Me han aconsejado que me ría de mi brutal cabreo de hoy, así que voy a intentarlo.
Yo tenía hoy mi examen de italiano avanzado en Florencia (nótese la terminación del imperfecto de indicativo). Florencia está a escasos 50 minutos de Bologna en tren pero el examen no era exactamente ahí, era en Scandicci, un pueblo pegado a la capital. Mirando por internet me encuentro con que hay un autobús de línea que sale de la estación de trenes y llega a ese pueblo, concretamente tiene una parada exactamente en la calle donde está el instituto Russell, donde tengo que hacer el examen. Son veinticinco minutos de trayecto. Ya toca las narices que el examen oficial de italiano, donde sólo se presentan extranjeros, tenga lugar en un pueblo perdido al lado de Florencia, pero vale.
Así que decido coger el tren de las 5:15 que me lleva a Florencia desde Bologna. Llego sobre las 6 y todavía tengo dos horas y media antes del examen.
Por circunstancias desconocidas para mí me despierto yo solito a la ¡1:30! de la madrugada. Vale, pues hago algo de tiempo y a las 4:30 estoy en la estación. La primera en la frente, no hay billetes para ese tren.
Claro, cómo no he pensado que un lunes 4 de diciembre media humanidad quiere coger un tren que conecta Bologna y Florencia a las 5:15 de la madrugada.
En fin, decido coger el tren de las 5:30 hasta Prato, donde tengo veinte minutos de espera y luego cambio a Florencia. Llegaré algo antes de las 7 pero sigo teniendo muchísimo tiempo.
El tren llega a Prato con 21 minutos de retraso. 21. 2-1. Así que pierdo la conexión. ¿Por qué ese retraso? ¿Mucha gente? No, viajaba yo solo (claro, todos los demás estaban en el tren de las 5:15). ¿Nieve? Pues no nevaba, no. ¿Salió con retraso de Bologna? Pues no, salió puntualísimo. ¿Entonces? Entonces mierda.
Vaaaale, cojo la siguiente conexión, a las 6:58, todavía llego a las 7:25 a Florencia, en fin, voy sobrado. El tren llega con otros cinco minutos de retraso (vaya, no es tanto) y cuando encuentro el autobús (parada del 10, del 11, del 12, del 13, del 14, del 15, del 17… ¿el 16? Oh, en la otra parte. Claro), digo que cuando encuentro el autobús me monto tranquilamente observando con precaución las paradas que va marcando la pantalla del ordenador. Después de un rato esa pantalla… se apaga. Ops. Vale, pues voy a preguntarle al conductor que me dice gentilmente que hay obras de metro (o de tranvía, yo que sé) en Scandicci y que el autobús NO entra en el pueblo, sino que lo rodea. Mis muertos.
Me bajo allí mismo y me pongo a correr sin sentido. Milagrosamente después de veinte minutos llego a la calle: Ponte de Formicola, ¡sí, yeah! He entrado por el final, número 120, debo llegar al 41. 81-79-77-75-73… y se acaba.
¿Qué quiero decir con “se acaba”?
Quiero decir que termina la numeración, la calle… y la civilización. Lo que hay es puro campo. Nada más que campiña toscana, toda verde ella. Un viejecillo que pasa me dice que después de todo ese verde hay más edificios. Me pongo a correr de nuevo a través del campo (¿Sendero? ¿Camino? Naaaaa) y es el momento en el que la peor tormenta de mi vida decide desencadenarse. Oh, cuan feliz me siento. Después de embarrarme hasta las cejas y evitar que me mate un toro llego… ¡a una ronda de circunvalación! Sólo hay miles de coches, camiones de obras, empalizadas… “acera” es un concepto olvidado en ese lugar.
Yo bordeo como puedo la carretera y finalmente llego a un instituto, las 8:30 en punto. Corro hacia dentro y cuando recupero fuelle pregunto dónde se hace el examen. El bedel no tiene ni idea. Lógico. No es ese el instituto. Salgo de nuevo a toda leche de allí y me encuentro con otro instituto. Que tampoco es.
Un pueblo perdido en medio de la nada, encuentro dos institutos en la zona de la callle que busco… ¡y no es ninguno! ¡NINGUNO!
Finalmente uno de los pocos seres humanos que sabe hablar que encuentro me informa que, sí, efectivamente, la dirección del Instituto Russell es Via Ponte di Formicola 41 pero la entrada es por detrás. Así que tengo que volver por donde he venido (¿en medio del campo? ¡Claro!) deshacer toda la calle, atravesar un puente, girar a la izquierda y me lo encuentro.
Deshago lo andado (aunque ya no corro, total, la lluvia me va a pillar igual) y finalmente llego al PUTO INSTITUTO RUSSELL-NEWTON DE LOS COJONES. Entro derrotado, enfangado, sin resuello. Pregunto por el examen y con toda la pena del mundo me dice la chica que la prueba de audio acaba de terminar. Y que como debo aprobar todas las partes del examen pues ya no tiene sentido que siga. Pido rehacerla y me dicen, con mucha pena (en serio) que es imposible. Pregunto si me devuelven los 150 euros de tasas que he pagado, o si al menos me sirven para la convocatoria de junio y me dice a punto de llorar… que no.
Miro la hora: las 9:30. Me he levantado a la 1:30 de la mañana para ir “exageradamente pronto”.
Bueno, me voy a ver si rompo una puerta a patadas o algo.