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¿Te acuerdas de la épica?

Viernes, 11 de Abril de 2008

Sí, tronco, del Alavés, ¿no te acuerdas? Te conté la historia a ti, que el fútbol te importa mucho menos que cero y te quedaste alucinado. Claro, el tema de fondo no era el partido sino del momumento a la heróica que se puede llegar a montar desde la nada. La cosa era así, más o menos: El Alavés, un equipo modesto y carne de segunda división resulta que por una serie de carambolas se clasifica para la Copa de la UEFA, esa competición donde la clase media baja futbolística se deja los huesos y la clase alta está condenada a ganarla sí o sí, si no quieren que se lo echen en cara.

Total, que eliminando a rivales tan extraños en la UEFA como el Rayo Vallecano resulta que el Alavés se planta en la final, toma ya, el Alavés, tío, que eran los más modestos posibles. Y delante el Liverpool, ¡el Liverpool!, vaya nombre para una final. Así que ahí se meten los del Alavés en el campo y empiezan perdiendo. Pero empatan. Encajan otros dos y vuelven a empatar. El Liverpool coloca el 4-3 casi al final y en el último suspiro vuelve a empatar el equipo de vitoria. 4-4, tronco, aquello era increíble. Y en la segunda parte de la prórroga, casi casi a punto de llegar a los penaltys, en un corner el pobre Geli en lugar de despejar cabecea hacia atrás y se mete el gol en propia puerta. 5-4, fin del partido, Liverpool campeón, el Alavés llora. Al día siguiente un diario deportivo inglés titula: “Gloria, honor y respeto al Alavés”. Y en el subtítulo: “El Liverpool gana la final de la UEFA”. Para los británicos el nombre que tenía que quedar grabado era el de los vitorianos. Eso es la épica. Ya lo decía mi primo, esa historia es tan épica porque la cuenta el Alavés, que fue el que perdió. Ganando no sería igual.

Es que me acordé anoche de eso viendo al pobre Getafe empatando a tres en el minuto 120 de partido contra el Bayern de Munich, ¡El Bayern de Munich, tío! ¿Habrá algo con un nombre más imponente que eso? Con apodos como “el Kaiser” o nombres como “Kahn”. Impresiona.

Y anoche, cuando acabó el partido me acordé de ti y pensé en el Alavés y me acordé de como intenté contarle a una chica en Italia lo que significó aquella final de la UEFA. Ella no hacía caso, no me escuchaba, repetía como un mantra: “No me gusta el fútbol, no me interesa el fútbol, no me gusta el fútbol”. Yo intentaba hacerle ver que NO estaba hablando de fútbol pero ella seguía sin hacerme caso. Y allí estaba yo, en Bologna, desconcertado por no lograr hacerle entender lo que para ti fue tan fácil de ver. Necesidad de contar, dicen.

Así que entre el agujero que se me creaba dentro y la necesidad de contar, lo que fuera, cuando fuera, contar y contar otra vez, un 11 de abril de 2005 decidí abrir una bitácora y llamarla Reducir al mínimo. Hace hoy tres años exactos de eso.

Y viva el Alavés. Siempre.

Albóndigas con patitas

Jueves, 6 de Marzo de 2008

Dotado de una lógica aplastante, el niño Juan Cosaco preguntó en cierta ocasión a su madre que cómo eran las albóndigas cuando estaban vivas. Llevaba más razón que un santo, claro, ya que en su imaginario los pollos o los conejos o el pescado tenían un correspondiente “vivo” bastante claro. Pero, ¿albóndigas?

A partir de ese post se me ocurre intentar acotar un poco el extraño niño que fui yo también (como todos, vaya).

Con dos años me comía la arena de la playa. A puñados. Con ambas manos. A veces aparecía alguien que le decía a mi madre “Señora, su hijo se está comiendo la arena“, a lo que mi progenitora contestaba “ya lo sé, es que le gusta“.

