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El silencio después de Marta

Viernes, 23 de Mayo de 2008

¿Y ahora qué? Esa fue la pregunta que nos hicimos todos, bueno algunos, después de varios meses sin noticias de Marta Fernández. Daba la sensación de que nuestra parte del trabajo estaba hecha, la carta había sido escrita y entregada en mano, las discusiones y teorías sobre el azar y la casualidad habían sido desarrolladas, estiradas y fantaseadas hasta el infinito. ¿Y ahora qué?

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.

Eso dice un fragmento del poema de Szymborska que copió Jes en un comentario en el post sobre Marta. Oliver tenía su propio final alternativo. No sé qué tendrá esta historia -leedla bien: apenas ocurre nada- que muchos se quedan fascinados leyéndola y dejando volar la imaginación, plagando el cerebro de la mejor pregunta posible para hacerse con los ojos cerrados: ¿Y si…?

C. me mandó un correo lleno de preguntas:

¿Qué pensaría al leer lo que le enviaste? Me encantaría encontrármela para preguntárselo.

Aunque lo más probable es que no me dijera eso de: “Siéntate, tomemos un café”. No: lo más probable es que me dijera: “Joder, ¿pues qué voy a pensar? Que estábais chalados”

O a lo mejor se asustó. ¿Quien conoce La Verdadera Historia de Marta Fernández?

¿Y si nunca llegó a leer la carta? ¿Y si la perdió en el autobús? ¿Y si nadie la encontró?

¿Y si había vivido antes algo parecido y se asustó muchísimo?

¿Y si?

Al menos tres personas, después de leer la carta, me dijeron que querrían haber sido ellas Marta Fernández. Por aquel entonces, más de dos años han pasado ya, Snake salía con una chica a la que quiso que todos le mandáramos muchas postales desde puntos diferentes. Ella no lo entendió: ¿por qué iba a querer recibir postales de desconocidos? Los del Proyecto Marta Fernández la miramos con aprensión y pena: ella no entendía nada. Nosotros íbamos a salvar al mundo, anónimamente, sin rostro visible, dejando huellas a desconocidos que encontrarían azar espectacular en sus vidas.

Ahora no creo que ella se equivocara. No era muy romántica pero no necesariamente se equivocaba. Nosotros en cambio sí: el azar sucede, no se provoca. No sé cómo no nos dimos cuenta de eso.

Recibí un correo de alguien a quien admiro hace un par de días. En su postdata me dijo: “ponte en su lugar: la carta daba miedo. Yo tampoco habría contestado”. No es que sea menos soñador: es que la carta DABA miedo. La Marta Fernández real probablemente tuvo miedo de un pirado. O mucho peor: probablemente le dio igual y la tiró. Tal vez sólo leyó el primer párrafo. A lo mejor ni eso.

Toda esta historia, Laura, te la conté por un post tuyo que no logro encontrar, donde querías, necesitabas cerrar, o continuar, una historia que sucedió por casualidad. La historia fue la que fue, la literatura la pusiste tú, como yo, nosotros, se la ponemos a esta. ¿Y sabes qué? Mejor así. No hay nada que pudiera haber hecho la Marta Fernández real que mejorara todo lo que hicimos nosotros con la Marta imaginada.

¡Teatro!

Lunes, 14 de Abril de 2008

Que guapa estabas ruliña. Pero guapa, guapa, ¿eh?, aunque tu papel iba de eso, claro. Te noté un poco manojito de nervios, pero no en el escenario, no, antes, cuando asomamos la cabeza por el salón de actos y te vimos terminando de prepararte. Nos dijiste hola con la mano y juraría que temblabas como una hoja de navaja afilada. Pero luego en escena no, ricitos, en escena estuviste estupenda. La gata me decía que, pasase lo que pasase, en ningún momento podría dejar de verte a ti sobre el escenario. Yo te confieso que me olvidé de que eras tú la que andabas debajo de la piel de la vecina tontuna y buenorri. Bueno, menos cuando dijiste que no te dejaban comer chocolate. Ahí sí que eras tú, sin dudarlo.

