Corría el ya famoso 1998 cuando en un arrebato muy pensado (nótese la paradoja) compré junto con mi novia de entonces y otros dos amigos cuatro billetes de Interrail, una zona, y me lancé a conocer mundo, en el que sería el primero de muchos viajes en tren que traería mi vida. Pisamos Holanda y Bélgica y echamos un día en Amsterdam, un par en Brujas, otro en Bruselas y a la vuelta vegetamos sobre la pedregosa y fea Niza. Pero el objetivo real de aquel viaje era conocer París así que, aprovechando la casa de la prima de Diana allí en la zona cinco de la capital francesa, pasamos once días el la ciudad más romántica del mundo con la intención de conocerla a fondo.
Recuerdo a las chicas con la bandera francesa pintadas en los labios, el Sena y los Campos Elíseos vacíos, París casi completamente en silencio. Era el día de la final del mundial de Francia, y Zidane aplastaba al Brasil de Ronaldo sin tapujos.
Casi no recuerdo nada más.
Por circunstancias puramente personales (es decir, por la nociva relación que tuvimos mi ex y yo en aquel viaje), durante mucho tiempo recordé París con odio y asco. Me daban igual torres eiffeles, ríos y puentes mágicos, louvres y rodins, me daban igual Amiens o Chartre, en mi cabeza París era ira en mi interior, desear que terminaran aquellos días, amenazas, dolores de cabeza… en fin, lo contrario a un viaje soñado.
Hoy el Dr. Malcolm ha tenido a bien recoger el guante que le lancé y contarnos lo que estuvo haciendo allá por el año 1998, el año donde, dice, empezó a odiar un poquito Bologna. Gracias a que él escribió una entrada llamada Unibo.it en su blog yo aparecí en su vida (y el en la mía) hace ya casi dos años. Se dice pronto. El tiempo ha pasado y hemos aprendido a no llamarnos de usted, hemos compartido tapas y sol, nos hemos dado cuenta de que nos entendemos francamente bien. Quiero pensar que eso, eso y otras cosas que no sé pero él sí, le ha llevado a perdonar, un poquito, a la maléfica Bologna que tan malos tragos le hizo dar en 1998.
Hay que perdonar a las ciudades, testigos involuntarios de tu propio drama interno pero receptores de iras y odios, de rencores infinitos que son muy difíciles de borrar. Tendré que perdonar a aquella Paris que me parecía vacía y hueca cuando era yo el que no contenía nada dentro, o a esa Venecia que en mis tres visitas, tres, siempre ha sido una especie de infierno dantesco en tierra para mí; o a la Verona que después de sus dos amantes para mí significó un viaje de dos horas simplemente para destruir y romper definitivamente cosas construidas con infinita paciencia. Sí, tendré que ir a Verona a perdonarla, ya que mi Monia se muda para allá y seguro que en pocos meses la llena de sentido para que, como se hace con los amigos con los que no quieres estar enfadado, acabe riéndome y brindando por la composición del cloro mientras nuestras sonrisas delatan que no, que ya no estamos enfadados, que te he perdonado.
Perdonar ciudades, que dura tarea, pero se puede. Como cuando fui a Rímini, la Rímini de Fellini y Amarcord, a pasar el día entre amigos y tebeos y al volver reflexionaba y me admiraba de cómo no quedaban restos de rencor hacia aquella ciudad fea, turística, comercial que me acogió cuando abandoné Sevilla para siempre por primera vez. Porque, no sé si os lo he contado, cuando yo llegué a Italia no aterricé en Bologna sino en la casa de Amelia en Rímini…