Archivo de Diciembre de 2006

En resumen…

Miércoles, 20 de Diciembre de 2006

Dos trabajos, varios aviones, muchos trenes, el mismo agujero en el mismo piso con el mismo buenazo, una aventura de una noche, una novia, alguna que otra amante virtual, muchos amigos, mil quinientos blogs, demasiados cigarrillos, nada de deporte, Italia, España, Suiza, Portugal, el fin del mundo al sur, las tetas de mis amigas (que son todas estupendas), infinidad de películas y libros, muchos sueños, decenas de pollos al horno, varias ollas de alubias y otras comidas que no digo para no dar envidias, bastante sexo (bastante más del que tenía, al menos), mucha hambre, mucho frío, no tanto calor como quería, las partidas de trivial, los juegos de la Play, los vicios, los menos vicios, los tebeos, un guión de cine (y olé), mis jefes, algunos buenos, otros peores, unos tres cretinos absolutos y algunos puñados de cretinos relativos, besos, muchos, abrazos, más y unos cuantos te quieros. Y hasta la próxima.

Se me marchó la abuelita un día de mucho calor en Julio. Salvo por eso, sí, diría que ha sido bastante buen año.

Nos vemos en Sevilla. Hasta la vuelta y… feliz año, ragazzini :-)

Ay, los prejuicios

Lunes, 18 de Diciembre de 2006

Todos casos reales.

- Vuelvo de mis clases de inglés, hace años ya, desde el Barrio de Santa Cruz. Acorto por el centro, atravieso la Pila del Pato, es invierno, se ha hecho noche profunda. En un portal de la calle adyacente a la plaza se acurrucan dos tipos que, al menos de lejos, tienen muy mala pinta. De vez en cuando se enciende el fogonazo de un mechero. Estoy atemorizado, pienso que están inyectándose heroína, pero tengo que pasar por allí por narices. Respiro hondo y paso. Están jugando al ajedrez.

- Tres chicas de no más de dieciséis años caminan delante de mí un mes de junio de hace unos cinco años. Ocupan toda la calle así que me tengo que adaptar a su paso, al suyo y al de sus respectivos pavos. De vez en cuando sueltan una risa estridente. En mi cerebro fabrico todo tipo de conversaciones estúpidas que posíblemente pueden estar teniendos, llenas de “oseas” y de “telojurotía”. Cuando la calle se ensancha aprovecho para adelantarlas. Alcanzo a escuchar un par de frases de su charla:

- Que no tía, que Persona es mucho más compleja, El séptimo sello está bien como experimento, pero Bergman es mucho mejor en la otra.
- Se te va la olla, tía, eso no es así.

- Conozco una chica, espléndida ella, que tiene una tiendecita de complementos en el centro de Sevilla. Es pequeñita, muy rotunda, llena de curvas imposibles y siempre lleva escotes vertiginosos y faldas estrechísimas. Es una nativa del Polígono auténtica, te puede tumbar de un grito o de un guantazo, según le pille, mucho genio y siempre añade el artículo “er” cuando habla de alguien (por ejemplo, yo sería “er Fanchagüe”). Reconozco que a veces la miraba con cierto paternalismo. Un día me dijo:

- Illo, Arbe (ese soy yo), a vé si hago un mesecito güeno en la tienda, me voy a celebrarlo con los coleguitas a la velá de Santa Ana y me voy unos diítas a la playita. Ah, y me llevo el violín, Arbe, que no lo toco desde hace taco de tiempo, joe. Cojone, que yo ar Betoven lo tenía to controlao y lo estoy perdiendo…

Siempre hay alguien enfadado

Jueves, 14 de Diciembre de 2006

A raíz de este post de la gata más bonita de la blogosfera (y que no me da alergia) ha habido toda una reacción de gallegos y no gallegos riéndose y divirtiéndose de y con ellos mismos.

He visto uno enfadado. Se ha sentido ofendido.

¿Hay alguna razón por la que siempre, en cualquier situación, siempre haya uno que se enfade?

¿Así, en general?

Me gusta él

Martes, 12 de Diciembre de 2006

Quisiera ser como la negra y vivir en el otro hemisferio para encontrar a uno

Que ordenó 24 rosas por teléfono sin saber a dónde mandarlas exactamente. Que se desespera un poco cuando tardo mucho en arreglarme para salir, pero igual le gusta la cosa morada que me pongo en las pestañas. Que ronca y se disculpa por ello en la mitad de la noche. Que no tiene idea de mis preocupaciones dietéticas pero se acuerda de los detalles de cada uno de mis sostenes. Que le gusto porque se lo que es un tunel ssh y tomo demasiada cerveza y me da por opinar sobre política exterior y leemos el periódico en silencio. Que me escribe poemas que riman. Que me quiso desde el primer intento, sin fallar: no le costó inseguridades, ni miedos, ni soledades. Que me lo hizo saber todos los días desde entonces.

