Archivo de Abril de 2006

Sexy

Sábado, 8 de Abril de 2006

Aprovechando el fin de semana sigo publicando enlacillos. En este caso a la página de Arthur de Pins , que me llega a través de Rodivi.

¿No es una delicia?

(Brrr, por qué no sabré francés…)

Khalo

Viernes, 7 de Abril de 2006

Ya que recomendamos.

Khalo genera mucha fascinación alrededor. No la comparto. Pero aprendo muchísimo de ella. Ella, claro, no sabe nada, me dedico a husmear pos sus casas sin decir ni mu. Pero con ella aprendo a mirar, a leer y, sobre todo a escuchar. Tampoco sabe que en mi carpeta “Mi música” he creado recopilaciones con su nombre.

Dadanoias, cuando me siento psicodélico.

Motel de Moka, cuando me siento original.

Ternura porno, cuando me siento yo mismo. Este último me asusta, de cuanto se parece a mí.

Mirando a la luna

Viernes, 7 de Abril de 2006

… y a las criaturas fantásticas que la pueblan.

Yhebra nos hace de guía. No dejéis de entrar.

Cuéntame ya esa historia

Viernes, 7 de Abril de 2006

De acuerdo. Esa historia. La historia de la muñeca… Estamos en el último año de la vida de Kafka, que se ha enamorado de Dora Diamant, una chica polaca de diecinueve o veinte años de familia hasídica que se ha fugado de casa y ahora vive en Berlín.

Todas las tardes Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora lo acompaña. Un día, se encuentra con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. “Tu muñeca ha salido de viaje”, le dice. “¿Y tú cómo lo sabes?”, le pregunta la niña. “Porque me ha escrito una carta”, responde Kafka. La niña parece recelosa. “¿Tienes ahí la carta?”, pregunta ella. “No, lo siento”, dice él, “me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo.” Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar. ¿Es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad?
(…)
Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomarla la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir otra cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así?
(…)
Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.

Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen esas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir.

Paul Auster : Brooklyn Follies

Si una noche de primavera un viajero…

Martes, 4 de Abril de 2006

Desde hace una temporada, muy a mi pesar, me veo obligado a confesar que no me gusta viajar. El acto del viaje, en los dos últimos años, se ha convertido en una pesadilla kafkiana a veces, en una indiferencia gris otras veces, en una obligación ineludible la mayor parte del tiempo.

Lejos me quedan en el tiempo aquellos días de hambre de mundo y de otros aires diferentes al que respiro. Hace dos años abandoné Sevilla rumbo a Bologna con la inquietud de la duda clavada en el cuerpo. Desde entonces cada viaje ha sido un suplicio en mayor o menor medida. Mi cuerpo se estremece al recordar el trayecto nevado acosado por las dudas hacia Perugia, la culpa hacia Venecia, el miedo hacia Liguria, la soledad hacia Salzburgo, la incertidumbre en cada regreso a Sevilla. Viajar ha perdido el sentido hermoso del Doctor Doolittle para coger el tenebroso de Macon Leary, el protagonista de El turista accidental, que escribía guías para viajeros donde enseñaba cómo hacer terminar el viaje lo más rápidamente posible.

Este viaje ha sido diferente. Ha vuelto a ser un viaje en el sentido más gozoso de la palabra. Cogí un tren a las cinco y media de la mañana con los ojos semicerrados y un libro bajo el brazo. La niebla cubría Milán cuando hice el cambio, pero el sol de primavera se ha puesto cabezota y ha ganado la partida cuando el tren se ha puesto en marcha hacia Suiza, a eso de las nueve. Gradualmente el paisaje se ha transformado ante mis ojos, así como las caras de mis acompañantes y las voces de megafonía, que en un momento dado cambiaron de orden, y donde antes estaba el italiano ahora entraba el alemán. Las casas modificaban su fisonomía y la nieve compartía espacio alegremente con un sol de justicia. Mis ojos pasaban intermitentemente de las palabras de Paul Auster a la ventana no completamente trasparente de mi vagón. No me estaba dando cuenta, pero estaba sonriendo. El fin de semana era mío. El tren era mío. El viaje era mío. No había alas negras, ni pensamientos oscuros, ni tensión, ni dolor, ni indiferencia, ni miedo. Solo el placer de saber que, en ese momento, estaba exactamente donde quería estar y yendo adonde quería ir.

Snake ha puesto en palabras exactamente lo que estaba sintiendo yo:

Me encantan los viajes-viajes. Cuando no importa lo que vas a ver o hacer, porque el trayecto ya tiene sentido en sí. Cuando sólo hay que dejar que pasen cosas y participar en ellas. Y conocer-conocer-conocer lo que te rodea. O echar vistazos a la vida-en-movimiento de las personas a las que visitas.

Lo inesperado

Lunes, 3 de Abril de 2006

Cuando vas a un lugar en el que no has puesto ninguna espectativa, es normal regresar con mejor sabor de boca del que te podrías haber imaginado.

No me esperaba la belleza intimista de Luzern, ni los paisajes contrastantes desde el tren, ni la cordialidad de los suizos, ni la vitalidad acogedora de Basilea.

Y tampoco me esperaba la embriagadora sensación de felicidad absoluta que me ha cubierto durante estos tres días.