Archivo de la categoría "Automática"

Todo lo hago tarde

Martes, 26 de Septiembre de 2006

Probé el alcohol a los 16, me fumé mi primer cigarrillo a los 22, di mi primera calada ilegal a los 23, me emborraché por primera vez a los 25, tuve mi primera aventura de una noche poco antes de cumplir los 28, hice autostop por vez primera el sábado pasado en una carretera secundaria, entre un bosque y el lago de Brienz, en el cantón de Berna.

¿El final de la trilogía?

Lunes, 11 de Septiembre de 2006

Comienza mi particular “Bologna: año III”. Si somos canónicos, este debería ser el final de la trilogía, el Imperio debería caer y el anillo debería ser destruido.

He reducido al mínimo al principio. Reduje al gris en mi segundo año. Esta vez pienso reducir a colores y, con permiso de snake, con predominio del naranja.

Si algo tienen en común todos mis comienzos de “temporada” en Bologna es que siempre parto con la idea fija de demostrarme algo a mí mismo. Hasta ahora siempre lo he conseguido, pero este reto es el más grande, y tal vez finalice en pocos meses.

Claro que todas las trilogías tienen que terminar a lo grande así que…

Ese hombre que no folla

Jueves, 13 de Julio de 2006

Ya, lamento el título, pero de vez en cuando tengo que hacer algo para aumentar las visitas, es lo que hay.

Tengo otra excusa. Es una historia pequeñita que me pasó con el bueno de Carlos (si, el de los animales… ah no, que era un nombre ficticio, perdón - ups -) hace algunos años en el festival de San Sebastián. Carlos es grande, peludo y suave, se diría hecho de algodón. Abre mucho los ojos cuando mira, abre mucho la boca cuando habla, abre mucho el corazón cuando siente, que es casi todo el tiempo, y da los mejores abrazos al oeste del Pecos. Le quiero una barbaridad, y jamás he encontrado placer similar (sexo incluido, si) a desayunar durante cuatro horas con él después de meses sin vernos.

El caso es que Carlos es taaaaaan suave, taaaan blandito que la concepción que tiene de él el universo femenino (excepto quien ha probado sus mieles, ejem) es de ser asexuado, puro y virginal. Un día jugando al juego de los parecidos, después de que le pusieran como símil un peluche y el oso Balú, Carlos se rebotó y dijo “peluche, Balú, ¡¡seguro que yo ni follo ni nada!!”.

Je. Clavó su propia tumba el pobre. Ya sabéis, desde aquel día Carlos se convirtió en el hombre que no folla.

Los cojones. Hablar de sexo con él es de las cosas más divertidas que existen, imaginar a cada uno de nuestros conocidos (vaaale, a las amigas, estamos salidos, qué pasa) en poses de Pin-Up de Vargas, esas memorables noches donde le sale la vena de Gremlin malo y despotricamos contra el universo riéndonos de nuestra propia lengua viperina, los cuentos, las pelis, los todos, coño, es el tío con el que un día, en la setentena, brindaré en silencio revisando en plano secuencia mi propia vida a su lado.

¿Y todo esto por qué? Porque un pajarito me ha contado que ha ganado la mención especial de un certamen de literatura infantil y que le van a publicar. Y no sé el certamen, ni nada de nada. Pero ni el mundial ganado por la selección española me emocionaría tanto.

Así que felicidades, capullo. Y me la suda que no me lo hayas dicho y que no tengas un blog donde vanagloriarte. Es lo que tiene tener un amigo egocéntrico y exhibicionista. Va contando esas cosas por ahí.

Y que te quiero, coño.

Forza azzurra

Miércoles, 5 de Julio de 2006

Al final de un día tan largo son impagables los treinta minutos maravillosos que nos ha regalado Italia en la prórroga de las semifinales. Como impagable es acostarse, a pesar de todo, con una sonrisa escuchando las risas de Massi y los demás en el salón. Grazie ragazzi.

