Marta Fernández
Martes, 13 de Mayo de 2008Me atrevo a poner su nombre porque es tan común que podría ser cualquiera. Pero es su nombre real. Hace tiempo que prometí a Laura contarle su historia y creo que ya toca cumplir la promesa. Podría intentar narrar todo lo que sucedió, algo que nos dejó a muchos conmocionados y divertidos y que visto en la distancia tenía mucho más que ver con nuestra pasión por la vida misma que con la realidad. Al final escribí una carta a Marta Fernández contándole esta historia y aquí reproduzco esa carta, que ella nunca contestó. (Apenas he cambiado algún nombre por su nick y poco más. Lo demás es tal cual la escribí entonces).
¿Qué ocurre cuando estás tranquilamente trabajando de camarera en un bar - sí, ese curro que haces por las tarde para sacarte unas pelillas, un sitio con buen ambiente, vaya, trabajas a gusto – y de repente un tipo con un aspecto algo extraño se te queda mirando completamente alucinado y se pone blanco?
Claro, si eres una persona medianamente amable pues le sonríes con algo de timidez mientras piensas: “¿quién cojones será este?”.
Si el tipo se te acerca y te pregunta “¿tú eres Marta?” ya empiezas a decirte a ti misma “ah, vale, que me conoce” y empiezas a bucear en tu memoria a ver de dónde viene. Y el caso es que te suena la cara, pero no sabrías decir de dónde. Así que, amablemente, preguntas: “¿nos conocemos?”, mientras intentas evitar que el tipo te saque una cerveza gratis. Pero vaya, este tío es de verdad raro, y te dice “yo a ti bastante. Tú a mí no”. ¡Y encima se pira! Bueno, tampoco te vas a comer la cabeza, pero ya algo de curiosidad te da.
El cruce de cables definitivo sucede cuando al terminar tu turno, justo antes de irte con tus amigos le vuelves a preguntar al tipo que de qué te conoce y el tío te suelta una biografía de tu propia vida en tres líneas: “Eres Marta Fernández, estudias o has estudiado Lengua, siempre has querido escribir guiones, últimamente has estado ojeando libros de poesía italiana…”. Claro, lo más normal del mundo es que te pongas francamente nerviosa y empieces a preocuparte por el posible psicópata que tienes delante. El tipo te invita a una cerveza pero tú tienes que irte, así que en dos minutos te explica de qué te conoce. Lo cierto es que su historia no tiene ni pies ni cabeza, habla de una casualidad, de personas en común… pero cojones, no es para tanto. Tú aciertas a musitar: “fíjate, las casualidades”, y te escapas a toda prisa.
Hasta aquí tenemos los hechos que conozco yo, aderezados con alguna suposición. Después hipotizo lo que has podido pensar. Si por casualidad has recordado la anécdota en algún momento, es posible que te hayas temido que yo volviera a aparecer (el psicópata y tal). O tal vez te daba curiosidad la historia, vete tú a saber. Claro que quizás también te acordaras de que el tipo (yo) te dijo que no vivía en España, así que ya sabías que no volvería por el bar en bastante tiempo (si dijo la verdad).
Pero la verdad Marta es que me he quedado con las ganas de contarte la historia completa en condiciones. Y explicarte mi perplejidad y por qué me puse blanco cuando entré en el bar y te reconocí. Por que, tal y como lo he vivido yo, esto es bastante más que una coincidencia, o al menos una coincidencia espectacular, la más grande de mi vida. Así que a través de mi querida amiga Yhebra, otra amante furibunda del azar, te hago llegar esta carta, escrita desde Bologna, y espero que te diviertas leyéndola como yo escribiéndola.
Primero, las presentaciones. Me llamo Fanshawe, y vivo en el norte de Italia desde hace más o menos un año y medio. Tengo bastantes amigos repartidos por el mundo, se puede decir que en ese sentido soy bastante afortunado. Y entre todos ellos la relación más íntima la tengo con C. Conocí a C. hace unos cinco años, yo había terminado la carrera (periodismo) y él hacía el último año de Comunicación Audiovisual. A lo largo de estos cinco años de amistad hemos desarrollado una relación estrechísima y actualmente para mí es mucho más que mi amigo. En muchos sentidos es un espejo, mi otra mitad, tenemos un vínculo muy muy especial y bastante incomparable. El vive desde hace otro año y medio en Salzburgo y nos vemos un par de veces al año, pero lo que nos une va mucho más allá de cualquier distancia física.
Hemos vivido muchas cosas juntos pero él siempre me ha insistido que no tenemos vínculos con el pasado del otro. Es decir, en cierto sentido nuestra vida tiene un punto de inflexión, que es cuando nos conocimos. Todo lo que sucedió antes son anecdotas que a veces nos contamos pero que no tienen más sentido que el de la propia anécdota. En cambio las cosas que nos han sucedido después las compartimos intensamente, aunque no las hayamos vivido juntos. Efectivamente, no tenemos vínculos con el pasado del otro, no sé si me explico.
