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Marta Fernández

Martes, 13 de Mayo de 2008

Me atrevo a poner su nombre porque es tan común que podría ser cualquiera. Pero es su nombre real. Hace tiempo que prometí a Laura contarle su historia y creo que ya toca cumplir la promesa. Podría intentar narrar todo lo que sucedió, algo que nos dejó a muchos conmocionados y divertidos y que visto en la distancia tenía mucho más que ver con nuestra pasión por la vida misma que con la realidad. Al final escribí una carta a Marta Fernández contándole esta historia y aquí reproduzco esa carta, que ella nunca contestó. (Apenas he cambiado algún nombre por su nick y poco más. Lo demás es tal cual la escribí entonces).

¿Qué ocurre cuando estás tranquilamente trabajando de camarera en un bar - sí, ese curro que haces por las tarde para sacarte unas pelillas, un sitio con buen ambiente, vaya, trabajas a gusto – y de repente un tipo con un aspecto algo extraño se te queda mirando completamente alucinado y se pone blanco?

Claro, si eres una persona medianamente amable pues le sonríes con algo de timidez mientras piensas: “¿quién cojones será este?”.

Si el tipo se te acerca y te pregunta “¿tú eres Marta?” ya empiezas a decirte a ti misma “ah, vale, que me conoce” y empiezas a bucear en tu memoria a ver de dónde viene. Y el caso es que te suena la cara, pero no sabrías decir de dónde. Así que, amablemente, preguntas: “¿nos conocemos?”, mientras intentas evitar que el tipo te saque una cerveza gratis. Pero vaya, este tío es de verdad raro, y te dice “yo a ti bastante. Tú a mí no”. ¡Y encima se pira! Bueno, tampoco te vas a comer la cabeza, pero ya algo de curiosidad te da.

El cruce de cables definitivo sucede cuando al terminar tu turno, justo antes de irte con tus amigos le vuelves a preguntar al tipo que de qué te conoce y el tío te suelta una biografía de tu propia vida en tres líneas: “Eres Marta Fernández, estudias o has estudiado Lengua, siempre has querido escribir guiones, últimamente has estado ojeando libros de poesía italiana…”. Claro, lo más normal del mundo es que te pongas francamente nerviosa y empieces a preocuparte por el posible psicópata que tienes delante. El tipo te invita a una cerveza pero tú tienes que irte, así que en dos minutos te explica de qué te conoce. Lo cierto es que su historia no tiene ni pies ni cabeza, habla de una casualidad, de personas en común… pero cojones, no es para tanto. Tú aciertas a musitar: “fíjate, las casualidades”, y te escapas a toda prisa.

Hasta aquí tenemos los hechos que conozco yo, aderezados con alguna suposición. Después hipotizo lo que has podido pensar. Si por casualidad has recordado la anécdota en algún momento, es posible que te hayas temido que yo volviera a aparecer (el psicópata y tal). O tal vez te daba curiosidad la historia, vete tú a saber. Claro que quizás también te acordaras de que el tipo (yo) te dijo que no vivía en España, así que ya sabías que no volvería por el bar en bastante tiempo (si dijo la verdad).

Pero la verdad Marta es que me he quedado con las ganas de contarte la historia completa en condiciones. Y explicarte mi perplejidad y por qué me puse blanco cuando entré en el bar y te reconocí. Por que, tal y como lo he vivido yo, esto es bastante más que una coincidencia, o al menos una coincidencia espectacular, la más grande de mi vida. Así que a través de mi querida amiga Yhebra, otra amante furibunda del azar, te hago llegar esta carta, escrita desde Bologna, y espero que te diviertas leyéndola como yo escribiéndola.

Primero, las presentaciones. Me llamo Fanshawe, y vivo en el norte de Italia desde hace más o menos un año y medio. Tengo bastantes amigos repartidos por el mundo, se puede decir que en ese sentido soy bastante afortunado. Y entre todos ellos la relación más íntima la tengo con C. Conocí a C. hace unos cinco años, yo había terminado la carrera (periodismo) y él hacía el último año de Comunicación Audiovisual. A lo largo de estos cinco años de amistad hemos desarrollado una relación estrechísima y actualmente para mí es mucho más que mi amigo. En muchos sentidos es un espejo, mi otra mitad, tenemos un vínculo muy muy especial y bastante incomparable. El vive desde hace otro año y medio en Salzburgo y nos vemos un par de veces al año, pero lo que nos une va mucho más allá de cualquier distancia física.

Hemos vivido muchas cosas juntos pero él siempre me ha insistido que no tenemos vínculos con el pasado del otro. Es decir, en cierto sentido nuestra vida tiene un punto de inflexión, que es cuando nos conocimos. Todo lo que sucedió antes son anecdotas que a veces nos contamos pero que no tienen más sentido que el de la propia anécdota. En cambio las cosas que nos han sucedido después las compartimos intensamente, aunque no las hayamos vivido juntos. Efectivamente, no tenemos vínculos con el pasado del otro, no sé si me explico.

