Archivo de Enero de 2007

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Miércoles, 31 de Enero de 2007

Billete

Lo importante que fuiste… (II)

Martes, 30 de Enero de 2007

A veces esos encuentros claves dejan menos sonrisas en el camino, incluso pueden llegar a dejar regueros de cadáveres sentimentales. Y las lecciones que se aprenden son más amargas.

Apenas un par de meses después de mi aventura en el avión con la chica de las manos destrozadas tuve el que hasta ahora ha sido mi primera (y visto como fue, espero que última) “aventura de una noche”. Por la razón que sea siempre he sido chico de pareja estable, he tenido dos relaciones largas y estoy en otra que ya va para un año. Los affaires esporádicos siempre se me han dado fatal, tan mal que con veintiocho años todavía no había tenido ninguno. Ni siquiera me había “enrollado” con alguna en mi adolescencia, nada, siempre cometo errores de primerizo tales como empeñarme en conocer bien a la chica en cuestión antes de dar ningún paso físico, asegurarme de que nos gustamos, darle importancia al sexo, esas cosas.

En su día todo esto para mí era una cuestión de principios. Ahora es un simple reconocimiento, a veces triste, de que es así como soy.

Eso no quiere decir que no haya tenido relaciones cortas, o historias que no pasaron de tres días. Pero en todos los casos para mí siempre fue mucho más que sexo con una semidesconocida, siempre me volcaba, siempre ponía mucho más de mí, siempre había mil sentimientos entremezclados. Que luego no cuajara es otra cosa.

Esta historia de una sola noche me ocurrió con una chica griega, amiga de una buena amiga mía. En aquel momento, recién abandonada la crisis, estaba más abierto y disponible a lo que fuera de lo que he estado nunca. Ella, C., salía a veces con nosotros a tomar algo y normalmente nos entendíamos muy bien, entre otras cosas porque hablaba italiano perfectamente, cosa que mi amiga no (nos entendíamos en inglés). Me parecía una chica interesante, pequeñita, algo oronda de cintura para abajo, muy blanca, el pelo muy corto y rizado y tintado de rojo rubí. Pero aparte de esa impresión superficial, no tenía ninguna otra.

Una noche fuimos todos los amigos juntos a un Pub Irlandés en Via Caduti di Cefalonia y cerramos el local tomando cerveza y riéndonos. Mi camino de vuelta a casa coincidía con la parada de autobús de C. y de una amiga suya griega que había venido de visita. Todos andábamos achispados y haciendo bromas estúpidas llenas de dobles sentidos y connotaciones sexuales. Al final cuando llegó el autobús nos dimos un beso veloz en los labios y se marchó. Al día siguiente por la noche me llamó para “ver que hacía” y quedamos media hora después, los dos solos por primera vez.

En mi cabeza no había duda de lo que iba a pasar y para lo que habíamos quedado. Dos casi desconocidos que se citan a solas de noche el día después de un beso breve. Pues eso.

No fue divertido, no me gustó, me sentí mal conmigo mismo y con respecto a ella. Tardé cinco minutos en darme cuenta de que aquello no iba a ninguna parte, que mis sentimientos eran cero y que no tenía madera para este tipo de historias. Y tuve la fuerte sensación de que para ella había sido lo mismo.

Me equivoqué. De raíz. Un par de días después quedamos, ella quería que fuera a cenar a su casa, yo se lo cambié por un café en el centro. Hablamos un rato del tiempo y de la nieve que había llegado a Bologna, y al final logramos sacar el tema de nosotros dos. Lo más tranquilamente que pude (que no era mucho) le expliqué que por mi parte prefería dejarlo ahí, que no quería que la cosa avanzará más. Ella me dijo que hubiese preferido intentar algo más, a ver que tal iba, pero que, en fin, esto es cosa de dos y si yo no quería no había más que hablar. Nos despedimos como buenos amigos y con promesas de un futuro café y hasta luego.

Lo cierto es que no esperaba que para ella aquello hubiese sido algo más que una noche furtiva entre dos personas y, pensando en mi propia experiencia, en vista de que me había confesado que ella sentía algo más traté de evitar situaciones complicadas o “clavos ardiendo”. Rechacé quedar de nuevo a solas con ella durante un tiempo, siempre salíamos en grupo, de vez en cuando me mandaba algún sms que era diligentemente contestado y aquí paz y después gloria.

Ella se marchó a Grecia un mes más tarde. En su fiesta de despedida sucedieron varias cosas (algunas muy violentas que prefiero no contar) y antes de despedirnos me dio dos regalos. Uno era un CD elaborado con mucho cariño, la portada eran unas fotografías suyas y la selección cuidadísima. El otro era un cuadernito hecho a mano. En aquel cuaderno había una especie de diario, como una colección de cartas. Todas cartas dirigidas a mí, desde que estuvimos juntos aquella noche.

