Archivo de la categoría ‘Pensadero’

Sylvinho

Jueves, 28 de Mayo de 2009

Probablemente Sylvinho es mi jugador preferido de este super Barcelona epatante que ayer ganó la Champions con total facilidad. Me encantan los pequeños tornillos indispensables en las grandes maquinarias alucinantes.

Reguleros

Lunes, 11 de Mayo de 2009

La impresión que da es que los sanos mentales están dentro de los coches: fuera de ellos sólo están locos, tullidos, profesores de yoga y españoles. Conclusión: es de locos caminar por Kamloops, pero sigo haciéndolo.

Alevosía

Martes, 5 de Mayo de 2009

Cuando regrese a España no sé si podré vivir sin mi sopa del día en el Cowboy Coffee.

Poblado fantasma

Miércoles, 10 de Septiembre de 2008

Hace mucho tiempo, tanto que sólo los más antiguos lo recuerdan, un grupo de amigos abrimos un poblado en la comunidad de Lycos llamada Pobladores.com. Eran tiempos heróicos de módem telefónico de velocidad hastiante y ni soñábamos con una Internet integrada al cien por cien en nuestras vidas. Nos lanzamos a escribir y a hablar de literatura con una seriedad extrema, de esa que sólo aparece a los dieciocho años, sin ningún tipo de pudor: eran tiempos pre Google y pre Wikipedia en los que no tenías la sensación de que cualquier cosa de la que fueras a hablar ya había sido analizada más y mejor por miles de personas. Éramos pocos pero convencidos, quisimos jugar a ser la vanguardia literaria y crear nuestro propio canon. Aquello murió de soledad y de conexiones lentas, pero recuerdo como Martika se asomó por aquel lugar, meses después de su defunción, y dejó un comentario melancólico: “El viento pulula por el poblado como por los pueblos abandonados en el Oeste americano. Y ya solo se oye las voces de los fantasmas en los que nos hemos convertido…“. Aquellos fantasmas siguen viviendo por allí, creo. Buscarlos para encontrar las palabras exactas de Marta me ha puesto la piel de gallina y me ha recordado que no debo volver. En un tiempo, al menos.

Me pregunto si este blog se está convirtiendo en un fantasma también. Su página principal sólo rebota publicidad de otros sitios, de las columnas que escribo en otros lugares, se ha quedado seco, como un buzón de los de ahora, sólo lleno de recibos de banco y propaganda de pizza y muebles de ocasión. A veces me digo que no merece la pena, que debería cerrarlo, como hizo el Dr. Malcolm, o Veva, como está haciendo calladamente K, como cualquier día hará Yhebra, que se ha quedado sin el resto de sus escritoras en su Pillow Book. Con casi todos ellos he traspasado ampliamente los límites de la pantalla del ordenador y sé que están bien, a veces muy bien, y que los blogs personales funcionan mejor cuando están furiosos o desesperados, qué se le va a hacer.

Por el momento no lo cierro, así me evito el tener que volver. Igual lo suyo es cambiarle el concepto, volver a hacer lo que hacía hace dos años y medio y limitarme a escribir lo que se me ocurra en él, tratar de dejar de filosofar por todo y simplemente poner juntas las palabras que no caben en el Teatro Abandonado, en la butaca no numerada, en las columnas de fútbol o en los foros de cine. Paciencia. Seguimos por aquí.

Edito: K debe haberme oído teclear, porque ha publicado un post casi a la vez que yo…

El silencio después de Marta

Viernes, 23 de Mayo de 2008

¿Y ahora qué? Esa fue la pregunta que nos hicimos todos, bueno algunos, después de varios meses sin noticias de Marta Fernández. Daba la sensación de que nuestra parte del trabajo estaba hecha, la carta había sido escrita y entregada en mano, las discusiones y teorías sobre el azar y la casualidad habían sido desarrolladas, estiradas y fantaseadas hasta el infinito. ¿Y ahora qué?

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.

Eso dice un fragmento del poema de Szymborska que copió Jes en un comentario en el post sobre Marta. Oliver tenía su propio final alternativo. No sé qué tendrá esta historia -leedla bien: apenas ocurre nada- que muchos se quedan fascinados leyéndola y dejando volar la imaginación, plagando el cerebro de la mejor pregunta posible para hacerse con los ojos cerrados: ¿Y si…?

