Tengo un puntito de ansiedad y otro puntito de insomnio. Nada que no se quite respirando hondo, fumando despacio o viendo alguna serie de televisión. No tengo nudo en el estómago ni en el pecho, pero sí la boca seca y una ergonomía horrible en mi habitación. Las paredes huelen a humo y me he dado de vacaciones hasta el domingo para no hacer nada y no sentirme mal por ello.
Me llega un regalo extraño, una especie de lámpara que cambia de color cada pocos segundos. Está encima de mi mesa, parece un duendecillo de esos de las películas de Miyazaki y durará poco porque no lo he apagado desde que me lo dieron.
Mis amigos del blog son discretos, que cosas estas la de los blogs, como dice Whitmore, y me mandan besos y abrazos en dos líneas al correo electrónico y me llaman Alberto y dejan lo de Fanshawe para otras cosas.
En uno de esos mails alguien me dice que me imagina recogiendo los trastos, cerrando las ventas y abriendo otras. Yo le digo que me veo más bien empaquetando todo despacio para que no se acabe enseguida y viviendo una secuencia que pasaría muy rápida en cualquier película, un montaje acelerado de los que se usan cuando alguien se mudo para no aburrir al espectador con los detalles. Porque, al fin y al cabo, no está sucediendo nada. Y en ese último plano la habitación esta vacía, como siempre y yo apago la luz.
Ha calado el frío en Bologna y debe quedar un solo insecto vivo. Está aquí conmigo, en mi habitación, de madrugada. Se ha cruzado varias veces por delante de la pantalla del ordenador. Está medio atontado, fuera de estación, y he estado a punto de matarlo. Luego he decidido que no, que mejor que se quede volando por aquí.
Curioso.
El pequeño insecto tal vez sea primo hermano de la mosca que el martes se empecinaba en pasarse del espejo del baño a mi hocico, y de mi hocico, al espejo del baño.
Seres insignificantes, fuera de estación.
Sí que ocurre algo: te despides. Es un momento íntimo, por eso de cara a los demás pueda parecer que no haces nada, que no pasa nada. Te queda el último trocito de tarta en el plato, lo recoges con el cubierto, lo deslizas en la boca y lo saboreas tan despacio como puedes. Incluso cuando ya sólo queda una minúscula migaja y el sabor se ha desvanecido, sigues dándole vueltas y vueltas.
Querido niño-hombre, termina una época para ti, y empieza otra nueva, probablemente mejor. Antes de dar el salto definitivo, te tomas tu tiempo para despedirte de este tiempo, esta ciudad, este Alberto, no dejándolos fuera, pero tampoco en la superficie, sino guardándolos muy dentro, en el escondite donde guardamos las cosas que no queremos perder nunca.
Ha sido un tiempo muy importante para ti. Las despedida será larga y triste: disfrútala.
Joder, Eli, qué bonito.
“-¿Qué es la poesía?-preguntó el sacerdote.
-Es el misterio inefable -contestó Yuko.
Una mañana, el ruido de la jarra de agua al estallar hace germinar en la mente una gota de poesía, despierta el alma y le transmite su belleza. Es el momento de decir lo indecible. Es el momento de viajar sin moverse. Es el momento de ser poeta.
No adornar nada. No hablar. Mirar y escribir. En pocas palabras. Diecisiete sílabas. Un haiku.
Una mañana, nos despertamos. Es el momento de retirarse del mundo para que nos sorprenda mejor.
Una mañana, nos tomamos tiempo para vernos vivir.”
Maxence Fermine
(Creo que este autor te gustaría…)
Gran libro, Rosita!
;D
Hola querido…
me da pena, mucha, verte así..espero q en las letras haya interpretado mal tus sentimientos….
no estés triste..
tienes q ver una peli cojonuda: la de SINCHÁN….el tema es mirar hacia adelante…para mi gusto la peli más profunda o más bien, la q más profundo me ha tocado en los últimos meses
besos