Aunque no estoy convencido de que sean pecados todos ellos. Pero en menor o mayor medida, de alguna forma sí están presentes.
Pereza: Siempre fue mi pecado por definición, procrastinare, ¿os acordáis? El sentirme ahogado por “todo lo que tengo que hacer” y aún así dejarme llevar por la pereza. Ahora las cosas han cambiado y es el no hacer nada lo que me da pereza, y angustia, tanta que los días se han convertido en una sucesión de tiempos rellenos de acciones. No hacer nada, desgraciadamente, ya no es una opción.
Gula: Se fue, se marchó con muchas otras ganas incontrolables, y solo regresa en la soledad del insomnio de madrugada, casi como en los tebeos de Mortadelo, en forma de muslos de pollo que flotan delante de mis ojos.
Envidia: La de los besos que veo y que no son para mí, la de las sonrisas que se regalan los enamorados, la de mi mismo hace un tiempo, la de mí mismo dentro de un tiempo. La del verano en Buenos Aires.
Avaricia: Reducir al mínimo, desprenderse de casi todo, renunciar a la posesión, al “esto es mío”, sentir que lo que regalas, o prestas indefinidamente, es como una huella que dejas de ti en otra parte, en otro tiempo, donde alguien dirá “esto me lo dejó Fanshawe una vez…”.
Soberbia: Ahí sigue, esperando aplausos, creyendo aún que estás predestinado a salvar el mundo y, mientras tanto, te entrenas salvando a los que tienes a tu alrededor. Creerse indispensable, aunque lo indispensable sea sentir que eres indispensable, y no serlo propiamente dicho.
Lujuria: Matizada, dulcificada, abandonándose en las cosas más pequeñas, y abriendo la manga, por qué no. Pero la ceguera de la lujuria sin control deja tales escombros que todavía no me he animado a liberarla, así que solo la sueño, la imagino, la escribo… y el voyeurismo, que sigue perteneciéndome.
Ira: Demasiada. Concentrada dentro, bajo las vísceras. Descargada en soledad. Devorándome…