Archivo de la categoría ‘Pensadero’

B.

Martes, 27 de Noviembre de 2007

Antes de empezar nos advirtieron de que B. tenía problemas de todos los colores: era alérgico a muchos alimentos, entre otros los lácteos. Llevaba años tomando prozac y antidepresivos, concretamente desde que sus padres se divorciaron. Tenía diagnosticada una depresión severa y para colmo contaba con un problema de psicomotricidad, que hacía que sus movimientos fueran nerviosos y torpes. El día que le hicimos la prueba de nivel se golpeó con una mesa y tiró una silla accidentalmente.

Vestía de negro y quería ser historiador. Tenía la mirada esquiva y un gesto de extremada seriedad, impropia de un chico de dieciséis años recién cumplidos. A veces empezaba a hablar y se ponía tan frenético que no lograba terminar su propia frase. Durante los primeros días con frecuencia se apartaba de todos y miraba al suelo, como dejando pasar las horas sin más, sin otro objetivo. Tardó mucho en aprender a llegar a su casa en un pueblo de quince mil habitantes. Su madre llamaba a diario para comprobar como estaba, los profesores y monitores estábamos advertidos de su particularidad y en una pequeña reunión acordamos estar más pendiente de él que de ningún otro. “Los niños suelen ser muy cabrones a esta edad”, decía el jefe. Todos asentimos.

A la semana decidió que ya estaba bien de prozac. Y también que el arroz con leche estaba demasiado bueno para no comerlo por una simple alergia encontrada diez años antes. La única vez que una de las más niñatas trató de burlarse de él B. contestó “la diferencia entre tú y yo es que a ti no te quiere nadie por lo que eres”. Aprendió andaluz, hizo surf y se puso un mono de Gibraltar en la cabeza. Fue la estrella del vídeo final.

También se apuntó a clases de guitarra. Le costaba coordinar los movimientos de las manos pero Javi, el monitor, era realmente paciente. Uno de los días que daban clase en el patio yo terminé mi trabajo un poco antes y me bajé a escucharlos. Al verme, B. se puso algo nervioso y se trastabilló con las cuerdas. Le hice un gesto tranquilizador con la mano y me senté en el escalón para molestar lo menos posible. Javi dijo “venga, empecemos de nuevo, yo toco mi parte y tú tocas la que hemos ensayado”. Javi se puso a tocar un tema flamenco y a un gesto de su cabeza B. entró con dificultad pero con precisión. Las cuerdas eran desgarradas más que acariciadas, y B. no apartaba su mirada de la guitarra, como si tuviera una gran misión que cumplir, firme, sin miedo. O tal vez con miedo, pero no lo suficiente para pararlo. Aquello sonaba magnífico. Miré a Javi, atento a las manos de su pupilo, mientras se le dibujaba una sonrisa que le llenaba el rostro. Le acompañé con la mía.

Terminaron la pieza y Javi dijo “Eeeeeso es. Esto son soleares de Cádiz”.

“Soleares de Cádiz”, repitió B. tomando nota mentalmente.

De la importancia de los objetos

Lunes, 22 de Octubre de 2007

Hace algunos meses, durante el verano, C. se pasó una tarde a visitarnos unas horas en Santiago. Después de una noche increíble llena de encuentros inesperados (y no siempre bienvenidos. Aunque los encuentros no bienvenidos tienen la innegable cualidad de ser fruto inmejorable de anécdotas que se repiten una y otra vez. Pero eso es otra historia), cafés de madrugada, chistes muy malos y puritos aún peores, a la mañana siguiente comprobamos sin demasiada sorpresa (que ya nos conocemos) que se había marchado sin hacer ningún ruido para no despertarnos. Nos dejó una nota, o mejor dicho todo un pergamino de buenos días y muchas gracias. Para ello utilizó todo lo que quedaba de un rollo de cocina, que no era poco. En el corazón de cartón marrón que dejó aparte había escrito con rotulador negro: “de la importancia de los objetos”.