C. me mandó un correo lleno de preguntas:

¿Qué pensaría al leer lo que le enviaste? Me encantaría encontrármela para preguntárselo.

Aunque lo más probable es que no me dijera eso de: “Siéntate, tomemos un café”. No: lo más probable es que me dijera: “Joder, ¿pues qué voy a pensar? Que estábais chalados”

O a lo mejor se asustó. ¿Quien conoce La Verdadera Historia de Marta Fernández?

¿Y si nunca llegó a leer la carta? ¿Y si la perdió en el autobús? ¿Y si nadie la encontró?

¿Y si había vivido antes algo parecido y se asustó muchísimo?

¿Y si?

Al menos tres personas, después de leer la carta, me dijeron que querrían haber sido ellas Marta Fernández. Por aquel entonces, más de dos años han pasado ya, Snake salía con una chica a la que quiso que todos le mandáramos muchas postales desde puntos diferentes. Ella no lo entendió: ¿por qué iba a querer recibir postales de desconocidos? Los del Proyecto Marta Fernández la miramos con aprensión y pena: ella no entendía nada. Nosotros íbamos a salvar al mundo, anónimamente, sin rostro visible, dejando huellas a desconocidos que encontrarían azar espectacular en sus vidas.

Ahora no creo que ella se equivocara. No era muy romántica pero no necesariamente se equivocaba. Nosotros en cambio sí: el azar sucede, no se provoca. No sé cómo no nos dimos cuenta de eso.

Recibí un correo de alguien a quien admiro hace un par de días. En su postdata me dijo: “ponte en su lugar: la carta daba miedo. Yo tampoco habría contestado”. No es que sea menos soñador: es que la carta DABA miedo. La Marta Fernández real probablemente tuvo miedo de un pirado. O mucho peor: probablemente le dio igual y la tiró. Tal vez sólo leyó el primer párrafo. A lo mejor ni eso.

Toda esta historia, Laura, te la conté por un post tuyo que no logro encontrar, donde querías, necesitabas cerrar, o continuar, una historia que sucedió por casualidad. La historia fue la que fue, la literatura la pusiste tú, como yo, nosotros, se la ponemos a esta. ¿Y sabes qué? Mejor así. No hay nada que pudiera haber hecho la Marta Fernández real que mejorara todo lo que hicimos nosotros con la Marta imaginada.

¡Teatro!

Lunes, 14 de Abril de 2008

Que guapa estabas ruliña. Pero guapa, guapa, ¿eh?, aunque tu papel iba de eso, claro. Te noté un poco manojito de nervios, pero no en el escenario, no, antes, cuando asomamos la cabeza por el salón de actos y te vimos terminando de prepararte. Nos dijiste hola con la mano y juraría que temblabas como una hoja de navaja afilada. Pero luego en escena no, ricitos, en escena estuviste estupenda. La gata me decía que, pasase lo que pasase, en ningún momento podría dejar de verte a ti sobre el escenario. Yo te confieso que me olvidé de que eras tú la que andabas debajo de la piel de la vecina tontuna y buenorri. Bueno, menos cuando dijiste que no te dejaban comer chocolate. Ahí sí que eras tú, sin dudarlo.

Tenía a tu hombretón a mi izquierda y era divertidísimo como se ponía colorado por solidaridad y empatía contigo. Sabes de lo que hablo, ¿no? Eso de taparse la cara, muerto de risa, pensando “ay ay ay ay ay ay, que está en escena, que hace de tonta, ay que risa, ay que punto, ay que me da, ay que vergüenza, ay ay ay”. Pero se meaba de risa en su asiento, y yo también. Eso a pesar de que el eco de la sala y el gallego de aldea de alguno se me atravesaba a veces, pero me reía igual. Y que frío, tú, vaya frío que se pasaba en ese auditorio de Narón, madre mía, vaya sitio para estrenar.

