Archivo de la categoría ‘Garabateos’

Ay, el contexto…

Martes, 5 de Julio de 2005

Las palabras no tienen sentido si no son contempladas con todo su alrededor. No estoy descubriendo Roma, lo sé, pero a veces eso se muestra con una evidencia espectacular. Un reto: contextualidad positivamente las palabras “muerte”, “depresión” y “negativo”.

Ahí va el guante (sobre todo a Cris).

Y Pilatos se lavó las manos

Jueves, 9 de Junio de 2005

Poncio Pilatos tenía en su poder la decisión de crucificar o no a Jesucristo. Pero a pesar de estar convencido de su inocencia el miedo, la comodidad o la indiferencia le pudo y se lavó las manos delante del pueblo de Jerusalen en señal de que se desentendía del asunto.

Supongamos algo diferente. Imaginemos a un Pilatos padre de familia con un niño recién nacido y el miedo que pudo sentir a represalias, no sólo hacia él sino a su familia. Imaginemos que Pilatos toma su decisión basado en los “consejos” de instancias superiores a los que no podía hacer oídos sordos. Pensemos por un momento en Pilatos visitando de incógnito una madrugada la cruz de Jesús y dándole un poco de agua, intentando aliviar un dolor del que es responsable pero que no ha sabido parar.

¿Qué fue después de Pilatos? ¿Vivió acosado por los remordimientos? ¿Se despertaba en medio de pesadillas? ¿O logró convencerse de que su decisión había sido la adecuada y siguió adelante con su vida?

¿Alguna vez habéis sentido que os lavabais las manos sin saber cómo no hacerlo? ¿Alguna vez habéis sentido que algo o alguien ponía un cántaro con agua debajo de vosotros y metía vuestras manos dentro y que, simplemente, no teníais la fuerza para sacarlas de allí? ¿También vosotros os despertáis en mitad de la noche y no podéis mirar la blancura reluciente de vuestras extremidades…?

El árbol que cobija

Martes, 31 de Mayo de 2005

Mi primo Javier nació hace ya unos cuantos años con un problema gravísimo de corazón. Desde el principio los médicos dijeron que no había solución, que sólo nos quedaba esperar a su muerte. Jamás he sentido un dolor tan intenso como aquellos días, no por él, sino por mi madre y mi tía que se derrumbaban delante de mí y yo no era capaz de hacer absolutamente nada por ellas.

Con apenas meses de vida, llevaron a Javi a Pamplona para practicarle un cateterismo, algo así como abrirle una válvula en el corazón, en una operación complicadísima en un cuerpo tan pequeño.

Cuando Javi despertó de la anestesia miró al su alrededor con sus ojos recién creados y sólo vio batas blancas y verdes y rostros desconocidos que le tocaban y le hablaban. El miedo, la soledad, no sé exactamente el qué, le invadió. Pero en esa multitud de seres verdes reconoció unos ojos. Los de mi tío César, médico de la clínica de Navarra, que tenía permiso para entrar a verle. Javi sólo había visto a César una vez, la noche anterior, justo antes de la operación. Sólo una vez. Pero esos ojos que le miraban con cariño eran conocidos. Sin pensarlo ni un momento, Javi, un bebé más pequeño que un gato, alzó sus brazos hacia César para cobijarse en él.

A veces el mundo se mueve por detalles.

(Por cierto, Javi está hoy día perfectamente. A veces los milagros ocurren)

Sísifo

Jueves, 26 de Mayo de 2005

Sísifo fue condenado a pasar la eternidad en el reino de Hades repitiendo una y otra vez el mismo movimiento. Debía empujar una piedra enorme hasta la cima de una colina, pero cuando estaba a punto de llegar la piedra se resbalaba y volvía a caer a la base del monte. Y Sísifo no podía hacer otra cosa que bajar de nuevo y empezar otra vez el proceso de empujar la roca hasta arriba. Una y otra vez. Eternamente.