Y yo también me casaría con él, comadre.

Lo que da de sí día y medio en Milán

Lunes, 11 de Diciembre de 2006

1. Milán es fea de cojones. Ya lo siento. Pero como todos los sitios en los que he estado en mi vida, tiene rincones donde me quedaría a vivir para siempre.

2. Una de cada tres chicas con las que me cruzo parece salida de una escuela de modelos, o a punto de entrar en una escuela de modelos, o recién llegada a la ciudad y buscando una escuela de modelos. Eso no quiere decir que sean necesariamente guapas.

3. Después de esperar 45 minutos a que pasara una lluvia horrorosa en la galería que conecta el Duomo con La Scala me he replanteado las cuentas que se hacen en las manifestaciones. En algún momento sí que creo que llegamos a 25 personas por metro cuadrado.

4. En Milán llueve horizontalmente y, aveces, de abajo hacia arriba.

5. He visto el cielo azul de la Lombardía un domingo de diciembre. Poquitos pueden decir eso. Ni los milaneses.

6. Hay que tener ganas de poner un tenderete de bocadillos con nombres de políticos por especialidad. Estuve a punto de comerme un Berlusconi pero al final me comí un Gasparri.

7. No me gusta Basquiat. Creo que tuvo suerte de estar donde estaba en el momento en el que estaba y chocarse con Warhol de casualidad.

8. NO ES DIVERTIDO dormir en una cama que ha sido usada mayormente por un gato los tres meses anteriores. Por cierto, cuando a las 4:30 de la madrugada me desperté a punto de morir y mi vida desfiló ante mis ojos… es un coñazo.

9. Melonian no es verde y ovalado como me lo imaginaba. Pero

a) Está grillado.
b) Es cierto que lo primero que ve en cualquier lugar del mundo es un supermercado. Quedé con él tres horas después de aterrizar su avión y ya había visitado tres.
c) El kit-kat de chocolate blanco está en fase de estudio para ser considerado pecado mortal equiparable al onanismo por el vaticano. Razinger, que es un guarrete.
d) Por mucho que su chica firme como Trollaki es un bellezón de narices. Se parece a Salma Hayek.
e) Hay gente que aprende sueco desde pequeñita por vocación.
f) Los koalas son unos seres peludos y suaves muy bonitos.
g) Por difícil que suene es muy posible rodear un parque enorme cerrado atravesando miles de mercadillos y entrando en un castillo medieval sin mirar ni siquiera a los lados porque estás hablando de Terry Pratchett y de los Monty Python.
h) Hay que tener mucho talento para entrar en una cafetería al azar a tomarse un té y que los dueños sean unos coleccionistas pirados de latas de coca-cola.

10. El reagge abstrae. Yo al menos no andaba por allí mientras sonaba, y eso que era la única música que pincharon en el “Tunnel”.

11. Hasta los milaneses quieren irse a Roma de vez en cuando.

12. Giulia sigue siendo muy mona, pero en invierno se le pone la nariz roja :)

13. Ser el único no calabrés en un tren regional de noche repleto es una experiencia inolvidable.

Las consecuencias del amor

Viernes, 8 de Diciembre de 2006

La noche de ayer fue bastante extraña. Por circunstancias poco claras nos quedamos en casa mi ex compañero de piso, su perro y yo. Al final organizamos una sesión de cine italiano en el salón con mi pc sirviendo de cine improvisado. La película elegida: Le conseguenze dell’amore, de Paolo Sorrentino. El protagonista vive en una habitación de hotel en algún lugar del cantón Ticino de Suiza desde hace ocho años. Cada tres días ingresa una maleta por valor de nueve millones de dólares en un banco exclusivo. Cada miércoles por la mañana se inyecta una dosis de heroína desde hace veinticuatro años, nunca hace excepciones. Una vez al año se renueva la sangre en un caro hospital helvético. Aparentemente las conexiones neuronales que provocan sentimiento o emociones han sido eliminadas de su cerebro. O al menos esa es la impresión que da.

La película no habla de amor, a pesar de su título. A lo máximo que llega al respecto es a hablar de reconocimiento y de nostalgia del afecto perdido. No hay amor ante alguien a quien no puedes dejar de tratar de usted.

Durante la película el teléfono de mi ex compañero sonó unas ocho veces. Ese día había roto de la peor manera posible su relación con una chica. Ocho llamadas que transformaron su cara ocho veces, mientras yo podía oír con claridad algo que roía sus entrañas, sentado a mi lado en el sofá, en silencio. No somos amigos, aunque le tengo afecto. Pero no se sentía capaz de hablar conmigo como con un amigo, ni yo de escucharlo y compartir aquello con él como se hubiese merecido. Así que nos limitamos a intercalar algún cigarrillo en silencio mientras la película transcurría.