El 27 de diciembre, C. y yo quedamos para vernos, después de 4 meses separados. Desayunamos a lo grande y pasamos 4 horas hablando como locos, poniéndonos al día. Después cumplimos una de las nuestras tradiciones. La llamamos: “te invito a un libro”. Vamos a alguna librería y cada uno elige un libro para el otro y se lo regala. Nos fuimos a la Casa del Libro y nos pusimos a girar por la sección de bolsillo. De pronto un chico preguntó donde podía encontrar Ciencia Ficción y C. se metió a explicarle posibilidades mientras yo les observaba en segundo plano. En un momento dado C. dijo: “… y si no puedes ir a Santa Catalina, donde está la librería “héroes y villanos”.
Aquí es donde entras tú.
Tú estabas mirando libros de poesía muy cerca de nosotros. Tenías en la mano, me pareció ver, un libro de una poeta italiana. Cuando escuchaste las palabras “héroes y villanos” levantaste la mirada y sonreíste. Era una bonita sonrisa, desde luego, media sonrisa más bien, y nuestras miradas se cruzaron. Te devolví la sonrisa y seguiste a lo tuyo. Hasta aquí todo normal.
¿Si?
Carlos terminó de hablar con aquel chico y yo aproveché para decirle: “aquella chica nos ha sonreído”. El miró hacia ti, pero estabas de espaldas. No te vio la cara. Sin darle más importancia se lanzó a seguir buscando un libro para mí, y se supone que yo debía hacer lo mismo.
Pero no podía. Estaba nervioso. Es algo completamente absurdo, soy un tipo muy observador, siempre miro a las personas por todas partes y nunca, nunca en toda mi vida, me había quedado tan inquieto después de ver a un desconocido. Y lo peor es que no lograba comprender por qué. Oye, eres bastante guapa, pero en fin, se ven miles de chicas guapas todos los días por la calle. Vestida completamente normal, mirando libros, joder, normal todo, normalísimo. Pero yo me quedé nervioso e inquieto y no podía desembarazarme de esa sensación y además me cabreaba, porque no conseguía comprenderlo. Así que en lugar de buscar un libro me quedé rondando cerca de donde estabas tú intentando comprender qué me estaba pasando. Al final te perdí de vista. No sabía donde te habías metido, así que me pasé diez minutos mirando a ver si te reencontraba. E, insisto, ni siquiera sabía por qué, no pensaba decir o hacer nada, pero no sabía como calmar mi inquietud. El proprio C., cuando me vio, me lo dijo: “tío, te noto nervioso”. Yo le di la respuesta lógica que encontró mi cerebro: “es que no te encuentro un libro”. Pero lo cierto es que yo no miraba hacia los libros. Miraba hacia arriba.
Finalmente pagamos los libros elegidos y salimos de allí. Pero nos quedamos en la puerta, los dos en silencio, sin saber muy bien por qué. Finalmente miré a mi amigo y la conversación fue más o menos así:
FANS: Me he quedado inquieto por la chica que nos ha sonreído. Me he quedado con las ganas de invitarle a un café y tratar de comprender por qué me ha provocado esta intranquilidad, saber quién es. Pero la he perdido de vista, igual ha salido.
C: ¿Cómo iba vestida?
FANS: Pues… no sé, medio jipilonga, pantalones amplios, un jersey de cuello alto de rojo burdeos o parecido, un pañuelo de esos de mercadillo, y el pelo recogido en un semi moño.
C: Mmmm… voy a buscarla…
C., que no te había visto la cara antes, entró en la librería de nuevo (¿por qué él y no yo?) y se dirigió directamente a la última planta (¿por qué allí y no en la primera o en la segunda?). Cuando volvió estaba completamente pálido.
C: (Balbuceando) ¿Medio hippy?
FANS: Sí.
C: ¿Pelo recogido?
FANS: Sí.
C: ¿Jersey de cuello alto rojo?
FANS: Sí.
C: (Muy despacio) La única persona que he visto con esa descripción es la chica de la que estuve enamorado a los 14 años.
Silencio. O como lo llamaría el proprio C., terror metafísico.
FANS: (Recomponiéndose como puede) Ejem, vale. Hagamos esto. Yo me enciendo un cigarrillo y si para cuando termine no ha salido, nos marchamos.
Vale. Me enciendo el cigarrillo. Fumo. Le doy la última calada. Lo arrojo. En ese momento Marta Fernández sale de la Casa del libro y se marcha por la calle Velázquez tan tranquila, ajena a la revolución que acaba de iniciar involuntariamente.
FANS y C: (A la vez) Es ella.
Chica, nos quedamos sin aliento unos minutos, mirando al lugar por donde te habías marchado. Simplemente alucinados, sin palabras, sin movernos. Para cuando reaccionamos ya era demasiado tarde: habías desaparecido. Nos lanzamos a buscarte, ahora sí que te invitábamos al café, claro que sí. Echamos los dados al azar, nos fuimos a la librería Beta del teatro Imperial, mirando, buscando, intentando localizarte. En vano. Te habías esfumado.
