Por mi gran culpa

Estaba estos días sintiéndome algo culpable por tener tan abandonado el blog, víctima inmediata de la locura de trabajo y sentimientos de la que se ha apoderado mi vida desde que regresé a Sevilla. Luego se me pasó. La culpa digo.

Posiblemente eso ha sido una de las grandes cosas que he aprendido en mi período italiano, de los grandes regalos con los que llené el equipaje a la vuelta: la capacidad no de dejar de sentirme culpable, sino más bien de minimizar los daños de esa culpabilidad. Sentirse culpable hasta cierto punto me parece un ejercicio de humanidad irrenunciable, parte de esa esencia que nos hace mejor persona o al menos que nos dignifica. Algo que haces mal te hace sentir culpable. Algo que dejas de hacer te hace sentir culpable. Algo que no puedes evitar te hace sentir culpable.

Tres casos diferentes… ¿para lo mismo? Yo creo que no. Sobre todo porque los dos primeros pueden remediarse de forma práctica (repara lo que hiciste, pide disculpas, haz aquello que dejaste de hacer) pero el tercero es un gusano que se incrusta en el cerebro y el sistema nervioso y te va devorando poco a poco hasta reducirte a una sombra, a un mero recuerdo de lo que fuiste.

La culpa es un estado enfermizo que condiciona y manipula tus sentimientos, un arma mortífera en manos de desalmados que saben retorcerla dentro de tus vísceras hasta convertirte en una masa gelatinosa y anular tu voluntad. Decía Maitena con mucho humor que las madres son auténticas expertas es el manejo de la culpa. Pero no sólo ellas. No hay peor arma que sentirse avegonzado de uno mismo, porque contra eso no puedes reaccionar con ira. Si te atacan y golpean llegas a defenderte y golpear tú. Si te atacas a ti mismo sólo puedes hacerte un ovillo y recibir los porrazos.

Me he pasado la vida sintiéndome culpable por infinidad de cosas: por vivir de mis padres, por no conseguir trabajo en cuanto dejé la carrera, por dar tumbos económicos y sentimentales, por la indecisión amorosa. Por dejar de querer.

Dejar de querer es un sentimiento tan horrible que la única posible redención es la tortura, el recordarte en cada momento cuán miserable eres, en condenarte a la escala más profundamente baja del peor de los infiernos. Soy, soy, soy, pocas palabras son todas las que encuentras para ahondar en la herida que te permite soportar mejor el terrible sentimiento de culpa que te asuela y te aplasta. Si eres castigado, la culpa sabe mejor. La culpa que te impide poner las cosas en su sitio, la culpa que te lleva a olvidar las razones profundas de todo lo que rodea a tus actos, la culpa que te lleva al maquillaje de las realidades que podrían redimirte, que hace que cierres los oídos a las voces sabias de los que ven el bosque desde fuera.

La culpa que se niega tajantemente a ser perdonada. Porque sabes que si te perdonas tendrás que aceptar que ya no te sientes culpable.

Siento la ausencia estos días. Pero ya he vuelto.

9 comentarios para “Por mi gran culpa”

  1. Dr. Malcolm dice:

    y de qué manera!

  2. Veva dice:

    Pero la culpa, especialmente en el desamor, es un mal bicho que reduce nuestras posibilidades. Quieres convertirte en alguien que se acerca a las relaciones con el temor de ser inconstante? En alguien que avisa “no se cuanto tiempo podré quererte”?

  3. k dice:

    Quiero comentar. Pero si me pongo a escribir todo lo que me viene a la cabeza leyéndote, me puede salir un post para mi propio blog o un email. O las dos cosas…

    Y eso sin pensar demasiado.

    Interesante. Comentaristas al poder.

  4. Carlota dice:

    Por eso no puedo escribir nunca y sólo te leo.

  5. Yhebra dice:

    Hay muchas cosas que me gustaría decir sobre el sentimiento de culpa y el terrible punto débil que puede llegar a suponer, pero no soy capaz: me he quedado fascinada con todo lo que veo detrás de tu texto.
    Un beso enorme.

  6. Islabel dice:

    La culpa, qué desgracia. Detrás de la culpa la moral judeocristiana, que nos enseñó que todo es “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Cuando de verdad aprendamos a vivir sin ella podremos ser más libres, disfrutar más de la vida. Es lo que dices en el post, muchas veces tenemos miedo de dejarla porque si no… ¿qué? Uy, el vacío que deja la culpa es enorme, pero enseguida florece y aparece el vergel.
    Uno tiene sus pequeñas responsabilidades con respecto a los otros y a lo que le rodea, pero eso no significa que pueda controlarlo. No todo depende de nosotros. ¿Por qué sentirnos culpables cuando simplemente las cosas son como son? o incluso cuando se pueden cambiar y “mejorar”, entonces ¿de qué sirve la culpa?
    Lo siento por la perorata pero soy firme defensora de la no-culpa.

    Y hay algo que se relaciona con esto: lo que esperan los demás de uno. Muchas veces (el bog es un buen ejemplo) actuamos y funcionamos en la vida para otros y no para nosostros, para nuestra felicidad o nuestra realización. Así, en lugar de compartir las cosas, lo que hacemos es transformar el regalo que ofrecemos al mundo en una obligación. El blog no es una obligación, nada lo es… sólo vivir.

  7. Laurita dice:

    La culpa por dejar de querer pertenece al tercer grupo: las cosas que no podemos evitar. Las cosas por las que te castigas a ti mismo.
    En ese momento te estás queriendo menos.
    No es que quiera llegar al principio de “quiérete tú primero para poder querer a los demás”, pero…
    Dejar de querer debe ser muy duro, pero creo que nunca debemos sentirnos culpables. Señor Fanshawe, creo que usted da más de lo que recibe.

  8. ladydark dice:

    Es cierto que aunque nos retuerce por dentro cuesta abandonarla, pero si no podemos por lo menos tenemos que intentar convivir con ella. Eso sin contar que me he acordado de otra anotación que hiciste sobre lo que significaba las cosas según para quien (http://www.reduciralminimo.com/2007/01/29/lo-importante-que-fuiste-i/), algunas veces nos sentimos culpables por actitudes o decisiones que tal vez al otro no le han supuesto más allá de una leve incomodidad (no digo que sea el caso, pero también ocurre ;))

  9. Fanshawe dice:

    Sí, una vez más me expreso fatal :-) Bueno, no me siento culpable por nada últimamente, como he dicho alguna vez aquí suelo hablar de cosas que pensé o sentí alguna vez y sobre las que reflexiono “a toro pasado”.

    Como digo al principio del post esa es la mejor cosa que me he traido de Italia: la capacidad de minimizar los sentimientos de culpa. Todo lo que escribo después es un intento de recordar lo que sentí por aquel entonces, por qué me resultaba tan difícil abandonar ese sentimiento de culpa.

    En resumen, estoy muy de acuerdo con vosotros, aquí hay otro defensor de la no-culpabilidad.

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