A raíz de un concurso literario, he estado haciendo un poco de arqueología entre mis cuadernos, buscando algo que tuviera ya medio empezado para ver si me surgía alguna idea para continuarlo (ando creativamente espesito últimamente). Entre esos cuadernos di con uno rojo (de que otro color podría ser), de tapa dura y páginas en blanco reciclado. Lo compré hace más de un año, en el epicentro de esa crisis de la que ya no hablo.
Al final del cuaderno hay señales de páginas arrancadas. Creo recordar que en ellas contaba lo que me parecieron bajezas morales y de pensamiento, pero flota en una nube, no lo recuerdo bien. Si recuerdo esas hojas consumidas por el fuego sobre el asfalto del aparcamiento de la Estación de Santa Justa, hace ahora nueve meses.
En cambio al principio encontré unas quince páginas escritas a mano de lo que parece el boceto de una novela. No recuerdo haberlo escrito, pero la letra es mía, sin duda. Y hay muchas cosas que no recuerdo de aquellos meses. Por ejemplo que yo tuviese algo escrito a mano.
Me horroricé al releerme. No porque lo escrito tuviera mayor o menor calidad literaria, no, me refiero a horror real, a repulsión y asco al contemplar los personajes que yo mismo había creado meses atrás. En esas hojas, en esas líneas, colocaba a personajes repugnantes en situaciones de pornografia sexual y sentimental, sin esperanzas, sin asomos de bondad, sin justificaciones, sin dudas: escoria sin esperanza que actuaba como tal.
Comprendo que eso que leí anoche son mis huellas, los restos que quedan de aquellos meses donde perdí la perspectiva de todo y de todos, que por mucho que no me reconozca, aquel que escribió eso era yo y que las hojas del cuaderno rojo son el testigo de un tiempo que jamás debe volver.
Que no se me olvide. Jamás debe volver.