Solitario
Es un tipo extraño. Viene todos los días pero aún no he averiguado cómo se llama. Lleva el pelo a lo afro y camina como si fuera Will Smith en los primeros capítulos del Príncipe de Bel-Air. Te saluda desde la lejanía con los brazos en alto, y le falta decir Hey man! Whasssup!. Guiña el ojo mientras hace el gesto de una pistola con los dedos, chasquea la lengua, mueve la cabeza arriba y abajo como poseído por una música que sólo escucha él. Es altísimo, pero siempre baja el asiento hasta el mínimo y se engurruña sobre su propio cuerpo mientras teclea mirando hacia arriba. Siempre que paso por delante de su ordenador está jugando al solitario.
Ella tiene una mueca perpetua de desagrado en la boca, y se le adivina un bigote oscuro. Lleva siempre encima un libro muy grueso, un manual de esos voluminosos de derecho constitucional. A veces la veo pasear de aquí y allá sin un rumbo fijo, se acerca a la máquina de café pero no mete ninguna moneda, mira por la ventana del patio interior, clava los ojos en la pantalla del móvil. Siempre que paso por detrás de su ordenador tiene el libro cerrado a un lado y decenas de folios de apuntes desperdigados a su alrededor. Siempre que paso está jugando al solitario.
Mariella es tan espectacular a sus diecinueve años que nadie se queda indiferente cuando entra en el Paleotti. Mantiene una sonrisa beatífica en la cara, apenas se maquilla o se arregla, pero es una de estas chicas que, independientemente de lo que se ponga, parece preparada para salir en las páginas centrales de la Maxim o la GQ. Llega sobre las dos, justo después de comer, y se queda hasta la hora del cierre. Dice que viene a estudiar, economía de Latinoamérica, aunque siempre que paso cerca de ella la veo jugando al solitario. Todos los días.
Tiziana llega con el tiempo justo después de una jornada agotadora de trabajo, apenas una hora antes del cierre. Me gustan sus pómulos, marcadísimos como los de Marlene Dietrich, y siempre pasa a saludarme, con una cara que va entre lo desafiante y la timidez más extrema. Siempre me dice: aquí vengo, a controlar el correo. Es de las últimas en marcharse. Cuando paso delante de ella camino del vestuario para cambiarme me fijo como cierra el solitario.
Luigi llega siempre cinco minutos antes que yo cuando hago el turno de mañana y se marcha cinco minutos más tarde cuando hago el turno de tarde. Siempre lleva la misma ropa y su olor denota que es poco amigo del agua. Trae un portátil consigo y trabaja contemporáneamente con su ordenador y con el de la sala. Trece horas al día. Todos los días, de lunes a sábado. Una noche regresé a casa y le vi entrar en el Ciber que hay bajo mi portal. Todavía le quedaba mucho por hacer al parecer. Sólo le he visto hablar con otro tipo dentro del Paleotti, un señor extraño que siempre que paso delante de su ordenador está viendo vídeos de Tori Spelling. O jugando al solitario.
Isabella volvió a Bologna huyendo de los Estados Unidos y de su marido, y de una vida que odiaba, dejando detrás su casa, sus amigos y a sus hijas. Está obsesionada con la conspiración y con que la vigilan, de vez en cuando viene a preguntarme si es posible que alguien, mediante control remoto, le borre los textos que escribe. Siempre me habla de usted, aunque yo hace tiempo que le hablo de tú, y de vez en cuando se para a contarme cómo era Bologna antes de que ella se marchase. No encuentra trabajo. Huele a casa cerrada desde hace mucho.
Pasquale trabaja conmigo y a veces se sienta a mi lado mientras escribo delante del PC, en silencio, simplemente para estar cerca de alguien. Le ha llamado la atención Isabella, con ese pelo blanco tan largo y esa ropa gastada, y esa bicicleta cascada que aparca en la puerta. Pasquale no sabe manejar un ordenador, pasó veinte años encima de un tractor en Puglia, hasta que su mujer le rompió el corazón y se refugió en el cariño de su hija, en Bologna. Me cuenta que está mal, que quiere una compañera con la que reírse, bromear, coger por los hombros cuando va caminando por la calle. Lleva un par de meses intentando conocer a Isabella, pero es terriblemente tímido.