Ayer estuve leyendo una reseña en el blog de mi querida Baronesa de Munchausen sobre un libro de Antonio Tabucchi: La línea del horizonte. Tabucchi es un autor fundamental para mí. Pero no para mi manera de escribir (aunque a lo mejor también) ni tampoco para mis referencias culturales. Tabucchi es fundamental para todo lo que soy hoy, para la construcción del ser humano que escribe estas letras. Hace diez años una amiga me regaló Sostiene Pereira por mi cumpleaños. Ese libro me fascinó por muchas razones, es uno de los pocos libros que empecé a leer de nuevo en cuanto terminé su última página. Varió mi forma de entender la literatura y a los escritores, amplió mis lecturas y mis gustos, produjo alguna extraña transformación en mí de la que yo no era muy consciente.

Pero sobre todo me abrió los ojos a Italia.

Cuando meses después me inscribí en un curso de italiano del Instituto de Idiomas (al que sólo fui a dos clases) una de las primeras preguntas que tenías que hacerte con tu compañero para practicar era “¿Por qué estudias italiano?”. Yo contesté:

Io studio italiano per leggere Antonio Tabucchi

Yo quería estudiar italiano para leer a Antonio Tabucchi en versión original. No se me pasaba por la cabeza lo estrecha que sería mi relación con Italia siete años después.

En abril de 2005 mi buena amiga Tatiana me invitó a pasar unos días en su piso cerca del Vaticano, en Roma. En aquel momento había tocado fondo anímica y sobre todo moralmente y cualquier cosa que significase un cambio era agarrada por mí con desesperación. Hice una bolsa con dos mudas y un pijama y me fui a la estación de trenes de Bologna. Mientras esperaba mi tren me paré a husmear en el quiosco de la estación. Y allí, entre cómics de Lupo Alberto y revistas del corazón, estaba una edición de bolsillo de la editorial Feltrinelli de un libro de Antonio Tabucchi: Il filo dell’orizzonte.

Recordé de golpe aquella frase: Quiero estudiar italiano para leer Antonio Tabucchi. Estuve a punto de derrumbarme en aquel quiosco al no reconocer ni un pelo de aquel chaval de 19 años que se metió a aprender italiano apasionado por un escritor. Compré aquel libro y pasé las cinco horas de trayecto traqueteante e incómodo intentando comprender algo de esa novela. Mi italiano aún no era demasiado bueno y la prosa de Tabucchi era particularmente compleja, llena de metáforas, de dobles sentidos, de sutilezas. No entendía casi nada pero me aferraba a aquellas páginas como si fuesen lo último que me quedaba para mantenerme cuerdo. Y hasta es posible que así fuera.

Aquel viaje no fue estupendo, ni un bálsamo, ni un lugar donde lamerme las heridas. Pero son historias que no vienen al caso. Lo que si viene al caso es recordar como mi insomnio me ayudó a terminar un libro que no entendía y mientras lo leía me repetía una y otra vez: “quiero estudiar italiano para leer Antonio Tabucchi”. Y ya lo estaba leyendo. Pero en realidad estaba luchando por no olvidarme de quién era yo. Terminé el libro de madrugada.

La mañana en la que me fui de Roma desayuné con calma, por única vez en aquellos pocos días, a solas en la cocina con Tatiana. Sin saber por qué me puse a canturrear Todo se transforma de Jorge Drexler. Tatiana intentaba entender la letra pero se le escapaban las palabras así que se la traduje como pude. Me dijo “¿me la copias en español?”.

Así que cogí Il filo dell’orizzonte y escribí la letra de la canción en la primera página. Luego dejé el libro sobre la cama del cuarto de invitados y me marché.

Quería comentar tu reseña, Cristina, de verdad. Pero he sentido que o te decía todo esto o no te decía nada. Al fin y al cabo, ¿cómo explicarte lo importante que es ese libro, aunque ni siquiera recuerde de qué trata?

