El rato que hay entre que me despierto y me levanto no existe. La gata vagabunda viene a despertarme cuando necesita café, no antes, donde se arregla los bigotes (o lo que quiera que hagan los gatos por las mañanas), no después, donde sale corriendo a por un autobús que casi nunca se le escapa. Ella viene porque necesita café y ya está bien de dormir, así que entra en la habitación. El chirrido del suelo hace el resto.
Luego hay un rato, corto, largo, depende, que no existe. Tengo los ojos abiertos pero no miro nada, trato de mover un pie pero sin objetivo concreto. El único pensamiento que cruza por mi cabeza es, tal vez, no siempre, muchos días no, hoy no por ejemplo, decidir si vale la pena pedir una prórroga de sueño.
Las prórrogas de sueño sólo valen la pena si has dormido menos de seis horas. En ese caso puedes dormir otras seis más si es necesario. Pero si has dormido lo suficiente, una prórroga de sueño no es más que gula de dormir, como cuando sabes que estás lleno, lo suficiente, pero podrías pedir otra igual que la que acabas de comerte. Concéntrate, me digo en esas, concéntrate en dentro de quince minutos y en el arrepentimiento de haber repetido plato. Si logro concentrarme lo suficiente el hambre que no es hambre se esfuma y me siento orgulloso de una victoria más contra un pecado capital, malo, pecado malo, no se come tanto, se come lo justo, se bebe lo justo, se folla lo justo, se fuma lo justo, se duerme lo justo.
No pido prórroga de sueño generalmente. No la pido porque la gata nunca me la niega, o si me la niega pero con psicología invertida. ¿Quieres quedarte durmiendo, me dice, quieres? Ese quieres es sincero pero es lo que me empuja a responder que no y alzarme, pum, pam, espina dorsal arriba, giro a la derecha, arriba deprisa o no te levantas. Dos horas sentado son peores que dos horas echado.
Hoy no pido prórroga y no se me ocurre pedirla, así que sólo miro a la pared y a la puerta del armario y a las grietas de la pintura, las grietas que se formarán, no las que tienen. Ese trozo de día no existe, es un trozo en el que no duermo ni pienso, ni juego, ni escribo ni analizo ni duermo ni nada. Diez minutos de nada, minutos que no existen. ¿Cuántos minutos de nada me salen en la vida si los sumo? En Canadá unos cien. Seguro que más.
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El resto del día da lo mismo.
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Canadá me ayuda a aplazarme cada día. Es una bendición esta ciudad en la que aplazarse no tiene nada de malo.
La bandeja de entrada de mi correo electrónico se realimenta sola, va conectada a una batería impulsada por una dinamo que consiste en un reenvío de correos circulares, chat abierto, respuestas pendientes, tengo que, has de, siempre hay prioridades, el periódico, el foro, procrastinar es la palabra de moda.
Una amiga me dice “cómete la rana primero”. Mal asunto si contestar los e-mails de los amigos es comerse la rana. En realidad tengo un servicio completo de ranas, incluido este diario, ranas de desayuno, ranas de bocadillo de las doce, ranas de tarde, ranas de yoga, ranas de cena y ranas y más ranas. Me gustan las ranas, esa es una buena pregunta.
¿Me gustan las ranas?
Algunas.
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El yoga es una tortura consciente que me inflijo. Evito cruzar la mirada con Christina, la profesora, para no caer en su pregunta de si todo va bien, que es lo que dice sin abrir la boca cuando cruzamos la mirada en el yoga. Entonces miro a la gata por detrás y ella siempre lo lleva mejor. Normal, cuando tienes la elasticidad de seis cajas de chicle boomer.
El yoga es una gran rana que me dice que estoy oxidado y que gran parte de mi vida transcurre en la superficie de un ordenador portatil más bien pequeño. Eso no es bueno ni malo ni regular: es. Estuve escuálido y al borde de la desaparición, después me calmé en Galicia y engordé casi treinta kilos. Ahora tengo un aspecto que me parece, me parezco más normal y acorde con lo que quisiera. Pero me descubro añorando mis huesos, como si supiera que no voy a volver a verlos.
