Me llamó por teléfono C. la otra noche desde mi casa en Sevilla, donde compartía cena, pelis y risas con Yhebra, Idgie y el_hilo_de_Ariadna. El objeto de la llamada, en teoría, era preguntarme por algún problema técnico para conectar el ordenador al televisor, pero la razón última era simplemente hacerme saber que estaban juntos y que les habría gustado tenernos por allí. Les escuché encantado, bromeamos, hablamos de nada y además de manera desordenada y luego colgaron para seguir con su fiesta del domingo noche. Eché de menos muchas cosas pero tal vez la ausencia que más noté fue la menos esperada: no sentí envidia.
Evidentemente no me refiero a envidia malsana sino a una cierta sensación de fastidio sonriente, de melancolía nostálgica entre enfurruñada y alegre por no estar allí poniendo mi granito de arena en el ruido que se genera en mi salón, el salón con el techo más bajo del mundo. Ese detalle nos pone a todos más cerca, no es ninguna tontería.
La razón no es otra que ese extraño sentimiento de culpa que me invade (y me consta que no sólo a mí) cada vez que desequilibro esta rutina extraña que sigo desde hace ya más de un año. No sé si lo he comentado antes pero probablemente el período más liberador de mi vida haya sido ese año que pasé trabajando en el Palazzo Paleotti en Bologna como asistente informático. Trabajaba como una mula, seis días en semana, con unos turnos impresentables y un sueldo indigno. Pero el sábado, el sabado a las once de la noche cuando llegaba a casa de esa maldita sala de estudio, yo calentaba la comida que hubiese dejado hecha Massi a mediodía, cenaba con calma con la radio puesta y luego encendía un cigarrillo y me ponía una serie, o cargaba la Play. Y que le den por culo al mundo, me lo había merecido. Agotado, derrumbado y con el cerebro vacío, desprovisto de nada parecido al sentimiento de culpa, había trabajado mucho y muy duro y ahora me había ganado mi vagancia. Y mis trasnoches. Y mis viajes. Y todo lo demás. Me lo tenía bien merecido.
Eso se terminó. Me convertí en mi propio jefe y empecé a pagarme mucho menos de lo que cobraba antes y a tener un horario mucho más tiránico. Y encima me sentía completamente implicado en la “empresa”, tanto, tantísimo que no importaba lo que estuviera haciendo. Mi pensamiento, a veces de manera estridente, a veces como un murmullo, siempre acababa llegando al mismo punto: debería estar trabajando. Siempre. A todas horas. Han pasado quince meses y sigue ocurriéndome lo mismo. En lugar de escribir este post debería estar trabajando. En lugar de ver una película debería estar trabajando. En lugar de pasar un fin de semana en Madrid debería estar trabajando. ¿No te has enterado? Deberías-estar-trabajando. So mamón.
Con C. nunca vale un ratito. No me interesan los minutos de la basura con él, ni los intermedios ni los saludos breves. No me gustan, no los disfruto, no los saboreo. Con C. menos de cinco horas me parece tiempo mal empleado. Por eso no sentí envidia. Porque sabía cómo sería una noche así: película, charla, película, charla, cena, película, charla, charla, charla, a la cama, más charla, más, más y más. Levantarse a horas infinitamente tardías, desayunar hasta la hora de la cena, salir a saquear visualmente todas las librerías, charla, charla, charla. ¿Y yo? Disfrutando de esos momentos, de esas horas, exprimiéndolas… ojalá. Porque una parte de mí siempre pensará “deberías estar trabajando”, hay que joderse.
Cuando me da por fantasear, sueño con el momento en el que cerraré alguna de las cosas que tengo abiertas, de las gordas, digo. Que terminaré de hacer esto y aquello, lo que me persigue desde hace meses cuando no son años, que luego alguien lo verá y lo comprará, que funcionará, que irá adelante. Y sueño con el momento en el que termine todo, todo se acabe, ponga punto y final a algo. Entonces, sueño, digo, entonces me iré a hacer el insomne durante los días que haga falta y leeré a las cinco de la tarde y trasnocharé viendo películas en blanco y negro y jugaré cuatro campeonatos seguidos en la videoconsola y así todo será bueno, perfecto, cerrado. Entonces y sólo entonces.
C., junto con las tres personas que lo acompañaban cuando me llamó por teléfono y alguna persona más, son los auténticos damnificados de mi rutina, aquellos que de puro amor y amistad no osan quejarse cuando motivos tendrían de sobra para ello. No hay peor esclavista que el hijo de puta que duerme contigo cada noche.