Tenía a tu hombretón a mi izquierda y era divertidísimo como se ponía colorado por solidaridad y empatía contigo. Sabes de lo que hablo, ¿no? Eso de taparse la cara, muerto de risa, pensando “ay ay ay ay ay ay, que está en escena, que hace de tonta, ay que risa, ay que punto, ay que me da, ay que vergüenza, ay ay ay”. Pero se meaba de risa en su asiento, y yo también. Eso a pesar de que el eco de la sala y el gallego de aldea de alguno se me atravesaba a veces, pero me reía igual. Y que frío, tú, vaya frío que se pasaba en ese auditorio de Narón, madre mía, vaya sitio para estrenar.

Lo siento por los sinsabores del año y porque hayas sentido que no te salió todo lo bien que tu creías. Te equivocas, salió mejor que eso y aún más, se me pasó volando la hora y media mientras os movíais sobre el escenario en esa comedia absurda de enredo con tantos y tantos esquemas reconocibles que era casi como que suene una canción que sabes de toda la vida por la radio. ¿Qué haces cuando pasa eso? Cantas, ricitos, cantas, no puedes hacer otra cosa. Así que allí estábamos nosotros, como aquella otra vez estuve yo, sólo que al otro lado, tu novio, tus amigos y un porcentaje inabarcable de señoras de tercera (y cuarta, y quinta) edad. Era hilarante ver como, seguramente poco acostumbradas a ir a ningún teatro, participaban de la obra, os hacían preguntas, os sugerían cosas, ay no abras la puerta, ay como venga el inspector ahora; eso, eso es comunión con el público, si señor. Así que a la porra el frío, el eco y mi no-lengua madre y que se levante el telón y que viva el espectáculo, esa emoción íntima que sólo se siente cuando te subes ahí arriba y empieza todo. Milagro, todo un milagro, año tras año.

¿Sabes que sentí cuando te vi allí sobre el escenario, ruliña? Envidia. Envidia cochina de ti y de los demás actores haciendo algo tan increíble. Habría pagado por estar encima con vosotros, en lugar de abajo, sentado en el patio de butacas.

Bien hecho, rizos. Me siento orgulloso de ti.

Un pequeño privilegio

Sábado, 12 de Abril de 2008

Sé que resulta recurrente en mí hablar de mis años escuchando cantautores en La Carbonería, pero es que anoche volví a acordarme de aquellos días con bastante nostalgia. Concretamente me acordé de un chico, Víctor, que algunas veces acompañaba a Pepe Camacho con la guitarra e incluso cantaba segundas voces. Una vez le puso música a un poema mío (que valor, que huevos) y me sonaba mucho más bonito que cuando lo escribí, sin dudarlo (menos mal que abandoné la poesía, madre mía). Era tan tímido que cantaba siempre en voz muy baja y sin separar los ojos de su guitarra. Probablemente tenía unos 19 años, aunque a mí me pareciese mucho mayor que yo, y lucía una perilla de mosquetero que le daba un aspecto aún más frágil.

El caso es que Víctor muchas veces venía con otro amigo suyo (¿Rafa?), ambos vestidos de negro, nacidos veinte años después de cuando les tocaba, auténticas enciclopedias de la música de cantautor. A veces, cuando los conciertos de los martes se terminaban, nos quedábamos unos cuantos a cantar muy mal a voz en grito canciones en catalán de Raimón y temas viejos de Paco Ibáñez. Una de esas veces Rafa, muy achispado, cogió su cerveza, la elevó al cielo y recitó con voz clara y firme:

Vengan a ver,
el palacio irreal
que inauguramos ayer
con alfombras de barro
y tapices de papel,
a la luz de la una,
a la luz de la luna,
a la luz de las dos,
a la luna de las tres.

VENGAN A VER
LO QUE NO QUIEREN VER

Víctor lo miró sonriendo y dijo: “Grande, grandísimo Luis Pastor”.

Anoche arrastré a la gata al club de Jazz Dado Dadá porque Luis Pastor presentaba su último disco, Nesta esquina do tempo
, una serie de poemas de José Saramago a los que el cantautor extremeño (afromeño dice él) les pone música y voz. Llegamos, nos acomplamos en una mesa un poco escondida, pegada a la pared, y nos dispusimos a esperar que el concierto empezase.