Conjuro

Martes, 4 de Julio de 2006

Estoy intentando conjurar con posts y con la tecla actualizar la distancia infinita que me separa de Sevilla y la soledad espantosa que me provoca hoy el partido de Italia.

Doña Berta

Martes, 4 de Julio de 2006

Le robaba los Quiz para leer las viñetas de Vera sobre náufragos y hacer el dibujo escondido. Luego me aficioné al Autodefinido Blanco, pero los hacía mal y se enfadaba conmigo.

Tenía un teléfono fijo en su vieja casa de Fray Isidoro que le dabas a un botón y salía la agenda. Me fascinaba. Es mi primer recuerdo de siempre.

Le encantaban los novelones, y las grandes series de TVE, y las biografías reales. Le planchaba la túnica de nazareno a mi hermano. Compraba manzanas para mí y nunca se creyó que no me gustan.

Me daba dinero diciéndome “cualquier día con esos pelos te encuentro en la puerta de la Parroquia pidiendo limosna”.

Mandaba, ordenaba, dirigía, se enfadaba, siempre insatisfecha, los ovarios duros como piedras, trabajadora en una época en la que las mujeres no trabajaban. Apretaba la mano de tal manera que ya quisiera Mike Tyson.

El sentido del humor, irónico, ácido, intacto hasta el final final.

Siete hijos, seis la han sobrevivido. Diecinueve nietos. Un puñado de bisnietos.

Doña Berta, mi abuela, el corazón de una piña que es mi familia. Su sangre en mis venas. Se fue la abuela, se fue dejando una herencia de vida increible con caras, rostros, abrazos, piel, sangre y sonrisas.

Pecado

Miércoles, 14 de Junio de 2006

Dice la RAE en su segunda acepción:

Cosa que se aparta de lo recto y justo, o que falta a lo que es debido.

Sin duda esa definión lo hace aún más interesante. Releyendo el post sobre mi amigo y el sexo con las animales he estado reflexionando acerca de esa supuesta libertad mental que te permite cometer los pecados más infames con la imaginación sin pagar ninguna de sus consecuencias.

Lo que nos retiene a la hora de pecar son las consecuencias, esa sería la conclusión.

¿O el sentimiento de culpa, tal vez?

¿Qué pasa si te saltas el sentimiento de culpa cuando pecas mentalmente? Cuando te permites ser un hijo de puta vengativo, o causar dolor, o ser egoísta hasta el paroxismo sin que un esbozo de remordimiento se asome por tu cabeza. Me pregunto si entonces, al haber derribado una barrera, no cabe la posibilidad de probar la fiabilidad de las barreras siguientes. La de pasar a la acción.

Mis pecados mentales se centran en lo carnal, en lo animal, en lo considerado depravado por cualquiera a quien se lo cuentes. Inconscientemente siempre estiro un poquito más la cuerda para ver hasta donde llega el otro en materia de pecados, y siempre creo estar dando un paso cada vez más cerca del abismo. Pero es adrenalínico, apasionante, casi irrenunciable.

Peco a menudo de pensamiento, y me preocupa estar empezando a disfrutar de verdad con ello…

Lombrices

Jueves, 1 de Junio de 2006

Había un tipo, Manzanito, en mi clase de sexto de EGB, que era de la peor calaña, un pelota despreciable. No me refiero a un empollón, o a uno que se llevase bien con los profesores, que es algo que estaba mal visto pero es una “malvisión” que no comparto. No, nada de eso. Un pelota. Un lameculos.