El 27 de diciembre, C. y yo quedamos para vernos, después de 4 meses separados. Desayunamos a lo grande y pasamos 4 horas hablando como locos, poniéndonos al día. Después cumplimos una de las nuestras tradiciones. La llamamos: “te invito a un libro”. Vamos a alguna librería y cada uno elige un libro para el otro y se lo regala. Nos fuimos a la Casa del Libro y nos pusimos a girar por la sección de bolsillo. De pronto un chico preguntó donde podía encontrar Ciencia Ficción y C. se metió a explicarle posibilidades mientras yo les observaba en segundo plano. En un momento dado C. dijo: “… y si no puedes ir a Santa Catalina, donde está la librería “héroes y villanos”.

Aquí es donde entras tú.

Tú estabas mirando libros de poesía muy cerca de nosotros. Tenías en la mano, me pareció ver, un libro de una poeta italiana. Cuando escuchaste las palabras “héroes y villanos” levantaste la mirada y sonreíste. Era una bonita sonrisa, desde luego, media sonrisa más bien, y nuestras miradas se cruzaron. Te devolví la sonrisa y seguiste a lo tuyo. Hasta aquí todo normal.

¿Si?

Carlos terminó de hablar con aquel chico y yo aproveché para decirle: “aquella chica nos ha sonreído”. El miró hacia ti, pero estabas de espaldas. No te vio la cara. Sin darle más importancia se lanzó a seguir buscando un libro para mí, y se supone que yo debía hacer lo mismo.

Pero no podía. Estaba nervioso. Es algo completamente absurdo, soy un tipo muy observador, siempre miro a las personas por todas partes y nunca, nunca en toda mi vida, me había quedado tan inquieto después de ver a un desconocido. Y lo peor es que no lograba comprender por qué. Oye, eres bastante guapa, pero en fin, se ven miles de chicas guapas todos los días por la calle. Vestida completamente normal, mirando libros, joder, normal todo, normalísimo. Pero yo me quedé nervioso e inquieto y no podía desembarazarme de esa sensación y además me cabreaba, porque no conseguía comprenderlo. Así que en lugar de buscar un libro me quedé rondando cerca de donde estabas tú intentando comprender qué me estaba pasando. Al final te perdí de vista. No sabía donde te habías metido, así que me pasé diez minutos mirando a ver si te reencontraba. E, insisto, ni siquiera sabía por qué, no pensaba decir o hacer nada, pero no sabía como calmar mi inquietud. El proprio C., cuando me vio, me lo dijo: “tío, te noto nervioso”. Yo le di la respuesta lógica que encontró mi cerebro: “es que no te encuentro un libro”. Pero lo cierto es que yo no miraba hacia los libros. Miraba hacia arriba.

Finalmente pagamos los libros elegidos y salimos de allí. Pero nos quedamos en la puerta, los dos en silencio, sin saber muy bien por qué. Finalmente miré a mi amigo y la conversación fue más o menos así:

FANS: Me he quedado inquieto por la chica que nos ha sonreído. Me he quedado con las ganas de invitarle a un café y tratar de comprender por qué me ha provocado esta intranquilidad, saber quién es. Pero la he perdido de vista, igual ha salido.

C: ¿Cómo iba vestida?

FANS: Pues… no sé, medio jipilonga, pantalones amplios, un jersey de cuello alto de rojo burdeos o parecido, un pañuelo de esos de mercadillo, y el pelo recogido en un semi moño.

C: Mmmm… voy a buscarla…

C., que no te había visto la cara antes, entró en la librería de nuevo (¿por qué él y no yo?) y se dirigió directamente a la última planta (¿por qué allí y no en la primera o en la segunda?). Cuando volvió estaba completamente pálido.

C: (Balbuceando) ¿Medio hippy?

FANS: Sí.

C: ¿Pelo recogido?

FANS: Sí.

C: ¿Jersey de cuello alto rojo?

FANS: Sí.

C: (Muy despacio) La única persona que he visto con esa descripción es la chica de la que estuve enamorado a los 14 años.

Silencio. O como lo llamaría el proprio C., terror metafísico.

FANS: (Recomponiéndose como puede) Ejem, vale. Hagamos esto. Yo me enciendo un cigarrillo y si para cuando termine no ha salido, nos marchamos.

Vale. Me enciendo el cigarrillo. Fumo. Le doy la última calada. Lo arrojo. En ese momento Marta Fernández sale de la Casa del libro y se marcha por la calle Velázquez tan tranquila, ajena a la revolución que acaba de iniciar involuntariamente.

FANS y C: (A la vez) Es ella.

Chica, nos quedamos sin aliento unos minutos, mirando al lugar por donde te habías marchado. Simplemente alucinados, sin palabras, sin movernos. Para cuando reaccionamos ya era demasiado tarde: habías desaparecido. Nos lanzamos a buscarte, ahora sí que te invitábamos al café, claro que sí. Echamos los dados al azar, nos fuimos a la librería Beta del teatro Imperial, mirando, buscando, intentando localizarte. En vano. Te habías esfumado.