¿Qué éramos, cuarenta, cincuenta personas tal vez? Delante de un grupito mínimo de personas, Luis Pastor subió al escenario acompañado a la guitarra por su Antonio de siempre y se colgó en el rostro una sonrisa inmensa que no abandonó en toda la noche. La sensación de volver a estar en La Carbonería, delante de los de siempre, que él cantaba para nosotros y sólo para nosotros, como cada martes… me sentí un privilegiado por oírle hablar de los emigrantes de la periferia de España que crearon los barrios del extrarradio de Madrid, por recordar a Pablo Guerrero y hacernos cantar Evohé, por recordar a Violeta Parra tocando la percusión contra su propio pecho, por los ruidos de caballos y cascos, por la risa que regaló sin parar. Por ponerme la piel de gallina haciendo sonar el auténtico himno de Extremadura, un canto a su pequeño pueblo natal en el que, dice, con pasar por allí ya es suficiente…

Haz descender una estrella
que bañe mi cuerpo con toda su luz.
Tráeme paisajes de encina en tus ojos
un verde pintado de azul,
limpia de nubes mi cielo,
llena mis horas de miel
tú mi lucero, mi flor de jara, ven.


Renacer

Jueves, 14 de Febrero de 2008

Dice C. en un correo escrito a las cinco de la mañana:

Las hombres primitivos, leo en un libro sobre mitología, entendían la muerte como un renacimiento. Lo veían a su alrededor: era necesario que las plantas murieran y diesen su semilla para que creciesen de nuevo. Muerte y resurrección. Le estoy dando vueltas constantemente a esta idea, a lo necesario que es morir y renacer para acabar con el cansancio. Tú moriste en Italia. Regresaste. Todo el mundo te vio más joven. Es curioso: tras la noche, uno se corta el pelo, aligera sus ropas y cualquier trabajo le viene bien.

Y más adelante:

Pero ahora, en este primer punto de giro, tengo la sensación de que vamos a tener que avivarnos la llamita unos a otros constantemente; animarnos a morir y a renacer de otra forma.

Mi renacimiento está demasiado cerca en el tiempo y no tengo cansancio alguno que querer barrer. Tengo un amigo que está en ese punto en el que por sus hombros ya no se aparecen un angelito y un diablito dando opciones contrapuestas sino que se materializan sobre él dos del servicio de atención al cliente, chaqueta, corbata y maletín. Ambos andan bastante de acuerdo e intentan convencerlo con buenas palabras de que la felicidad tiene más vestidos que el de la música, que es el que él, mi amigo, le pone todas las mañanas. Él los escucha y le tienta, ay, le tienta cerrar los ojos y asentir con la cabeza.

Tengo una amiga a la que le han ofrecido la posibilidad de trabajar investigando en lo que siempre ha querido en Verona, a apenas ciento cincuenta kilómetros de Bologna. Lleva diez años viviendo en mi ciudad y ahora mismo se siente como si fuese un árbol pequeño al que estuviesen trasladando de una tierra a otra, con raíces y todo. Desde hace algún tiempo adivinaba cansancio en su cara y en su sonrisa, que ya sólo acompañaba a la de los demás, no las provocaba. Suerte.

Tengo alguien más que un amigo que está tentando a un futuro diferente como hacen los recién casados con la casa de sus sueños: van una y otra vez a mirarla, mueven los muebles, imaginan cocinas, decoran paredes, cambian los suelos, crecen los huertos… y se vuelven a marchar a deliberar a casa para que, cuando parece totalmente decididos, uno de los dos diga “¿Y si volvemos a verla otra vez?”. Esta última visita parece que ha sido la definitiva. Suerte también.

Mucha suerte.

El año en que odié París

Martes, 29 de Enero de 2008

Corría el ya famoso 1998 cuando en un arrebato muy pensado (nótese la paradoja) compré junto con mi novia de entonces y otros dos amigos cuatro billetes de Interrail, una zona, y me lancé a conocer mundo, en el que sería el primero de muchos viajes en tren que traería mi vida. Pisamos Holanda y Bélgica y echamos un día en Amsterdam, un par en Brujas, otro en Bruselas y a la vuelta vegetamos sobre la pedregosa y fea Niza. Pero el objetivo real de aquel viaje era conocer París así que, aprovechando la casa de la prima de Diana allí en la zona cinco de la capital francesa, pasamos once días el la ciudad más romántica del mundo con la intención de conocerla a fondo.

Recuerdo a las chicas con la bandera francesa pintadas en los labios, el Sena y los Campos Elíseos vacíos, París casi completamente en silencio. Era el día de la final del mundial de Francia, y Zidane aplastaba al Brasil de Ronaldo sin tapujos.

