…Y cada verso es un jirón de piel
Lunes, 3 de Octubre de 2005Al menos así lo cantaba Victor Manuel hace ya algún tiempo. En mi aún corta existencia dentro de la llamada blogosfera, si he “conocido” a alguien que sienta de verdad un libro como un ser viviente, con vísceras, sangre, piel, órganos, que respira y late, esa es Cristina, mi querida Baronesa de Munchausen, responsable del blog Espacio sobre Literatura. En su último post le hace un maravilloso canto al hecho de leer en cualquier parte, toda una apología de llevar siempre un libro encima, como el que lleva la ropa interior (es decir, puede ser que algún día no la lleves, pero en general la tendrás encima), una señora defensa del libro como salvador heróico en colas, salas de espera y medios de transporte.
Leyendo su maravilloso artículo he recordado dos momentos concretos de mi vida relacionados con llevar un libro siempre encima. Uno de ellos me ocurrió justo el día antes de coger el avión para volver a Bologna después de Navidad. Tenía un stress terrible encima, ya sabéis como va esto, solucionar papeles, hacer fotocopias, cumplir con compromisos… salí de casa por la mañana a todo correr y me lancé en busca de un taxi que me llevara a la facultad para hacer una visita de compromiso al director de departamento. El taxi no aparecía, ninguno en la parada, y yo miraba compulsivamente el reloj, cada vez más ansioso, cada vez más agobiado. Entonces me paré. Me paré y me metí en el primer bar que vi. Pedí el desayuno más copioso que se me ocurrió y saqué de mi bolso Cosmética del Enemigo de Ameliè Northomb. Y no me levanté de la mesa hasta que lo terminé. Y que le vayan dando al mundo.
La segunda historia tuvo lugar en la sala de espera de la consulta de un médico. Yo esperaba leyendo Soldados de Salamina cuando una señora muy anciana me dijo tímidamente “¿te importa que vea lo que estás leyendo?”. Claro que no me importaba. “Ah, que libro tan bonito, es precioso, me encantó. Ya no me acuerdo de él, tengo muy mala memoria. Pero recuerdo que me encantó”. Sonreí. “Es que siempre he leído mucho, ¿sabes? Yo es que fui bibliotecaria en Tanger…”. Cerré el libro. “Cuénteme más, se lo ruego”.
Sé que adoras los libros, Cris, pero dime, ¿no lo hubieras cerrado tú también?