Marta, estuvimos haciendo esa operación toda la tarde, medio asustados. En cada sitio al que fuimos (un bar en Santa María la Blanca, el café Alfalfa 10, la Plaza Nueva) mirábamos a todas partes esperando verte aparecer. No fue así. C. me explicó quién eras, lo de que estudiabas Lengua, lo de que querías ser guionista, en fin, los tres datos que te solté aquella tarde en el bar y que te dejaron medio asustada.

Al día siguiente por la noche, en mi casa, estábamos reunidos varios amigos míos y yo y conté esta historia. Toda mi gente sabe muy bien que siempre le estoy dando vueltas al tema del azar y de la casualidad, es algo que me fascina, así que esta historia va mucho conmigo. La conté con todo lujo de detalles, tal y como te la estoy contando a ti ahora, y las preguntas se agolpaban en la cabeza de todos los presentes:

* ¿Por qué C. no te vio la cara la primera vez? Si te hubiese visto la cara simplemente te habría saludado, o me habría dicho que te conocía, sin más. Pero no te vio, lo que provocó que se desarrollara todo lo que pasó después.

* ¿Por qué sonreiste?

* ¿Por qué tenías en la mano un libro de poesía italiana?

* ¿Por qué al salir de la Casa del Libro no nos marchamos, sino que nos quedamos esperando en la puerta?

* ¿Por qué C. se dirigió directamente a la tercera planta a buscarte?

* Y, sobre todo… ¿Por qué narices me quedé tan sumamente nervioso, tan tremendamente inquieto, por una chica absolutamente normal a la que no había visto en mi vida?

Al menos a esa última pregunta mi amiga Elena me dio una respuesta: “Has reconocido al amor de adolescencia de C.”. Yo te había reconocido. A pesar de no haberte visto nunca, a pesar de que C. jamás me habló de ti. Yo te había reconocido, claro. Y el propio C. concluyó: “acabamos de encontrar tu vínculo con mi pasado”.

Joder.

¿Final de la historia? Ya sabes que no.

La cosa se podía haber quedado ahí, ya era bastante espectacular así. Pero mira tu por donde el destino y el azar nos da una vuelta de tuerca más, cuando parecía imposible. Así que nos vamos a comprar algunas cosas por el centro yo mismo, mi amigo Snake y mi amiga Lu, dos de las personas a las que apenas unas horas antes les había contado esta historia. Y al finalizar las compras decidimos tomar algo. Y digo yo: “Vamos al bar ese de allí!”. Y allí que vamos. Y cuando entro en el bar me quedo paralizado. Porque la camarera de aquel bar no es otra que Marta Fernández, el amor de adolescencia de mi mejor amigo, la chica a la que yo había reconocido sin haberla visto antes en mi vida, la protagonista de la historia que me habia dedicado a contar la noche anterior.

Joder.

Mira que es grande Sevilla. Pues ahí estabas tú. Dos días antes de que yo me marchara de nuevo a Bologna y no regresaré a Sevilla hasta agosto. La cuadratura del círculo.

Joder.

Y ahora sí que se acaba la historia. Eso explica que me quedara tan paralizado al verte, eso explica que te contara tan precipitadamente todo esto y, creo, te asustara un poco. No quería irme de Sevilla sin contarte algo, esperaba a que terminaras de trabajar para invitarte a sentarte con nosotros en la mesa y explicártelo, desgraciadamente te marchabas a toda prisa y yo sabía que los dos días que me quedaban no tenía tiempo material para pasar de nuevo por el bar. Esta es la razón de esta carta, espero que hayas aguantado hasta el final.

Solo una cosita más. Tú, hasta ahora, no sabías nada de todo esto. Y hay algo que me resulta francamente divertido. ¿Te das cuenta de que, sin saberlo, sin comerlo ni beberlo, has sido la protagonista de una historia que han compartido como quince personas? La hemos contado, comentado, analizado, fantaseado sobre ella, mis amigos, Elena, Andrea, Yhebra, Lu, Snake, muchos más, hablamos de ella, con una protagonista central, tú, Marta Fernández, con nombre y apellidos, que ni siquiera has sido consciente de ello. Durante tres días has sido la auténtica protagonista central de las conversaciones de un puñado de desconocidos.

Y hasta aquí. Ahora puedes hacer un montón de cosas (entre otras tirar esto a la papelera) pero la verdad es que me encantaría que estuviéramos en contacto. Que me escribas y me digas que te ha parecido todo esto, como te has sentido. Realmente tomarme ese café que no te ofrecí, aunque sea virtualmente. Te dejo un e-mail, así sabes donde encontrarme.

Un beso fuerte Marta. Y hasta pronto.

Fanshawe

Las fases de la luna

Jueves, 21 de Junio de 2007

Escribí hace tiempo algo así (hablo de memoria, porque no sé dónde anda el original):

El viajero, cansado, decidió parar en el Hostal “La Luna” a reposar sus doloridos huesos. Pidió una habitación para pasar la noche y cayó rendido de sueño en el acto.

Al despertar, se encontró con que las paredes se habían estrechado tanto que presionaban su cara y que el techo había bajado tanto su altura que rozaba su coronilla.

Maldita sea - pensó. - Ha vuelto a tocarme un cuarto menguante.