Casi no recuerdo nada más.

Por circunstancias puramente personales (es decir, por la nociva relación que tuvimos mi ex y yo en aquel viaje), durante mucho tiempo recordé París con odio y asco. Me daban igual torres eiffeles, ríos y puentes mágicos, louvres y rodins, me daban igual Amiens o Chartre, en mi cabeza París era ira en mi interior, desear que terminaran aquellos días, amenazas, dolores de cabeza… en fin, lo contrario a un viaje soñado.

Hoy el Dr. Malcolm ha tenido a bien recoger el guante que le lancé y contarnos lo que estuvo haciendo allá por el año 1998, el año donde, dice, empezó a odiar un poquito Bologna. Gracias a que él escribió una entrada llamada Unibo.it en su blog yo aparecí en su vida (y el en la mía) hace ya casi dos años. Se dice pronto. El tiempo ha pasado y hemos aprendido a no llamarnos de usted, hemos compartido tapas y sol, nos hemos dado cuenta de que nos entendemos francamente bien. Quiero pensar que eso, eso y otras cosas que no sé pero él sí, le ha llevado a perdonar, un poquito, a la maléfica Bologna que tan malos tragos le hizo dar en 1998.

Hay que perdonar a las ciudades, testigos involuntarios de tu propio drama interno pero receptores de iras y odios, de rencores infinitos que son muy difíciles de borrar. Tendré que perdonar a aquella Paris que me parecía vacía y hueca cuando era yo el que no contenía nada dentro, o a esa Venecia que en mis tres visitas, tres, siempre ha sido una especie de infierno dantesco en tierra para mí; o a la Verona que después de sus dos amantes para mí significó un viaje de dos horas simplemente para destruir y romper definitivamente cosas construidas con infinita paciencia. Sí, tendré que ir a Verona a perdonarla, ya que mi Monia se muda para allá y seguro que en pocos meses la llena de sentido para que, como se hace con los amigos con los que no quieres estar enfadado, acabe riéndome y brindando por la composición del cloro mientras nuestras sonrisas delatan que no, que ya no estamos enfadados, que te he perdonado.

Perdonar ciudades, que dura tarea, pero se puede. Como cuando fui a Rímini, la Rímini de Fellini y Amarcord, a pasar el día entre amigos y tebeos y al volver reflexionaba y me admiraba de cómo no quedaban restos de rencor hacia aquella ciudad fea, turística, comercial que me acogió cuando abandoné Sevilla para siempre por primera vez. Porque, no sé si os lo he contado, cuando yo llegué a Italia no aterricé en Bologna sino en la casa de Amelia en Rímini…


¿Dónde estaba yo en 1998?

Domingo, 20 de Enero de 2008

Andaba replanteándome si era tan buena idea estudiar Periodismo, y eso que ya estaba en tercero de carrera. Fui a ver dos veces Titanic y otras dos Mejor Imposible pero la que más me gustó aquel año fue L.A. Confidential. Odiaba a Bon Jovi y pasé un Interrail a medio camino entre la fascinación y la pesadilla. Aún no conocía a C. ni a Mariajo. A Yhebra sí, pero aún no sabía que la quería tanto. Enrique apareció a finales de ese año con el pelo más corto y muchísimo más canijo, convencido de que Quevedo tenía mucho más que decir de la sociedad actual que cualquier filósofo contemporáneo. Me sentía atrapado sentimentalmente (y luego no fue pa tanto) y fui a ver a Sabina por segunda vez y a Aute por tercera. Conocí (y olvidé) París - además el día de la final del Mundial -, Amsterdam, Niza y Brujas. Juanito se fue de Erasmus a Alemania y me di cuenta de lo mucho que lo echaba de menos: le mandé un pack con recortes, músicas y muchos abrazos; pensar que estuve a punto de perderlo… Belén me regaló Leviatán de Paul Auster, el tío ese que había hecho Smoke y me cambió mi manera de ver el mundo. Por primera vez en la vida superé los sesenta kilos de peso (y no volví a bajar de ahí hasta 2005). Intenté aprender italiano por primera vez pero lo dejé, como tantos otros primeros intentos. Mis padres meditaban en serio comprarse una casa fuera de Sevilla y rechacé una beca Erasmus en Hull (Inglaterra) aún no sé por qué. Porque desde luego me habría ahorrado bastantes años de mala sangre. Una idiotez de Zubizarreta le dio un gol a Nigeria y nos mandó a tomar viento antes de empezar. Me fijé en otra chica, sólo por un momento, pero no se lo conté a nadie. Era infeliz.

