La sonrisa por defensa
Miércoles, 8 de Febrero de 2006Hay una pequeñaja francesa que siempre que entra en el Paleotti mete un rayo de sol entre tanto ordenador.
Se llama Emmanuelle, es parisina, hija de francés e italiana. Tiene un pelo larguísimo rojo fuego y muchas muchas pecas. Anda muy despacito, siempre vestida con mucha ropa superpuesta, a veces con dos trenzas, como en los comics de Asterix, a veces con un moño. Y sonriendo. Siempre sonriendo. Con una hilera de dientes blanquísimos perfectos que sobresalen de un labio superior en punta.
Cada vez que aparece, aunque sea las nueve de la mañana, todos, Barbara con su mal humor de las 9, Marco con sus bromas, Salva reflexivo, yo siempre medio dormido, todos nos paramos a mirarla y a impregnarnos de la luz que lleva consigo. Emmanuelle es una joyita que nos alegra los corazones siempre que nos regala su presencia.
Un día le dije, tomándole el pelo, que qué era eso de marcharse de la sala de ordenadores sin pasarse a saludarme. Desde entonces siempre que llega o se va se da uno de sus paseitos, piano pianino, hacia donde estoy yo para darme un beso y decirme hasta luego.
Ayer pasó, como siempre, a saludarme y yo, como siempre, le dije “come va, piccola?”, y sin dejar de sonreír movió las manos como diciendo “así así”. “¿Por qué, qué te pasa?”. “Cosas duras en mi familia”. “¿Quieres contármelas?”. “No mucho… mi primo quiere suicidarse. Y estoy enfadada con mi padre porque creo que es culpa suya”.
Se me heló la sangre. Allí estaba, delante de mí, pequeña, sonriente, soltando una bomba de tales proporciones. Allí estaba diciendo en una frase que en este momento mis jaleos eran una gilipollez considerable, y mis malas caras, y mi cansancio, allí estaba Emmanuelle luminosa como siempre contándome problemas antes de los 20 años que yo, cerca de los treinta, no creo que supiera afrontar.
Dije: “Salgo a las tres y media, ¿quieres que tomemos un café luego?”. Y ella contestó: “No, voy a ir un ratito a casa de una amiga”. Me guiño un ojo y llenó su cara con esa sonrisa enorme, inmensa, inabarcable que tiene. “Es que ha hecho una tarta”.
Luego se giró y se marchó, despacito despacito, con su melena roja suelta sobre los hombros, dejando tras de sí un rastro de sol, luz y calor…