Mi primo, el Dr. Breavman, que acaba de mudarse a Corfu, al parecer ha alquilado un apartamento donde antes estaba el viejo hostal “La luna”…

Entre acordes y humo

Martes, 8 de Mayo de 2007

Cuando tenía 16 años empezaron a gustarme mucho los cantautores. Ya me gustaba Aute desde antes (Slowly, ¿recuerdas?) pero fue con el “Mano a Mano” con Silvio Rodríguez que empecé a consumir cantautores como un loco. Incluso me hice buena parte de la colección que editó creo que Orbis Fabbri, donde había discos y autores de todos los colores: Joan Baptista Humet, Labordeta, Lluis Llach, Raimon, Pablo Guerrero, incluso Mari Trini o Cecilia. Por supuesto tenía mis favoritos: el gran Silvio en la cúspide, la segunda línea con Aute, Víctor o Sabina, y la base potente, con Llach, Serrat y los jovencitos que salían en aquel momento, como Pedro Guerra o Ismael Serrano. Era todo un universo por descubrir, lleno de canciones que me parecían maravillosas de gente como Luis Pastor o Amancio Prada, nombres que había oído alguna vez en boca de mis padres o, sobre todo, de mi tía Esperanza.

Cuando tenía 16 años el hermano mayor de mi amiga Marta (que era una niña con un pavo adolescente de manual) tocaba en un grupo llamado “Los Rowlands”, nombre puesto por un bar en el que se juntaban David Summers y su banda en la película “Sufre Mamón”. Los Hombres G eran una referencia para ellos, cosas de la edad :-). Marta estaba enamorada del cantante del grupo, que hacía pop facilón ochentero, en un momento en el que lo que quedaba de la movida ya se terminaba de desintegrar. “Los Rowlands” tocaban en un bar llamado Café Sevilla (ahora se llama “Rayuela”) en el centro, y allí que fuimos una noche a verlos. Justo antes de los Rowlands tocaban dos cantautores locales: Alfonso del Valle y Pepe Camacho. Pepe tenía una voz y un estilo calcados a los de Serrat, contaba chistes malos y sólo le acompañaba su guitarra. Sus letras eran maravillosas. Alfonso en cambio era un tío que me parecía muy mayor (e igual sólo tenía 35 años, pero cuando tienes 16 todo es relativo), cantaba más bien regular y sonaba más pop. Le acompañaba una banda pequeñita, con una chica al bajo y un chico a la percusión.

Me enamoré de ambos al momento. Cuando terminó el concierto fuimos a hablar con ellos y yo me sentía en un sueño, hablando con los artistas, con esos dos enormes que habían estado apenas un segundo antes sobre el escenario. Nos contaron que tocaban cada martes en la Carbonería, un bar del que yo no había oído nunca hablar. Entre las 22 y la 1, más o menos.

Puf, Martes, pensé. Miércoles hay clase, salir de noche entre semana, hasta tan tarde… Armándome de valor, le conté a mi madre que había visto unos cantautores geniales, que eran de Sevilla, que me gustaban mucho… y que tocaban los martes en la Carbonería. Mi madre sí conocía la Carbonería. No tengo la menor idea de qué se le pasó por la cabeza en aquel momento. Yo siempre había sido un niño muy bueno y responsable, al igual que mi hermano, siempre había sacado buenas notas y llegado a horas decentes a casa. Posiblemente era la primera vez que le pedía algo a lo que se sintió tentada a responder que no, que no podía hacerlo. Me gusta pensar que en el fondo le hacía ilusión verme enamorado de los cantautores, superando mis temores y poniéndome delante de ella para pedirle permiso, recordando lo que significaron para ella Victor y Ana, Serrat, Labordeta en algún momento de los años setenta. No lo sé.

Pero el caso es que me dejó ir, con la única condición de volver siempre en taxi.

Y así, durante un año, fui todos los martes a la Carbonería a escuchar al viejo Alfonso, a Pepe, a veces tan envidioso, a Joaquín, el mejor de todos ellos y también el más soberbio, al bueno de Manolo Guerra, perdido en textos imposibles y en su amor por Silvio. En aquellas mesas largas compartidas, donde un paquete de cigarrillos era el de todos (aunque yo no fumara por aquel entonces), donde a nadie se le ocurría levantarse a la barra sin preguntar a los demás si querían algo, aunque no los conociera; allí, donde nos sentíamos importantes porque creíamos que cantaban sólo para nosotros, porque cuando llegábamos venían a saludarnos y nos dedicaban canciones, donde empecé a hacerme mayor, a ver como ellos también eran terrenos, se divorciaban, se peleaban, tenían envidias, a veces no tenían cuerpo para salir a cantar.

Allí, entre acordes y humo, donde en algún momento de la noche Alfonso nos contaba, otra vez más, la historia de esos dos amigos suyos que acabaron poniendo una pastelería y vivían como dos locos muy felices entre tartas de café…



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Epica

Jueves, 9 de Noviembre de 2006

Me marcho hasta el lunes. Os dejo un “basado en hechos reales” que le conté hace poco a un buen amigo. Nos leemos.

Anoche me estaba acordando de cuando tenía unos 13 años y jugábamos al campeonato de botones, deporte por antonomasía y origen de los más grandes desafíos que ha dado el ser humano.

