Archivo de la categoría "Momento Confusión"

Ahora, en este blog…

Miércoles, 6 de Junio de 2007

(Ilustración de Alberto Montt)

El desencanto

Lunes, 28 de Mayo de 2007

Que la política es cosa de los políticos no es verdad. La política de los medios de comunicación, de las grandes frases y de la ruptura de España, la que se ve en las promesas televisadas y en las campañas de imagen no tiene demasiado que ver con todo un universo de personas, de izquierdas, conservadores, nacionalistas, que deciden remangarse y cambiar lo que creen que se debe cambiar y pelear por lo que se consideran justo. El descreimiento hacia la “clase política” (y senadores romanos, no te jode) es parecido al desapego que tantas veces sufren colectivos completos por acciones concretas: los médicos peseteros e inhumanos, los funcionarios vagos y desagradables, los sindicatos chorizos, los policías abusadores… y escondidos tras unos cuantos despreciables hay una legión de personas que intentan hacer las cosas lo mejor posible y con toda la honestidad del mundo. Y es que la política local es mucho más que Sebastián y Gallardón, y por supuesto mucho más que Zapatero o Rajoy.

Hace bastantes años me tocó cubrir unas elecciones municipales con la radio en la que estaba de prácticas. Tuve la posibilidad de conocer en persona y escuchar durante una hora a todos los candidatos a la alcaldía de Sevilla, formarme una opinión real de ellos como personas y como personajes, como políticos y como vendedores. También de leerme sus programas (era parte de mi trabajo) y sobre todo de, posiblemente por primera y última vez en mi vida, votar con plena consciencia y consecuencia de lo que estaba votando. Realmente confiaba en el candidato y en el programa al que voté, después de haber hecho un ejercicio largo y meditado de todo lo que me estaban ofreciendo.

Mi candidato perdió, de manera escandalosa además. Se había pasado cuatro años peleando y trabajando muy duro por conseguir cosas en las que creía, había conseguido con su grupo avances importantes en materias municipales estancadas y que parecían irresolubles. Dio igual. En una ciudad de un millón de habitantes ciertas cosas, como el trabajo municipal, muchas veces importan bien poco. Recuerdo su desencanto cuando terminó la noche electoral y como no pudo evitar musitar entre dientes “yo lo dejo, que les den por saco”.

Una muy buena amiga lleva cuatro años trabajando dentro de un pequeño ayuntamiento de pueblo, codo con codo con concejales, alcaldes y un grupo de personas convencida de lo que está haciendo por su pueblo. Ha visto como al llegar la campaña electoral su trabajo se ha visto cubierto de mentiras y mierda arrojada en la puerta y como, extrañamente, sus jefes, los políticos que gobernaban, han decidido no caer en la provocación ni rebajarse a una guerra de chusma repugnante. Convencidos, han decidido seguir trabajando y sentirse satisfechos de ver como su pequeño municipio ha mejorado una barbaridad en cuatro años.

Ayer perdieron las elecciones entre acusaciones falsas y con los oídos pitándoles de mentiras y mierda.

Que alguien recupere mis ganas y mis creencias, que alguien me diga que las cosas no son siempre así, que la política puede ser algo más que un espectáculo de circo o una partida de Risk, llena de estrategias y manipulaciones. Y sobre todo que alguien me diga que el desencanto de mi amiga no le va a impedir seguir creyendo que hay que implicarse y luchar más allá de cualquier otra cosa. Que alguien me diga que se le pasará su desencanto y que no sólo en los libros las cosas son justas.

Ánimo preciosa.

Cinco cosas que, seguramente, no sabes sobre mí

Martes, 15 de Mayo de 2007

En estos días en los que estoy poco o nada imaginativo, me encuento en lo de Zifra un meme perfecto para egocéntricos exhibicionistas como yo. Así que se lo robo.

