Enriquiadas
Jueves, 30 de Noviembre de 2006El sujeto ese que firma como “El Enrique” de vez en cuando es el mayor filósofo del planeta. Sí, así, como lo oís, algún día el mundo reinderá pleitesía a su corriente de pensamiento, es una pena que sea un “filósofo maldito” y que tenga el pelo rubio y rizado a lo Bisbal y que parezca un romano sacado de una moneda antigua, esas cosas condicionan. Pero después de muerto será citado mundialmente. Seguro.
Aparte de haber aumentado las visitas de este cuaderno a base de pornografía barata, El Enrique es el responsable de dos auténticas perlas que, antes o después, termino contando en todas partes.
La primera es el concepto de Precansancio. Me explico:
El Precansancio define esas situaciones en las que no quieres hacer algo porque ya sabes lo cansado que estarás al terminar. Pongamos un ejemplo (nota, cambiad los sexos de los ejemplos, que funciona igual):
Mañana te toca ir a cenar a casa de tus suegros. Ya sabes que te van a tirar pullas sobre los nietos, o sobre tu trabajo, o sobre lo que sea, ya sabes que tu cuñado se va a emborrachar y ya sabes que tu novia acabará llorando por los comentarios ácidos de su tío. Ya sabes que digas lo que digas ella se va a enfadar, porque tienes mala cara, porque la tienes buena, porque hablas mucho, porque hablas poco. Da igual. Y ya sabes que esa noche habrá una barrera de hielo invisible entre los dos a la hora de dormir. La cena es mañana. Pero estás agotado.
Es es el Precansancio.
La otra perla es una historia que no sólo es verídica, sino que además es cierta (Luthiers dixit). Lo cuenta el mismo ricitos:
“Estaba en el comedor de la universidad, allá en Nueva York, con mi amigo Víctor, el gallego. De repente mi amigo me avisa de que un pivón impresionante de rasgos orientales me está haciendo un marcaje descarado con la mirada. Observo un poco con el rabillo del ojo y verifico la información. Efectivamente la chica es imponente y me mira fijamente. Después de unos segundos, de pronto, me giro y le clavo mis ojos en los suyos. Contacto visual. Y aguantando el tipo, como un campeón, no desvío la mirada.
Al poco la chica se levanta y viene hacia mí. Me hace un par de comentarios ingeniosos a modo de introducción, rompiendo el hielo, el flirteo es completamente obvio. Finalmente me dice “oye, ¿te doy mi teléfono y me llamas? Podríamos salir algún día”. Lo pienso un momento, le sonrío y le digo: “En realidad no”. La chica me mira entre ofendida, cabreada y alucinada y se larga sin decir ni media palabra mientras yo vuelvo tranquilamente a mis macarrones.
Víctor me mira con la boca abierta. “¡Pero tío! ¿Estás loco? ¿Es que no has visto que está que rompe?”.
- Victor, en tu opinión, ¿qué está buscando ella? ¿algo serio?
Víctor me mira completamente descolocado y responde: “Eh… no lo creo. Creo que quería pegarte un polvo, sinceramente”.
- Vale. Quería follar. Estupendo. Una chica impresionante se me acerca con intenciones claras de llevarme a la cama y punto. El sueño de cualquier tío. ¿No?
- P-pues, sí… - Víctor está al borde del colapso.
- Muy bien. Ahora ¿qué es lo que toca? La llamo, quedamos, salimos por ahí, tomamos algo, tal vez a cenar, pago yo, por supuesto, esto es América (estas cosas en Europa no pasan). A pesar de que lo que quiere es follar y punto y que yo quiero lo mismo, esto no pasará en la primera cita. Ya sabemos cómo funcionan las cosas aquí. Mínimo la tercera o la cuarta. Cine, conversaciones fingidas por ambas partes, luego la tercera cita la llevo a casa en coche, un beso apasionado en la puerta y se despide. Deja pasar otros dos días, volvemos a quedar, esta vez me arreglo como un dandy, ella también, la llevo a un sitio estupendo y otra vez a bailar, más conversaciones banales que tienen un único objetivo para ambos. Finalmente la vuelvo a llevar a casa. Esta vez después del beso me invita a subir, follamos como locos, va más o menos bien, a saber, y a la mañana siguiente ella no ve la hora en que me vaya y yo no veo la hora de irme. Después nos esquivamos hasta que se nos pase el “corte oficial” y a otra cosa. Resumiendo. Dos semanas de tonteo, salidas que ninguno quiere hacer, conversaciones que ninguno quiere tener, tiempo, dinero, fuerzas gastadas. Para llegar después de todo eso a lo que ambos queríamos: follar. ¿Pues sabes qué? Paso. Por lo que a mí respecta ya me la he follado.
Y seguí comiendo mis macarrones”.