Ayer por la mañana vi amanecer por culpa del insomnio. El sol, cuando las nubes le dejan, se asoma por Bologna un poco después de las 5:30. Dormí un par de horas y mi alarma, de estas que suenan de forma monótona y repetitiva cada cinco minutos, me avisó de que Teresa me esperaba para dar una clase. Ojeada al correo (alguien me dibuja una sonrisa con sus palabras en el ordenador dando gracias que no se merecen). Lavado de cara, café cargado, cigarrillo y salir corriendo para poner mi mejor cara de enseñante divertido. Tomo otro café con mi alumna más entregada y hablamos de los amigos y del subjuntivo y leemos juntos a Eduardo Mendoza. Camino al mercado para comprar verduras y fruta pero me doy cuenta de que he salido sin dinero de casa. Voy al banco a por algo de efectivo pero se ha hecho tarde y Elena me espera en su refugio con la pizza que ha hecho su madre. Comemos y hablamos de música y de historia, y de novelas de espías y del calor y de la vergüenza. La cabeza me da vueltas por el cansancio cuando salgo de su casa y al llegar a mi cubículo de Via Nosadella Massimiliano me espera con ganas de hablar de fútbol y de jugar una partidita de las nuestras a la Play Station. Pierdo por poco pero ha sido muy emocionante y dedico un rato a corregir redacciones y preparar la clase de la tarde. Mi cabeza me vence y duermo unos 45 minutos antes de levantarme acelerado porque llego tarde. Café rápido, Massi que me abronca por tomar tanto café (”¡Así como coño no vas a tener insomnio!”). El día es caluroso y llego a clase vestido sólo con una camiseta de manga corta. La clase del miércoles siempre es bonita, con cuatro chicos inteligentes y con ganas de hablar que me lo ponen muy fácil. También hablamos de los amigos y discuten en español, y se apasionan y yo me sonrío debajo de mi cara de profesor orgulloso de la pasión que tienen. Es el cumpleaños de Silvia, 30 años que hace con esa cara de cría risueña que no se le va nunca de encima. La felicito, la beso y le deseo que disfrute de su fiesta con su novio y sus amigos, y deseando secretamente que me invite a su fiesta para no tener que volver a casa. Franci me ofrece una cerveza con sus amigas y después irnos al cine. La noche es tibia y agradable y no me apetece ser tan sociable. Vuelvo a casa despacio mirando los edificios que tan familiares se han vuelto en vía Santa Isaía y dejando algo suelta mi vena voyeur que en las primaveras cálidas se encuentra en su mejor elemento. Massi e Inger están en casa inmersos en la final de la Champions. Nos divertimos dos horas con un partido realmente bonito y un final de infarto. En mitad de los penaltys me llega la voz dolorosa de la incomprensión y la tristeza a través del teléfono. Trato de ser fuerte, de no dejarme deprimir, de no contagiarme. Viviana me dice que hagamos el payaso en su casa un rato. Por qué no. Cuando estoy a punto de llegar el teléfono vuelve a sonar y el dolor de antes se multiplica por dos. Y vuelvo a intentar ser fuerte, sereno, tranquilizador. Pero mi moral está minada y cuando cuelgo soy una sombra de lo que podría llegar a ser. Viviana me hace sonreír con su vocabulario de marinero rudo y sus aventuras y desventuras amorosas. Recibo un mensaje de alguien a quien quiero mucho hablándome de un mal día y con la oferta de dejarnos querer y consolar al día siguiente. Será un auténtico placer. Regreso a casa con el fresco de la madrugada y el silencio de una Bologna apagada. En casa mi correo y mi blog están vacíos y me meto en la cama con una película argentina sobre buenos sentimientos haciéndome compañía. Después he visto amanecer…

Vacaciones

Viernes, 22 de Abril de 2005

Hace algo así como un mes le mandé un mail a Carlos contándole un buen día. Hoy lo he estado releyendo y me he dado cuenta de que las vacaciones son un estado de ánimo. Ahí lo dejo para que opinéis.

Hoy me he ido de vacaciones a casa de Elena. Ella vive en un monolocale (un estudio), un poco más grande que el de Kitty y organizado de una forma realmente acogedora. Parece una de esas casitas que salen a veces en las películas americanas, con un segundo piso falso al que se llega por una escalera de madera. Muy bonito.