Se trata de contaros cinco cosas que, probablemente, no sabéis sobre mí. Es un ejercicio yo diría que casi imposible, porque entre lo bocazas que soy en este blog y que hay ciertas personas que me conocen mejor que yo mismo pues…

Pero vamos a intentarlo, a ver que sale…

1. En el primer premio literario al que me presenté, en Roquetas de Mar, cuando tenía 17 años, conseguí el segundo premio y cincuenta mil pesetas, una fortuna para mí. Luego me presenté a otro concurso en Los Palacios (Sevilla) y no gané. Desde entonces y hasta esta mañana no me he vuelto a presentar a ninguno por un absurdo y ridículo miedo al fracaso.

2. Tengo un CD de grandes éxitos de Chiquetete. Lo compré yo. Con mi dinero. Voluntariamente. A callar.

3. Tengo una ex de hace muchos años a la que le guardo muchísimo rencor. Tanto que no quiero encontrármela porque temo tener la tentación de decirle barbaridades hasta hacerla llorar. Y aún temo más el estar casi seguro de que me sentiría bien haciéndolo.

4. Tengo un temor irracional a los murciélagos. En mi barrio, en Sevilla, hay muchos por la noche y no me atrevo nunca a asomarme en el balcón por si se me enganchan en el pelo. Esa fobia me nació cuanto tenía el pelo muy largo pero me sigue durando hasta ahora.

5. Una vez estrellé mi coche contra un todo terreno en Pamplona. No me pasó nada pero rompí el motor y el coche fue declarado siniestro total. A pesar de lo que he contado muchas veces la culpa fue mía, me distraje como un idiota y sin tener por qué distraerme.

Hala. Como es un meme robado no se lo paso a nadie, pero mis comentarios son vuestra casa.

Ah, no, se lo paso a Veva, por bocazas :P

Cosas que no me gustan

Jueves, 12 de Abril de 2007

K me hace una encerrona con todas las letras y literalmente me obliga a contestar un meme. Que ya me ha costado dos sofocones, así que más vale que me descargue por aquí…

1. Un libro que no pude terminar de leer

Pues a bote pronto se me ocurre Juegos en la edad tardía, de Luis Landero. Me habían hablado bien de él pero no es el momento, yo que sé. Nunca pude terminar la primera parte de El señor de los anillos, me quedaba atascado a pocas páginas del final (pero está en las tareas pendientes). Y últimamente El guión, de Robert McKee. Y ya lo siento…

2. Una película que te aburrió

Oh, mi dulce venganza… en fin, atacad, leones, pero 2001, Barry Lyndon y me voy a ir callando. Otras muchas pero poco significativas. Casi todo el Altman que he visto me aburre muchísimo (menos el último). La edad de la inocencia me parece el Pestiño con P grande. Las horas me parece lo mismo pero con la H grande. Y Blow-Up… que será muy generacional pero… uffff

3. Una canción (o grupo) que detestas

Es curioso, los grupos que detesté en su día ahora me traen recuerdos nostálgicos de sonrisa tierna (como Héroes del silencio, por ejemplo). Ahora mismo detesto y de verdad a La Oreja de Van Gogh, El canto del loco, Amaral y podría seguir. De los venerados, Los Planetas me ataca al hígado, y mucho además. Como canción pues muchas de la época empalagosa de Aerosmith y muchas, muchas, muchas de Bon Jovi, sobre todo a partir de “Keep the Faith”.

4. Un anuncio que te convenció para no comprar el producto

Pues normalmente estaría ya convencido pero… cada vez que veo un anuncio de Kinder Sorpresa o de cualquier producto Kinder me juro a mí mismo que nunca volveré a comprarles nada. Y uno de unos cereales bestiales o algo así que no sé cómo se llaman.

5. Un personaje público a quien muchos admiran y tú no entiendes por qué

Puf, que difícil esta. Si hablamos de política la admiración está tan metida en “bandos” que en realidad no es justo opinar. En general la admiración a los futbolistas es algo que se me escapa, pero puedo entender que suceda.

¿A Isabel Preysler?

Sé que me ha quedado muy llenito de bilis pero entre que el meme invitaba a ello, me siento zorra vengativa y no para de llover pues…

Ah y se lo pasaremos a alguien nuevo esta vez. A ver, por ejemplo a Furia, amelie y Ternin (que espero que no dejen de hablarme).

