Marta Fernández

Me atrevo a poner su nombre porque es tan común que podría ser cualquiera. Pero es su nombre real. Hace tiempo que prometí a Laura contarle su historia y creo que ya toca cumplir la promesa. Podría intentar narrar todo lo que sucedió, algo que nos dejó a muchos conmocionados y divertidos y que visto en la distancia tenía mucho más que ver con nuestra pasión por la vida misma que con la realidad. Al final escribí una carta a Marta Fernández contándole esta historia y aquí reproduzco esa carta, que ella nunca contestó. (Apenas he cambiado algún nombre por su nick y poco más. Lo demás es tal cual la escribí entonces).

¿Qué ocurre cuando estás tranquilamente trabajando de camarera en un bar - sí, ese curro que haces por las tarde para sacarte unas pelillas, un sitio con buen ambiente, vaya, trabajas a gusto – y de repente un tipo con un aspecto algo extraño se te queda mirando completamente alucinado y se pone blanco?

Claro, si eres una persona medianamente amable pues le sonríes con algo de timidez mientras piensas: “¿quién cojones será este?”.

Si el tipo se te acerca y te pregunta “¿tú eres Marta?” ya empiezas a decirte a ti misma “ah, vale, que me conoce” y empiezas a bucear en tu memoria a ver de dónde viene. Y el caso es que te suena la cara, pero no sabrías decir de dónde. Así que, amablemente, preguntas: “¿nos conocemos?”, mientras intentas evitar que el tipo te saque una cerveza gratis. Pero vaya, este tío es de verdad raro, y te dice “yo a ti bastante. Tú a mí no”. ¡Y encima se pira! Bueno, tampoco te vas a comer la cabeza, pero ya algo de curiosidad te da.

El cruce de cables definitivo sucede cuando al terminar tu turno, justo antes de irte con tus amigos le vuelves a preguntar al tipo que de qué te conoce y el tío te suelta una biografía de tu propia vida en tres líneas: “Eres Marta Fernández, estudias o has estudiado Lengua, siempre has querido escribir guiones, últimamente has estado ojeando libros de poesía italiana…”. Claro, lo más normal del mundo es que te pongas francamente nerviosa y empieces a preocuparte por el posible psicópata que tienes delante. El tipo te invita a una cerveza pero tú tienes que irte, así que en dos minutos te explica de qué te conoce. Lo cierto es que su historia no tiene ni pies ni cabeza, habla de una casualidad, de personas en común… pero cojones, no es para tanto. Tú aciertas a musitar: “fíjate, las casualidades”, y te escapas a toda prisa.

Hasta aquí tenemos los hechos que conozco yo, aderezados con alguna suposición. Después hipotizo lo que has podido pensar. Si por casualidad has recordado la anécdota en algún momento, es posible que te hayas temido que yo volviera a aparecer (el psicópata y tal). O tal vez te daba curiosidad la historia, vete tú a saber. Claro que quizás también te acordaras de que el tipo (yo) te dijo que no vivía en España, así que ya sabías que no volvería por el bar en bastante tiempo (si dijo la verdad).

Pero la verdad Marta es que me he quedado con las ganas de contarte la historia completa en condiciones. Y explicarte mi perplejidad y por qué me puse blanco cuando entré en el bar y te reconocí. Por que, tal y como lo he vivido yo, esto es bastante más que una coincidencia, o al menos una coincidencia espectacular, la más grande de mi vida. Así que a través de mi querida amiga Yhebra, otra amante furibunda del azar, te hago llegar esta carta, escrita desde Bologna, y espero que te diviertas leyéndola como yo escribiéndola.

Primero, las presentaciones. Me llamo Fanshawe, y vivo en el norte de Italia desde hace más o menos un año y medio. Tengo bastantes amigos repartidos por el mundo, se puede decir que en ese sentido soy bastante afortunado. Y entre todos ellos la relación más íntima la tengo con C. Conocí a C. hace unos cinco años, yo había terminado la carrera (periodismo) y él hacía el último año de Comunicación Audiovisual. A lo largo de estos cinco años de amistad hemos desarrollado una relación estrechísima y actualmente para mí es mucho más que mi amigo. En muchos sentidos es un espejo, mi otra mitad, tenemos un vínculo muy muy especial y bastante incomparable. El vive desde hace otro año y medio en Salzburgo y nos vemos un par de veces al año, pero lo que nos une va mucho más allá de cualquier distancia física.