Hoy la calefacción de casa ha tenido a bien irse a la mierda, y al menos una vez cada dos meses debería ducharme, así que le pedí a Elena que me dejara ducharme en su casa. Ha hecho mucho más que eso. Ella se tenía que ir así que me ha dejado sólo entre cds de jazz, libros y dulces de calabaza. Me he dado una ducha caliente larga y después, curioseando, he encontrado El Pergamino. Toda una colección de ediciones en muchos idiomas de “El principito”. Inglés, francés, por supuesto italiano, árabe, chino, hebreo, una en español… entre tanta maravilla descubrí una edición argentina bastante vieja de “El tunel” de Sabató y leyendo al escritor porteño y comiendo dulce y fumándome un cigarrillo he dejado pasar el tiempo. Después ha vuelto mi ángel con una amiga y hemos brindado con camomila por la reciente Laurea en Psicología de su amiga y después nos hemos abrazado fuerte fuerte con la promesa de querernos toda la vida.

Y ahora he vuelto a casa con un pensamiento rondándome la cabeza, una cosa que leí una vez no sé donde, a propósito de un naturalista al que se le preguntó donde había ido de vacaciones de verano: “fui a dar la vuelta al mundo. Llegué hasta la mitad de mi patio trasero”.

Soledad /2

Lunes, 18 de Abril de 2005

Una vez escribí mi propio cuentecito sobre la soledad. De nuevo acordándome de Carlitos, que sé que es el que más le gusta.

UNA MUJER EN SAN SEBASTIÁN

Una mujer despierta en un destartalado piso a cien metros del Monte Urgull. Mira la bombilla del techo que oscila por la brisa de la ventana abierta. Huele la humedad de semanas en sus sábanas, en su camisón, tan roto, tan amarillo, tan raído, y comienza su ritual diario.

Grita.

Grita a su cafetera, a su hornilla, a su frigorífico, al cartón de leche. Grita a los muebles, a las paredes, al techo, al suelo, al papel pintado. Grita al aire, a las fotografías, a su imagen en el espejo, a su sombra. Grita insultos, amenazas, súplicas, órdenes. Grita con ira, con rabia, con desesperación.

Y a cada grito que profiere se responde a sí misma con un murmullo ininteligible, algo que se transforma en respuestas ahogadas en los oídos de los vecinos.

Su voz retumba en el cochambroso patio interior y todos, los de la pensión del tercero, los estudiantes del segundo, el solitario del primero, todos sonríen malévolamente y compadecen al desdichado receptor de tan terrible reprimenda.

Al acostarse, una mujer cierra sus ojos resecos sabiendo que, un día más, todos creen que es un ogro repugnante, pero no una vieja sola.

El refugio de San Vitale

Jueves, 14 de Abril de 2005

Mi bar favorito en Bologna no es un apartado rincón con libros en las
paredes y atmósfera bohemia, ni tiene de lejos el glamour que tiene el café Tomaselli de Salzburgo. No. Mi bar favorito de Bologna se llama el Refugio de San Vitale. Está en Via San Vitale, una especie de Alameda de Hércules de Sevilla de principio de los noventa, llena de tiendas inverosímiles, tráfico feroz y miradas huidizas. Este bar es el único que conozco en esta ciudad que abre 24 horas, y le tengo un cariño especial porque es el lugar donde fueron a parar mis huesos en mi desventurado aterrizaje aquí, allá por el mes de mayo (madrugada, maleta, sin alojamiento y con un señor en la cincuentena confesándome su admiración por Franco).