Reducir al mínimo 2.0

Sábado, 3 de Marzo de 2007

Siete horas de viaje es mucho tiempo para reflexionar sobre lo que estás haciendo y sobre lo que has hecho, aunque no tengas ganas de hacerlo. Sabes que tienes unos cuantos días de contar una y otra vez la misma historia: qué planes tienes, vuelves para siempre, y ahora qué, y ahora qué, y ahora qué… estás de malhumor y cada vez que te dicen “por fin estás en casa” te contienes para no responder de mala manera que “casa” era aquello.

Ciertas presencias me ayudan todo lo que pueden: Josefina me espera con un bocadillo en Atocha para hacerme más ligeros los 40 minutos de espera, Yhebra ha mantenido caliente la casa y ha llenado la nevera, Johnny me llama para decirme que me preocupe ahora mismo de aterrizar y que ya nos veremos cuando pasen las primeras semanas. Flauzia me deja un mail en el correo diciéndome que cuando la melancolía me ataque brutalmente tiene preparada un pack revival de Bologna en su casa. Me dice que en esta Sevilla que no es la suya, yo soy parte de Bologna.

Mi casa que lo fue durante más de veinte años se me presenta como una extraña donde tengo que preguntar cómo se pone la lavadora, dónde están las toallas y cual es mi cama. Miro por la ventana y me parece que todo sigue igual, aunque nada sea lo mismo ni remotamente. Nadie me habla en italiano y desde el correo electrónico me llegan decenas de mensajes de amigos allí lejos que me dicen: “mi casa es tu casa”.

Massi, mi amigo, mi hermano, mi compañero de piso, mi mitad de corazón en Bologna, se despide de mí en su blog dejando un guiño a nuestras madrugadas de Play Station jugando ambos con argentina e insultando a un árbitro virtual a gritos. Todavía no he tenido valor de desempaquetar esa maldita consola.

Tengo una tentación brutal de abandonarme a la nostalgia y recrearme en ella pero he vuelto por una razón y esa razón no entiende de tiempos de luto, me requiere hoy y ahora mismo.

Así que me toca volver a reducir al mínimo porque tres años después vuelvo a empezar una mudanza mental… estáis por ahí, eso me reconforta…

Sin fundido

Domingo, 4 de Febrero de 2007

Aunque te quiera, aunque me quieras, no es suficiente. Aunque me encanta como eres te quiero diversa, me quieres diverso. Yo un poco más como los tuyos, tú un mucho más como los míos. Te sientas, lo hablas y nos damos cuenta de que no hay mucho más que decir al respecto. Y se nos cae la cara abajo de la pena porque, en fin, yo te quiero y tú me quieres. Pero no lo bastante, o no como se debe, o no como se debería.

Pero como ya he dicho alguna vez, por muy civilizadas que sean las rupturas en las películas nunca te hablan del después. Y por mucho que hubiera besos, abrazos y caricias, por mucho que pareciera el mejor final de los posibles, cuando he subido al tren no ha llegado ese fundido en negro con los títulos de crédito que hubiesen puesto una guinda a una ruptura indolora. No. No ha habido fundido. En lugar de eso he tenido ocho horas de tren por delante para sentir todas las ausencias que se me han quedado y un regusto amargo en la boca, como el de morder una cáscara de pomelo.

Vaya mierda.

Ay, los prejuicios

Lunes, 18 de Diciembre de 2006

Todos casos reales.

- Vuelvo de mis clases de inglés, hace años ya, desde el Barrio de Santa Cruz. Acorto por el centro, atravieso la Pila del Pato, es invierno, se ha hecho noche profunda. En un portal de la calle adyacente a la plaza se acurrucan dos tipos que, al menos de lejos, tienen muy mala pinta. De vez en cuando se enciende el fogonazo de un mechero. Estoy atemorizado, pienso que están inyectándose heroína, pero tengo que pasar por allí por narices. Respiro hondo y paso. Están jugando al ajedrez.