Esta mañana se acercó a mi mesa con los ojos brillantes como un adolescente y me dijo: me ha dicho que tiene que podar un árbol del jardín de su edificio, que si puedo echarle una mano. Y luego baja la voz y me dice en confianza que mala es la soledad, Alberto. Que mala.
13 de Marzo, 2006 - 21:48
Malísima. Y lo deja a uno todo revuelto por dentro.
14 de Marzo, 2006 - 9:39
Paso unas diez horas diarias completamente sola en una habitación de unos 20 metros cuadrados. Hay espacio, pero la ventana da a un frío patio de luces. Me acompaña permanentemente el zumbido de los ordenadores. Por fortuna, existe la hora del café… y también, por fortuna, existe internet, gracias a la cual para mí esta soledad física no es auténtica soledad.
PD: Y no hago el solitario, porque no tengo Windows. Si no, va savoir…
14 de Marzo, 2006 - 9:40
Fansssss tienes que actualizar el link del CPI!!
14 de Marzo, 2006 - 10:35
estupendo el post de hoy. me dan ganas de abrazarme perdido en la inmensidad de mi despacho.
14 de Marzo, 2006 - 11:18
Supongo. Imagino que si, no se… de verdad que no lo se. A veces creo…
Hace a~nos que deje los solitarios, pero a veces creo que uso mi pagina (blog) para lo mismo, para cubrir mi tiempo yo solo. De todos modos esta ma~nana, antes de leerte, cuando me vestia para venir a la biblioteca, he descubierto un par de cosas sobre mi y sobre mi vida. Redescubri para que habia venido aqui (a parte de para perder las e~nes y los acentos, me cagoentooo). Te agradezco los animos, pero creo que ciertamente esa despedida a sido lo mejor que podia pasarme aqui. Ella me ense~no muchisimo y me hizo pensar otro tanto, pero estaba tan agusto que queria estancarme en ella. Y no, mi lema para venir es: “adelante”, y eso creo que es lo que quiero. Casi parece que tu post sea una parte de lo que me rondaba mi cabeza estos dias.
Perdona la intrusion, gracias por tu comentario y espero que tus lectores-amigos no se molesten por mis monologos. Un abrazo.
14 de Marzo, 2006 - 12:16
yo me paso mas tiempo sola aqui que alli, pero no me siento asi de sola. Ahora tengo que regresar, y me aterra la posibilidad de volver a la soledad, en medio de tantas personas. Menos mal que seguire teniendo acceso a internet.
14 de Marzo, 2006 - 12:20
yo me paso mas tiempo sola aqui que alli, pero no me siento asi de sola. Ahora tengo que regresar, y me aterra la posibilidad de volver a la soledad, en medio de tantas personas. Menos mal que seguire teniendo acceso a internet.
14 de Marzo, 2006 - 15:28
Queria darte un abrazo desde sevilla.
14 de Marzo, 2006 - 19:22
Al principio me pierdo en la soledad, pero despues me doy cuenta que la necesito para encontrarme.
14 de Marzo, 2006 - 21:29
.No dejo de pensar después de leerte, lo difícil que a otras personas les resulta encontrar un ratito de soledad.
Lo cierto es que no hay nada peor que la soledad no deseada.
18 de Marzo, 2006 - 12:34
magnífica escritura.
(otis no se equivoca al recomendarte)
18 de Marzo, 2006 - 14:04
Uy… pini… que honor…
21 de Marzo, 2006 - 11:08
muy bueno, si señor……
26 de Marzo, 2006 - 11:53
No sé si ya te lo he dicho, pero esto que escribiste me dejó realmente impresionada. Sí te prometí que te respondería, y he cumplido mi palabra.
He vuelto. O eso creo.