Le cittàcappio
Lo podríamos traducir como las “ciudad-soga”, esos lugares que a veces parece que se enroscan en el cuello de sus hijos y les aprietan la garganta hasta que extraen el último aliento.
Massi, mi compañero de piso y además buen amigo (y mejor cocinero), me ha sorprendido gratamente con un comentario que ha dejado en el post anterior. No sabe una palabra de español (excepto “joder”, “me cago en la leche”, “tus muertos” y “el coche fantástico”, todas expresiones aprendidas jugando a la Play Station) pero tenía ganas de contar lo que ha sentido cuando después de tres meses ha vuelto a pisar su pueblo natal, de camino de regreso a Bologna. Lo he traducido y aquí lo dejo.
“Morrisey suena en el estereo. Su voz es terriblemente molesta, no sé por qué no me había dado cuenta antes. Hoy es uno de esos días. El tiempo está estúpidamente gris: es difícil hacer venir a la cabeza alguna idea buena. Acabo de llegar en coche desde Lecce.
A lo largo de la carretera de vuelta he salido varias veces de la autopista por culpa del metano y he pasado por muchos pueblecillos meridionales a los que les daba el animoso nombre de desasosegantes. Después he llegado a mi propio pueblecillo, Falconara Maritima, y lo he contemplado con los ojos del que llega de fuera, con los ojos de uno que observa, quiero decir, y así he visto mi desasosegante personal, y yo como uno de sus hijos.
¿Cuantos pueblos-soga existirán en Italia, en el Mundo? Cuantos son sus hijos? ¿Hasta qué punto serán desconsideradas las acciones que ellos, los hijos, ejecutarán en el intento de dar por lo menos un paso adelante? ¿Quién derramará al menos una lágrima por ellos?
Ha llegado el otoño en esta ciudad y todo sigue inmóvil. Desde la ventana veo el mar hincharse y el cielo cerrarse amenazador. Ha llegado de nuevo el otoño.”