Cuando los secretos no me dejan dormir
Muchos domingos por la noche pago en sueño la pereza de levantarme a una hora más o menos decente. El lunes por la mañana madrugo para trabajar y siempre, sin fallar ni un día, acaba cogiéndome el toro del descanso en forma de película, de libro o de bitácora envuelta de humo.
No puedo dormir porque pienso en comida, a pesar de haber cenado dos veces, y me entra el hambre del que sabe que no hay nevera que la vaya a calmar.
No puedo dormir por las pequeñas cosas procrastinadas, por no hacer deporte, por seguir fumando demasiado, por el dolor de espalda, por la lágrima de sueño que se me forma en el ojo izquierdo.
No puedo dormir por no haber hecho el amor, por no hacerlo desde hace tanto tiempo, por no hacer, por no amor, por el frío intenso que se acumula en todos los sitios que no están debajo de mi edredón.
No puedo dormir por la reconstrucción permanente, por el sube y baja de cada día, por no resolver ni poner en fila las ideas, por no tener un plan más allá de la semana que viene, por la última concesión a la pereza, que es mi propio sueño.
Pero sobre todo no puedo dormir por los secretos, los dos o tres secretos que anidan en mi cabeza. Por aquello que no le conté ni a mi espejo, por dos pequeñas mentiras que giran para demostrar quien sabe qué cosa. Recuerdo aquella novia que tuve que creó un amor del pasado que incluso le escribía cartas, a pesar de que jamás salió de su propia cabeza. No puedo dormir por la mujer que tengo atravesada en los ojos, como dijo Galeano, y como dijo él también, no puedo decirle que se marche porque tengo una mujer atravesada en la garganta. No puedo dormir por quien quiere amarme y se encuentra corazas y paredes de acero, no puedo dormir por las cartas que aún no han respondido, por el anonimato, por los ojos tristes de mis amigos, por el quedar bien y por el no quedar bien. No puedo dormir por el protocolo, por el rellenar huecos de tiempo, por decir un par de verdades y no estar demasiado convencido de que sean verdad.
Pero sobre todo no puedo dormir por el secreto de aquello que hice y no cuento, de aquello que siento y no cuento, de aquello que acabo de desear y no cuento…
El lunes por la noche suelo dormir bien.
23 de Enero, 2006 - 5:53
Suerte usted que no puede dormir los Lunes noche: yo no puedo dormir los lunes, tampoco los martes, ¡y ya puestos!: ¿Para qué el miercoles?, el jueves no quiere ser menos, el viernes no quiere quedarse solo, el sabado “culo veo, culo deseo” y va el domingo, que iba de independiente, y resulta que se apunta.
Usted al menos, disfrute del Tiber y del Coliseo.
Un saludo.
23 de Enero, 2006 - 9:21
Pues yo sí duermo… pero últimamente, cuando no viene algún amigo borracho a despertarme, me traicionan los sueños.
23 de Enero, 2006 - 9:23
Lástima las cartas sin responder, esperaba encontrarme una sorpresa esta mañana…
23 de Enero, 2006 - 9:24
En la antiguedad, cuando alguien quería que un secreto permaneciera oculto para siempre, subía a una montaña, hacía un agujero en el tronco de un árbol, surruraba el secreto en su interior y lo tapaba con barro…
23 de Enero, 2006 - 10:40
Somos todos asquerosamente iguales, o maravillosamente iguales?
23 de Enero, 2006 - 11:35
Que bonito escribes, cabrón. Aunque se me funda el alma leyendote. Ven… debajo de mi aleta hay calma. Duerme mientras yo sonrio.
23 de Enero, 2006 - 13:07
Putain! Une huître insomniaque! C’est quand même sordide!
23 de Enero, 2006 - 14:24
Ya sabes que a mi lo que me salva es saber que en esas horas largas de la madrugada, no todos duermen. Y a cerca de los secretos, no hace falta que se los cuentes a nadie, siempre que no sean esa clase de secretos que uno se oculta a sí mismo
23 de Enero, 2006 - 14:45
ah, eso es lo que tiene la sobreexplotación laboral y personal, los secretos, los desamores, el mundo en contra no pueden hacer nada para que yo no duerma.
Incluso las pocas veces que me acojo al derecho de dormir en el sofá porque no quiero compartir la cama duermo de mal humor, con miedo y recelo, pero duermo como un cabrón porque simplemente no puedo más y mi sistema operativo da más pantallazos azules de los que debería.
Algún día tendré que probar el insomnio para poder pensar en mi y en los horribles secretos y mentiras que guardo en mi recámara…
salud amicci
23 de Enero, 2006 - 21:11
Maravillosamente iguales, Whitmore. Compartir algo con alguien que te gusta lo alivia, sobre todo si se trata de un error.
23 de Enero, 2006 - 23:24
Pinche cuanto quiera en mi página que será siempre bien venido. No sabía el lugar exacto de la “bota” en el que usted había ido a parar, disculpe el despiste y gracias por el comentario.
(P.D.: le he tomado un enlace prestado para mi última entrada, espero que no le importe, pero que se promocione este sitio es lo que ambos queremos).
Un saludo.
24 de Enero, 2006 - 10:22
Mi amiga no entraba jamás a un cementerio porque le aterrorizaban los muertos. Yo solía decirle que los muertos son abono y me daban más miedo los vivos y de ellos yo en particular que soy mi peor enemigo como lo es usted de sí mismo caballero.
¿Es peor no poder dormir o morirse de sueño y no querer dormir por miedo a soñar?
24 de Enero, 2006 - 12:17
En general preferiría dormir, sin más. El problema es el “pensamiento en cadena”.
Pero no es demasiado grave. Lo de la procrastinación igual sí que lo es…
20 de Febrero, 2006 - 16:15
Voy leyendo aqui y allá, sin rumbo por este mapa tuyo y de vez en cuando, supero la verguenza de ser una extraña y me lanzo a escribir algo. Me gustan tus palabras y también las de todos los que te acompañan. Resulta agradable saber que somos muchos los insomnes. A veces intento darme explicaciones peregrinas, tipo los biorritmos (la química acude en mi ayuda) para no tener que aceptar que en realidad es la melancolía y la tristeza que me esperan agazapadas entre mis sábanas cada noche, las que me dan las horas de desvelo.
21 de Febrero, 2006 - 8:19
Bienvenida milady. Póngase cómoda… ¿un té?
21 de Febrero, 2006 - 15:46
Tomaré el te con vos, aun a riesgo de ser Milady de Winter y vos DArtagnan, y terminar perdiendo mi cabeza en el Lys