Lo siento por los sinsabores del año y porque hayas sentido que no te salió todo lo bien que tu creías. Te equivocas, salió mejor que eso y aún más, se me pasó volando la hora y media mientras os movíais sobre el escenario en esa comedia absurda de enredo con tantos y tantos esquemas reconocibles que era casi como que suene una canción que sabes de toda la vida por la radio. ¿Qué haces cuando pasa eso? Cantas, ricitos, cantas, no puedes hacer otra cosa. Así que allí estábamos nosotros, como aquella otra vez estuve yo, sólo que al otro lado, tu novio, tus amigos y un porcentaje inabarcable de señoras de tercera (y cuarta, y quinta) edad. Era hilarante ver como, seguramente poco acostumbradas a ir a ningún teatro, participaban de la obra, os hacían preguntas, os sugerían cosas, ay no abras la puerta, ay como venga el inspector ahora; eso, eso es comunión con el público, si señor. Así que a la porra el frío, el eco y mi no-lengua madre y que se levante el telón y que viva el espectáculo, esa emoción íntima que sólo se siente cuando te subes ahí arriba y empieza todo. Milagro, todo un milagro, año tras año.

¿Sabes que sentí cuando te vi allí sobre el escenario, ruliña? Envidia. Envidia cochina de ti y de los demás actores haciendo algo tan increíble. Habría pagado por estar encima con vosotros, en lugar de abajo, sentado en el patio de butacas.

Bien hecho, rizos. Me siento orgulloso de ti.

Un pequeño privilegio

Sábado, 12 de Abril de 2008

Sé que resulta recurrente en mí hablar de mis años escuchando cantautores en La Carbonería, pero es que anoche volví a acordarme de aquellos días con bastante nostalgia. Concretamente me acordé de un chico, Víctor, que algunas veces acompañaba a Pepe Camacho con la guitarra e incluso cantaba segundas voces. Una vez le puso música a un poema mío (que valor, que huevos) y me sonaba mucho más bonito que cuando lo escribí, sin dudarlo (menos mal que abandoné la poesía, madre mía). Era tan tímido que cantaba siempre en voz muy baja y sin separar los ojos de su guitarra. Probablemente tenía unos 19 años, aunque a mí me pareciese mucho mayor que yo, y lucía una perilla de mosquetero que le daba un aspecto aún más frágil.

El caso es que Víctor muchas veces venía con otro amigo suyo (¿Rafa?), ambos vestidos de negro, nacidos veinte años después de cuando les tocaba, auténticas enciclopedias de la música de cantautor. A veces, cuando los conciertos de los martes se terminaban, nos quedábamos unos cuantos a cantar muy mal a voz en grito canciones en catalán de Raimón y temas viejos de Paco Ibáñez. Una de esas veces Rafa, muy achispado, cogió su cerveza, la elevó al cielo y recitó con voz clara y firme:

Vengan a ver,
el palacio irreal
que inauguramos ayer
con alfombras de barro
y tapices de papel,
a la luz de la una,
a la luz de la luna,
a la luz de las dos,
a la luna de las tres.

VENGAN A VER
LO QUE NO QUIEREN VER

Víctor lo miró sonriendo y dijo: “Grande, grandísimo Luis Pastor”.

Anoche arrastré a la gata al club de Jazz Dado Dadá porque Luis Pastor presentaba su último disco, Nesta esquina do tempo
, una serie de poemas de José Saramago a los que el cantautor extremeño (afromeño dice él) les pone música y voz. Llegamos, nos acomplamos en una mesa un poco escondida, pegada a la pared, y nos dispusimos a esperar que el concierto empezase.

¿Qué éramos, cuarenta, cincuenta personas tal vez? Delante de un grupito mínimo de personas, Luis Pastor subió al escenario acompañado a la guitarra por su Antonio de siempre y se colgó en el rostro una sonrisa inmensa que no abandonó en toda la noche. La sensación de volver a estar en La Carbonería, delante de los de siempre, que él cantaba para nosotros y sólo para nosotros, como cada martes… me sentí un privilegiado por oírle hablar de los emigrantes de la periferia de España que crearon los barrios del extrarradio de Madrid, por recordar a Pablo Guerrero y hacernos cantar Evohé, por recordar a Violeta Parra tocando la percusión contra su propio pecho, por los ruidos de caballos y cascos, por la risa que regaló sin parar. Por ponerme la piel de gallina haciendo sonar el auténtico himno de Extremadura, un canto a su pequeño pueblo natal en el que, dice, con pasar por allí ya es suficiente…

Haz descender una estrella
que bañe mi cuerpo con toda su luz.
Tráeme paisajes de encina en tus ojos
un verde pintado de azul,
limpia de nubes mi cielo,
llena mis horas de miel
tú mi lucero, mi flor de jara, ven.