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En Canadá está prohibido desnudarse la mayor parte del tiempo.
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El yoga ha ido bien porque en algún momento hacia la mitad me dije que la única manera de creer en magia, ovnis, homeopatía, acupuntura, reflexología, catolicismo, budismo, tantra, betis y otras cosas es la puritita fe. A la mitad, digo, saco la fe a pasear y todo va mucho mejor. Eso debe ser el yoga, cuando uno saca la fe a pasear y todo va mejor porque la fe limpia conciencias. Un rato. Más rato no quiero conciencia limpia, la quiero como un estercolero y exprimirla como un pomelo apretado a mala hostia.
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No hay día en el que no piense en Italia al menos cinco minutos. Hoy ha sido más rato. Pero no hay día en que no haya al menos cinco minutos.
Esto es una forma de hablar, sólo eso. A veces son menos de cinco. Algunos días no pienso en Italia. Sólo que no me acuerdo.
6:48 hora española, nueve menos en Kamloops. Acabo de caer en la cuenta de que sólo recuerdo haber soñado una vez en los dos meses que llevo aquí. El sueño era decimonónico, nunca había tenido sueños de época. Cómo cojones sabrá mi sueño en el país en el que estoy.
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Buenas noches Portnoy. Buenas noches a los demás.
¡Oh! ¿Eres tú? ¿Escribiendo una entrada? ¿Una entrada larga y sustanciosa? ¡Cuánto me alegro! :)
¿Puedo hacer algunas anotaciones sobre el yoga? (Las voy a hacer de todos modos, jeje)
1- Jamás debe ser una tortura, sino todo lo contrario: está pensado para disfrutar. Tienes que adaptar las posturas a ti, y no al contrario, buscar tu límite e intentar ensancharlo, pero nunca pasarlo.
2- En yoga no se piensa: se respira. Se cuentan los tiempos que tardas en inspirar y en espirar, se presta atención a cómo tomas el aire, a qué zona de los pulmones va, qué músculos estás moviendo para ello. Pero no se piensa.
3- El yoga consiste en quererse a uno mismo, sin condiciones. Por eso da gustito.
¿Christina no te cuenta estas cosas? Jo.
Cada vez te veo más cara de gato, como si te estuvieras metamorfoseando. ¿O te estás dejando bigotes?
[...] Sylvinho (Reducir al [...]
Creo que si entendiera mejor el inglés podría concentrarme en respirar. Pero en general me concentro en entender lo que me están diciendo.
Sí, Christina cuenta esas cosas, pero en inglés. La culpa de la tortura no es suya, es mía. El resto del aula disfruta el yoga.
Anoche tuve un sueño, por cierto. Qué curioso.
No sabia yo que Yhebra era Jedi encima de todo lo que ya es.
Illo, Fan, curioso: el ultimo suenyo que yo tuve fue sobre un grupo de farmaceuticos (y un buzo) que atravesaban el Oeste en el Pony Express. Era 1872. A donde se dirigian no tengo la menor idea (pero cruzaron por Colorado). El buzo tenia su casco de cobre y los zapatos de 40 kilos puestos todo el tiempo.
Los indios decidieron no atacar esta vez.
Hombre, desde luego a mí no se me ocurriría jamás cruzar el Oeste sin llevar un buzo en mi equipo. Los indios tenían buzos mucho antes que nosotros, y los adoraban como a semi-dioses. De hecho, los tótems indios no son sino representaciones de los trajes de buzo de aquella época.
Coincidimos en lo de “procrastinar”… también la he incluido en mi bloomsday… a fin de cuentas debe dar lo mismo estar en Kamploops que en Tarragona, nunca podemos librarnos de nosotros mismos y de la sensación de que todo es un gran error.
Muchas gracias por colaborar
Qué extraño leer que alguien pueda vivir en Kamloops. Yo hice mi Alaska Highway en 1993 y todavía conservo los traumas propios de Dawson-city o Junneau. Ha de ser muy pintoresco vivir el Bloomsday desde allí. Casi te envidio.
Casi casi, allau :-)