¿Y ahora qué? Esa fue la pregunta que nos hicimos todos, bueno algunos, después de varios meses sin noticias de Marta Fernández. Daba la sensación de que nuestra parte del trabajo estaba hecha, la carta había sido escrita y entregada en mano, las discusiones y teorías sobre el azar y la casualidad habían sido desarrolladas, estiradas y fantaseadas hasta el infinito. ¿Y ahora qué?
Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
Eso dice un fragmento del poema de Szymborska que copió Jes en un comentario en el post sobre Marta. Oliver tenía su propio final alternativo. No sé qué tendrá esta historia -leedla bien: apenas ocurre nada- que muchos se quedan fascinados leyéndola y dejando volar la imaginación, plagando el cerebro de la mejor pregunta posible para hacerse con los ojos cerrados: ¿Y si…?
C. me mandó un correo lleno de preguntas:
¿Qué pensaría al leer lo que le enviaste? Me encantaría encontrármela para preguntárselo.
Aunque lo más probable es que no me dijera eso de: “Siéntate, tomemos un café”. No: lo más probable es que me dijera: “Joder, ¿pues qué voy a pensar? Que estábais chalados”
O a lo mejor se asustó. ¿Quien conoce La Verdadera Historia de Marta Fernández?
¿Y si nunca llegó a leer la carta? ¿Y si la perdió en el autobús? ¿Y si nadie la encontró?
¿Y si había vivido antes algo parecido y se asustó muchísimo?
¿Y si?
Al menos tres personas, después de leer la carta, me dijeron que querrían haber sido ellas Marta Fernández. Por aquel entonces, más de dos años han pasado ya, Snake salía con una chica a la que quiso que todos le mandáramos muchas postales desde puntos diferentes. Ella no lo entendió: ¿por qué iba a querer recibir postales de desconocidos? Los del Proyecto Marta Fernández la miramos con aprensión y pena: ella no entendía nada. Nosotros íbamos a salvar al mundo, anónimamente, sin rostro visible, dejando huellas a desconocidos que encontrarían azar espectacular en sus vidas.
Ahora no creo que ella se equivocara. No era muy romántica pero no necesariamente se equivocaba. Nosotros en cambio sí: el azar sucede, no se provoca. No sé cómo no nos dimos cuenta de eso.
Recibí un correo de alguien a quien admiro hace un par de días. En su postdata me dijo: “ponte en su lugar: la carta daba miedo. Yo tampoco habría contestado”. No es que sea menos soñador: es que la carta DABA miedo. La Marta Fernández real probablemente tuvo miedo de un pirado. O mucho peor: probablemente le dio igual y la tiró. Tal vez sólo leyó el primer párrafo. A lo mejor ni eso.
Toda esta historia, Laura, te la conté por un post tuyo que no logro encontrar, donde querías, necesitabas cerrar, o continuar, una historia que sucedió por casualidad. La historia fue la que fue, la literatura la pusiste tú, como yo, nosotros, se la ponemos a esta. ¿Y sabes qué? Mejor así. No hay nada que pudiera haber hecho la Marta Fernández real que mejorara todo lo que hicimos nosotros con la Marta imaginada.
Si supiésemos qué pasó exactamente tal vez no tendríamos dos post y esta historia y sus hermanas reflexiones para contar y elucubrar de por vida.
El azar no se provoca, ocurre. Pero a veces soñamos que tenemos algún poder en las manos y…
Totalmente de acuerdo… Pero yo aun diría más, querido Fernández: el azar no es que suceda ni que lo provoquemos: es sólo que, de vez en cuando, de cosas perfectamente normales sabemos creer que son magia. Y entonces, son magia.
Yo no creo que Marta tuviera miedo. Sólo que, quizá, su magia estaba en otra parte, y no entendió nada.
Al final sólo queda, como tantas veces, evocar el final de “Justine”, porque… “¿acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea?”…
Yo lo que quisiera es ser la chica a la que mandabais postales de todas partes, Algo así, Una de azar para la primavera.
Y gracias, otra vez, por la historia :)
Pienso como Laura, los que queremos creer en el azar terminamos por verlo y sentirlo donde otros no perciben nada, y a partir de ese momento ya es casualidad, destino, azar.
Y me encanta vivir la vida un poco “literariamente” y ver que hay más locos que también la viven asi. Tal vez si hubiera sido Marta me habría muerto de miedo, pero conociéndome me hubiera metido de lleno en la historia y la curiosidad me habría movido a seguir indagando… Y a creer en el azar. Un beso Fans.
Que sepas que no he pasado de este post. Al contrario. Es que no estoy completamente de acuerdo con el enfoque que le das al final de la historia de Marta Fernández. Yo no creo que nos equivocáramos. Pero todavía estoy dándole vueltas a mi argumento. Es lo que tiene que se te derritan las neuronas.
:*
La historia es cuanto menos curiosa, Iker, perdón, Fanshawe.
Acabo de contarle una versión reducida y con bastante menos gracia a un par de personas y se han quedado embobadas con las casualidades que comentas. Es curioso las vueltas que da la vida.
De hecho, quizá dentro de unos días te la vuelvas a encontrar y te evite o, por qué no, te acabe haciendo un comentario a toda esta historia.
De todas maneras, pase lo que pase, lo que te has divertido no te lo quita nadie :)
He llegado a esta página por azar, navegando aburrida en la tarde del viernes. Me ha fascinado la historia de Marta. Y cuando he picado en el enlace de Laura (que deja un comentario más arriba), he encontrado post y enlace hablando de “La edad del óxido”, del que el otro día me mandó información Ana Vega, que también es escritora y asturiana.
Hablando de el azar…
Llego tarde a esta historia, qué pena. Me hubiera encantado verla en gestación.
Fascinantes estas casualidades, cruces y serendipias.. increibles, pero se dan.
Yo llegué a este blog por una. Más modesta, pero tuvo su aquel. Buscaba una reseña que escribí años ha sobre una de mis películas favoritas (Sí, no me pregunten por qué tengo que buscar mis propios escritos con Google, el orden nunca fue lo mío.) El caso es que en un mismo post, en otro blog, se mencionaba la película. Y en ese mismo post, había un agradecimiento. Hice click… y llegué aquí. Y me quedé enganchada a un post. Y luego a otro, y a otro, y a otro…
No, no es tan simple, la gracia no fue llegar a este blog. La gracia fue que después de irme encontrando detalles personales diseminados por él, me di cuenta de que conocía al autor. Eso sí es casualidad, ¿no?