Mi amigo Santi nos enseñó a jugar a los botones. Se jugaba en un campo de subbuteo clavado en una madera. El recinto ideal era una azotea o un patio, marco incomparable. Un botón de camisa servía como balón, mientras que los jugadores eran botones mucho más grandes, de estos de abrigos antiguos de señora, que se podían comprar en lugares tan sórdidos como quincallas de la calle feria o en el mercadillo del Alameda. Las porterías estaban formadas por tres cintas de cassette, que marcaban perfectamente tanto altura como profundidad. El portero era un bote pequeño de mayonesa o mermelada.

Las partidas duraban dos tiempos de cinco minutos. Cada jugador, por turnos, tenía derecho a dar un toque (excepto en el saque inicial, que podías dar dos) y desplazar a su jugador, golpeando o no la pelota. Muchas veces los jugadores usaban sus turnos sólo para colocar o para obstaculizar al otro. Si tocabas a otro jugador se señalaba falta, y sólo se permitía un jugador rival como barrera. Si un jugador accidentalmente se montaba sobre la pelota se señalaba “mano”. Un árbitro vigilaba todo esto, así como decidía si la falta era meritoria de expulsión o de tarjeta amarilla. Cada vez que considerabas que tenías buena posición de tiro tenías que pedir puerta en voz alta. En ese momento el rival colocaba a su portero, y hasta que no da su beneplácito el atacante no puede tirar. Una última regla: cuando el tiempo se acababa el árbitro anunciaba que esa era la última jugada. Desde ese momento, si la pelota se iba fuera, había gol o una falta, es decir, si se paraba el juego, el partido terminaba. Si la pelota estaba en juego se seguía jugando. Como guinda, para evitar “faltas a posta” en esa última jugada, el receptor de la falta tenía derecho a tirar una última vez a puerta en ese libre directo.

Santi nos hablaba de jugadores veteranos, de más de cincuenta años, maestros en lo suyo, que le habían enseñado todo lo que sabe. El era el heredero. Jugábamos siempre pequeños torneos, triangulares o de cuatro, muchas veces simplemente él y yo. El siempre ganaba, era el más grande.

Un día de junio jugamos el torneo más grande jamás jugado, ocho personas, en la azotea de casa de Fernando. Había atmósfera de día festivo, comimos filetes con huevos fritos y patatas fritas y después de comer nos enfrentamos al supertorneo. Los jugadores eran los siguientes:

EL CAMPEON: “Seven“, el equipo de Santi. Había ganado el 95% por ciento de cualquier torneo que hubiésemos jugado. Era nuestro Induráin, el enemigo a batir, el ganador sobre el papel.

EL ASPIRANTE: “Oroco“, el equipo de Antonio “Toro”, un jugador agresivo y potente, el único capaz de ganar en torneo oficial al todopoderoso “Seven

LOS GUERRILLEROS:
- “Orión“. Era mi equipo, capaz de lo mejor y de lo peor, con jugadores imprevisibles como Salinas, un pequeño botón negro que hacía goles extrañisimos por su manera rara e indefendible de golpear la pelota… pero también hacía mano con demasiada frecuencia. Peleón pero también proclive a deprimirse si recibía un gol demasiado pronto.
- “Tabo FC“, el equipo de José Blas. Marrullero, chabacano, era como tener al Atlético de Madrid entrenado a la vez por Mourinho y Bilardo. Capaz de sacar petroleo de cualquier situación de Caos. Sus duelos con el “Orión” se saldaban siempre con varios expulsados y algunos días de no hablarme con él.
- “Villa FC“, el equipo de Salva, enamorado del juego creativo y preciosista, cambiaba un gol por cualquier jugada bonita. Eso, muchas veces, fue su ruina.
- “Angelote“, el equipo de Costilla, un jugador de la nueva hornada todavía en proceso de crecimiento pero que había demostrado ya maneras.

LOS NOVATOS:
- “Chiquetito“, el equipo de nuestro anfitrión, Fernando, era la primera vez que jugaba pero ya venía curtido de sus partidas de Subbuteo clásico. Imprevisible.
- “Salesianos FC“, el equipo de Luis, hermano pequeño de Fernando… que fue obligado por su madre a dejarle jugar. La perita en dulce.

Durante la fase de clasificación se crearon dos grupos, se clasificaban los dos primeros que jugaban las semifinales. En el grupo A el “Seven“, como era esperable, arrasó en sus tres partidos, incluido un 6-0 a “Angelote“. La sorpresa la dio “Chiquetito“, que en su debut logró colarse en el segundo puesto en semifinales, desbancando a un clásico como “Villa FC“, que dejó una imagen gris y un juego sin ideas.

En el otro grupo, que parecía más igualado, las cosas se clarificaron muy pronto, ya que “Oroco” y “Orión” jugaron entre ellos el tercer partido habiendo ganado los dos anteriores y, por lo tanto, clasificados ambos. Al final “Oroco” venció ese partido y quedó primero de grupo. “Salesianos“, como era de esperar, recibió tres goleadas y el partido que se presumía más “caliente”, el clásico “Orión - Tabo FC” fue un duelo de caballeros que se decantó muy pronto por el primero.