Todo lo anterior puede no corresponder al 98. Pero el 98 es un estado de ánimo, y si no que se lo digan a los chicos del Zemos 98, que están de decaniversario. Así que felicidades.

¿Qué escuchabas en el 98 K? ¿Qué pelis veías gata? ¿Estabas ya en Sevilla, Dr. Malcolm? ¿Pensabas ya en cambiar de vida hermano? ¿Dónde estabais en el 98?

B.

Martes, 27 de Noviembre de 2007

Antes de empezar nos advirtieron de que B. tenía problemas de todos los colores: era alérgico a muchos alimentos, entre otros los lácteos. Llevaba años tomando prozac y antidepresivos, concretamente desde que sus padres se divorciaron. Tenía diagnosticada una depresión severa y para colmo contaba con un problema de psicomotricidad, que hacía que sus movimientos fueran nerviosos y torpes. El día que le hicimos la prueba de nivel se golpeó con una mesa y tiró una silla accidentalmente.

Vestía de negro y quería ser historiador. Tenía la mirada esquiva y un gesto de extremada seriedad, impropia de un chico de dieciséis años recién cumplidos. A veces empezaba a hablar y se ponía tan frenético que no lograba terminar su propia frase. Durante los primeros días con frecuencia se apartaba de todos y miraba al suelo, como dejando pasar las horas sin más, sin otro objetivo. Tardó mucho en aprender a llegar a su casa en un pueblo de quince mil habitantes. Su madre llamaba a diario para comprobar como estaba, los profesores y monitores estábamos advertidos de su particularidad y en una pequeña reunión acordamos estar más pendiente de él que de ningún otro. “Los niños suelen ser muy cabrones a esta edad”, decía el jefe. Todos asentimos.

A la semana decidió que ya estaba bien de prozac. Y también que el arroz con leche estaba demasiado bueno para no comerlo por una simple alergia encontrada diez años antes. La única vez que una de las más niñatas trató de burlarse de él B. contestó “la diferencia entre tú y yo es que a ti no te quiere nadie por lo que eres”. Aprendió andaluz, hizo surf y se puso un mono de Gibraltar en la cabeza. Fue la estrella del vídeo final.

También se apuntó a clases de guitarra. Le costaba coordinar los movimientos de las manos pero Javi, el monitor, era realmente paciente. Uno de los días que daban clase en el patio yo terminé mi trabajo un poco antes y me bajé a escucharlos. Al verme, B. se puso algo nervioso y se trastabilló con las cuerdas. Le hice un gesto tranquilizador con la mano y me senté en el escalón para molestar lo menos posible. Javi dijo “venga, empecemos de nuevo, yo toco mi parte y tú tocas la que hemos ensayado”. Javi se puso a tocar un tema flamenco y a un gesto de su cabeza B. entró con dificultad pero con precisión. Las cuerdas eran desgarradas más que acariciadas, y B. no apartaba su mirada de la guitarra, como si tuviera una gran misión que cumplir, firme, sin miedo. O tal vez con miedo, pero no lo suficiente para pararlo. Aquello sonaba magnífico. Miré a Javi, atento a las manos de su pupilo, mientras se le dibujaba una sonrisa que le llenaba el rostro. Le acompañé con la mía.

Terminaron la pieza y Javi dijo “Eeeeeso es. Esto son soleares de Cádiz”.

“Soleares de Cádiz”, repitió B. tomando nota mentalmente.

De la importancia de los objetos

Lunes, 22 de Octubre de 2007

Hace algunos meses, durante el verano, C. se pasó una tarde a visitarnos unas horas en Santiago. Después de una noche increíble llena de encuentros inesperados (y no siempre bienvenidos. Aunque los encuentros no bienvenidos tienen la innegable cualidad de ser fruto inmejorable de anécdotas que se repiten una y otra vez. Pero eso es otra historia), cafés de madrugada, chistes muy malos y puritos aún peores, a la mañana siguiente comprobamos sin demasiada sorpresa (que ya nos conocemos) que se había marchado sin hacer ningún ruido para no despertarnos. Nos dejó una nota, o mejor dicho todo un pergamino de buenos días y muchas gracias. Para ello utilizó todo lo que quedaba de un rollo de cocina, que no era poco. En el corazón de cartón marrón que dejó aparte había escrito con rotulador negro: “de la importancia de los objetos”.