- Tres chicas de no más de dieciséis años caminan delante de mí un mes de junio de hace unos cinco años. Ocupan toda la calle así que me tengo que adaptar a su paso, al suyo y al de sus respectivos pavos. De vez en cuando sueltan una risa estridente. En mi cerebro fabrico todo tipo de conversaciones estúpidas que posíblemente pueden estar teniendos, llenas de “oseas” y de “telojurotía”. Cuando la calle se ensancha aprovecho para adelantarlas. Alcanzo a escuchar un par de frases de su charla:

- Que no tía, que Persona es mucho más compleja, El séptimo sello está bien como experimento, pero Bergman es mucho mejor en la otra.
- Se te va la olla, tía, eso no es así.

- Conozco una chica, espléndida ella, que tiene una tiendecita de complementos en el centro de Sevilla. Es pequeñita, muy rotunda, llena de curvas imposibles y siempre lleva escotes vertiginosos y faldas estrechísimas. Es una nativa del Polígono auténtica, te puede tumbar de un grito o de un guantazo, según le pille, mucho genio y siempre añade el artículo “er” cuando habla de alguien (por ejemplo, yo sería “er Fanchagüe”). Reconozco que a veces la miraba con cierto paternalismo. Un día me dijo:

- Illo, Arbe (ese soy yo), a vé si hago un mesecito güeno en la tienda, me voy a celebrarlo con los coleguitas a la velá de Santa Ana y me voy unos diítas a la playita. Ah, y me llevo el violín, Arbe, que no lo toco desde hace taco de tiempo, joe. Cojone, que yo ar Betoven lo tenía to controlao y lo estoy perdiendo…

Siempre hay alguien enfadado

Jueves, 14 de Diciembre de 2006

A raíz de este post de la gata más bonita de la blogosfera (y que no me da alergia) ha habido toda una reacción de gallegos y no gallegos riéndose y divirtiéndose de y con ellos mismos.

He visto uno enfadado. Se ha sentido ofendido.

¿Hay alguna razón por la que siempre, en cualquier situación, siempre haya uno que se enfade?

¿Así, en general?

La ley de Fanshawe (antes conocida como “Ley de Murphy”)

Martes, 5 de Diciembre de 2006

Me han aconsejado que me ría de mi brutal cabreo de hoy, así que voy a intentarlo.

Yo tenía hoy mi examen de italiano avanzado en Florencia (nótese la terminación del imperfecto de indicativo). Florencia está a escasos 50 minutos de Bologna en tren pero el examen no era exactamente ahí, era en Scandicci, un pueblo pegado a la capital. Mirando por internet me encuentro con que hay un autobús de línea que sale de la estación de trenes y llega a ese pueblo, concretamente tiene una parada exactamente en la calle donde está el instituto Russell, donde tengo que hacer el examen. Son veinticinco minutos de trayecto. Ya toca las narices que el examen oficial de italiano, donde sólo se presentan extranjeros, tenga lugar en un pueblo perdido al lado de Florencia, pero vale.

Así que decido coger el tren de las 5:15 que me lleva a Florencia desde Bologna. Llego sobre las 6 y todavía tengo dos horas y media antes del examen.

Por circunstancias desconocidas para mí me despierto yo solito a la ¡1:30! de la madrugada. Vale, pues hago algo de tiempo y a las 4:30 estoy en la estación. La primera en la frente, no hay billetes para ese tren.

Claro, cómo no he pensado que un lunes 4 de diciembre media humanidad quiere coger un tren que conecta Bologna y Florencia a las 5:15 de la madrugada.

En fin, decido coger el tren de las 5:30 hasta Prato, donde tengo veinte minutos de espera y luego cambio a Florencia. Llegaré algo antes de las 7 pero sigo teniendo muchísimo tiempo.

El tren llega a Prato con 21 minutos de retraso. 21. 2-1. Así que pierdo la conexión. ¿Por qué ese retraso? ¿Mucha gente? No, viajaba yo solo (claro, todos los demás estaban en el tren de las 5:15). ¿Nieve? Pues no nevaba, no. ¿Salió con retraso de Bologna? Pues no, salió puntualísimo. ¿Entonces? Entonces mierda.