Hemos vivido muchas cosas juntos pero él siempre me ha insistido que no tenemos vínculos con el pasado del otro. Es decir, en cierto sentido nuestra vida tiene un punto de inflexión, que es cuando nos conocimos. Todo lo que sucedió antes son anecdotas que a veces nos contamos pero que no tienen más sentido que el de la propia anécdota. En cambio las cosas que nos han sucedido después las compartimos intensamente, aunque no las hayamos vivido juntos. Efectivamente, no tenemos vínculos con el pasado del otro, no sé si me explico.

El 27 de diciembre, C. y yo quedamos para vernos, después de 4 meses separados. Desayunamos a lo grande y pasamos 4 horas hablando como locos, poniéndonos al día. Después cumplimos una de las nuestras tradiciones. La llamamos: “te invito a un libro”. Vamos a alguna librería y cada uno elige un libro para el otro y se lo regala. Nos fuimos a la Casa del Libro y nos pusimos a girar por la sección de bolsillo. De pronto un chico preguntó donde podía encontrar Ciencia Ficción y C. se metió a explicarle posibilidades mientras yo les observaba en segundo plano. En un momento dado C. dijo: “… y si no puedes ir a Santa Catalina, donde está la librería “héroes y villanos”.

Aquí es donde entras tú.

Tú estabas mirando libros de poesía muy cerca de nosotros. Tenías en la mano, me pareció ver, un libro de una poeta italiana. Cuando escuchaste las palabras “héroes y villanos” levantaste la mirada y sonreíste. Era una bonita sonrisa, desde luego, media sonrisa más bien, y nuestras miradas se cruzaron. Te devolví la sonrisa y seguiste a lo tuyo. Hasta aquí todo normal.

¿Si?

Carlos terminó de hablar con aquel chico y yo aproveché para decirle: “aquella chica nos ha sonreído”. El miró hacia ti, pero estabas de espaldas. No te vio la cara. Sin darle más importancia se lanzó a seguir buscando un libro para mí, y se supone que yo debía hacer lo mismo.

Pero no podía. Estaba nervioso. Es algo completamente absurdo, soy un tipo muy observador, siempre miro a las personas por todas partes y nunca, nunca en toda mi vida, me había quedado tan inquieto después de ver a un desconocido. Y lo peor es que no lograba comprender por qué. Oye, eres bastante guapa, pero en fin, se ven miles de chicas guapas todos los días por la calle. Vestida completamente normal, mirando libros, joder, normal todo, normalísimo. Pero yo me quedé nervioso e inquieto y no podía desembarazarme de esa sensación y además me cabreaba, porque no conseguía comprenderlo. Así que en lugar de buscar un libro me quedé rondando cerca de donde estabas tú intentando comprender qué me estaba pasando. Al final te perdí de vista. No sabía donde te habías metido, así que me pasé diez minutos mirando a ver si te reencontraba. E, insisto, ni siquiera sabía por qué, no pensaba decir o hacer nada, pero no sabía como calmar mi inquietud. El proprio C., cuando me vio, me lo dijo: “tío, te noto nervioso”. Yo le di la respuesta lógica que encontró mi cerebro: “es que no te encuentro un libro”. Pero lo cierto es que yo no miraba hacia los libros. Miraba hacia arriba.

Finalmente pagamos los libros elegidos y salimos de allí. Pero nos quedamos en la puerta, los dos en silencio, sin saber muy bien por qué. Finalmente miré a mi amigo y la conversación fue más o menos así:

FANS: Me he quedado inquieto por la chica que nos ha sonreído. Me he quedado con las ganas de invitarle a un café y tratar de comprender por qué me ha provocado esta intranquilidad, saber quién es. Pero la he perdido de vista, igual ha salido.