Trabajo con uno de esos. Apocado, pusilánime, cobardica, se esconde detrás de las faldas del jefe para cada movimiento que hace, aunque sea salir a mear. Cuando nos plantamos ante el exceso de horas extraordinarias que nos “invitaban” a hacer a diario, después de que me dejara gritar y partir la cara metafóricamente por un calabrés de metro noventa y rapado que se hace llamar mi jefe, después de no moverme ni un centímetro en mis demandas a pesar de que me temblaban las piernas y de que llegué a casa destruido y con ganas de llorar de la pura tensión, ese día, el mierdecilla este solo abrió la boca al final de la reunión para decir “bueno, yo puedo seguir haciéndolas”. Eso después de que hablara con él para ver si estaba de acuerdo con el “plante. Eso después de me confirmara que estaba con nosotros al cien por cien. Eso después de que le dijera “tío, que no tienes por qué estar de acuerdo, si no lo estás hablo solo por mí, que no pasa nada”. Pues abrió la boca para que no le salpicara la sangre. Esa clase de tipo.

Me consuela pensar que cada vez que intento explicarle a algún estudiante quién es, por ejemplo si le digo “esta tarde busca a mi colega F. y le das la clave”, siempre me dicen, ¿quien es F? y yo le describo y ellos reconocen a los otros tres, pero de él no se acuerdan. Porque, al fin y al cabo, las lombrices son generalmente demasiado insignificantes.

Y hoy estoy cabreado con él. Así que como es mi blog lo escupo tal cual.

Ea.

Auster

Miércoles, 31 de Mayo de 2006

C. me llamaba así, a veces todavía lo hace. Una vez cogí un autobús e hice siete horas de carretera porque presentaba un libro en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Llegué temprano y me metí en la cafetería. Pedí un cortado, encendí un cigarrillo y abrí El libro de las ilusiones, que acababa de comprar. Entonces apareció él.

Andaba despacio, con una bolsa de documentos colgada del hombro a la bandolera, sus eternas ojeras inmensas y la expresión de calma que siempre muestra en las fotos. Media sonrisa.

Me levanté nervioso, sin saber que iba a decirle. Le saludé. Le estreché la mano. Le dije que venía de Sevilla sólo para escucharle. Me dijo que sentía una enorme responsabilidad por ello y que esperaba no decepcionarme.

Le dije que firmo siempre con el pseudónimo Fanshawe. Sonrió.

Enhorabuena, maestro.

Huellas

Lunes, 22 de Mayo de 2006

A raíz de un concurso literario, he estado haciendo un poco de arqueología entre mis cuadernos, buscando algo que tuviera ya medio empezado para ver si me surgía alguna idea para continuarlo (ando creativamente espesito últimamente). Entre esos cuadernos di con uno rojo (de que otro color podría ser), de tapa dura y páginas en blanco reciclado. Lo compré hace más de un año, en el epicentro de esa crisis de la que ya no hablo.

Al final del cuaderno hay señales de páginas arrancadas. Creo recordar que en ellas contaba lo que me parecieron bajezas morales y de pensamiento, pero flota en una nube, no lo recuerdo bien. Si recuerdo esas hojas consumidas por el fuego sobre el asfalto del aparcamiento de la Estación de Santa Justa, hace ahora nueve meses.

En cambio al principio encontré unas quince páginas escritas a mano de lo que parece el boceto de una novela. No recuerdo haberlo escrito, pero la letra es mía, sin duda. Y hay muchas cosas que no recuerdo de aquellos meses. Por ejemplo que yo tuviese algo escrito a mano.

Me horroricé al releerme. No porque lo escrito tuviera mayor o menor calidad literaria, no, me refiero a horror real, a repulsión y asco al contemplar los personajes que yo mismo había creado meses atrás. En esas hojas, en esas líneas, colocaba a personajes repugnantes en situaciones de pornografia sexual y sentimental, sin esperanzas, sin asomos de bondad, sin justificaciones, sin dudas: escoria sin esperanza que actuaba como tal.

Comprendo que eso que leí anoche son mis huellas, los restos que quedan de aquellos meses donde perdí la perspectiva de todo y de todos, que por mucho que no me reconozca, aquel que escribió eso era yo y que las hojas del cuaderno rojo son el testigo de un tiempo que jamás debe volver.

Que no se me olvide. Jamás debe volver.