En la semana más absurda y surrelista de mi vida, laboralmente hablando, me encuentro con que mañana me marcho a Tarifa durante un mes para dar clases de español a quinceañeros norteamericanos ricos y posiblemente extremadamente hormonados. No sé dónde voy a vivir, con quién ni qué es exactamente lo que tengo que hacer.
Pretendía continuar el meme con el que me ha honrado k, hacer un post de previa a las vacaciones tranquilo y meditado, saludos, besos, abrazos, nos iremos viendo estos días.
Escribí hace tiempo algo así (hablo de memoria, porque no sé dónde anda el original):
El viajero, cansado, decidió parar en el Hostal “La Luna” a reposar sus doloridos huesos. Pidió una habitación para pasar la noche y cayó rendido de sueño en el acto.
Al despertar, se encontró con que las paredes se habían estrechado tanto que presionaban su cara y que el techo había bajado tanto su altura que rozaba su coronilla.
Maldita sea - pensó. - Ha vuelto a tocarme un cuarto menguante.
Firma con el pseudónimo de Idgie W. Macgregor, pero en realidad se llama María José Barrios. E inaugura hoy columna de microrrelatos en Libro de Notas.
En Amadeus el pobre Salieri estaba corroído por la envidia ante el talento brutal, espectacular, inconmensurable de Mozart. Pero siempre tuve la sensación de que el problema del compositor no era la simple envidia ante su rival, indudablemente mejor que él. No. El problema de Salieri era que no podía soportar que Mozart fuera un inculto. Un tonto. Alguien que no había “trabajado” su talento. Simplemente lo tenía.
Leí una vez un cuento de no recuerdo quién sobre un músico de jazz. El narrador tenía un aire a Salieri, envidioso él también, pero sin la bajeza moral del compositor. La admiración que sentía el narrador por el protagonista, un saxofonista analfabeto y drogadicto, era absoluta, lo llenaba todo. No sabía por qué ni cómo tocaba así de bien. Simplemente lo hacía.
No tengo ni idea de quién es Paul Potts. Leo por ahí que es un vendedor de móviles tremendamente tímido. Tartamudea al hablar y debe concentrarse mucho para expresar lo que quiere decir. Puede provocar risas por su aspecto apocado y de poca cosa.
Eso pensé cuando lo vi. Poca cosa.
Esto es un vídeo del “Factor X” inglés. Paul decide que va a cantar ópera. Mirad las caras del jurado. Mirad las del público. Mirad vuestras propias caras.
Luego escuchadle.
PD: No tengo ni idea de ópera. No sé si ha cantado bien, si llega, si no llega. Su italiano es horrible y se salta palabras de la letra. Pero cuando he visto a ese hombrecillo convertirse en ese cantante me he echado a llorar. Y cada vez que lo oigo se me ponen los vellos de punta. Espero que me comprendáis.
Para mí, durante mucho tiempo, el día a día era una mera cuestión de supervivencia. Concretamente desde el día en el que terminé la carrera, hace ya la friolera de siete años. Hasta entonces el “qué sucederá mañana” conllevaba una respuesta a todas luces sencilla: sucederá que seguiré estudiando, yendo al colegio/instituto/facultad como he hecho cada día casi desde que tengo uso de razón. Pero cuando ves tu nombre escrito en el acta del último examen y al lado hay un “Aprobado” ya sabes, y lo sabes de inmediato, que los buenos tiempos están empezando a terminarse. El día siguiente deja de darse por descontado.
Desde entonces siempre he dado tumbos, girando en torno a una idea que no lograba expresar, caminando por este país y por mi otro país intentando cargar de sentido cada día. Durante bastante tiempo lo conseguí a base de tiritas. Pero las tiritas se caen.
Entonces me acordé de Las muñecas rusas y de un e-mail que escribí hace algunos meses hablando de esa pequeña, insignificante película, pero que me marcó para siempre. Y en estos días, donde las dudas me asuelan un día sí y otro también, no está mal recordarme a mí mismo que sólo estoy a mitad de camino. Y que sea paciente.
Esto decía aquel e-mail:
Yo nunca he visto ninguna película de Yasujiro Ozu, pero a Carlos le gustan mucho. Una de las grandes, grandísimas virtudes de Carlos es que es justo lo contrario del snob (o gafapastismo), que te habla con la misma pasión y utilizando términos sencillísimos tanto de Piratas del Caribe como de Ozu. Me explico el tipo de cine que hacía este hombre, como hacía una película al año donde, a grandes rasgos, contaba siempre la misma historia. Los protagonistas solían ser miembros de una familia a los que no sucedía nunca nada. Hasta que de repente, ocurría algo, algo que Ozu llamaba “la revelación”. Un hecho, externo o interno, grande o pequeño, que cambiaba para siempre la vida del protagonista. Y aunque la película siguiera igual, ya nada era lo mismo.
A finales de Febrero de 2006, más o menos, tenía un exceso de trabajo brutal en el Paleotti. Doblaba turnos continuamente y me encontraba trabajando trece horas al día la mitad de las veces. Estaba agotado porque además trasnochaba, salía, veía pelis… no paraba quieto. Un sábado no podía más y me fui a la cama a las 8 de la tarde, agotado. Caí dormido en el acto.
Me desperté a las 4 de la madrugada, completamente desvelado. La atmósfera de las casas está encantada a esa hora, todo está parado y el paso del tiempo es algo sonoro, como demuestra que es el único momento del día en el que somos capaces de escuchar las manecillas del reloj. Di un par de vueltas en la cama hasta que me harté y decidí poner una película. Busqué en mi disco duro y , por puro azar, escogí “Las muñecas rusas”.
Tenía los cinco sentidos en la película y la sensibilidad a flor de piel. En su día vi “Una casa de locos” (que no me gustó demasiado) y me sorprendió encontrar tan diferente a Xabier, el protagonista. Mucho más reflexivo, me gustaba su mirada y su sonrisa. Después de una hora y media en la película empieza a sonar “Mysteries” de Beth Gibbons. Tuve que contenerme para no echarme a llorar.
Había tenido mi revelación. No es que yo quisiera ser como Xabier, es que yo ERA Xabier. Perdido en una ciudad que me resultaba hostil y acogedora al 50%, intentando sobrevivir escribiendo, aceptando cualquier trabajo para poder seguir viviendo allí, habitando casas medio destruidas que se sostienen por el calor humano, orgulloso de mi propio espacio. Xabier tiene algo de suerte, no demasiada, sólo algo, pero lo que él hace es exactamente lo que quería hacer yo. Aceptar y encajar que pase lo que pase tienes que intentarlo hasta que salga bien o hasta que te hundas con todo el equipo.
Terminó la película y amanecía fuera, y yo había decidido qué iba a hacer con mi vida.