C: ¿Cómo iba vestida?

FANS: Pues… no sé, medio jipilonga, pantalones amplios, un jersey de cuello alto de rojo burdeos o parecido, un pañuelo de esos de mercadillo, y el pelo recogido en un semi moño.

C: Mmmm… voy a buscarla…

C., que no te había visto la cara antes, entró en la librería de nuevo (¿por qué él y no yo?) y se dirigió directamente a la última planta (¿por qué allí y no en la primera o en la segunda?). Cuando volvió estaba completamente pálido.

C: (Balbuceando) ¿Medio hippy?

FANS: Sí.

C: ¿Pelo recogido?

FANS: Sí.

C: ¿Jersey de cuello alto rojo?

FANS: Sí.

C: (Muy despacio) La única persona que he visto con esa descripción es la chica de la que estuve enamorado a los 14 años.

Silencio. O como lo llamaría el proprio C., terror metafísico.

FANS: (Recomponiéndose como puede) Ejem, vale. Hagamos esto. Yo me enciendo un cigarrillo y si para cuando termine no ha salido, nos marchamos.

Vale. Me enciendo el cigarrillo. Fumo. Le doy la última calada. Lo arrojo. En ese momento Marta Fernández sale de la Casa del libro y se marcha por la calle Velázquez tan tranquila, ajena a la revolución que acaba de iniciar involuntariamente.

FANS y C: (A la vez) Es ella.

Chica, nos quedamos sin aliento unos minutos, mirando al lugar por donde te habías marchado. Simplemente alucinados, sin palabras, sin movernos. Para cuando reaccionamos ya era demasiado tarde: habías desaparecido. Nos lanzamos a buscarte, ahora sí que te invitábamos al café, claro que sí. Echamos los dados al azar, nos fuimos a la librería Beta del teatro Imperial, mirando, buscando, intentando localizarte. En vano. Te habías esfumado.

Marta, estuvimos haciendo esa operación toda la tarde, medio asustados. En cada sitio al que fuimos (un bar en Santa María la Blanca, el café Alfalfa 10, la Plaza Nueva) mirábamos a todas partes esperando verte aparecer. No fue así. C. me explicó quién eras, lo de que estudiabas Lengua, lo de que querías ser guionista, en fin, los tres datos que te solté aquella tarde en el bar y que te dejaron medio asustada.

Al día siguiente por la noche, en mi casa, estábamos reunidos varios amigos míos y yo y conté esta historia. Toda mi gente sabe muy bien que siempre le estoy dando vueltas al tema del azar y de la casualidad, es algo que me fascina, así que esta historia va mucho conmigo. La conté con todo lujo de detalles, tal y como te la estoy contando a ti ahora, y las preguntas se agolpaban en la cabeza de todos los presentes:

* ¿Por qué C. no te vio la cara la primera vez? Si te hubiese visto la cara simplemente te habría saludado, o me habría dicho que te conocía, sin más. Pero no te vio, lo que provocó que se desarrollara todo lo que pasó después.

* ¿Por qué sonreiste?

* ¿Por qué tenías en la mano un libro de poesía italiana?

* ¿Por qué al salir de la Casa del Libro no nos marchamos, sino que nos quedamos esperando en la puerta?

* ¿Por qué C. se dirigió directamente a la tercera planta a buscarte?

* Y, sobre todo… ¿Por qué narices me quedé tan sumamente nervioso, tan tremendamente inquieto, por una chica absolutamente normal a la que no había visto en mi vida?

Al menos a esa última pregunta mi amiga Elena me dio una respuesta: “Has reconocido al amor de adolescencia de C.”. Yo te había reconocido. A pesar de no haberte visto nunca, a pesar de que C. jamás me habló de ti. Yo te había reconocido, claro. Y el propio C. concluyó: “acabamos de encontrar tu vínculo con mi pasado”.

Joder.

¿Final de la historia? Ya sabes que no.