Con cinco años mis padres me llevaron a una capea taurina en un cortijo sevillano, organizada por el antiguo jefe de mi madre. Supongo que podéis imaginar el tipo de persona que había por allí, así como su clase social y su orientación ideológica. En un momento dado mi madre me perdió de vista y se puso a buscarme por aquella finca. Finalmente dio con una sala grande adornada con cabezas de toros y otros animales donde muchas personas hacían corrillo alrededor de algo. Ese algo era yo subido a una silla. Dicen que estaba soltando un discurso del tipo “porque vosotros los ricos oprimís a los pobres y a los obreros, si les pagarais justamente la riqueza estaría mejor repartida y...”. Mi madre, avergonzada, me cogió en brazos para sacarme de allí. Uno de los señoritos que me había estado mirando le preguntó: “Señora, ¿este niño que lo ha tenido con Felipe González o qué?”

Con nueve años me gustó mi primera niña en serio. Se llamaba Dunia y era de Morón. Me trataba fatal. Su hermana mayor, Rebeca, era muchísimo más cariñosa conmigo, pero la que me gustaba era la otra, a lo mejor por ese nombre tan molón. Estas navidades, haciendo espeleología en internet con mi primo, el Dr. Breavman, aparecieron los nombres de Dunia y Rebeca. De la primera no sabemos nada. La segunda anda por Alemania en un macroencuentro de DJ: ahora se llama DJ Recca.

Más o menos con esa edad y bastantes años después, Breavman y yo jugábamos a “hablar”. Esto es, nos metíamos en el mar en la playa de Isla Cristina e improvisábamos una ficción, un auténtico culebrón, a veces con superhéroes y otras con un campamento de verano. Nuestros padres nos miraban alucinados preguntándose de qué narices estaríamos hablando.

Mi diversión del sábado por la noche con 12 y 13 años era ir al videoclub Papillón. Nada más llegar escogía una película (clasicos como No matarás… al vecino o Superdetective en Hollywood II) y luego me pasaba hasta las diez de la noche, hora de cierre, hablando con Kiki, la chica que atendía los sábados. Creo que estaba loco por ella pero era una chica tan “mayor” que ni siquiera me daba cuenta de ello.

Siempre había sido un niño gordito. Con 13 años adelgacé de golpe. Me di cuenta cuando en uno de los campamentos hice algún comentario sobre mi peso y una chica me dijo “¿Tú? ¡Pero si eres un palillo!“. Y sí que lo era.

Con quince años me atreví a hacer esquí acuático en una ciudad al sur de Inglaterra. El instructor nos aconsejó que si sentíamos que nos caíamos soltásemos el mango enganchado a la lancha motora para evitar rebotar y hacernos daño. Después de muchos intentos logré ponerme en pie sobre los esquíes. Cuando la lancha giró a la derecha solté el mango de golpe. No me caía en absoluto pero yo lo salté. Estuve volando unos cuantos segundos.

Con dieciséis años decidí dejar de afeitarme y de cortarme el pelo. Volví a rasurarme la barba más de dos años después. No me reconocí el rostro en absoluto y fue todo un shock verme tan mayor de golpe. Desde entonces he llevado perilla, rasurado mosquetero, barba mega arreglada, patillas, lenteja bajo el labio y, últimamente, afeitado Ahmadineyad.

El día que cumplí treinta años escribí un post en este blog con el nombre “Albóndigas con patitas”.

Los damnificados de la rutina

Lunes, 11 de Febrero de 2008

Me llamó por teléfono C. la otra noche desde mi casa en Sevilla, donde compartía cena, pelis y risas con Yhebra, Idgie y el_hilo_de_Ariadna. El objeto de la llamada, en teoría, era preguntarme por algún problema técnico para conectar el ordenador al televisor, pero la razón última era simplemente hacerme saber que estaban juntos y que les habría gustado tenernos por allí. Les escuché encantado, bromeamos, hablamos de nada y además de manera desordenada y luego colgaron para seguir con su fiesta del domingo noche. Eché de menos muchas cosas pero tal vez la ausencia que más noté fue la menos esperada: no sentí envidia.

Evidentemente no me refiero a envidia malsana sino a una cierta sensación de fastidio sonriente, de melancolía nostálgica entre enfurruñada y alegre por no estar allí poniendo mi granito de arena en el ruido que se genera en mi salón, el salón con el techo más bajo del mundo. Ese detalle nos pone a todos más cerca, no es ninguna tontería.