Vaaaale, cojo la siguiente conexión, a las 6:58, todavía llego a las 7:25 a Florencia, en fin, voy sobrado. El tren llega con otros cinco minutos de retraso (vaya, no es tanto) y cuando encuentro el autobús (parada del 10, del 11, del 12, del 13, del 14, del 15, del 17… ¿el 16? Oh, en la otra parte. Claro), digo que cuando encuentro el autobús me monto tranquilamente observando con precaución las paradas que va marcando la pantalla del ordenador. Después de un rato esa pantalla… se apaga. Ops. Vale, pues voy a preguntarle al conductor que me dice gentilmente que hay obras de metro (o de tranvía, yo que sé) en Scandicci y que el autobús NO entra en el pueblo, sino que lo rodea. Mis muertos.

Me bajo allí mismo y me pongo a correr sin sentido. Milagrosamente después de veinte minutos llego a la calle: Ponte de Formicola, ¡sí, yeah! He entrado por el final, número 120, debo llegar al 41. 81-79-77-75-73… y se acaba.

¿Qué quiero decir con “se acaba”?

Quiero decir que termina la numeración, la calle… y la civilización. Lo que hay es puro campo. Nada más que campiña toscana, toda verde ella. Un viejecillo que pasa me dice que después de todo ese verde hay más edificios. Me pongo a correr de nuevo a través del campo (¿Sendero? ¿Camino? Naaaaa) y es el momento en el que la peor tormenta de mi vida decide desencadenarse. Oh, cuan feliz me siento. Después de embarrarme hasta las cejas y evitar que me mate un toro llego… ¡a una ronda de circunvalación! Sólo hay miles de coches, camiones de obras, empalizadas… “acera” es un concepto olvidado en ese lugar.

Yo bordeo como puedo la carretera y finalmente llego a un instituto, las 8:30 en punto. Corro hacia dentro y cuando recupero fuelle pregunto dónde se hace el examen. El bedel no tiene ni idea. Lógico. No es ese el instituto. Salgo de nuevo a toda leche de allí y me encuentro con otro instituto. Que tampoco es.

Un pueblo perdido en medio de la nada, encuentro dos institutos en la zona de la callle que busco… ¡y no es ninguno! ¡NINGUNO!

Finalmente uno de los pocos seres humanos que sabe hablar que encuentro me informa que, sí, efectivamente, la dirección del Instituto Russell es Via Ponte di Formicola 41 pero la entrada es por detrás. Así que tengo que volver por donde he venido (¿en medio del campo? ¡Claro!) deshacer toda la calle, atravesar un puente, girar a la izquierda y me lo encuentro.

Deshago lo andado (aunque ya no corro, total, la lluvia me va a pillar igual) y finalmente llego al PUTO INSTITUTO RUSSELL-NEWTON DE LOS COJONES. Entro derrotado, enfangado, sin resuello. Pregunto por el examen y con toda la pena del mundo me dice la chica que la prueba de audio acaba de terminar. Y que como debo aprobar todas las partes del examen pues ya no tiene sentido que siga. Pido rehacerla y me dicen, con mucha pena (en serio) que es imposible. Pregunto si me devuelven los 150 euros de tasas que he pagado, o si al menos me sirven para la convocatoria de junio y me dice a punto de llorar… que no.

Miro la hora: las 9:30. Me he levantado a la 1:30 de la mañana para ir “exageradamente pronto”.

Bueno, me voy a ver si rompo una puerta a patadas o algo.

Enriquiadas

Jueves, 30 de Noviembre de 2006

El sujeto ese que firma como “El Enrique” de vez en cuando es el mayor filósofo del planeta. Sí, así, como lo oís, algún día el mundo reinderá pleitesía a su corriente de pensamiento, es una pena que sea un “filósofo maldito” y que tenga el pelo rubio y rizado a lo Bisbal y que parezca un romano sacado de una moneda antigua, esas cosas condicionan. Pero después de muerto será citado mundialmente. Seguro.

Aparte de haber aumentado las visitas de este cuaderno a base de pornografía barata, El Enrique es el responsable de dos auténticas perlas que, antes o después, termino contando en todas partes.