Códigos compartidos

Miércoles, 17 de Octubre de 2007

Mi hermano me regaló, hace bastantes años, una antología poética de William Butler Yeats. Era una edición preciosa, con tapa blanda de cartón reciclado, sobrio, elegante, lo que uno imagina cuando piensa en un libro de poesía “tipo”. Estaba en inglés, un idioma que, a pesar de tener títulos que dicen lo contrario, no domino en absoluto. Lo justo para defenderme, capaz de leerlo con cierta comodidad, de entenderlo si me hablas clarito y de hablarlo si no tengo que hacer discursos complicados.

Un día, a C. y a mí se nos ocurrió traducir uno de esos poemas, con un diccionario en mano, mucha imaginación y mucha paciencia. Abrimos el libro al azar y salió éste:

863. When You are Old

WHEN you are old and gray and full of sleep
And nodding by the fire, take down this book,
And slowly read, and dream of the soft look
Your eyes had once, and of their shadows deep;

How many loved your moments of glad grace,
And loved your beauty with love false or true;
But one man loved the pilgrim soul in you,
And loved the sorrows of your changing face.

And bending down beside the glowing bars,
Murmur, a little sadly, how love fled
And paced upon the mountains overhead,
And hid his face amid a crowd of stars.

En alguna parte, él o yo, debemos de tener ese folio en el que escribimos nuestra traducción, después de un par de horas bregando con el texto y buscando respetar el espíritu, la cadencia y la musicalidad del poema. No tengo ese papel conmigo. Pero puedo aventurar, más o menos, cómo tradujimos los primeros versos.

Cuando seas viejo y canoso y lleno de sopor,
y adormecido por el fuego cojas este libro,
y lentamente leas, y sueñes con la leve mirada
que tus ojos tuvieron una vez, y con sus sombras profundas.

Realmente disfrutamos mucho aquel día. Mucho.

Bastante tiempo después se me ocurrió buscar el poema traducido en internet. Busqué primero a Yeats sólo, pero me resultó difícil y engorroso encontrar lo que estaba buscando entre tanto poema suelto. Luego busqué “cuando seas viejo” o “cuando seas anciano” pero tampoco tuve suerte. Finalmente lo encontré buscando Yeats+”cuando seas”. Esto fue lo que encontré:

Cuando seas vieja, y canosa y vencida por el sueño,
Y dormitando junto al fuego, tomes este libro,
Y lentamente leas, y sueñes con la dulce belleza
Que tus ojos tuvieron antaño, y con sombras
profundas;

Cuántos amaron tus momentos de alegre donaire,
Y amaron tu belleza con amor falso o sincero,
Pero sólo un hombre amó en ti tu alma peregrina,
Y también las tristezas de tu rostro cambiante;

Y cuando inclinada junto a las barras candentes,
Murmures, con ligera tristeza, de cómo el Amor
huyó
Y anduvo allá arriba por los montes
Y escondió su rostro entre un tropel de estrellas.

Jamás se me había ocurrido que el poema pudiera tratar de otra cosa que no fuera la amistad. Cuando vi que era un poema de amor crepuscular, de recuerdo del amor perdido y de añoranza de sentimientos lejanos me quedé desconcertado.

En aquel momento, como en tantos otros, C. y yo compartíamos un código concreto que nos llevó de la mano y en línea recta hacia un destino determinado, sin dudas ni dobleces, sin ramificaciones.

He vuelto a recordar esta historia porque hace poco la gata me contó cuánto se había emocionado al ver la última película del director italo-turco Ferzan Ozpetek, No basta una vida, y cómo se había emocionado aún más M., con quien había ido a verla. Luego me he encontrado por todas partes críticas entre tibias y muy negativas hacia el filme, algo prácticamente unánime. Tanto que creo que hasta ahora sólo he encontrado positiva la opinión de ellas dos. Pero lo cierto es que ambas leyeron la película en una clave parecida, sin darse cuenta compartieron un código humano y sentimental que iba más allá de lo que simplemente aparecía en la pantalla. Eso que hace que te rías a más no poder con una película que muchos otros consideran estúpida. Pero es que cuando tú la viste érais seis amigos del instituo que hacía meses que no os veíais y aquella película fue el fin de fiesta en casa de uno de ellos después de una jornada memorable de recuerdos y cariño. Y lo que os pudisteis reír, y no va a haber crítico o “cahiers” que te haga pensar lo contrario: aquella era una gran película. Aunque salga Adam Sandler.