En aquellas cartas había decenas de reproches, declaraciones de amor, melancolías, euforias, recopilación de muchos momentos en los que nos habíamos cruzado, en que ella había venido al Paleotti mientras yo trabajaba y nos habíamos saludado… por cada encuentro fortuito ella analizaba mis reacciones, se hacía preguntas sobre lo que había podido querer decir tal mirada o cual gesto, se lamentaba de que yo no hubiese intentado conocerla mejor. Recuerdo en una parte en la que decía algo así como “he leído en tus ojos que estabas preocupado, te comprendo, esto también es extraño para mí”.

Yo no había gastado un miserable minuto de mi tiempo en pensar en ella.

Todo aquello que ella elucubraba en su mente sobre mis pensamientos eran imaginaciones suyas. Jamás me sentí preocupado o extraño por ella, después de aquel café de “el día después” no había dedicado nada de mí mismo en en ella. Yo no me merecía aquel cuaderno, aquel CD, aquellos sentimientos. No sentía nada por ella, un cierto afecto, nada más. Después de leer aquel cuaderno también sentí compasión. Y es algo horrible.

Entonces pensé. Pensé en cuántas veces había yo imaginado, fantaseado cosas que ocurrían en el cerebro de la chica que fue el meollo de mi crisis. Pensé en que todavía la echaba de menos muchas veces, pensé en cómo me recreaba imaginándola perdida en sus pensamientos sobre nuestro breve pasado común, mirando el e-mail vacío sin saber que escribirme, echándome de menos a veces…

Probablemente no es así. Probablemente nunca hace nada de eso. Probablemente se acuerda si se topa con una foto mía o con algún regalo que le dice, o limpiando los e-mails viejos de su cuenta de hotmail. Probablemente no malgaste un minuto de su vida en pensarme.

Cada vez que me pierdo en mis sueños y delirios de importancia en su cerebro me acuerdo de C. y de su cuaderno y me recuerdo a mí mismo que, aunque creamos que lo merezcamos, muchas veces no somos más que recuerdos ajados y borrosos en la cabeza de otros.

Creo que si vuelvo a encontrarme a C. no le daré las gracias, porque explicar por qué sería demasiado amargo.

Lo importante que fuiste… (I)

Lunes, 29 de Enero de 2007

… y tú ni siquiera lo sabías.

Tenía dieciséis años cuando mi primer amor, de Pamplona ella, me llamó por teléfono para decirme que no sabía si me quería. Decir que mi reacción fue dramática es quedarme drásticamente corto. El mundo se acababa, la vida era una puta mierda, nunca me volvería a enamorar, me quería morir, etc. etc. Cultivé mi imagen de chico atormentado (la de sexy desolado no colaba), me dejé crecer el pelo, la barba, era rebelde y antisocial, oh yeah.

Le contaba mis tristezas a una amiga en el descanso entre clase y clase, en el instituto, cuando otra chica, Natalia, que pasaba por allí se paró a escuchar nuestra conversación. Ella, Natalia, era para mí lo que sería la jefa de las animadoras para un “nerd” en el instituto de una película americana de adolescentes. Guapa, alta, un punto de soberbia y de distancia, me ignoraba, a mí y a otros gafotas como yo, abiertamente. Yo, que era un tipo duro y estaba por encima de esas cosas (oh yeah-bis) la miraba con suficiencia y superioridad.

Como digo, ella se paró a escuchar nuestra conversación y de repente dijo: “¿Qué clase de estúpida dejaría a un chico como tu?”. Y se marchó.

Luego Natalia y yo nos hicimos buenos amigos (¿qué habrá sido de ella?) pero jamás le agradecí la inyección de autoestima que me dio con esa simple frase con la que, probablemente, sólo intentaba ser amable. Fue el principio del final de mis grandes complejos de quinceañero. Si la vuelvo a ver será lo primero que haga, darle las gracias. Imagino que ella no sabrá por qué.

