Antes de empezar nos advirtieron de que B. tenía problemas de todos los colores: era alérgico a muchos alimentos, entre otros los lácteos. Llevaba años tomando prozac y antidepresivos, concretamente desde que sus padres se divorciaron. Tenía diagnosticada una depresión severa y para colmo contaba con un problema de psicomotricidad, que hacía que sus movimientos fueran nerviosos y torpes. El día que le hicimos la prueba de nivel se golpeó con una mesa y tiró una silla accidentalmente.
Vestía de negro y quería ser historiador. Tenía la mirada esquiva y un gesto de extremada seriedad, impropia de un chico de dieciséis años recién cumplidos. A veces empezaba a hablar y se ponía tan frenético que no lograba terminar su propia frase. Durante los primeros días con frecuencia se apartaba de todos y miraba al suelo, como dejando pasar las horas sin más, sin otro objetivo. Tardó mucho en aprender a llegar a su casa en un pueblo de quince mil habitantes. Su madre llamaba a diario para comprobar como estaba, los profesores y monitores estábamos advertidos de su particularidad y en una pequeña reunión acordamos estar más pendiente de él que de ningún otro. “Los niños suelen ser muy cabrones a esta edad”, decía el jefe. Todos asentimos.
A la semana decidió que ya estaba bien de prozac. Y también que el arroz con leche estaba demasiado bueno para no comerlo por una simple alergia encontrada diez años antes. La única vez que una de las más niñatas trató de burlarse de él B. contestó “la diferencia entre tú y yo es que a ti no te quiere nadie por lo que eres”. Aprendió andaluz, hizo surf y se puso un mono de Gibraltar en la cabeza. Fue la estrella del vídeo final.
También se apuntó a clases de guitarra. Le costaba coordinar los movimientos de las manos pero Javi, el monitor, era realmente paciente. Uno de los días que daban clase en el patio yo terminé mi trabajo un poco antes y me bajé a escucharlos. Al verme, B. se puso algo nervioso y se trastabilló con las cuerdas. Le hice un gesto tranquilizador con la mano y me senté en el escalón para molestar lo menos posible. Javi dijo “venga, empecemos de nuevo, yo toco mi parte y tú tocas la que hemos ensayado”. Javi se puso a tocar un tema flamenco y a un gesto de su cabeza B. entró con dificultad pero con precisión. Las cuerdas eran desgarradas más que acariciadas, y B. no apartaba su mirada de la guitarra, como si tuviera una gran misión que cumplir, firme, sin miedo. O tal vez con miedo, pero no lo suficiente para pararlo. Aquello sonaba magnífico. Miré a Javi, atento a las manos de su pupilo, mientras se le dibujaba una sonrisa que le llenaba el rostro. Le acompañé con la mía.
Terminaron la pieza y Javi dijo “Eeeeeso es. Esto son soleares de Cádiz”.
“Soleares de Cádiz”, repitió B. tomando nota mentalmente.