Me maravillan esos momentos de comunión humana, de silencio acompañado, de mentes entrelazadas, de códigos compartidos que por más inexplicables que sea, son espectaculares.

La revelación

Martes, 12 de Junio de 2007

Para mí, durante mucho tiempo, el día a día era una mera cuestión de supervivencia. Concretamente desde el día en el que terminé la carrera, hace ya la friolera de siete años. Hasta entonces el “qué sucederá mañana” conllevaba una respuesta a todas luces sencilla: sucederá que seguiré estudiando, yendo al colegio/instituto/facultad como he hecho cada día casi desde que tengo uso de razón. Pero cuando ves tu nombre escrito en el acta del último examen y al lado hay un “Aprobado” ya sabes, y lo sabes de inmediato, que los buenos tiempos están empezando a terminarse. El día siguiente deja de darse por descontado.

Desde entonces siempre he dado tumbos, girando en torno a una idea que no lograba expresar, caminando por este país y por mi otro país intentando cargar de sentido cada día. Durante bastante tiempo lo conseguí a base de tiritas. Pero las tiritas se caen.

Entonces me acordé de Las muñecas rusas y de un e-mail que escribí hace algunos meses hablando de esa pequeña, insignificante película, pero que me marcó para siempre. Y en estos días, donde las dudas me asuelan un día sí y otro también, no está mal recordarme a mí mismo que sólo estoy a mitad de camino. Y que sea paciente.

Esto decía aquel e-mail:

Yo nunca he visto ninguna película de Yasujiro Ozu, pero a Carlos le gustan mucho. Una de las grandes, grandísimas virtudes de Carlos es que es justo lo contrario del snob (o gafapastismo), que te habla con la misma pasión y utilizando términos sencillísimos tanto de Piratas del Caribe como de Ozu. Me explico el tipo de cine que hacía este hombre, como hacía una película al año donde, a grandes rasgos, contaba siempre la misma historia. Los protagonistas solían ser miembros de una familia a los que no sucedía nunca nada. Hasta que de repente, ocurría algo, algo que Ozu llamaba “la revelación”. Un hecho, externo o interno, grande o pequeño, que cambiaba para siempre la vida del protagonista. Y aunque la película siguiera igual, ya nada era lo mismo.

A finales de Febrero de 2006, más o menos, tenía un exceso de trabajo brutal en el Paleotti. Doblaba turnos continuamente y me encontraba trabajando trece horas al día la mitad de las veces. Estaba agotado porque además trasnochaba, salía, veía pelis… no paraba quieto. Un sábado no podía más y me fui a la cama a las 8 de la tarde, agotado. Caí dormido en el acto.

Me desperté a las 4 de la madrugada, completamente desvelado. La atmósfera de las casas está encantada a esa hora, todo está parado y el paso del tiempo es algo sonoro, como demuestra que es el único momento del día en el que somos capaces de escuchar las manecillas del reloj. Di un par de vueltas en la cama hasta que me harté y decidí poner una película. Busqué en mi disco duro y , por puro azar, escogí “Las muñecas rusas”.

Tenía los cinco sentidos en la película y la sensibilidad a flor de piel. En su día vi “Una casa de locos” (que no me gustó demasiado) y me sorprendió encontrar tan diferente a Xabier, el protagonista. Mucho más reflexivo, me gustaba su mirada y su sonrisa. Después de una hora y media en la película empieza a sonar “Mysteries” de Beth Gibbons. Tuve que contenerme para no echarme a llorar.

