Dice C. en un correo escrito a las cinco de la mañana:
Las hombres primitivos, leo en un libro sobre mitología, entendían la muerte como un renacimiento. Lo veían a su alrededor: era necesario que las plantas murieran y diesen su semilla para que creciesen de nuevo. Muerte y resurrección. Le estoy dando vueltas constantemente a esta idea, a lo necesario que es morir y renacer para acabar con el cansancio. Tú moriste en Italia. Regresaste. Todo el mundo te vio más joven. Es curioso: tras la noche, uno se corta el pelo, aligera sus ropas y cualquier trabajo le viene bien.
Y más adelante:
Pero ahora, en este primer punto de giro, tengo la sensación de que vamos a tener que avivarnos la llamita unos a otros constantemente; animarnos a morir y a renacer de otra forma.
Mi renacimiento está demasiado cerca en el tiempo y no tengo cansancio alguno que querer barrer. Tengo un amigo que está en ese punto en el que por sus hombros ya no se aparecen un angelito y un diablito dando opciones contrapuestas sino que se materializan sobre él dos del servicio de atención al cliente, chaqueta, corbata y maletín. Ambos andan bastante de acuerdo e intentan convencerlo con buenas palabras de que la felicidad tiene más vestidos que el de la música, que es el que él, mi amigo, le pone todas las mañanas. Él los escucha y le tienta, ay, le tienta cerrar los ojos y asentir con la cabeza.
Tengo una amiga a la que le han ofrecido la posibilidad de trabajar investigando en lo que siempre ha querido en Verona, a apenas ciento cincuenta kilómetros de Bologna. Lleva diez años viviendo en mi ciudad y ahora mismo se siente como si fuese un árbol pequeño al que estuviesen trasladando de una tierra a otra, con raíces y todo. Desde hace algún tiempo adivinaba cansancio en su cara y en su sonrisa, que ya sólo acompañaba a la de los demás, no las provocaba. Suerte.
Tengo alguien más que un amigo que está tentando a un futuro diferente como hacen los recién casados con la casa de sus sueños: van una y otra vez a mirarla, mueven los muebles, imaginan cocinas, decoran paredes, cambian los suelos, crecen los huertos… y se vuelven a marchar a deliberar a casa para que, cuando parece totalmente decididos, uno de los dos diga “¿Y si volvemos a verla otra vez?”. Esta última visita parece que ha sido la definitiva. Suerte también.
Mucha suerte.
Sabía lo que quería decir aquí. Pero de repente, ya no. Perdón. En cualquier caso, buen texto, desde luego.
Un saludo.