Ayer estuve leyendo una reseña en el blog de mi querida Baronesa de Munchausen sobre un libro de Antonio Tabucchi: La línea del horizonte. Tabucchi es un autor fundamental para mí. Pero no para mi manera de escribir (aunque a lo mejor también) ni tampoco para mis referencias culturales. Tabucchi es fundamental para todo lo que soy hoy, para la construcción del ser humano que escribe estas letras. Hace diez años una amiga me regaló Sostiene Pereira por mi cumpleaños. Ese libro me fascinó por muchas razones, es uno de los pocos libros que empecé a leer de nuevo en cuanto terminé su última página. Varió mi forma de entender la literatura y a los escritores, amplió mis lecturas y mis gustos, produjo alguna extraña transformación en mí de la que yo no era muy consciente.

Pero sobre todo me abrió los ojos a Italia.

Cuando meses después me inscribí en un curso de italiano del Instituto de Idiomas (al que sólo fui a dos clases) una de las primeras preguntas que tenías que hacerte con tu compañero para practicar era “¿Por qué estudias italiano?”. Yo contesté:

Io studio italiano per leggere Antonio Tabucchi

Yo quería estudiar italiano para leer a Antonio Tabucchi en versión original. No se me pasaba por la cabeza lo estrecha que sería mi relación con Italia siete años después.

En abril de 2005 mi buena amiga Tatiana me invitó a pasar unos días en su piso cerca del Vaticano, en Roma. En aquel momento había tocado fondo anímica y sobre todo moralmente y cualquier cosa que significase un cambio era agarrada por mí con desesperación. Hice una bolsa con dos mudas y un pijama y me fui a la estación de trenes de Bologna. Mientras esperaba mi tren me paré a husmear en el quiosco de la estación. Y allí, entre cómics de Lupo Alberto y revistas del corazón, estaba una edición de bolsillo de la editorial Feltrinelli de un libro de Antonio Tabucchi: Il filo dell’orizzonte.

Recordé de golpe aquella frase: Quiero estudiar italiano para leer Antonio Tabucchi. Estuve a punto de derrumbarme en aquel quiosco al no reconocer ni un pelo de aquel chaval de 19 años que se metió a aprender italiano apasionado por un escritor. Compré aquel libro y pasé las cinco horas de trayecto traqueteante e incómodo intentando comprender algo de esa novela. Mi italiano aún no era demasiado bueno y la prosa de Tabucchi era particularmente compleja, llena de metáforas, de dobles sentidos, de sutilezas. No entendía casi nada pero me aferraba a aquellas páginas como si fuesen lo último que me quedaba para mantenerme cuerdo. Y hasta es posible que así fuera.

Aquel viaje no fue estupendo, ni un bálsamo, ni un lugar donde lamerme las heridas. Pero son historias que no vienen al caso. Lo que si viene al caso es recordar como mi insomnio me ayudó a terminar un libro que no entendía y mientras lo leía me repetía una y otra vez: “quiero estudiar italiano para leer Antonio Tabucchi”. Y ya lo estaba leyendo. Pero en realidad estaba luchando por no olvidarme de quién era yo. Terminé el libro de madrugada.

La mañana en la que me fui de Roma desayuné con calma, por única vez en aquellos pocos días, a solas en la cocina con Tatiana. Sin saber por qué me puse a canturrear Todo se transforma de Jorge Drexler. Tatiana intentaba entender la letra pero se le escapaban las palabras así que se la traduje como pude. Me dijo “¿me la copias en español?”.

Así que cogí Il filo dell’orizzonte y escribí la letra de la canción en la primera página. Luego dejé el libro sobre la cama del cuarto de invitados y me marché.

Quería comentar tu reseña, Cristina, de verdad. Pero he sentido que o te decía todo esto o no te decía nada. Al fin y al cabo, ¿cómo explicarte lo importante que es ese libro, aunque ni siquiera recuerde de qué trata?