Había tenido mi revelación. No es que yo quisiera ser como Xabier, es que yo ERA Xabier. Perdido en una ciudad que me resultaba hostil y acogedora al 50%, intentando sobrevivir escribiendo, aceptando cualquier trabajo para poder seguir viviendo allí, habitando casas medio destruidas que se sostienen por el calor humano, orgulloso de mi propio espacio. Xabier tiene algo de suerte, no demasiada, sólo algo, pero lo que él hace es exactamente lo que quería hacer yo. Aceptar y encajar que pase lo que pase tienes que intentarlo hasta que salga bien o hasta que te hundas con todo el equipo.

Terminó la película y amanecía fuera, y yo había decidido qué iba a hacer con mi vida.


share your files at box.net

Recuerdo cuando iba al cine

Jueves, 24 de Mayo de 2007

A mi correo electrónico aún llegan e-mails de sitios a los que yo solía ir cuando estaba en Bologna. Uno de ellos era el cine Nosadella:

Queridos amigos,
Vuestro cine preferido… cierra.
No es una broma, las dos salas del cine Nosadella terminarán sus proyecciones el domingo 27, ya no habrá más, en su lugar encontraréis apartamentos, mucho más beneficiosos, y que forman parte de un proyecto de recalificación urbana (snif) llevado a cabo por el ayuntamiento.

Nosotros, Enrico y yo, hemos intentado, con nuestra pasión por el cine, dar personalidad al Nosadella, un local único, realmente independiente y no ligado a ningún circuito, os hemos ofrecido muchas “joyitas”, tal vez películas de las que no habíais oído nunca hablar (como las que tenemos ahora mismo en programa) que os han dejado estupefactos, emocionado… pero dejemos los recuerdos para el próximo e-mail.

Os damos las gracias.

Os pedimos también, si queréis, que protestéis, que no lo dejéis pasar como una cosa de tantas de las que se suceden (leed en nuestra página la bonita carta de Roberta y las otras que siguen llegando).
Os pedimos también que, si por casualidad, conocéis un sitio donde tal vez podamos mudarnos… bastarían entre 600 y 800 metros cuadrados para hacer 150-200 sitios, para vosotros, si no venís todos juntos de golpe…

Hasta pronto (venid aunque sea sólo para que nos despidamos)

Mauro

Cuando buscaba piso en Bologna lo primero en lo que me fijé de mi apartamento era que estaba enfrente del cine Nosadella. El criterio de programación era, básicamente, “lo que nos va saliendo de los cojones”, con cosas como poner todos los lunes una película en versión original sin subtítulos o reestrenar una peli de tres años antes… porque a los dueños le gusta.

Recuerdo mi cine Rialto y sus programas dobles, mi cine Azul y sus escalones, mi cine Becquer y sus poltronas enormes… recuerdo cuando ir al cine significaba algo en sí mismo, el olor emocionante de la sala de terciopelo rojo y el reconocer, otro año más, al mismo tipo que siempre te ha vendido las entradas. Recuerdo como fueron cerrando poco a poco y me obceco y me empeño en seguir yendo a los pocos viejos cines que quedan en Sevilla y esquivando todo lo que puedo los megacines de los centros comerciales. Cuando ir al cine era algo importante, algo realmente importante.

Me quedo con una cosa: Mauro y Enrico no se rinden. Hay gente que no se rinde nunca, joder. Esos si que son los imprescindibles.

Yo es que soy así

Jueves, 3 de Mayo de 2007

Un comentario de Ninotchka en un post anterior me ha hecho recordar la vieja teoría del huevo duro, del buen doctor Jaelae. Últimamente ando dándole vueltas a ese tema en mis conversaciones, esos “tics” inmovilistas sobre rasgos más o menos importantes o definitorios de nuestro carácter que damos por descontados. Parece como que uno cogiera ciertas cartas del mazo en los primeros quince o veinte años de nuestra vida sin reparar en ningún momento en que la baraja sigue encima de la mesa y en que no hay regla alguna que nos impida coger cartas nuevas o descartar las viejas.

