Mi bar favorito en Bologna no es un apartado rincón con libros en las
paredes y atmósfera bohemia, ni tiene de lejos el glamour que tiene el café Tomaselli de Salzburgo. No. Mi bar favorito de Bologna se llama el Refugio de San Vitale. Está en Via San Vitale, una especie de Alameda de Hércules de Sevilla de principio de los noventa, llena de tiendas inverosímiles, tráfico feroz y miradas huidizas. Este bar es el único que conozco en esta ciudad que abre 24 horas, y le tengo un cariño especial porque es el lugar donde fueron a parar mis huesos en mi desventurado aterrizaje aquí, allá por el mes de mayo (madrugada, maleta, sin alojamiento y con un señor en la cincuentena confesándome su admiración por Franco).
Los personajes que pueblan el local son la mar de variopintos. Trabajan dos cocineros con aire pakistaní o indio que si no fuera porque los he visto juntos diría que son la misma persona, pero la jefa, la padrona, es una cincuentona teñida de rubio de armas tomar y mucho genio (como nuestra Paqui en la Parrapa, donde estaba la Facultad de Ciencias de la Información antes en Sevilla) que al tercer día que fui ya me riñó por coger un plato demasiado caliente por la base en lugar de por las asas. Ayudan sus dos hijas, la pequeña, con aire resabidillo, unos 14 años y mohín de fastidio perpetuo en la cara, y la mayor, un espectáculo de unos 18 años, con rostro alelado, escotes imposibles, falda inexistente y absolutamente inútil en sus funciones de camarera. Pero esa padrona sabe de marketing, y más de uno irá a su bar sólo con la esperanza de que la bobalicona de su hija se agache a recoger algo o vaya hacia la cocina rascándose las nalgas dejando al descubierto un tanga de triángulo con colores de leopardo (doy fe de ello).
La clientela la componen delincuentes de toda calaña, marginados, servicios de limpieza, putas, un transexual educadísimo que es un calco de Carmen de Mairena y fauna similar. Me gusta llamarlo “el lugar donde irían los estibadores del puerto”, seguro que en cualquier momento presencio una pelea de esas con botellas rotas a la mitad, sillas que vuelan y una baraja de cartas desparramada por el suelo. El baño tiene permanentemente un cartel de “fuera de servicio” porque dice la padrona que “ha habido problemas”, aunque a mí me deja usarlo. El café es gasolina, la comida mataría a un levantador de piedras y bajo el cartel de prohibido fumar se amontonan cientos de colillas. Me encanta ese sitio, y aunque está algo lejos de mi casa siempre que paso cerca me permito pararme un ratito allí.
Hace unos meses me llamaron a las dos de la tarde de una de las academias donde dejé mi curriculum cuando llegué aquí, situada en la periferia cercana de Bologna, para decirme que necesitaban con urgencia un profesor de conversación de tres a cinco para una chica que se examinaba del DELE al dia siguiente. Sin tiempo para comer cogí un autobús, llegué a las tres en punto, la dejé hablar durante dos horas (Elisa, una chica de 24 años con pocas luces y muchos ánimos) y después me dieron 20 euros. Y adios. Así que con mis 20 euros caidos del cielo me fui alegremente, a pie, a mi bar favorito a estrenar mi cuaderno rojo. Le dije a la padrona que no había comido y ella gruñó un “espera un momento” y al par de minutos apareció con medio pollo y una pequeña montaña de patatas. Comí con fruición y pedí un café, encendí un cigarrillo y manché la primera de las once páginas que escribí aquel día.
Mientras escribía entraron dos prostitutas que parecían venir del este a las que la padrona saludó con cariño. También estaban sin comer y ella les puso lo mismo que a mí. Reían y parloteaban risueñas en una mesa alejada de la mía, contando un pequeño fajo de billetes y fumando cigarrillos que quedaban tatuados de lapiz de labios barato. Una vestía unos vaqueros muy ceñidos y un corpiño de tigre y la otra unas mallas negras y una camiseta blanca sin escote. Yo las observaba de vez en cuando, éramos los únicos inquilinos del bar a esa hora, entre sorbo de café y párrafo de cuaderno.
De pronto entró en el refugio un chico árabe que no hablaba una palabra de italiano y que trataba de venderle rosas a las dos chicas. Ellas olieron las flores, jugaron un poquito a que las cogían y después las rechazaron
cariñosamente. El chico se iba derrotado cuando reparó que tenía mis ojos clavados en él. “Two euros signore” me imploró y saqué la cartera. Le dije “take the two prettiest and give them to the girls” mientras le daba un billete de cinco euros. El chico sonrió, escogió con mimo dos flores, se acercó a la mesa de las dos prostitutas que habían vuelto a su charla y no habían reparado en la escena y sin mediar palabra y con una sonrisa de oreja a oreja le dio una flor a cada chica. Después mostró las palmas de sus manos en gesto de “a mi que me registren” y se marchó. Las chicas se volvieron hacia mí, que estaba encendiendo otro cigarrillo, sonrieron tímidas y dijeron “grazie”. “Prego signorine” contesté inclinando la cabeza y volviendo a mi escritura.
Me sentí George Clooney en el mejor capítulo de urgencias por un momento.