Si tuviera uno de esos indicadores de tensión que midiera las energias de los que andan a mi alrededor, estaríamos descendiendo a un pico bastante bajo durante este final de noviembre. Será que el otoño ha caído de golpe, con la tromba de agua que no ha parado desde esta madrugada, los bajos del pantalón mojados, los paraguas, sacar el calentador para el baño, comprar jerseys y calcetines nuevos. Pero la verdad es que no hago más que pensar en lugares comunes que tienen que ver con el viento, la melancolía, la tristeza con rasgos de belleza, la lluvia, la lentitud, la pesadez… siempre he sido muy mal poeta y ni siquiera creo que se me dé bien la prosa poética pero es como si el cuerpo me pidiera escribir versos idiotas sobre todas esas cosas que surgen cuando se acaba el verano.
Ayuda el viaje a Madrid a pasar unos días con mi hermano, en una casa que siempre le digo que es como un parque temático. Está llena de películas y revistas, cómics y libros, cada cual más interesante. Está llena de “literatura de baño” y tiene una tele llena de canales donde siempre hay algo que ver y una videoconsola de última generación donde jugar a cualquier cosa es mearse de risa, donde siempre que voy acabamos comiendo comida basura. Eso me llevó mentalmente a mis veranos y mis navidades en Pamplona, donde nos juntábamos los cuatro primos y que cada vez que yo entraba en ese piso de la Avenida Sancho el Fuerte primero y la Avenida de Zaragoza después me enterraba entre cómics de la Patrulla X soñando con ser uno de ellos y ligarme a Pícara, y eso que no podía besarte (¡te quitaba los poderes!). Libros de fantasía heróica, música de Roxette y de Roy Orbison, juegos del Commodore, me faltaba tiempo para devorar todo lo que había en aquellas estanterías…
Ayuda también el haberme vuelto en el tren leyendo el libro que le robé al sr. Driftwood, el segundo tomo de los diarios neoyorkinos de Hilario Barrero, se llama De amores y temores. Vi hace poco la última película de Fatih Akin, se llamará en España Al otro lado. Salí maravillado del cine, no por la historia que me estaba contando sino por la fascinante manera que tenía de contarla. Con Barrero me ocurre algo parecido, posiblemente analizando temáticamente este libro no cuente nada en concreto, o nada “objetivamente” interesante, pero la maestría con la que te lo cuenta, esa sensación de estar tomándome un café con él mientras escucho sus pensamientos, todo eso me ha llevado a sentirme un personaje de sus diarios, tal vez porque yo también sueño con dar clases de literatura española en Princeton, o en Estrasburgo, o en Roma, o en Bremen, mientras saco tiempo para seguir escribiendo obras de teatro que tal vez alguien alguna vez quiera representar. Es lo bueno de mi envidia, que aunque envidio la Nueva York de Barrero y su mano escribiendo lo que deseo es publicar un tomo parecido y mandarle una carta dándole las gracias por indicarme el camino.
Ayuda la mala suerte de algunos que tengo cerca, gente que trata de no llorar su luto a solas, correos duros y secos desde el otro lado del océano, amores que no deberían ser puestos en duda y en cambio son distribuidos en cuentagotas de forma repugnante, unas cuantas horas por semana, charlas informales, comidas baratas en un campus en la mejor compañía, falta de planes, ganas de que acabe algo para poder empezar otra cosa. Yo escucho y asiento y miro y abrazo y quiero y poco más, esto tiene el otoño, supongo.
Y por supuesto ayuda la tercera mudanza, física, que no mental, esa la hice meses antes, que me lleva de sur a norte de nuevo, otra vez hacia la lluvia y cielos grises, edificios de piedra y calles estrechas, otro idioma que se parece al mío y que acabaré haciendo mío. Volver a Sevilla como siempre, a hacer más maletas, como siempre, a meter libros en cajas y reordenarlo todo, a comprar ropa que no usaré aquí, a irme al único lugar donde quiero estar. Le decía a Yhebra que en pocos meses iba a tener que rebautizar otra vez el blog y ponerle un 3.0. Ella decía que no.
¿Reducir al Mínimo 3.0? Qué va, yo creo que esto es reducir al máximo. Y la mudanza mental ya la tenías hecha antes de decidir quedarte. Y si no, a ver en qué estabas pensando todo el tiempo en Sevilla: en estar en Santiago con la gata. En Santiago, o en cualquier otra parte del mundo, qué más da. Si yo tuviera eso que tenéis vosotros, me iría a la Conchinchina si hiciese falta. Las ciudades y los trabajos son sólo torpes sustitutos de lo que más importa: no sentirse solo al llegar a casa, al enfrentarse a un problema, al tener un día triste o al recibir una buena sorpresa. Tener alguien con quien compartir tu vida, por quien mover cielo y tierra si fuese necesario. The home is where the heart is, I’ve been told. Una fantástica frase de NOFX que repito hasta la saciedad.