Me llevé años odiando los champiñones. Creo que en algún momento, siendo bastante pequeño, los probé y no me gustaron; desde entonces los champiñones formó parte de mi particular (y corta) lista negra de alimentos. A los 15 años pasé un mes de julio en el sur de Inglaterra. La señora que nos acogía había leído mucho a Dickens y eso de darnos de comer y tal no era algo que contemplase con demasiada frecuencia. Una noche salimos todo el grupo del viaje a cenar a una Crepería francesa y el primer crepe era… de champiñones. Gastaba tanta hambre que me lo comí sin pensar. Lo que sí pensé es que no estaban nada mal. En algún momento entre los 6 y los 15 años a mi cuerpo le empezaron a gustar los champiñones. Pero juro que si me lo hubiesen preguntado la noche antes hubiese puesto una genuina mueca de asco.

Yo nunca me enfado (¿seguro?); me trago cualquier película, me gusta todo (¿cuál fue la última que te gustó?); soy muy tímido y pudoroso (¿no estabas anoche cantando en el karaoke?); mi hermano y yo no nos entendemos (diría que hace diez años que no discutes con él); soy muy desordenado (¿has visto que tienes los CDs por orden alfabético?)… tics, frases hechas que adoptamos en algún momento aproximadamente al final de la adolescencia y que tomamos como bandera sin preocuparnos de verificar periódicamente que siguen siendo ciertas.

Yo es que soy así, siempre analizando.

Tentación

Jueves, 26 de Abril de 2007

tentación.

(Del lat. temptatĭo, -ōnis).

1. f. Instigación o estímulo que induce el deseo de algo.

2. f. Persona, cosa o circunstancia que la provoca.

3. f. Rel. Solicitación al pecado inducida por el demonio.

caer alguien en la ~.

1. loc. verb. Dejarse vencer de ella.

Supongo que lo interesante es averiguar cuál es el origen de ese deseo, qué es lo que se espera obtener a cambio, si caer en la tentación es siempre algo que sucede por una búsqueda irreprimible de una sensación placentera.

Que yo diría que no.

Una vuelta de tuerca perversa

Jueves, 12 de Abril de 2007

Peleándome por chat con una de mis “víctimas” del meme se me ocurrió que esta manera de liberar bilis y destilar mala leche es muy sana y divertida, casi catártica, hala, a soltar sapos y culebras con convencimiento y sin asomo de culpa. ¡Almodovar es un ascooooooo! ¡Vargas Llosa es inaguantableeeeeeee!… y nos quedamos la mar de agusto.

¿Qué pasa si personalizamos el meme? ¿Si excavamos en las cloacas de nosotros mismos y eliminamos la distancia tranquila y relajada que tenemos con libros, películas o anuncios?

1. Un amigo que dejó de serlo.
2. Un desamor que te dejó marcado.
3. Alguien a quien sigas guardando rencor.
4. Una decepción personal que no has olvidado.
5. Una relación, de amigo o pareja, en la que te comportaste mal.

Ahí la mala leche se matiza… ¿verdad?

Por ahora no me atrevo a contestarlo. A lo mejor no lo hago nunca.

Y por supuesto no se lo paso a nadie.

Un personaje en busca de autor

Jueves, 29 de Marzo de 2007

Dice k:

A través de estas ventanas tenemos otra vida pública, en la que enseñamos lo que queremos. Lo que creemos que nos define, con la mayor sinceridad, con toda la honestidad posible. Y los que leen saben si somos listos o tontos, tímidos o presumidos, interesantes o aburridos. Lo saben o lo deciden, no sé. Y te dejan sus hilos para que los sigas si quieres. Y tú decides si ellos…

Siempre me he preguntado cuánto hay de real en esa extraña intimidad que se crea virtualmente con tanta facilidad en estos tiempos. El verano pasado pasé por Santander a conocer a Dordoka, con la que ya compartía amistad por Internet desde hacía algunos años. Era la primera vez que nos veíamos.

