las euforias sálo hay un par de caricias“. Dificilmente se puede decir una verdad tan grande en tan pocas palabras.
Últimamente la euforia es una palabra que ronda mi cabeza. Me la trajo la pequeña bailarina que me calienta el corazón aquí en Bologna, que hace algunos días me dijo algo así como que en ciertas situaciones es necesaria esa euforia extrema para poder creerte que puedes con todo.
En esta ciudad el pesimismo ha sido una constante durante los últimos nueve meses y ni siquiera sensaciones tan arrebatadoras como el descubrimiento, la piel de gallina o la taquicardia me han despejado los nubarrones negros del cerebro.
Continuamente escuchamos advertencias contra la euforia, no hay que dejarse llevar por ella, hay que tener los pies en la tierra, hay que ser prudente… y cuando conviertes ese mecanismo, che comunque per me è importante in questo periodo, en tu rueda de molino acabas congelando la sonrisa cuando tu equipo gana la Champions por el pensamiento maléfico que te ataca diciéndote “el año que viene nos darán bien en la primera ronda y seremos unos fracasados”. Es una rendición absoluta al esclavo que cuando portaba la corona de laurel al César le susurraba al oído “memento mori (recuerda que eres mortal)”.
La pregunta es ésta: ¿el esclavo tenía razón? Posiblemente sí, pero tal vez el que tenía razón era Bowie cuando decía “we could be heroes, just for one day”, tal vez debería quitarle el tapón a la euforia y dejarla escapar y creerme héroe por un día o tal vez, por qué no, inmortal, y que puedo con todo y que me comeré el mundo como creí comérmelo una vez.
De lo contrario puede ser que un día alguna persona a la que quiero me mire a los ojos y me diga, con razón, que mi negación de la euforia, mi estado pesimista como razón de ser, la ha dejado abandonada. Y en ese caso la rueda de molino se para.
Y como dijo el cuervo, “nunca más”.