Las semifinales auguraban una final clásica y repetida, Oroco-Seven, pero la historia esta vez dio un giro inesperado. “Orión” ganó por segunda vez en un torneo a “Seven” por un contundente 3-0. El propio Santi reconoció cortesmente la derrota y dijo que era posiblemente el peor partido que había jugado jamás en un torneo. Pero el campanazo gordo lo dio el debutante “Chiquetito” al ganar por 1-0, gol de penalty, al otro grande, “Oroco“. La final del torneo más grande jamás jugado se la disputarían dos invitados con los que no se contaba: Chiquetito vs. Orión.

La final fue un gran acontecimiento. Santi incluso colocó una cámara de vídeo en un trípode para guardar el partido para la posteridad. Arbitraba Villa y los contendientes, amigos fuera del campo, se lanzaron a vivir los 10 minutos más importantes de su carrera deportiva. Todos los demás participantes fueron el público más numeroso jamás visto en una partida de Botones.

El partido fue tenso y sin demasiada calidad. Las defensas estuvieron seguras y las delanteras no encontraban hueco por donde hacer daño al rival. Después de diez minutos de duro combate cuerpo a cuerpo, Villa anunció “última jugada”. Fernando miró el campo. La pelota apenas atravesaba la divisioria y se encontraba en el campo del “Orión“. Un jugador suyo tenía un cierto ángulo para poder intentar un tiro difícil y lejano. Se colocó a ras de suelo para ver la perspectiva y preparó los dedos. Después de un par de minutos de tensión Fernando alzó la vista y dijo a Fanshawe: ¿ya? Fanshawe no había movido ni un milímetro a su portero, y quedaba un espacio grande en la portería. Sin mostrar ni la más mínima preocupación miró fijamente a su rival y le espetó: “tu verás”. Fernando se volvió a inclinar, curvó sus dedos y disparó. Fue un tiro preciso, con un ligero efecto de derecha a izquierda, potente, raso. Perfecto. La pelota entró por el palo derecho de la portería del “Orión“. En el último suspiro el debutante había marcado el gol de la victoria. Hubo gritos, algarabía, abrazos. Pero entonces una voz heló a todos.

“No ha pedido ‘puerta’” dijo pausadamente Fanshawe.

Las reglas eran claras. Si el jugador que tira no pide “puerta” en voz alta el tiro es inválido, ya que el portero rival debe dar su consentimiento, decir que está listo. Todos, Fernando incluido, caen en la cuenta de que Fanshawe no dijo nunca que estuviera listo. De hecho ni siquiera había movido a su portero. Se limitó a decir desafiante: “tu verás”. Fernando se quedó bloqueado, con la boca abierta, y musitó: “¡Si que la he pedido!”. Pero su timbre de voz, el temblor que se sentía en sus palabras, hacían comprender que no estaba seguro. Tal vez había creido decirlo pero sólo lo había pensado. Tal vez… todos miraron a Salvador Villa, el árbitro, que no sabía que hacer. Finalmente dijo en voz muy baja: “yo no lo he oído”.

Entonces fue cuando Santi, el gran campeón, el fundador de ese juego, el líder, cogió la cámara de vídeo y sentenció: “la verdad de todo está grabada aquí dentro”.

Fuimos como psicópatas a colocar la cinta en el vídeo de Fernando. Ambos temblábamos de la emoción, la tensión se cortaba con un cuchillo. Santi pasó el vídeo a velocidad rápida hasta que se llegó al momento crucial. Pulsó el Play. Se escuchó a Villa anunciar la última jugada. El público gritaba, animaba, comentaba, había un estruendo enorme. Entonces Fernando se arrodilló. Se colocó a pies de tierra y escudriñó la portería rival.

“Puerta”, se le escuchó decir nítidamente.

Un paso al frente

Miércoles, 29 de Marzo de 2006

Desde hace un tiempo me siento cada vez más implicado dentro de la “lucha” (que poco me gusta el vocabulario bélico) por una cultura más libre para todos. En fin, no voy a ponerme pesado pero sabéis de lo que hablo: descargas de internet, modelos alternativos al copyright tradicional, abandonar el padronazgo exclusivista de la SGAE por parte de los autores, en fin, toda una batalla por defender un nuevo modelo de cultura que se aleja del establecido hoy por hoy.

No soy un defensor furibundo y radical de ninguna postura, más bien intento escuchar a todos y sacar mis propias conclusiones. Supongo que por eso me molesta tanto el tono belicoso e insultante, sectario y radical, que emplean desde la SGAE para dirigirse a los internautas, a aquellos que usamos los intercambios P2P (los famosos “pendejos digitales”). En cambio comprendo las dudas y los miedos por parte del propio autor, me parece algo lógico y humano, y al autor hay que escucharle lo que tiene que decir y explicarle lo que no termine de comprender. Supongo que por eso me gusta el blog de Alex, porque él es autor, está con la cultura libre, pero tiene dudas. Y las cuenta.

El caso es que yo también soy autor. Modesto, pero lo soy. Y a la hora de publicar bajo licencia Creative Commons mis propias obras, siempre he mirado discretamente hacia otro lado.