Necesitamos aproximadamente unos veinte segundos para darnos cuenta de que íbamos a congeniar igual de bien en persona que por el chat. Luego pasamos dos días hablando como cotorras y poniendo una tercera dimensión a algo que estaba más que definido ya en dos.

Pero lo cierto es que no siempre ha sido así. He conocido a otras (pocas) personas con las que tenía sólo relación virtual y cualquier parecido con el feeling creado a través del ordenador era pura coincidencia. Timidez, tonos de voz, expresiones… qué sé yo. Pero hay una mezcla extraña de imaginación y verdad en todo esto de internet, de los blogs, de aquellos a los que acabas por considerar buenos amigos sin darte cuenta siquiera. A veces me recuerda a la sensación de los campamentos de verano, donde después de diez días tienes la mejor pandilla de amigos del mundo, amigos para siempre, pactos de sangre, juramentos de amistad eterna, incapacidad de soportar la idea de que no los verás más, o al menos no tan a menudo. Otras veces pienso en lo mucho que se parece al proceso de enamorar y enamorarse, esos momentos en los que das lo mejor de ti, sacas a pasear al personaje más maravilloso que tienes guardado en la manga por unas horas, días o semanas. Luego viene el yo real, a veces muy parecido al virtual (eso es lo ideal), otras bastante más mezquino o quizás mucho menos interesante.

Hay personas detrás de la pantalla que se toman la molestia de pasarse por aquí a diario y dejan un saludo, o un beso, o se enfadan, o se quedan un rato a charlar. Cuento con ellos. Ya no puedo hacer otra cosa. Y me río de mi mismo descubriendo a gente que me cae muy bien o de la que me sale decir “somos buenos amigos” cuando en realidad hay una mitad oculta que aún no conozco y, sobre todo, que aún no conocen de mí. Me gusta pensar que el Fanshawe de Reducir al mínimo no se diferencia demasiado del Alberto que ahora ronda por Sevilla, que nadie se decepcionará o se llevará a engaño cuando se cruce con mis tres dimensiones, pero lo cierto es que una parte de mí todavía se pregunta si ese Fanshawe no es más que un personaje algo snob que intenta desesperadamente enamorar a todo el que le pasa cerca…

Miedo

Domingo, 25 de Marzo de 2007

Miedo

A raíz de este post de Marcos, o más bien de sus comentarios, he recordado La noche del cazador, posiblemente la película con la que he pasado más miedo en toda mi vida. Y no hace tanto que la vi.

Hay una diferencia sustancial entre el miedo indefenso a lo desconocido de cuando era un niño y el miedo posibilista a lo conocido que nos atormenta cuando somos mayores. La película de Laughton te trae directamente las sensaciones del primero, del miedo de debajo de las sábanas, un miedo terrible por indefinido, porque no es a la muerte, o al dolor, no. Es al no saber. Al no saber qué es lo que vendrá después. En las pesadillas de la infancia nunca nos ocurre nada, pero lo que parece que está a punto de ocurrir es terrible. Lo cerca que nos quedamos de ello. Como me dijo Carlos una vez, no es un miedo de escalofrío, que te haga un nudo en el estómago o te provoque palpitaciones, es más bien algo situado en un punto indefinido debajo de las cervicales, detrás del cuello. Indescriptible.

Marcos lo llama a ese miedo infantil un miedo “más puro”. Intento pensar en mis miedos presentes, lo poco puros que me parecen y lo lejos que se encuentran de lo desconocido. Creo que si tuviera que ponerle un nombre a mis miedos de hoy, del yo adulto que parezco ser, los llamaría “miedo a perderlo todo”. Ni más ni menos. En la soledad del domingo por la tarde me ha llegado una punzada de miedo a perderlo todo. Ya se pasará.