Renacer

Jueves, 14 de Febrero de 2008

Dice C. en un correo escrito a las cinco de la mañana:

Las hombres primitivos, leo en un libro sobre mitología, entendían la muerte como un renacimiento. Lo veían a su alrededor: era necesario que las plantas murieran y diesen su semilla para que creciesen de nuevo. Muerte y resurrección. Le estoy dando vueltas constantemente a esta idea, a lo necesario que es morir y renacer para acabar con el cansancio. Tú moriste en Italia. Regresaste. Todo el mundo te vio más joven. Es curioso: tras la noche, uno se corta el pelo, aligera sus ropas y cualquier trabajo le viene bien.

Y más adelante:

Pero ahora, en este primer punto de giro, tengo la sensación de que vamos a tener que avivarnos la llamita unos a otros constantemente; animarnos a morir y a renacer de otra forma.

Mi renacimiento está demasiado cerca en el tiempo y no tengo cansancio alguno que querer barrer. Tengo un amigo que está en ese punto en el que por sus hombros ya no se aparecen un angelito y un diablito dando opciones contrapuestas sino que se materializan sobre él dos del servicio de atención al cliente, chaqueta, corbata y maletín. Ambos andan bastante de acuerdo e intentan convencerlo con buenas palabras de que la felicidad tiene más vestidos que el de la música, que es el que él, mi amigo, le pone todas las mañanas. Él los escucha y le tienta, ay, le tienta cerrar los ojos y asentir con la cabeza.

Tengo una amiga a la que le han ofrecido la posibilidad de trabajar investigando en lo que siempre ha querido en Verona, a apenas ciento cincuenta kilómetros de Bologna. Lleva diez años viviendo en mi ciudad y ahora mismo se siente como si fuese un árbol pequeño al que estuviesen trasladando de una tierra a otra, con raíces y todo. Desde hace algún tiempo adivinaba cansancio en su cara y en su sonrisa, que ya sólo acompañaba a la de los demás, no las provocaba. Suerte.

Tengo alguien más que un amigo que está tentando a un futuro diferente como hacen los recién casados con la casa de sus sueños: van una y otra vez a mirarla, mueven los muebles, imaginan cocinas, decoran paredes, cambian los suelos, crecen los huertos… y se vuelven a marchar a deliberar a casa para que, cuando parece totalmente decididos, uno de los dos diga “¿Y si volvemos a verla otra vez?”. Esta última visita parece que ha sido la definitiva. Suerte también.

Mucha suerte.

El año en que odié París

Martes, 29 de Enero de 2008

Corría el ya famoso 1998 cuando en un arrebato muy pensado (nótese la paradoja) compré junto con mi novia de entonces y otros dos amigos cuatro billetes de Interrail, una zona, y me lancé a conocer mundo, en el que sería el primero de muchos viajes en tren que traería mi vida. Pisamos Holanda y Bélgica y echamos un día en Amsterdam, un par en Brujas, otro en Bruselas y a la vuelta vegetamos sobre la pedregosa y fea Niza. Pero el objetivo real de aquel viaje era conocer París así que, aprovechando la casa de la prima de Diana allí en la zona cinco de la capital francesa, pasamos once días el la ciudad más romántica del mundo con la intención de conocerla a fondo.

Recuerdo a las chicas con la bandera francesa pintadas en los labios, el Sena y los Campos Elíseos vacíos, París casi completamente en silencio. Era el día de la final del mundial de Francia, y Zidane aplastaba al Brasil de Ronaldo sin tapujos.

Casi no recuerdo nada más.

Por circunstancias puramente personales (es decir, por la nociva relación que tuvimos mi ex y yo en aquel viaje), durante mucho tiempo recordé París con odio y asco. Me daban igual torres eiffeles, ríos y puentes mágicos, louvres y rodins, me daban igual Amiens o Chartre, en mi cabeza París era ira en mi interior, desear que terminaran aquellos días, amenazas, dolores de cabeza… en fin, lo contrario a un viaje soñado.