Los personajes que pueblan el local son la mar de variopintos. Trabajan dos cocineros con aire pakistaní o indio que si no fuera porque los he visto juntos diría que son la misma persona, pero la jefa, la padrona, es una cincuentona teñida de rubio de armas tomar y mucho genio (como nuestra Paqui en la Parrapa, donde estaba la Facultad de Ciencias de la Información antes en Sevilla) que al tercer día que fui ya me riñó por coger un plato demasiado caliente por la base en lugar de por las asas. Ayudan sus dos hijas, la pequeña, con aire resabidillo, unos 14 años y mohín de fastidio perpetuo en la cara, y la mayor, un espectáculo de unos 18 años, con rostro alelado, escotes imposibles, falda inexistente y absolutamente inútil en sus funciones de camarera. Pero esa padrona sabe de marketing, y más de uno irá a su bar sólo con la esperanza de que la bobalicona de su hija se agache a recoger algo o vaya hacia la cocina rascándose las nalgas dejando al descubierto un tanga de triángulo con colores de leopardo (doy fe de ello).

La clientela la componen delincuentes de toda calaña, marginados, servicios de limpieza, putas, un transexual educadísimo que es un calco de Carmen de Mairena y fauna similar. Me gusta llamarlo “el lugar donde irían los estibadores del puerto”, seguro que en cualquier momento presencio una pelea de esas con botellas rotas a la mitad, sillas que vuelan y una baraja de cartas desparramada por el suelo. El baño tiene permanentemente un cartel de “fuera de servicio” porque dice la padrona que “ha habido problemas”, aunque a mí me deja usarlo. El café es gasolina, la comida mataría a un levantador de piedras y bajo el cartel de prohibido fumar se amontonan cientos de colillas. Me encanta ese sitio, y aunque está algo lejos de mi casa siempre que paso cerca me permito pararme un ratito allí.

Hace unos meses me llamaron a las dos de la tarde de una de las academias donde dejé mi curriculum cuando llegué aquí, situada en la periferia cercana de Bologna, para decirme que necesitaban con urgencia un profesor de conversación de tres a cinco para una chica que se examinaba del DELE al dia siguiente. Sin tiempo para comer cogí un autobús, llegué a las tres en punto, la dejé hablar durante dos horas (Elisa, una chica de 24 años con pocas luces y muchos ánimos) y después me dieron 20 euros. Y adios. Así que con mis 20 euros caidos del cielo me fui alegremente, a pie, a mi bar favorito a estrenar mi cuaderno rojo. Le dije a la padrona que no había comido y ella gruñó un “espera un momento” y al par de minutos apareció con medio pollo y una pequeña montaña de patatas. Comí con fruición y pedí un café, encendí un cigarrillo y manché la primera de las once páginas que escribí aquel día.

Mientras escribía entraron dos prostitutas que parecían venir del este a las que la padrona saludó con cariño. También estaban sin comer y ella les puso lo mismo que a mí. Reían y parloteaban risueñas en una mesa alejada de la mía, contando un pequeño fajo de billetes y fumando cigarrillos que quedaban tatuados de lapiz de labios barato. Una vestía unos vaqueros muy ceñidos y un corpiño de tigre y la otra unas mallas negras y una camiseta blanca sin escote. Yo las observaba de vez en cuando, éramos los únicos inquilinos del bar a esa hora, entre sorbo de café y párrafo de cuaderno.

De pronto entró en el refugio un chico árabe que no hablaba una palabra de italiano y que trataba de venderle rosas a las dos chicas. Ellas olieron las flores, jugaron un poquito a que las cogían y después las rechazaron
cariñosamente. El chico se iba derrotado cuando reparó que tenía mis ojos clavados en él. “Two euros signore” me imploró y saqué la cartera. Le dije “take the two prettiest and give them to the girls” mientras le daba un billete de cinco euros. El chico sonrió, escogió con mimo dos flores, se acercó a la mesa de las dos prostitutas que habían vuelto a su charla y no habían reparado en la escena y sin mediar palabra y con una sonrisa de oreja a oreja le dio una flor a cada chica. Después mostró las palmas de sus manos en gesto de “a mi que me registren” y se marchó. Las chicas se volvieron hacia mí, que estaba encendiendo otro cigarrillo, sonrieron tímidas y dijeron “grazie”. “Prego signorine” contesté inclinando la cabeza y volviendo a mi escritura.

Me sentí George Clooney en el mejor capítulo de urgencias por un momento.