Códigos compartidos

Miércoles, 17 de Octubre de 2007

Mi hermano me regaló, hace bastantes años, una antología poética de William Butler Yeats. Era una edición preciosa, con tapa blanda de cartón reciclado, sobrio, elegante, lo que uno imagina cuando piensa en un libro de poesía “tipo”. Estaba en inglés, un idioma que, a pesar de tener títulos que dicen lo contrario, no domino en absoluto. Lo justo para defenderme, capaz de leerlo con cierta comodidad, de entenderlo si me hablas clarito y de hablarlo si no tengo que hacer discursos complicados.

Un día, a C. y a mí se nos ocurrió traducir uno de esos poemas, con un diccionario en mano, mucha imaginación y mucha paciencia. Abrimos el libro al azar y salió éste:

863. When You are Old

WHEN you are old and gray and full of sleep
And nodding by the fire, take down this book,
And slowly read, and dream of the soft look
Your eyes had once, and of their shadows deep;

How many loved your moments of glad grace,
And loved your beauty with love false or true;
But one man loved the pilgrim soul in you,
And loved the sorrows of your changing face.

And bending down beside the glowing bars,
Murmur, a little sadly, how love fled
And paced upon the mountains overhead,
And hid his face amid a crowd of stars.

En alguna parte, él o yo, debemos de tener ese folio en el que escribimos nuestra traducción, después de un par de horas bregando con el texto y buscando respetar el espíritu, la cadencia y la musicalidad del poema. No tengo ese papel conmigo. Pero puedo aventurar, más o menos, cómo tradujimos los primeros versos.

Cuando seas viejo y canoso y lleno de sopor,
y adormecido por el fuego cojas este libro,
y lentamente leas, y sueñes con la leve mirada
que tus ojos tuvieron una vez, y con sus sombras profundas.

Realmente disfrutamos mucho aquel día. Mucho.

Bastante tiempo después se me ocurrió buscar el poema traducido en internet. Busqué primero a Yeats sólo, pero me resultó difícil y engorroso encontrar lo que estaba buscando entre tanto poema suelto. Luego busqué “cuando seas viejo” o “cuando seas anciano” pero tampoco tuve suerte. Finalmente lo encontré buscando Yeats+”cuando seas”. Esto fue lo que encontré:

Cuando seas vieja, y canosa y vencida por el sueño,
Y dormitando junto al fuego, tomes este libro,
Y lentamente leas, y sueñes con la dulce belleza
Que tus ojos tuvieron antaño, y con sombras
profundas;

Cuántos amaron tus momentos de alegre donaire,
Y amaron tu belleza con amor falso o sincero,
Pero sólo un hombre amó en ti tu alma peregrina,
Y también las tristezas de tu rostro cambiante;

Y cuando inclinada junto a las barras candentes,
Murmures, con ligera tristeza, de cómo el Amor
huyó
Y anduvo allá arriba por los montes
Y escondió su rostro entre un tropel de estrellas.

Jamás se me había ocurrido que el poema pudiera tratar de otra cosa que no fuera la amistad. Cuando vi que era un poema de amor crepuscular, de recuerdo del amor perdido y de añoranza de sentimientos lejanos me quedé desconcertado.

En aquel momento, como en tantos otros, C. y yo compartíamos un código concreto que nos llevó de la mano y en línea recta hacia un destino determinado, sin dudas ni dobleces, sin ramificaciones.

He vuelto a recordar esta historia porque hace poco la gata me contó cuánto se había emocionado al ver la última película del director italo-turco Ferzan Ozpetek, No basta una vida, y cómo se había emocionado aún más M., con quien había ido a verla. Luego me he encontrado por todas partes críticas entre tibias y muy negativas hacia el filme, algo prácticamente unánime. Tanto que creo que hasta ahora sólo he encontrado positiva la opinión de ellas dos. Pero lo cierto es que ambas leyeron la película en una clave parecida, sin darse cuenta compartieron un código humano y sentimental que iba más allá de lo que simplemente aparecía en la pantalla. Eso que hace que te rías a más no poder con una película que muchos otros consideran estúpida. Pero es que cuando tú la viste érais seis amigos del instituo que hacía meses que no os veíais y aquella película fue el fin de fiesta en casa de uno de ellos después de una jornada memorable de recuerdos y cariño. Y lo que os pudisteis reír, y no va a haber crítico o “cahiers” que te haga pensar lo contrario: aquella era una gran película. Aunque salga Adam Sandler.