Mis reglas sobre cómo son las relaciones, cuál es mi rol, cómo me comporto con mi pareja, qué tipo de chica me gusta, esas cosas, eran prácticamente inamovibles. Cosas de ser el poseedor de la verdad absoluta (oh yeah-tris). Estaba yo en mi época de “Fanshawe, el gris” hace poco más de un año cuando conocí a A., la chica de las manos destrozadas. Parecía un pequeño pajarillo desvalido, diecinueve años recién cumplidos, tímida, nerviosa, frágil… tardé dos microsegundos en buscar un cubo para recogerme las babas. Después de meses de abstinencia y comportamiento monacal algo se me activaba dentro. No tuve demasiado tiempo para conocerla, se marchó al poco, había decidido acortar su estancia Erasmus en Bologna y regresaba en Navidad. El destino o la casualidad quiso que cogiéramos el mismo avión de vuelta, ya que yo hacía escala en Barcelona, que era su ciudad. Llegamos muy temprano al aeropuerto y durante todo el tiempo que duró nuestra espera y nuestro viaje jugamos a estar enamorados. Nos fumamos un cigarrillo a escondidas en el baño, hablábamos en voz baja con las manos entrelazadas, bájabamos la mirada cuando el otro sonreía. El viaje terminó con un beso fugaz en el autobús de la terminal y ella que se marchó corriendo, como una película americana feliz de Doris Day, mientras que a mí se me quedó dibujada una sonrisa enorme que me duró casi toda las vacaciones.

Después de aquello hablábamos por teléfono y nos escribíamos e-mails, todo muy romántico, yo era el mentor, el mecenas, ella me escuchaba fascinada y maravillada de mi personalidad (oh yeah… ¿por cuál vamos?). Luego regresé a Italia y esa dinámica continuó. Pocos días después me escribió y en mitad de otras cosas dejó caer esta frase “ah, por cierto, me he vuelto a acostar con mi ex novio y estoy muy contenta”.

Supongo que si me hubiese caido un coche en la cabeza no me habría quedado tan congelado.

Le mandé un e-mail agresivo y duro, hablando de decepciones y de autolesionarse, hablé con mis mejores amigos de ello, rasgándome las vestiduras, escribí un post al respecto (no pongo el enlace que me da vergüenza), grité a los cuatro vientos que volvía a los territorios grises.

La pobre me intentó llamar por teléfono y yo no le hice demasiado caso. Al final me mandó un e-mail donde me pedía disculpas (anda que ya me vale…) y donde escribió esta magnífica frase:

Pero no te preocupes, que te juro que no he vuelto a caer con él, no voy a dejar que me haga daño otra vez. Pero es que me encanta el sexo con él, es sólo eso, te lo juro, no pienses otra cosa

Bien. Tardé unos segundos en reaccionar. Luego tardé varios minutos en poder parar de reírme.

Esa mocosa acababa de dejarme K.O. de un sólo golpe y la mar de tranquila. Y, coño, tenía razón. Desde luego ella no tenía la culpa de las películas que yo pudiese montarme a raíz de un día de ensueño y aunque en aquella montaña me subí yo sólo ya se encargó ella de hacerme bajar a patadas. Fue genial. Toda mi concepción del amor, mi manera de afrontar las relaciones, toda mi vida en general cambió, a mejor, desde ese momento. Creo que nunca le he dado las gracias por darme el tirón final para salir de aquella terrible crisis. Todavía nos escribimos de vez en cuando, pero creo que voy a llamarla para agradecérselo. Aunque probablemente no tenga ni idea de lo que le hablo.

Puerto de música

Jueves, 25 de Enero de 2007

Que buen tío este Rafa. Es una de las personas más originales y diferentes que he conocido en mi vida (¡y que novia espléndida y maravillosa tiene!). Nunca hemos llegado a ser grandes amigos supongo que porque nunca hemos tenido demasiado tiempo para serlo, pero siempre que nos vemos nos tomamos con una alegría esplendorosa. Creo que lo que me falta para que seamos grandes amigos es hablar de cosas poco importantes. Nos vemos tan poco que sólo hablamos de cosas importantes, así que nos faltan las chorradas.

Rafa es el hombre del pensamiento lateral, el autor de una de las frases más importantes que me han dicho en mi vida (Bologna, verano de 2005, justo antes de volver a Sevilla tras el peor año de mi vida, Rafa en un café me dice “Tío, después del año que has pasado, tú ya eres el rey”). Rafa es una persona a la que, jugando al Pictionary, le tocó en su tarjeta dibujar “Curro Jiménez”. Después de un rato sin comprender lo que hacía el tiempo finalizó y todos le preguntamos: “¿Pero QUÉ era eso?” y él tranquilamente respondió: “Estaba intentando dibujar las Alpujarras”.

Alguien que intenta dibujar las Alpujarras jugando al Pictionary merece toda mi atención.

Rafa además es un gran músico, en investigación constante, y hasta hace bien poco también era un poco timorato a la hora de dar el paso sucesivo a componer. Pero últimamente se ha desembarazado de esos timores y le está echando narices a la cosa.

Y tiene su propio sitio, para que le oigáis: Puerto de Música.

Suerte amigo.

¡Disciplina!

Martes, 23 de Enero de 2007

… y su hermana melliza, la fuerza de voluntad, no lo olvidemos. Para todo hace falta disciplina. Leñe, para todo, no sólo para lo que no nos gusta hacer, también para aquello que nos apasiona.

