Ya, lamento el título, pero de vez en cuando tengo que hacer algo para aumentar las visitas, es lo que hay.
Tengo otra excusa. Es una historia pequeñita que me pasó con el bueno de Carlos (si, el de los animales… ah no, que era un nombre ficticio, perdón - ups -) hace algunos años en el festival de San Sebastián. Carlos es grande, peludo y suave, se diría hecho de algodón. Abre mucho los ojos cuando mira, abre mucho la boca cuando habla, abre mucho el corazón cuando siente, que es casi todo el tiempo, y da los mejores abrazos al oeste del Pecos. Le quiero una barbaridad, y jamás he encontrado placer similar (sexo incluido, si) a desayunar durante cuatro horas con él después de meses sin vernos.
El caso es que Carlos es taaaaaan suave, taaaan blandito que la concepción que tiene de él el universo femenino (excepto quien ha probado sus mieles, ejem) es de ser asexuado, puro y virginal. Un día jugando al juego de los parecidos, después de que le pusieran como símil un peluche y el oso Balú, Carlos se rebotó y dijo “peluche, Balú, ¡¡seguro que yo ni follo ni nada!!”.
Je. Clavó su propia tumba el pobre. Ya sabéis, desde aquel día Carlos se convirtió en el hombre que no folla.
Los cojones. Hablar de sexo con él es de las cosas más divertidas que existen, imaginar a cada uno de nuestros conocidos (vaaale, a las amigas, estamos salidos, qué pasa) en poses de Pin-Up de Vargas, esas memorables noches donde le sale la vena de Gremlin malo y despotricamos contra el universo riéndonos de nuestra propia lengua viperina, los cuentos, las pelis, los todos, coño, es el tío con el que un día, en la setentena, brindaré en silencio revisando en plano secuencia mi propia vida a su lado.
¿Y todo esto por qué? Porque un pajarito me ha contado que ha ganado la mención especial de un certamen de literatura infantil y que le van a publicar. Y no sé el certamen, ni nada de nada. Pero ni el mundial ganado por la selección española me emocionaría tanto.
Así que felicidades, capullo. Y me la suda que no me lo hayas dicho y que no tengas un blog donde vanagloriarte. Es lo que tiene tener un amigo egocéntrico y exhibicionista. Va contando esas cosas por ahí.
Y que te quiero, coño.