La cosa se podía haber quedado ahí, ya era bastante espectacular así. Pero mira tu por donde el destino y el azar nos da una vuelta de tuerca más, cuando parecía imposible. Así que nos vamos a comprar algunas cosas por el centro yo mismo, mi amigo Snake y mi amiga Lu, dos de las personas a las que apenas unas horas antes les había contado esta historia. Y al finalizar las compras decidimos tomar algo. Y digo yo: “Vamos al bar ese de allí!”. Y allí que vamos. Y cuando entro en el bar me quedo paralizado. Porque la camarera de aquel bar no es otra que Marta Fernández, el amor de adolescencia de mi mejor amigo, la chica a la que yo había reconocido sin haberla visto antes en mi vida, la protagonista de la historia que me habia dedicado a contar la noche anterior.

Joder.

Mira que es grande Sevilla. Pues ahí estabas tú. Dos días antes de que yo me marchara de nuevo a Bologna y no regresaré a Sevilla hasta agosto. La cuadratura del círculo.

Joder.

Y ahora sí que se acaba la historia. Eso explica que me quedara tan paralizado al verte, eso explica que te contara tan precipitadamente todo esto y, creo, te asustara un poco. No quería irme de Sevilla sin contarte algo, esperaba a que terminaras de trabajar para invitarte a sentarte con nosotros en la mesa y explicártelo, desgraciadamente te marchabas a toda prisa y yo sabía que los dos días que me quedaban no tenía tiempo material para pasar de nuevo por el bar. Esta es la razón de esta carta, espero que hayas aguantado hasta el final.

Solo una cosita más. Tú, hasta ahora, no sabías nada de todo esto. Y hay algo que me resulta francamente divertido. ¿Te das cuenta de que, sin saberlo, sin comerlo ni beberlo, has sido la protagonista de una historia que han compartido como quince personas? La hemos contado, comentado, analizado, fantaseado sobre ella, mis amigos, Elena, Andrea, Yhebra, Lu, Snake, muchos más, hablamos de ella, con una protagonista central, tú, Marta Fernández, con nombre y apellidos, que ni siquiera has sido consciente de ello. Durante tres días has sido la auténtica protagonista central de las conversaciones de un puñado de desconocidos.

Y hasta aquí. Ahora puedes hacer un montón de cosas (entre otras tirar esto a la papelera) pero la verdad es que me encantaría que estuviéramos en contacto. Que me escribas y me digas que te ha parecido todo esto, como te has sentido. Realmente tomarme ese café que no te ofrecí, aunque sea virtualmente. Te dejo un e-mail, así sabes donde encontrarme.

Un beso fuerte Marta. Y hasta pronto.

Fanshawe

18 comentarios para “Marta Fernández”

  1. Dr. Malcolm dice:

    que escribías relindo, eso ya lo sabíamos,
    que te pasaban cosas raras, también
    pero esto, esto es otro ejemplo de porqué un día pasé por aquí y me quedé a vivir.
    porque de vez en cuando, sin regularidad establecida, sin previo aviso, nos regalas este tipo de cosas.

    besos efusivos

    ¿y hacer un guión sobre esto?¿y buscar pasta para filmarlo? ¿y conseguirla y conseguirlo? yo me apunto

  2. edinne dice:

    Lástima que no contestara, yo lo hubiera hecho, aunque también es cierto que yo también amo el azar.
    Recordaba una historia de esas que sólo existe por puro azar y que viví durante años desde 2001, y como todas estas historias nunca sabes si acabarán.
    Por cierto, gracias. Preciosa historia.

  3. el_hilo_de_ariadna dice:

    Jo, qué recuerdos… Fuimos a la Alameda, precisamente, porque yo quería hacer mi último intento por comprarte un poncho… y dijimos Bulevard, quién sabe por qué :)

  4. C. dice:

    No he vuelto a verla desde entonces.