Cuando estuve escribiendo mi trabajo de investigación para el DEA, durante dos años, lo único que leí fueron cosas relativas a mi tesina. La mayor parte de las veces leía fotocopias y el 100% de las veces leía con un lapiz en la mano o tomando apuntes en folios aparte. Cuando terminé todo aquello pensé “por fin puedo leer lo que me apetezca”. Entre que pensé eso y el momento en el que cogí un libro por placer pasó mucho tiempo. Y de hecho no lo cogí por placer, me obligué a cogerlo. Había perdido la disciplina de leer, y eso que me gusta mucho, pero lo había perdido. Y pensé que no la recuperaría hasta que en Italia empecé a coger trenes, buenos compañeros de los libros, y todo volvió a ser como era, cuando un libro me duraba en la mano un solo día.

¿El cine? Lo mismo. Quedar con gente y ser sociable, montar en bicicleta, viajar, joder, hasta hacer el amor, si me apuras.

Cuando la disciplina te la impones con las obligaciones el tiempo pasa mucho más rápido y liso, sin empedrado. Cuando te obligas a hacer lo que te gusta pronto vuelves a sentir ese cosquilleo que te dice que podrías seguir haciéndolo siempre.

Hace un año escribía en tres blogs todos los días, decenas de mails al día, cuentos, traducciones, teatro y mis guiones. Parecía vivir con cuatro manos. En estas navidades paré en seco, después de mucho tiempo. Y se resienten mis amigos que no reciben noticias mías, mis blogs que me miran con ojos de cachorro abandonado y, sobre todo, mis viejas ganas de dedicarme a escribir todo el tiempo.

Así que toca obligarse. ¡Disciplina, coño!

La bifurcación del tiempo pasado

Viernes, 19 de Enero de 2007

El camino que tomas que condiciona toda tu vida y no hay manera de rehacer el camino.

Pero, ¿por qué estoy aún escribiendo si el Dr. Malcolm lo hace indudablemente mejor?

Ha sido un momento extraño. De melancolía, de tristeza, un poco de derrota, no les voy a engañar. Sobre todo cuando te dicen seriamente si no te has planteado volver. No sé si cuando estás a punto de morir pasa, pero en ese momento haces un balance del pasado y contestas. La respuesta, al menos la primera, siempre debe ser no. Recuerden a Serrat. Hay que hacer un esfuerzo y recordar la otra mitad. Igual, luego, cambiamos de opinión. O igual no. Pero hay que recordar.

Y ya podéis correr a leer el resto.

Cuando tiene que pasar, pasa

Jueves, 18 de Enero de 2007
No es culpa tuya, era una catástrofe inevitable. Como cuando te da un escalofrío mientras estás meando en casa de los padres de tu novia.

El tío de la mesa de al lado en el Bar “La Línea”. Tuve que disculparme por la carcajada.

Si me permitís, yo os lo explico

Miércoles, 17 de Enero de 2007

Hay un verbo precioso en italiano: incupirsi (creo que se escribe así) que viene a significar algo así como “meterse hacia dentro”.

Desde que regresé a Bologna me he metido hacia dentro, como los caracoles asustados, porque miedo es lo que me ha dado al llegar de nuevo a estas cuatro paredes desconchadas que conforman mi agujero personal. Durante cuatro días no he salido de casa, me he concentrado en el ordenador pero manteniendo mi ausencia también en el cibermundo. Tengo la desagradable sensación de estar jugando los minutos de la basura de este periodo de mi vida, deseando simplemente que pasen porque ya no tienen mucho más que ofrecer. Desde luego el frío glaciar de esta ciudad y la niebla que nos está invadiendo no ayuda demasiado.

En esas estaba, lloriqueando, cuando me llegó una noticia terrible que, si me permitís, no os voy a contar. Pero sí os digo que era tan horrible que la concha del caracol se me quedó pequeña para lo adentro que me hubiese querido meter.

Después de eso lo único lo suficientemente decente que se puede hacer es pedir perdón por ser un pusilánime y salir ahí fuera. Para los Harlem Globetrotters nunca hay minutos de la basura. Así que me los quedo como ejemplo.

Reflexiones, decisiones y pajas variadas

Jueves, 11 de Enero de 2007

Llegué a Sevilla dispuesto a reflexionar y a dar más pasos hacia adelante. Pensé, medité, di vueltas. Tomé decisiones. Algunas fundamentales, definitivas. Hablé con los que quiero para aclarar dudas y buscar vías alternativas. Me hice fuerte.

Luego me senté muy rápido en un sofá y me rompí el músculo de la rodilla durante todas las vacaciones.

Y en esas estamos :-)

Bien hallados. Estamos de vuelta.