Las rupturas en la realidad no son como en las teleseries, donde en el capítulo siguiente alguien dice “¿Cómo estás Mike?” y Mike, con cara algo afectada, responde “Supongo que bien, es mejor así”. No. Las rupturas son corrosivas y apestan a carne y vísceras quemadas, emiten un tono agudo, como el de un enjambre de moscas en el oído. No existen las rupturas civilizadas, como mucho existen los diálogos civilizados entre dos que no se quieren, o entre uno que no quiere y otro que se aguanta. En el infierno de la ruptura hace mucho frío, para el que deja de amar y para el que recibe la falta de amor, para ambos. Yo he estado en ambas partes y no sé con qué me quedo. Sufrí más dejando de amar, o más intensamente. Sufrí más tiempo cuando dejaron de amarme. En el primer caso los huesos se recompusieron después de un tiempo. En el segundo todavía siento la herida cuando cambia el tiempo.

Anoche, mientras veía la película, pensé en el adverbio del que nunca se habla en el cine o en los libros: después. Las consecuencias del amor vienen después del mismo y por mucho que mi compañero callase aún resuenan sus gritos en mis oídos.

La ley de Fanshawe (antes conocida como “Ley de Murphy”)

Martes, 5 de Diciembre de 2006

Me han aconsejado que me ría de mi brutal cabreo de hoy, así que voy a intentarlo.

Yo tenía hoy mi examen de italiano avanzado en Florencia (nótese la terminación del imperfecto de indicativo). Florencia está a escasos 50 minutos de Bologna en tren pero el examen no era exactamente ahí, era en Scandicci, un pueblo pegado a la capital. Mirando por internet me encuentro con que hay un autobús de línea que sale de la estación de trenes y llega a ese pueblo, concretamente tiene una parada exactamente en la calle donde está el instituto Russell, donde tengo que hacer el examen. Son veinticinco minutos de trayecto. Ya toca las narices que el examen oficial de italiano, donde sólo se presentan extranjeros, tenga lugar en un pueblo perdido al lado de Florencia, pero vale.

Así que decido coger el tren de las 5:15 que me lleva a Florencia desde Bologna. Llego sobre las 6 y todavía tengo dos horas y media antes del examen.

Por circunstancias desconocidas para mí me despierto yo solito a la ¡1:30! de la madrugada. Vale, pues hago algo de tiempo y a las 4:30 estoy en la estación. La primera en la frente, no hay billetes para ese tren.

Claro, cómo no he pensado que un lunes 4 de diciembre media humanidad quiere coger un tren que conecta Bologna y Florencia a las 5:15 de la madrugada.

En fin, decido coger el tren de las 5:30 hasta Prato, donde tengo veinte minutos de espera y luego cambio a Florencia. Llegaré algo antes de las 7 pero sigo teniendo muchísimo tiempo.

El tren llega a Prato con 21 minutos de retraso. 21. 2-1. Así que pierdo la conexión. ¿Por qué ese retraso? ¿Mucha gente? No, viajaba yo solo (claro, todos los demás estaban en el tren de las 5:15). ¿Nieve? Pues no nevaba, no. ¿Salió con retraso de Bologna? Pues no, salió puntualísimo. ¿Entonces? Entonces mierda.

Vaaaale, cojo la siguiente conexión, a las 6:58, todavía llego a las 7:25 a Florencia, en fin, voy sobrado. El tren llega con otros cinco minutos de retraso (vaya, no es tanto) y cuando encuentro el autobús (parada del 10, del 11, del 12, del 13, del 14, del 15, del 17… ¿el 16? Oh, en la otra parte. Claro), digo que cuando encuentro el autobús me monto tranquilamente observando con precaución las paradas que va marcando la pantalla del ordenador. Después de un rato esa pantalla… se apaga. Ops. Vale, pues voy a preguntarle al conductor que me dice gentilmente que hay obras de metro (o de tranvía, yo que sé) en Scandicci y que el autobús NO entra en el pueblo, sino que lo rodea. Mis muertos.

Me bajo allí mismo y me pongo a correr sin sentido. Milagrosamente después de veinte minutos llego a la calle: Ponte de Formicola, ¡sí, yeah! He entrado por el final, número 120, debo llegar al 41. 81-79-77-75-73… y se acaba.

¿Qué quiero decir con “se acaba”?