Marta, estuvimos haciendo esa operación toda la tarde, medio asustados. En cada sitio al que fuimos (un bar en Santa María la Blanca, el café Alfalfa 10, la Plaza Nueva) mirábamos a todas partes esperando verte aparecer. No fue así. C. me explicó quién eras, lo de que estudiabas Lengua, lo de que querías ser guionista, en fin, los tres datos que te solté aquella tarde en el bar y que te dejaron medio asustada.
Al día siguiente por la noche, en mi casa, estábamos reunidos varios amigos míos y yo y conté esta historia. Toda mi gente sabe muy bien que siempre le estoy dando vueltas al tema del azar y de la casualidad, es algo que me fascina, así que esta historia va mucho conmigo. La conté con todo lujo de detalles, tal y como te la estoy contando a ti ahora, y las preguntas se agolpaban en la cabeza de todos los presentes:
* ¿Por qué C. no te vio la cara la primera vez? Si te hubiese visto la cara simplemente te habría saludado, o me habría dicho que te conocía, sin más. Pero no te vio, lo que provocó que se desarrollara todo lo que pasó después.
* ¿Por qué sonreiste?
* ¿Por qué tenías en la mano un libro de poesía italiana?
* ¿Por qué al salir de la Casa del Libro no nos marchamos, sino que nos quedamos esperando en la puerta?
* ¿Por qué C. se dirigió directamente a la tercera planta a buscarte?
* Y, sobre todo… ¿Por qué narices me quedé tan sumamente nervioso, tan tremendamente inquieto, por una chica absolutamente normal a la que no había visto en mi vida?
Al menos a esa última pregunta mi amiga Elena me dio una respuesta: “Has reconocido al amor de adolescencia de C.”. Yo te había reconocido. A pesar de no haberte visto nunca, a pesar de que C. jamás me habló de ti. Yo te había reconocido, claro. Y el propio C. concluyó: “acabamos de encontrar tu vínculo con mi pasado”.
Joder.
¿Final de la historia? Ya sabes que no.
La cosa se podía haber quedado ahí, ya era bastante espectacular así. Pero mira tu por donde el destino y el azar nos da una vuelta de tuerca más, cuando parecía imposible. Así que nos vamos a comprar algunas cosas por el centro yo mismo, mi amigo Snake y mi amiga Lu, dos de las personas a las que apenas unas horas antes les había contado esta historia. Y al finalizar las compras decidimos tomar algo. Y digo yo: “Vamos al bar ese de allí!”. Y allí que vamos. Y cuando entro en el bar me quedo paralizado. Porque la camarera de aquel bar no es otra que Marta Fernández, el amor de adolescencia de mi mejor amigo, la chica a la que yo había reconocido sin haberla visto antes en mi vida, la protagonista de la historia que me habia dedicado a contar la noche anterior.
Joder.
Mira que es grande Sevilla. Pues ahí estabas tú. Dos días antes de que yo me marchara de nuevo a Bologna y no regresaré a Sevilla hasta agosto. La cuadratura del círculo.
Joder.
Y ahora sí que se acaba la historia. Eso explica que me quedara tan paralizado al verte, eso explica que te contara tan precipitadamente todo esto y, creo, te asustara un poco. No quería irme de Sevilla sin contarte algo, esperaba a que terminaras de trabajar para invitarte a sentarte con nosotros en la mesa y explicártelo, desgraciadamente te marchabas a toda prisa y yo sabía que los dos días que me quedaban no tenía tiempo material para pasar de nuevo por el bar. Esta es la razón de esta carta, espero que hayas aguantado hasta el final.
Solo una cosita más. Tú, hasta ahora, no sabías nada de todo esto. Y hay algo que me resulta francamente divertido. ¿Te das cuenta de que, sin saberlo, sin comerlo ni beberlo, has sido la protagonista de una historia que han compartido como quince personas? La hemos contado, comentado, analizado, fantaseado sobre ella, mis amigos, Elena, Andrea, Yhebra, Lu, Snake, muchos más, hablamos de ella, con una protagonista central, tú, Marta Fernández, con nombre y apellidos, que ni siquiera has sido consciente de ello. Durante tres días has sido la auténtica protagonista central de las conversaciones de un puñado de desconocidos.
Y hasta aquí. Ahora puedes hacer un montón de cosas (entre otras tirar esto a la papelera) pero la verdad es que me encantaría que estuviéramos en contacto. Que me escribas y me digas que te ha parecido todo esto, como te has sentido. Realmente tomarme ese café que no te ofrecí, aunque sea virtualmente. Te dejo un e-mail, así sabes donde encontrarme.
Un beso fuerte Marta. Y hasta pronto.
Fanshawe