El café Fumare non fumare es uno de esos lugares donde uno acaba siempre por preguntarse como fue tan afortunado el dueño de abrirlo en un lugar así. En una pequeña plazoleta en el ángulo de Rüdengasse y Gerbergasse, a dos pasos de la Catedral, el café es la autentica tarjeta de bienvenida para los incautos que, como yo, se pierden buscando el centro de Basilea.
Decía la rubita que el Fumare non fumare era el sitio donde iban todos a ver y a dejarse ver. Aprovecha todos los espacios, las mesas fuera para las jornadas de calor absurdo en el centro de Suiza, como la de hoy, sofás dentro, decoración chic, música a la altura justa, camareros sonrientes, carteles, folletos, postalfree por todas partes. Aquí la gente simplemente viene, sola, en compañía, da igual, nos encontraremos allí, veré a alguien, leeré, tomare un capuchino, mirare la parsimonia de los paseantes (Será este uno de los pocos sitios del mundo donde absolutamente nadie va corriendo a ninguna parte?).
Me recuerda a esa cosa que hacíamos de chicos, cuando salíamos a jugar a la calle que es algo que yo solo hacia, tal vez, en la playa -. Salir a la calle no era quedar con alguien, era salir y ya esta, ya encontrarías a alguien, alguien nuevo o tal vez a uno de estos, entendiendo estos por los de siempre (sabéis de lo que hablo, de cuando tu madre te decía con quien vas y tu respondías con estos, y ya estaba todo dicho).
Pues el Fumare non fumare, La Carbonería, la vía del Pratello, son esos sitios que funcionan casi como Infancia v.2.0, es decir, la versión adulta de encontrarse con estos. Con la diferencia de que, cuando creces, estos no pueden ser nunca nuevos, solo valen los ya conocidos, porque no nos atrevemos a hablar (ni a jugar, como antes) con desconocidos., ni nos atrevemos a dejar que hablen con nosotros. Cuando fue la ultima vez que hablasteis con un desconocido? Sin excusas por medio, digo, sin preguntar una dirección, sin pedir fuego, sin preguntar la hora. Es una de las prohibiciones contemporáneas, esa de hablar con desconocidos.
De todas maneras hay una diferencia psicológica importante entre la prohibición (o tabú) y la imposibilidad (o improbabilidad). Hablo tres lenguas perfectamente, pero cuando llego a un bar y quiero pedir un café y un dulce me encuentro con que mi interlocutor habla otras dos lenguas pero que no coinciden con mis tres. Y entonces se abre el vació, el bloqueo mas absoluto y terrible, es como abrir los ojos por primera vez y darte cuenta de que no, que no hablas alemán, ni francés, que no entiendes las conversaciones de los que pasan por la calle junto a ti, que no puedes pegar la oreja para saber que le dice con tanta dulzura este padre joven y rubio a la pequeñaja que se come un helado MUY rosa y pone una mueca enfurruñada, sentado enfrente de ella, y que no entiendes un carajo, que no, te pongas como te pongas, de las docenas de carteles que te rodean. No los entiendes, todo lo mas los intuyes. Yo soy uno de los que intentan leer el texto una y otra vez con el sueño de que, de repente, llegara una iluminación milagrosa y oh, ah- comprenderás el alemán. Ah no, eso no pasa, hache el guiri eres tu, y aunque en Italia no te sientas extranjero, de pronto notas que si, que allí también lo eres, y que cuando vuelva a España mirare con sensación de extrañeza a mi alrededor y no me sentiré tampoco de allí. Porque el idioma es el lazo más fuerte que te ancla a un sitio, pero cuando tienes dos y sueñas en ambos, una parte de tu identidad se esfuma, no se si para siempre o destinada a convertirse en otra cosa.
Pero aquí, en Basilea, tus lenguas no sirven de nada, tu, tan orgulloso, soberbio y arrogante porque vienes en el tren leyendo a Calvino en italiano, de repente te dices a ti mismo: Ey, capullo, que no te enfoca ninguna cámara, que nadie dejara el vagón del tren pensando cogno, que muchacho tan culto e interesante.
Entonces vienen las prisas y la impaciencia, que feo defecto ese. Pero es que la paciencia es una virtud demasiado sutil, se mueve dubitativa por los limites de la dejadez. Y yo soy de los que cuando una idea se le mete en las simas del cerebro, esta empieza a girar y ya no me deja vivir, comer, respirar. Y me digo voy a aprender alemán, ya, no te jode, y francés también, pero yo lo quiero aprender por ciencia infusa, levantarme mañana y saberlo ya, como paso con el italiano.
Ah no, amigo, tu no te das cuenta, pero Calvino entra así de fácil (mas o menos) después de un año y medio viviendo en el Norte de Italia. Un año y medio? Narices, como es posible que después de tanto tiempo me siga asombrando de pasar por la esquina de Piazza Maggiore con Piazza IV Novembre y me siga diciendo tío, que tu vives aquí. Tanto tiempo después y todavía no he conseguido quitarme de encima la sensación de provisionalidad, quien lo entiende.
Y que tendrá Basilea
creo que lo que sucede es que esta ciudad ha sido testigo de mis salidas a la luz, de mi apartarme del ordenador, del metro cuadrado que es mi casa, de mi traje de chaqueta dos tallas mayor de la mía y mi corbata a rayas amarillas, de mi girar por la nada virtual para dejar que pasen las horas y después poder decir no he tenido tiempo. Aquí he re-visto la luz del sol, las mesas fuera, las caras tranquilas, el café sin prisas
aquí escribo a mano, desafío a mis miedos, tomo decisiones trascendentales, me convierto en valiente y arrojado, paseo solo sin sacar mi mapa del bolsillo. Aquí desayuno fuerte y como en condiciones, me paro a escuchar bien la música, miro por la ventana sin mas objetivo que mirar por ella
aquí amo a una mujer mientras me acobardo al quererla, aquí cambio de vida, me tiro a la piscina, echo de menos cosas que nunca tuve y que nunca dije, me convierto en extranjero de lo que soy y explorador de lo que siempre he querido ser
aquí pego puñetazos a la dejadez y el miedo, a la vagancia, a las dudas, aquí me debato entre querer ser siempre mejor de lo que soy y la tentación de responderme es que yo estoy hecho así
Que tendrá Basilea para destrozar así los cimientos de mi mundo conocido y que nunca mas quiera regresar y reconstruirme tal y como era antes