Quiero decir que termina la numeración, la calle… y la civilización. Lo que hay es puro campo. Nada más que campiña toscana, toda verde ella. Un viejecillo que pasa me dice que después de todo ese verde hay más edificios. Me pongo a correr de nuevo a través del campo (¿Sendero? ¿Camino? Naaaaa) y es el momento en el que la peor tormenta de mi vida decide desencadenarse. Oh, cuan feliz me siento. Después de embarrarme hasta las cejas y evitar que me mate un toro llego… ¡a una ronda de circunvalación! Sólo hay miles de coches, camiones de obras, empalizadas… “acera” es un concepto olvidado en ese lugar.

Yo bordeo como puedo la carretera y finalmente llego a un instituto, las 8:30 en punto. Corro hacia dentro y cuando recupero fuelle pregunto dónde se hace el examen. El bedel no tiene ni idea. Lógico. No es ese el instituto. Salgo de nuevo a toda leche de allí y me encuentro con otro instituto. Que tampoco es.

Un pueblo perdido en medio de la nada, encuentro dos institutos en la zona de la callle que busco… ¡y no es ninguno! ¡NINGUNO!

Finalmente uno de los pocos seres humanos que sabe hablar que encuentro me informa que, sí, efectivamente, la dirección del Instituto Russell es Via Ponte di Formicola 41 pero la entrada es por detrás. Así que tengo que volver por donde he venido (¿en medio del campo? ¡Claro!) deshacer toda la calle, atravesar un puente, girar a la izquierda y me lo encuentro.

Deshago lo andado (aunque ya no corro, total, la lluvia me va a pillar igual) y finalmente llego al PUTO INSTITUTO RUSSELL-NEWTON DE LOS COJONES. Entro derrotado, enfangado, sin resuello. Pregunto por el examen y con toda la pena del mundo me dice la chica que la prueba de audio acaba de terminar. Y que como debo aprobar todas las partes del examen pues ya no tiene sentido que siga. Pido rehacerla y me dicen, con mucha pena (en serio) que es imposible. Pregunto si me devuelven los 150 euros de tasas que he pagado, o si al menos me sirven para la convocatoria de junio y me dice a punto de llorar… que no.

Miro la hora: las 9:30. Me he levantado a la 1:30 de la mañana para ir “exageradamente pronto”.

Bueno, me voy a ver si rompo una puerta a patadas o algo.

La posibilidad de otra vida

Sábado, 2 de Diciembre de 2006

Estos días he visto dos películas muy comentadas que se me habían quedado en el tintero, arrinconadas en mi disco duro. Una es Italiano para principiantes. La otra es Match Point. En ambas he tenido sensaciones muy desasosegantes, sobre todo en la segunda, son dos películas llenas de gente que me desagrada, que no quisiera encontrarme en ningún momento de mi vida, malas personas directamente, o personas demasiado egoistas para mi grado de soportabilidad.

Pero no quería hablar de eso. Estaba pensando en Chris, el protagonista de la película, y en la extraña (o no tanto) evolución que sufre su personaje a lo largo de las dos horas de metraje. Lo poco que se parecen el Chris de los primeros quince minutos con el que termina el filme. Chris elige una vía, agarra una posibilidad, un tren que pasa delante de sus ojos. Y se monta. Para ello renuncia a muchas cosas intrínsecas a sí mismo, se aferra a la opción de vivir otra vida, completamente distinta a la que ha llevado hasta entonces.

Hay muchas novelas y películas que tocan ese argumento, el “¿que hubiese pasado sí?” y me doy cuenta de lo fascinante que resulta palpar la posibilidad de otra vida. Me temo que soy una persona de cliché fácil en la boca y suelo soltar frases lapidarias huecas como “cuando alguien se marcha intentando escapar de sus problemas, éstos tienden a meterse dentro de la maleta” o cuando animo a alguien a cambiar de ciudad e incluso de país casi siempre argumento que “allí nadie da por presupuesto nada, partes de cero, puedes ser tímido aquí y el colmo de lo extravertido allí”. Bologna en muchos sentidos me ha dado esa posibilidad de otra vida, esa misma que me retiene aquí y que me impide desear en algún momento volver a Sevilla.

Preguntaba Javi Moya hace poco en su blog que, de poder escoger uno y solo un superpoder, cuál sería. Yo escogería el control del tiempo, poder rebobinar, tener derecho al ensayo y error en cada faceta de mi vida. En el fondo la posibilidad de otra vida es tan embriagadora que jugamos con ella a través de otros personajes en un blog, o en cartas o novelas, en cuentos e historias que contamos a quien no puede comprobarlas. Cómo evitar sentirse atrapado por el aroma adictivo de la imaginación al servicio de la fantasía con aquel que podrías ser y no eres. ¿Cuál es la línea que separa el valor y la temeridad? ¿Se es más cobarde por dejar pasar trenes como el que coge Chris?