La razón no es otra que ese extraño sentimiento de culpa que me invade (y me consta que no sólo a mí) cada vez que desequilibro esta rutina extraña que sigo desde hace ya más de un año. No sé si lo he comentado antes pero probablemente el período más liberador de mi vida haya sido ese año que pasé trabajando en el Palazzo Paleotti en Bologna como asistente informático. Trabajaba como una mula, seis días en semana, con unos turnos impresentables y un sueldo indigno. Pero el sábado, el sabado a las once de la noche cuando llegaba a casa de esa maldita sala de estudio, yo calentaba la comida que hubiese dejado hecha Massi a mediodía, cenaba con calma con la radio puesta y luego encendía un cigarrillo y me ponía una serie, o cargaba la Play. Y que le den por culo al mundo, me lo había merecido. Agotado, derrumbado y con el cerebro vacío, desprovisto de nada parecido al sentimiento de culpa, había trabajado mucho y muy duro y ahora me había ganado mi vagancia. Y mis trasnoches. Y mis viajes. Y todo lo demás. Me lo tenía bien merecido.

Eso se terminó. Me convertí en mi propio jefe y empecé a pagarme mucho menos de lo que cobraba antes y a tener un horario mucho más tiránico. Y encima me sentía completamente implicado en la “empresa”, tanto, tantísimo que no importaba lo que estuviera haciendo. Mi pensamiento, a veces de manera estridente, a veces como un murmullo, siempre acababa llegando al mismo punto: debería estar trabajando. Siempre. A todas horas. Han pasado quince meses y sigue ocurriéndome lo mismo. En lugar de escribir este post debería estar trabajando. En lugar de ver una película debería estar trabajando. En lugar de pasar un fin de semana en Madrid debería estar trabajando. ¿No te has enterado? Deberías-estar-trabajando. So mamón.

Con C. nunca vale un ratito. No me interesan los minutos de la basura con él, ni los intermedios ni los saludos breves. No me gustan, no los disfruto, no los saboreo. Con C. menos de cinco horas me parece tiempo mal empleado. Por eso no sentí envidia. Porque sabía cómo sería una noche así: película, charla, película, charla, cena, película, charla, charla, charla, a la cama, más charla, más, más y más. Levantarse a horas infinitamente tardías, desayunar hasta la hora de la cena, salir a saquear visualmente todas las librerías, charla, charla, charla. ¿Y yo? Disfrutando de esos momentos, de esas horas, exprimiéndolas… ojalá. Porque una parte de mí siempre pensará “deberías estar trabajando”, hay que joderse.

Cuando me da por fantasear, sueño con el momento en el que cerraré alguna de las cosas que tengo abiertas, de las gordas, digo. Que terminaré de hacer esto y aquello, lo que me persigue desde hace meses cuando no son años, que luego alguien lo verá y lo comprará, que funcionará, que irá adelante. Y sueño con el momento en el que termine todo, todo se acabe, ponga punto y final a algo. Entonces, sueño, digo, entonces me iré a hacer el insomne durante los días que haga falta y leeré a las cinco de la tarde y trasnocharé viendo películas en blanco y negro y jugaré cuatro campeonatos seguidos en la videoconsola y así todo será bueno, perfecto, cerrado. Entonces y sólo entonces.

C., junto con las tres personas que lo acompañaban cuando me llamó por teléfono y alguna persona más, son los auténticos damnificados de mi rutina, aquellos que de puro amor y amistad no osan quejarse cuando motivos tendrían de sobra para ello. No hay peor esclavista que el hijo de puta que duerme contigo cada noche.