Hoy el Dr. Malcolm ha tenido a bien recoger el guante que le lancé y contarnos lo que estuvo haciendo allá por el año 1998, el año donde, dice, empezó a odiar un poquito Bologna. Gracias a que él escribió una entrada llamada Unibo.it en su blog yo aparecí en su vida (y el en la mía) hace ya casi dos años. Se dice pronto. El tiempo ha pasado y hemos aprendido a no llamarnos de usted, hemos compartido tapas y sol, nos hemos dado cuenta de que nos entendemos francamente bien. Quiero pensar que eso, eso y otras cosas que no sé pero él sí, le ha llevado a perdonar, un poquito, a la maléfica Bologna que tan malos tragos le hizo dar en 1998.

Hay que perdonar a las ciudades, testigos involuntarios de tu propio drama interno pero receptores de iras y odios, de rencores infinitos que son muy difíciles de borrar. Tendré que perdonar a aquella Paris que me parecía vacía y hueca cuando era yo el que no contenía nada dentro, o a esa Venecia que en mis tres visitas, tres, siempre ha sido una especie de infierno dantesco en tierra para mí; o a la Verona que después de sus dos amantes para mí significó un viaje de dos horas simplemente para destruir y romper definitivamente cosas construidas con infinita paciencia. Sí, tendré que ir a Verona a perdonarla, ya que mi Monia se muda para allá y seguro que en pocos meses la llena de sentido para que, como se hace con los amigos con los que no quieres estar enfadado, acabe riéndome y brindando por la composición del cloro mientras nuestras sonrisas delatan que no, que ya no estamos enfadados, que te he perdonado.

Perdonar ciudades, que dura tarea, pero se puede. Como cuando fui a Rímini, la Rímini de Fellini y Amarcord, a pasar el día entre amigos y tebeos y al volver reflexionaba y me admiraba de cómo no quedaban restos de rencor hacia aquella ciudad fea, turística, comercial que me acogió cuando abandoné Sevilla para siempre por primera vez. Porque, no sé si os lo he contado, cuando yo llegué a Italia no aterricé en Bologna sino en la casa de Amelia en Rímini…

¿Dónde estaba yo en 1998?

Domingo, 20 de Enero de 2008

Andaba replanteándome si era tan buena idea estudiar Periodismo, y eso que ya estaba en tercero de carrera. Fui a ver dos veces Titanic y otras dos Mejor Imposible pero la que más me gustó aquel año fue L.A. Confidential. Odiaba a Bon Jovi y pasé un Interrail a medio camino entre la fascinación y la pesadilla. Aún no conocía a C. ni a Mariajo. A Yhebra sí, pero aún no sabía que la quería tanto. Enrique apareció a finales de ese año con el pelo más corto y muchísimo más canijo, convencido de que Quevedo tenía mucho más que decir de la sociedad actual que cualquier filósofo contemporáneo. Me sentía atrapado sentimentalmente (y luego no fue pa tanto) y fui a ver a Sabina por segunda vez y a Aute por tercera. Conocí (y olvidé) París - además el día de la final del Mundial -, Amsterdam, Niza y Brujas. Juanito se fue de Erasmus a Alemania y me di cuenta de lo mucho que lo echaba de menos: le mandé un pack con recortes, músicas y muchos abrazos; pensar que estuve a punto de perderlo… Belén me regaló Leviatán de Paul Auster, el tío ese que había hecho Smoke y me cambió mi manera de ver el mundo. Por primera vez en la vida superé los sesenta kilos de peso (y no volví a bajar de ahí hasta 2005). Intenté aprender italiano por primera vez pero lo dejé, como tantos otros primeros intentos. Mis padres meditaban en serio comprarse una casa fuera de Sevilla y rechacé una beca Erasmus en Hull (Inglaterra) aún no sé por qué. Porque desde luego me habría ahorrado bastantes años de mala sangre. Una idiotez de Zubizarreta le dio un gol a Nigeria y nos mandó a tomar viento antes de empezar. Me fijé en otra chica, sólo por un momento, pero no se lo conté a nadie. Era infeliz.

Todo lo anterior puede no corresponder al 98. Pero el 98 es un estado de ánimo, y si no que se lo digan a los chicos del Zemos 98, que están de decaniversario. Así que felicidades.

¿Qué escuchabas en el 98 K? ¿Qué pelis veías gata? ¿Estabas ya en Sevilla, Dr. Malcolm? ¿Pensabas ya en cambiar de vida hermano? ¿Dónde estabais en el 98?