Me maravillan esos momentos de comunión humana, de silencio acompañado, de mentes entrelazadas, de códigos compartidos que por más inexplicables que sea, son espectaculares.

La revelación

Martes, 12 de Junio de 2007

Para mí, durante mucho tiempo, el día a día era una mera cuestión de supervivencia. Concretamente desde el día en el que terminé la carrera, hace ya la friolera de siete años. Hasta entonces el “qué sucederá mañana” conllevaba una respuesta a todas luces sencilla: sucederá que seguiré estudiando, yendo al colegio/instituto/facultad como he hecho cada día casi desde que tengo uso de razón. Pero cuando ves tu nombre escrito en el acta del último examen y al lado hay un “Aprobado” ya sabes, y lo sabes de inmediato, que los buenos tiempos están empezando a terminarse. El día siguiente deja de darse por descontado.

Desde entonces siempre he dado tumbos, girando en torno a una idea que no lograba expresar, caminando por este país y por mi otro país intentando cargar de sentido cada día. Durante bastante tiempo lo conseguí a base de tiritas. Pero las tiritas se caen.

Entonces me acordé de Las muñecas rusas y de un e-mail que escribí hace algunos meses hablando de esa pequeña, insignificante película, pero que me marcó para siempre. Y en estos días, donde las dudas me asuelan un día sí y otro también, no está mal recordarme a mí mismo que sólo estoy a mitad de camino. Y que sea paciente.

Esto decía aquel e-mail:

Yo nunca he visto ninguna película de Yasujiro Ozu, pero a Carlos le gustan mucho. Una de las grandes, grandísimas virtudes de Carlos es que es justo lo contrario del snob (o gafapastismo), que te habla con la misma pasión y utilizando términos sencillísimos tanto de Piratas del Caribe como de Ozu. Me explico el tipo de cine que hacía este hombre, como hacía una película al año donde, a grandes rasgos, contaba siempre la misma historia. Los protagonistas solían ser miembros de una familia a los que no sucedía nunca nada. Hasta que de repente, ocurría algo, algo que Ozu llamaba “la revelación”. Un hecho, externo o interno, grande o pequeño, que cambiaba para siempre la vida del protagonista. Y aunque la película siguiera igual, ya nada era lo mismo.

A finales de Febrero de 2006, más o menos, tenía un exceso de trabajo brutal en el Paleotti. Doblaba turnos continuamente y me encontraba trabajando trece horas al día la mitad de las veces. Estaba agotado porque además trasnochaba, salía, veía pelis… no paraba quieto. Un sábado no podía más y me fui a la cama a las 8 de la tarde, agotado. Caí dormido en el acto.

Me desperté a las 4 de la madrugada, completamente desvelado. La atmósfera de las casas está encantada a esa hora, todo está parado y el paso del tiempo es algo sonoro, como demuestra que es el único momento del día en el que somos capaces de escuchar las manecillas del reloj. Di un par de vueltas en la cama hasta que me harté y decidí poner una película. Busqué en mi disco duro y , por puro azar, escogí “Las muñecas rusas”.

Tenía los cinco sentidos en la película y la sensibilidad a flor de piel. En su día vi “Una casa de locos” (que no me gustó demasiado) y me sorprendió encontrar tan diferente a Xabier, el protagonista. Mucho más reflexivo, me gustaba su mirada y su sonrisa. Después de una hora y media en la película empieza a sonar “Mysteries” de Beth Gibbons. Tuve que contenerme para no echarme a llorar.

Había tenido mi revelación. No es que yo quisiera ser como Xabier, es que yo ERA Xabier. Perdido en una ciudad que me resultaba hostil y acogedora al 50%, intentando sobrevivir escribiendo, aceptando cualquier trabajo para poder seguir viviendo allí, habitando casas medio destruidas que se sostienen por el calor humano, orgulloso de mi propio espacio. Xabier tiene algo de suerte, no demasiada, sólo algo, pero lo que él hace es exactamente lo que quería hacer yo. Aceptar y encajar que pase lo que pase tienes que intentarlo hasta que salga bien o hasta que te hundas con todo el equipo.

Terminó la película y amanecía fuera, y yo había decidido qué iba a hacer con mi vida.



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