Y que decir del otoño

Martes, 20 de Noviembre de 2007

Si tuviera uno de esos indicadores de tensión que midiera las energias de los que andan a mi alrededor, estaríamos descendiendo a un pico bastante bajo durante este final de noviembre. Será que el otoño ha caído de golpe, con la tromba de agua que no ha parado desde esta madrugada, los bajos del pantalón mojados, los paraguas, sacar el calentador para el baño, comprar jerseys y calcetines nuevos. Pero la verdad es que no hago más que pensar en lugares comunes que tienen que ver con el viento, la melancolía, la tristeza con rasgos de belleza, la lluvia, la lentitud, la pesadez… siempre he sido muy mal poeta y ni siquiera creo que se me dé bien la prosa poética pero es como si el cuerpo me pidiera escribir versos idiotas sobre todas esas cosas que surgen cuando se acaba el verano.

Ayuda el viaje a Madrid a pasar unos días con mi hermano, en una casa que siempre le digo que es como un parque temático. Está llena de películas y revistas, cómics y libros, cada cual más interesante. Está llena de “literatura de baño” y tiene una tele llena de canales donde siempre hay algo que ver y una videoconsola de última generación donde jugar a cualquier cosa es mearse de risa, donde siempre que voy acabamos comiendo comida basura. Eso me llevó mentalmente a mis veranos y mis navidades en Pamplona, donde nos juntábamos los cuatro primos y que cada vez que yo entraba en ese piso de la Avenida Sancho el Fuerte primero y la Avenida de Zaragoza después me enterraba entre cómics de la Patrulla X soñando con ser uno de ellos y ligarme a Pícara, y eso que no podía besarte (¡te quitaba los poderes!). Libros de fantasía heróica, música de Roxette y de Roy Orbison, juegos del Commodore, me faltaba tiempo para devorar todo lo que había en aquellas estanterías…

Ayuda también el haberme vuelto en el tren leyendo el libro que le robé al sr. Driftwood, el segundo tomo de los diarios neoyorkinos de Hilario Barrero, se llama De amores y temores. Vi hace poco la última película de Fatih Akin, se llamará en España Al otro lado. Salí maravillado del cine, no por la historia que me estaba contando sino por la fascinante manera que tenía de contarla. Con Barrero me ocurre algo parecido, posiblemente analizando temáticamente este libro no cuente nada en concreto, o nada “objetivamente” interesante, pero la maestría con la que te lo cuenta, esa sensación de estar tomándome un café con él mientras escucho sus pensamientos, todo eso me ha llevado a sentirme un personaje de sus diarios, tal vez porque yo también sueño con dar clases de literatura española en Princeton, o en Estrasburgo, o en Roma, o en Bremen, mientras saco tiempo para seguir escribiendo obras de teatro que tal vez alguien alguna vez quiera representar. Es lo bueno de mi envidia, que aunque envidio la Nueva York de Barrero y su mano escribiendo lo que deseo es publicar un tomo parecido y mandarle una carta dándole las gracias por indicarme el camino.

Ayuda la mala suerte de algunos que tengo cerca, gente que trata de no llorar su luto a solas, correos duros y secos desde el otro lado del océano, amores que no deberían ser puestos en duda y en cambio son distribuidos en cuentagotas de forma repugnante, unas cuantas horas por semana, charlas informales, comidas baratas en un campus en la mejor compañía, falta de planes, ganas de que acabe algo para poder empezar otra cosa. Yo escucho y asiento y miro y abrazo y quiero y poco más, esto tiene el otoño, supongo.

Y por supuesto ayuda la tercera mudanza, física, que no mental, esa la hice meses antes, que me lleva de sur a norte de nuevo, otra vez hacia la lluvia y cielos grises, edificios de piedra y calles estrechas, otro idioma que se parece al mío y que acabaré haciendo mío. Volver a Sevilla como siempre, a hacer más maletas, como siempre, a meter libros en cajas y reordenarlo todo, a comprar ropa que no usaré aquí, a irme al único lugar donde quiero estar. Le decía a Yhebra que en pocos meses iba a tener que rebautizar otra vez el blog y ponerle un 3.0. Ella decía que no.