Hasta hoy.

Escribí Entrevivos, mi primera obra de teatro, hace ahora casi cinco años. Cuando la releo encuentro seis mil fallos y cosas que cambiaría, pero sinceramente me sigo sintiendo orgulloso de ella, me sigue pareciendo divertida, me sigue gustando.

Así que… que la disfrutéis.

ENTREVIVOS (Tragicomedia del más allá en tres actos)

(Gracias mil a Coque por todo el trabajo técnico. A Fainberg por el empujón final, aunque no lo sepa. Y a los chicos de Martes Tóxico por los ánimos y las razones).

Solitario

Lunes, 13 de Marzo de 2006

Es un tipo extraño. Viene todos los días pero aún no he averiguado cómo se llama. Lleva el pelo a lo afro y camina como si fuera Will Smith en los primeros capítulos del Príncipe de Bel-Air. Te saluda desde la lejanía con los brazos en alto, y le falta decir “Hey man! Whasssup!”. Guiña el ojo mientras hace el gesto de una pistola con los dedos, chasquea la lengua, mueve la cabeza arriba y abajo como poseído por una música que sólo escucha él. Es altísimo, pero siempre baja el asiento hasta el mínimo y se engurruña sobre su propio cuerpo mientras teclea mirando hacia arriba. Siempre que paso por delante de su ordenador está jugando al solitario.

Ella tiene una mueca perpetua de desagrado en la boca, y se le adivina un bigote oscuro. Lleva siempre encima un libro muy grueso, un manual de esos voluminosos de derecho constitucional. A veces la veo pasear de aquí y allá sin un rumbo fijo, se acerca a la máquina de café pero no mete ninguna moneda, mira por la ventana del patio interior, clava los ojos en la pantalla del móvil. Siempre que paso por detrás de su ordenador tiene el libro cerrado a un lado y decenas de folios de apuntes desperdigados a su alrededor. Siempre que paso está jugando al solitario.

Mariella es tan espectacular a sus diecinueve años que nadie se queda indiferente cuando entra en el Paleotti. Mantiene una sonrisa beatífica en la cara, apenas se maquilla o se arregla, pero es una de estas chicas que, independientemente de lo que se ponga, parece preparada para salir en las páginas centrales de la Maxim o la GQ. Llega sobre las dos, justo después de comer, y se queda hasta la hora del cierre. Dice que viene a estudiar, economía de Latinoamérica, aunque siempre que paso cerca de ella la veo jugando al solitario. Todos los días.

Tiziana llega con el tiempo justo después de una jornada agotadora de trabajo, apenas una hora antes del cierre. Me gustan sus pómulos, marcadísimos como los de Marlene Dietrich, y siempre pasa a saludarme, con una cara que va entre lo desafiante y la timidez más extrema. Siempre me dice: “aquí vengo, a controlar el correo”. Es de las últimas en marcharse. Cuando paso delante de ella camino del vestuario para cambiarme me fijo como cierra el solitario.

Luigi llega siempre cinco minutos antes que yo cuando hago el turno de mañana y se marcha cinco minutos más tarde cuando hago el turno de tarde. Siempre lleva la misma ropa y su olor denota que es poco amigo del agua. Trae un portátil consigo y trabaja contemporáneamente con su ordenador y con el de la sala. Trece horas al día. Todos los días, de lunes a sábado. Una noche regresé a casa y le vi entrar en el Ciber que hay bajo mi portal. Todavía le quedaba mucho por hacer al parecer. Sólo le he visto hablar con otro tipo dentro del Paleotti, un señor extraño que siempre que paso delante de su ordenador está viendo vídeos de Tori Spelling. O jugando al solitario.

Isabella volvió a Bologna huyendo de los Estados Unidos y de su marido, y de una vida que odiaba, dejando detrás su casa, sus amigos y a sus hijas. Está obsesionada con la conspiración y con que la vigilan, de vez en cuando viene a preguntarme si es posible que alguien, mediante control remoto, le borre los textos que escribe. Siempre me habla de usted, aunque yo hace tiempo que le hablo de tú, y de vez en cuando se para a contarme cómo era Bologna antes de que ella se marchase. No encuentra trabajo. Huele a casa cerrada desde hace mucho.

Pasquale trabaja conmigo y a veces se sienta a mi lado mientras escribo delante del PC, en silencio, simplemente para estar cerca de alguien. Le ha llamado la atención Isabella, con ese pelo blanco tan largo y esa ropa gastada, y esa bicicleta cascada que aparca en la puerta. Pasquale no sabe manejar un ordenador, pasó veinte años encima de un tractor en Puglia, hasta que su mujer le rompió el corazón y se refugió en el cariño de su hija, en Bologna. Me cuenta que está mal, que quiere una compañera con la que reírse, bromear, coger por los hombros cuando va caminando por la calle. Lleva un par de meses intentando conocer a Isabella, pero es terriblemente tímido.

Esta mañana se acercó a mi mesa con los ojos brillantes como un adolescente y me dijo: “me ha dicho que tiene que podar un árbol del jardín de su edificio, que si puedo echarle una mano”. Y luego baja la voz y me dice en confianza “que mala es la soledad, Alberto. Que mala”.