  5. Yhebra dice:

    Y yo no dejo de preguntarme cada vez que pienso en esta historia, ¿qué habría pasado si Marta Fernández hubiera contestado a tu carta? ¿Habríamos llevado a cabo nuestro plan para salvar el mundo entonces? Durante un tiempo pensé que lo intentaríamos de todos modos, pero la verdad es que después nos hemos dejado llevar por la vida, por el trabajo, y hemos desaprovechado nuestra oportunidad de ser superhéroes…

  6. Laura dice:

    Gracias, chico de la vida paralela. Yo también me paso la vida dandole vueltas a eso del azar. Me encanta cuando se vuelve redondo; y que lo haga tan, tan a menudo. Tengo, ademas, una bruja de cabecera al lado de la cual las casualidades alcanzan proporciones cosmicas.
    Ahora soy yo la que te debe una historia, porque te va a gustar. La eternamente recordada, contada, amasada, temida, novelada, historia de como todos los circulos se hicieron concentricos en Peru.
    Aunque habria tantas otras posibles… A veces uno se pregunta si es verdad que estas cosas estan o no por todas partes. Espero en todo caso que hayas leido “La insoportable levedad del ser”, mister Fanshawe.

  7. Airos dice:

    ¡Ay! Si no fuera por este tipo de historias…
    Qué maravilla, señor Fanshawe, y qué de porqués me deja en la cabeza.
    Un abrazo.

  8. Doctor Malcolm, si fuese un guión de cine, sería una película de Julio Médem, que algo sabía de la casualidad.

    Estaba pensando que de alguna manera Marta Fernández también me llevó a ti.

    Ah, y que a través de Marta, fue la primera vez que Lo supo de ti también.

    Ya ves… azar, mariposas…

  9. Oliver dice:

    Cuando le contaste a Marta F. que la conocías y ella a ti no, lo que realmente la dejó inquieta no fue que pudieras ser un acosador o un raro que no la fuera a dejar en paz. La noche justo después de verte en la libreria ella empezó a escribir un guión. Como mucha gente cuando escribe utiliza las caras de gente real, a veces de desconocidos con los que solamente se ha topado unos segundos. Para el personaje principal utilizó la tuya. Se trataba de una historia muy alambicada y terrible, que no sabía todavía como, pero que terminaba mal. Y su propia historia la atrapó tanto que cuando te encontró no se dió cuenta de que eras precisamente tú el que había utilizado para ponerle cara a su personaje principal.. lo único que vio fue que eras muy parecido a él… y tú, aunque real, quizá un poco más desdibujado que su personaje, tan vivido. Pero lo que de verdad la puso nerviosa fue que precisamente la historia empezaba con él presentandose a una desconocida, con esa típica línea de guión que tú has descrito. Todo eso la molestaba un poco, pues el que tú realmente existieras le parecía una inconcebible intrusión en su mundo privado. Cuando dejas que alguien lea lo que has escrito, quedas siempre expuesto, sobre todo cuando lo has sentido al escribirlo, cuando es sincero. Pero esto era en cierto modo mucho más que eso. Que un desconocido conociera datos sobre su vida, no era tan invasivo como esa escenificación de su propia intimidad. Se sintió mareada y buscó una excusa para marcharse, luego intentó olvidarlo todo, pero ya no pudo: sabía que en cierto modo ella escribía sobre ti, y eso le parecía justo, pues era una buena manera de devolvertela, de vengarse por ese ultraje inesperado. El guión se volvió más y más complicado, sin embargo, ahora le parecía más fácil de escribir, sabiendo que era sobre alguien real. Le gustaba pensar que no inventaba nada, sino que todo lo que contaba había pasado o iba a pasar en algún momento, aunque quizá no en el mismo orden. La mañana en que terminó la historia, salió a dar un paseo por un parque a mirar a las palomas. No quería dormir, a pesar de que la noche anterior no se había acostado, ensimismada, desentramando el terrible final de su historia. En ese final, el protagonista, se planteaba si debía escribirle una carta a la chica del principio, aquella a la que finalmente nunca había conocido directamente sino por esa breve conversación. Lo que no sabía era que debido a una serie de complicadas e inexplicables casualidades, elegir escribir la carta suponía que debía necesariamente morir. El guión terminaba con ese final abierto: tú, con el papel de carta entre las manos, luego soltándolo en la mesa con un gesto que al mismo tiempo podía interpretarse como renuncia o resolución. Marta F. después de dar ese paseo por el parque, regresó a su casa. Su compañera de piso había sacado el correo y había puesto tu carta sobre la mesa del comedor. Marta Fernandez. Y su dirección. Mucho antes de abrirla, supo que esa carta era tuya. Luego de leerla, dos cosas: guardó su guión en el altillo de su armario, en una caja grande de cartón color naranja, y decidió que nunca, nunca, te respondería.