La primera es el concepto de Precansancio. Me explico:

El Precansancio define esas situaciones en las que no quieres hacer algo porque ya sabes lo cansado que estarás al terminar. Pongamos un ejemplo (nota, cambiad los sexos de los ejemplos, que funciona igual):

Mañana te toca ir a cenar a casa de tus suegros. Ya sabes que te van a tirar pullas sobre los nietos, o sobre tu trabajo, o sobre lo que sea, ya sabes que tu cuñado se va a emborrachar y ya sabes que tu novia acabará llorando por los comentarios ácidos de su tío. Ya sabes que digas lo que digas ella se va a enfadar, porque tienes mala cara, porque la tienes buena, porque hablas mucho, porque hablas poco. Da igual. Y ya sabes que esa noche habrá una barrera de hielo invisible entre los dos a la hora de dormir. La cena es mañana. Pero estás agotado.

Es es el Precansancio.

La otra perla es una historia que no sólo es verídica, sino que además es cierta (Luthiers dixit). Lo cuenta el mismo ricitos:

“Estaba en el comedor de la universidad, allá en Nueva York, con mi amigo Víctor, el gallego. De repente mi amigo me avisa de que un pivón impresionante de rasgos orientales me está haciendo un marcaje descarado con la mirada. Observo un poco con el rabillo del ojo y verifico la información. Efectivamente la chica es imponente y me mira fijamente. Después de unos segundos, de pronto, me giro y le clavo mis ojos en los suyos. Contacto visual. Y aguantando el tipo, como un campeón, no desvío la mirada.

Al poco la chica se levanta y viene hacia mí. Me hace un par de comentarios ingeniosos a modo de introducción, rompiendo el hielo, el flirteo es completamente obvio. Finalmente me dice “oye, ¿te doy mi teléfono y me llamas? Podríamos salir algún día”. Lo pienso un momento, le sonrío y le digo: “En realidad no”. La chica me mira entre ofendida, cabreada y alucinada y se larga sin decir ni media palabra mientras yo vuelvo tranquilamente a mis macarrones.

Víctor me mira con la boca abierta. “¡Pero tío! ¿Estás loco? ¿Es que no has visto que está que rompe?”.

- Victor, en tu opinión, ¿qué está buscando ella? ¿algo serio?

Víctor me mira completamente descolocado y responde: “Eh… no lo creo. Creo que quería pegarte un polvo, sinceramente”.

- Vale. Quería follar. Estupendo. Una chica impresionante se me acerca con intenciones claras de llevarme a la cama y punto. El sueño de cualquier tío. ¿No?

- P-pues, sí… - Víctor está al borde del colapso.

- Muy bien. Ahora ¿qué es lo que toca? La llamo, quedamos, salimos por ahí, tomamos algo, tal vez a cenar, pago yo, por supuesto, esto es América (estas cosas en Europa no pasan). A pesar de que lo que quiere es follar y punto y que yo quiero lo mismo, esto no pasará en la primera cita. Ya sabemos cómo funcionan las cosas aquí. Mínimo la tercera o la cuarta. Cine, conversaciones fingidas por ambas partes, luego la tercera cita la llevo a casa en coche, un beso apasionado en la puerta y se despide. Deja pasar otros dos días, volvemos a quedar, esta vez me arreglo como un dandy, ella también, la llevo a un sitio estupendo y otra vez a bailar, más conversaciones banales que tienen un único objetivo para ambos. Finalmente la vuelvo a llevar a casa. Esta vez después del beso me invita a subir, follamos como locos, va más o menos bien, a saber, y a la mañana siguiente ella no ve la hora en que me vaya y yo no veo la hora de irme. Después nos esquivamos hasta que se nos pase el “corte oficial” y a otra cosa. Resumiendo. Dos semanas de tonteo, salidas que ninguno quiere hacer, conversaciones que ninguno quiere tener, tiempo, dinero, fuerzas gastadas. Para llegar después de todo eso a lo que ambos queríamos: follar. ¿Pues sabes qué? Paso. Por lo que a mí respecta ya me la he follado.

Y seguí comiendo mis macarrones”.