¿Reducir al Mínimo 3.0? Qué va, yo creo que esto es reducir al máximo. Y la mudanza mental ya la tenías hecha antes de decidir quedarte. Y si no, a ver en qué estabas pensando todo el tiempo en Sevilla: en estar en Santiago con la gata. En Santiago, o en cualquier otra parte del mundo, qué más da. Si yo tuviera eso que tenéis vosotros, me iría a la Conchinchina si hiciese falta. Las ciudades y los trabajos son sólo torpes sustitutos de lo que más importa: no sentirse solo al llegar a casa, al enfrentarse a un problema, al tener un día triste o al recibir una buena sorpresa. Tener alguien con quien compartir tu vida, por quien mover cielo y tierra si fuese necesario. The home is where the heart is, I’ve been told. Una fantástica frase de NOFX que repito hasta la saciedad.

¿Incomunicación?

Miércoles, 19 de Septiembre de 2007

Hoy, en lo que llevo de día (son las cuatro de la tarde) sonó el teléfono siete veces. Por orden:

- Orange
- ONO
- Jazztel
- Bankinter
- Real Automóvil Club
- Mi padre (menos mal…)
- World Wide Association (decía que era una ONG encabezada por Carlos Sobera)

Que digo yo que ya está bien…

Relatividad del espacio

Lunes, 17 de Septiembre de 2007

Hace tres días que regresé a Sevilla y la maleta sigue sin deshacer. He hecho una lista mental de “tengo que”, incluido genéricos normalmente incumplibles como “ordenar los cds”, “ordenar los libros”, clasificar las películas, vaciar la estantería del pasillo… incluidos los concretos, por absurdos que sea, contestar una pila de e-mails, atender a mis responsabilidades lúdicas (que sí, que son lúdicas, pero responsabilidades al fin y al cabo), minuto, minuto, minuto…

Mientras tanto cabalgo entre dos ciudades y no deshago la maleta por la sensación de que puedo tener que volver a hacerla cuando menos me lo espere. Y la tentación de abandonarme y apagarlo todo durante un tiempo mientras se calma la vorágine interior a veces se hace insoportable…

Paradoja

Domingo, 16 de Septiembre de 2007

No hago más que volver y lo cierto es que no termino de llegar.

De lo que quería hacer en este blog

Jueves, 16 de Agosto de 2007

Tengo esto medio abandonado, lleno de polvo y de arañitas en los rincones. Y además huele a cerrado. Pasé por aquí el otro día y me encontré con que tenía el buzón lleno de gente que no conocía y que decía cosas extrañas en posts que no venían a cuento. Incluso algún enfadado por algo que dije encontré, tengo que corregir eso, a veces hago que la gente se cabree sin darme ni cuenta. Y yo, que no soy paradigma del sentido del humor precisamente, debería entender esas rabietas, que narices.

Lo que pasa es que volví, y dije que volví, en mitad de las vacaciones, que es algo que no se debe hacer. Porque en el mes de Julio estuve trabajando como un animal, pero esta bitácora se quedó abandonada y me perdí el fin de las opos de Veva, los cuentos de Oyros, las recetas de Itz y Furia y los memes y Think Blog Awards de K. Y ahora que sí que tengo conexión resulta que sí que tengo vacaciones, y aunque, que paradoja, mientras estuve a quince kilómetros de África escribía mentalmente uno y otro post, al llegar a casa (sí, estoy en Santiago de Compostela, con la Gata, qué habrá más casa que esto) resulta que lo que necesitaba eran… vacaciones.

Ahora me resulta raro pasarme por aquí, porque quedan pocos fuera. Pero esto es un vicio que se despierta a las pocas letras… ¿no?

Con mi tabla de wirfirsu…

Jueves, 28 de Junio de 2007

En la semana más absurda y surrelista de mi vida, laboralmente hablando, me encuentro con que mañana me marcho a Tarifa durante un mes para dar clases de español a quinceañeros norteamericanos ricos y posiblemente extremadamente hormonados. No sé dónde voy a vivir, con quién ni qué es exactamente lo que tengo que hacer.

Pretendía continuar el meme con el que me ha honrado k, hacer un post de previa a las vacaciones tranquilo y meditado, saludos, besos, abrazos, nos iremos viendo estos días.

… y en lugar de eso…


¡Feliz verano a todos!

Ahora, en este blog…

Miércoles, 6 de Junio de 2007

(Ilustración de Alberto Montt)