Basado en hechos reales

Lunes, 7 de Noviembre de 2005

M y A vuelven a casa en coche después de una cena divertida en casa de una amiga. Las calles de Bologna están desiertas y cae una llovizna de las que casi no se sienten pero nunca paran. A lo largo del viale hay varias prostitutas ateridas de frío.

M: ¿Buscamos una para MR?
A: Anda cállate que él es el único que está medio bien del piso.
M: Puf, sí, tienes toda la razón.

Se quedan en silencio un momento observando a las prostitutas.

M: Madre mía, que frío están pasando.
A: Pobres, con la que está cayendo.
M: El caso es que algunas son realmente bonitas… no lo sé, me hace pensar… por mucho que echo de menos el sexo… no sé, es algo que no puedo hacer, se me revuelve el estómago.
A: ¿Echas de menos el sexo?
M: (Irónico) Que va, he cerrado para siempre mi relación con las mujeres.
A: (Ríe) Ya. (Se queda pensando) El caso es que, en realidad, yo no hecho de menos el sexo-
M: ¿En serio?
A: Si. O al menos no demasiado. Echo de menos otras cosas. Que me abracen. Los besos. Cuando veo una pareja que se besa se me despierta toda la envidia del mundo…
M: (Suspira) Ay, te entiendo más que bien. En realidad muchas veces echas más de menos el sexo cuando lo tienes que cuando no lo tienes.
A: …

…Y cada verso es un jirón de piel

Lunes, 3 de Octubre de 2005

Al menos así lo cantaba Victor Manuel hace ya algún tiempo. En mi aún corta existencia dentro de la llamada blogosfera, si he “conocido” a alguien que sienta de verdad un libro como un ser viviente, con vísceras, sangre, piel, órganos, que respira y late, esa es Cristina, mi querida Baronesa de Munchausen, responsable del blog Espacio sobre Literatura. En su último post le hace un maravilloso canto al hecho de leer en cualquier parte, toda una apología de llevar siempre un libro encima, como el que lleva la ropa interior (es decir, puede ser que algún día no la lleves, pero en general la tendrás encima), una señora defensa del libro como salvador heróico en colas, salas de espera y medios de transporte.

Leyendo su maravilloso artículo he recordado dos momentos concretos de mi vida relacionados con llevar un libro siempre encima. Uno de ellos me ocurrió justo el día antes de coger el avión para volver a Bologna después de Navidad. Tenía un stress terrible encima, ya sabéis como va esto, solucionar papeles, hacer fotocopias, cumplir con compromisos… salí de casa por la mañana a todo correr y me lancé en busca de un taxi que me llevara a la facultad para hacer una visita de compromiso al director de departamento. El taxi no aparecía, ninguno en la parada, y yo miraba compulsivamente el reloj, cada vez más ansioso, cada vez más agobiado. Entonces me paré. Me paré y me metí en el primer bar que vi. Pedí el desayuno más copioso que se me ocurrió y saqué de mi bolso Cosmética del Enemigo de Ameliè Northomb. Y no me levanté de la mesa hasta que lo terminé. Y que le vayan dando al mundo.

La segunda historia tuvo lugar en la sala de espera de la consulta de un médico. Yo esperaba leyendo Soldados de Salamina cuando una señora muy anciana me dijo tímidamente “¿te importa que vea lo que estás leyendo?”. Claro que no me importaba. “Ah, que libro tan bonito, es precioso, me encantó. Ya no me acuerdo de él, tengo muy mala memoria. Pero recuerdo que me encantó”. Sonreí. “Es que siempre he leído mucho, ¿sabes? Yo es que fui bibliotecaria en Tanger…”. Cerré el libro. “Cuénteme más, se lo ruego”.

Sé que adoras los libros, Cris, pero dime, ¿no lo hubieras cerrado tú también?

Non ti muovere

Martes, 27 de Septiembre de 2005

Non ti muovere,
no respires,
no pienses, no sientas, no cantes
no tararees canciones,
no muevas los pies, no bailes,
no vayas al teatro, no actues.

Non ti muovere,
no soples, no abras, no cierres,
no cuentes, no llores, no grites,
no te lamentes más.

Non ti muovere,
così, fermo, non urlare, non tremere,
non rompere pezzi di carta,
non salire, non scendere,
non correre per le strade vuote.

Non ti muovere,
non chiamare, non farti dei pensieri,
non riflettere, non analizare,
non credare,
non confessare.

Non ti muovere,
así, quieto,
no tragues, no saborees, no gires,
no remuevas nada,
no avances.

Non ti muovere,
così, fermo,
non ti muovere,
non ti muovere,
non ti muovere…

Ay, el contexto…

Martes, 5 de Julio de 2005

Las palabras no tienen sentido si no son contempladas con todo su alrededor. No estoy descubriendo Roma, lo sé, pero a veces eso se muestra con una evidencia espectacular. Un reto: contextualidad positivamente las palabras “muerte”, “depresión” y “negativo”.

Ahí va el guante (sobre todo a Cris).