  10. …jo… no hace tiempo que no paso por la alameda…

    C. y Fanshawe: ¿esto fue antes o después del Extremeño Nazi?

  11. lablanco dice:

    Fans, cásate conmigo!

  12. Fanshawe dice:

    Me lo pensaré, lab ;-)

  13. Fanshawe dice:

    @Hortera: fue después, sin duda. Aquello fue premonitorio.

  14. c. dice:

    El extremeño nazi… Qué grande era. Alguien debería contar también esa historia… en algún momento. El mundo tendría entonces algunas cosas muchísimo más claras, se disiparían ciertas dudas, sería el adiós de unas cuantas incógnitas.

    Pero no sé si estamos preparados para hablar de ello.

    ¿Merece el mundo conocer este inmenso relato?

    ¿Lo merece?

    Y si no… ¿Qué merece el mundo?

    Opciones:

    1. Ancas de ranas salteadas (12 euros la ración)
    2. Salmorejo (6 euros el cuenco grande)
    3. Caldereta (8,50 la ración)

    La caldereta no está mal, pero el salmorejo lo hacemos aquí mejor. Las ancas de rana, superiores.

  15. Laurita dice:

    Señor Fansahawe, debe saber que es usted el único al que le tolero estos posts tan largos.
    Es un placer consentirle.

  16. jes dice:

    Ambos están convencidos
    de que los ha unido un sentimiento repentino.

    Es hermosa esa seguridad,
    pero la inseguridad es más hermosa.

    Imaginan que como antes no se conocían
    no había sucedido nada entre ellos.

    Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
    en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

    Me gustaría preguntarles
    si no recuerdan
    -quizá un encuentro frente a frente
    alguna vez en una puerta giratoria,
    o algún “lo siento”
    o el sonido de “se ha equivocado” en el teléfono-,
    pero conozco su respuesta.

    No recuerdan.

    Se sorprenderían
    de saber que ya hace mucho tiempo
    que la casualidad juega con ellos,
    una casualidad no del todo preparada
    para convertirse en su destino,
    que los acercaba y alejaba,
    que se interponía en su camino
    y que conteniendo la risa
    se apartaba a un lado.

    Hubo signos, señales,
    pero qué hacer si no eran comprensibles.

    ¿No habrá revoloteado
    una hoja de un hombro a otro
    hace tres años
    o incluso el último martes?

    Hubo algo perdido y encontrado.
    Quién sabe si alguna pelota
    en los matorrales de la infancia.

    Hubo picaportes y timbres
    en los que un tacto
    se sobrepuso a otro tacto.

    Maletas, una junto a otra, en una consigna.

    Quizá una cierta noche el mismo sueño
    desaparecido inmediatamente después de despertar.

    Todo principio
    no es mas que una continuación,
    y el libro de los acontecimientos
    se encuentra siempre abierto a la mitad.

    WISLAVA SZYMBORSKA

    De “Fin y principio” 1993

  17. Mariela dice:

    ¡Pero qué bella historia! Sí, pasan estas cosas. Yo estoy viviendo ahora mismo una historia de amor hecha de muchas coincidencias, que me asombran cada vez que las recuerdo.
    Así que estás en Bologna… Estaré allí el 6 y el 7 de junio, a ver si el azar nos da un empujoncito…

  18. [...] ¿Y ahora qué? Esa fue la pregunta que nos hicimos todos, bueno algunos, después de varios meses sin noticias de Marta Fernández. Daba la sensación de que nuestra parte del trabajo estaba hecha, la carta había sido escrita y entregada en mano, las discusiones y teorías sobre el azar y la casualidad habían sido desarrolladas, estiradas y fantaseadas hasta el infinito. ¿Y ahora qué? [...]

Deja un comentario