A veces esos encuentros claves dejan menos sonrisas en el camino, incluso pueden llegar a dejar regueros de cadáveres sentimentales. Y las lecciones que se aprenden son más amargas.
Apenas un par de meses después de mi aventura en el avión con la chica de las manos destrozadas tuve el que hasta ahora ha sido mi primera (y visto como fue, espero que última) “aventura de una noche”. Por la razón que sea siempre he sido chico de pareja estable, he tenido dos relaciones largas y estoy en otra que ya va para un año. Los affaires esporádicos siempre se me han dado fatal, tan mal que con veintiocho años todavía no había tenido ninguno. Ni siquiera me había “enrollado” con alguna en mi adolescencia, nada, siempre cometo errores de primerizo tales como empeñarme en conocer bien a la chica en cuestión antes de dar ningún paso físico, asegurarme de que nos gustamos, darle importancia al sexo, esas cosas.
En su día todo esto para mí era una cuestión de principios. Ahora es un simple reconocimiento, a veces triste, de que es así como soy.
Eso no quiere decir que no haya tenido relaciones cortas, o historias que no pasaron de tres días. Pero en todos los casos para mí siempre fue mucho más que sexo con una semidesconocida, siempre me volcaba, siempre ponía mucho más de mí, siempre había mil sentimientos entremezclados. Que luego no cuajara es otra cosa.
Esta historia de una sola noche me ocurrió con una chica griega, amiga de una buena amiga mía. En aquel momento, recién abandonada la crisis, estaba más abierto y disponible a lo que fuera de lo que he estado nunca. Ella, C., salía a veces con nosotros a tomar algo y normalmente nos entendíamos muy bien, entre otras cosas porque hablaba italiano perfectamente, cosa que mi amiga no (nos entendíamos en inglés). Me parecía una chica interesante, pequeñita, algo oronda de cintura para abajo, muy blanca, el pelo muy corto y rizado y tintado de rojo rubí. Pero aparte de esa impresión superficial, no tenía ninguna otra.
Una noche fuimos todos los amigos juntos a un Pub Irlandés en Via Caduti di Cefalonia y cerramos el local tomando cerveza y riéndonos. Mi camino de vuelta a casa coincidía con la parada de autobús de C. y de una amiga suya griega que había venido de visita. Todos andábamos achispados y haciendo bromas estúpidas llenas de dobles sentidos y connotaciones sexuales. Al final cuando llegó el autobús nos dimos un beso veloz en los labios y se marchó. Al día siguiente por la noche me llamó para “ver que hacía” y quedamos media hora después, los dos solos por primera vez.
En mi cabeza no había duda de lo que iba a pasar y para lo que habíamos quedado. Dos casi desconocidos que se citan a solas de noche el día después de un beso breve. Pues eso.
No fue divertido, no me gustó, me sentí mal conmigo mismo y con respecto a ella. Tardé cinco minutos en darme cuenta de que aquello no iba a ninguna parte, que mis sentimientos eran cero y que no tenía madera para este tipo de historias. Y tuve la fuerte sensación de que para ella había sido lo mismo.
Me equivoqué. De raíz. Un par de días después quedamos, ella quería que fuera a cenar a su casa, yo se lo cambié por un café en el centro. Hablamos un rato del tiempo y de la nieve que había llegado a Bologna, y al final logramos sacar el tema de nosotros dos. Lo más tranquilamente que pude (que no era mucho) le expliqué que por mi parte prefería dejarlo ahí, que no quería que la cosa avanzará más. Ella me dijo que hubiese preferido intentar algo más, a ver que tal iba, pero que, en fin, esto es cosa de dos y si yo no quería no había más que hablar. Nos despedimos como buenos amigos y con promesas de un futuro café y hasta luego.
Lo cierto es que no esperaba que para ella aquello hubiese sido algo más que una noche furtiva entre dos personas y, pensando en mi propia experiencia, en vista de que me había confesado que ella sentía algo más traté de evitar situaciones complicadas o “clavos ardiendo”. Rechacé quedar de nuevo a solas con ella durante un tiempo, siempre salíamos en grupo, de vez en cuando me mandaba algún sms que era diligentemente contestado y aquí paz y después gloria.
Ella se marchó a Grecia un mes más tarde. En su fiesta de despedida sucedieron varias cosas (algunas muy violentas que prefiero no contar) y antes de despedirnos me dio dos regalos. Uno era un CD elaborado con mucho cariño, la portada eran unas fotografías suyas y la selección cuidadísima. El otro era un cuadernito hecho a mano. En aquel cuaderno había una especie de diario, como una colección de cartas. Todas cartas dirigidas a mí, desde que estuvimos juntos aquella noche.
En aquellas cartas había decenas de reproches, declaraciones de amor, melancolías, euforias, recopilación de muchos momentos en los que nos habíamos cruzado, en que ella había venido al Paleotti mientras yo trabajaba y nos habíamos saludado… por cada encuentro fortuito ella analizaba mis reacciones, se hacía preguntas sobre lo que había podido querer decir tal mirada o cual gesto, se lamentaba de que yo no hubiese intentado conocerla mejor. Recuerdo en una parte en la que decía algo así como “he leído en tus ojos que estabas preocupado, te comprendo, esto también es extraño para mí”.
Yo no había gastado un miserable minuto de mi tiempo en pensar en ella.
Todo aquello que ella elucubraba en su mente sobre mis pensamientos eran imaginaciones suyas. Jamás me sentí preocupado o extraño por ella, después de aquel café de “el día después” no había dedicado nada de mí mismo en en ella. Yo no me merecía aquel cuaderno, aquel CD, aquellos sentimientos. No sentía nada por ella, un cierto afecto, nada más. Después de leer aquel cuaderno también sentí compasión. Y es algo horrible.
Entonces pensé. Pensé en cuántas veces había yo imaginado, fantaseado cosas que ocurrían en el cerebro de la chica que fue el meollo de mi crisis. Pensé en que todavía la echaba de menos muchas veces, pensé en cómo me recreaba imaginándola perdida en sus pensamientos sobre nuestro breve pasado común, mirando el e-mail vacío sin saber que escribirme, echándome de menos a veces…
Probablemente no es así. Probablemente nunca hace nada de eso. Probablemente se acuerda si se topa con una foto mía o con algún regalo que le dice, o limpiando los e-mails viejos de su cuenta de hotmail. Probablemente no malgaste un minuto de su vida en pensarme.
Cada vez que me pierdo en mis sueños y delirios de importancia en su cerebro me acuerdo de C. y de su cuaderno y me recuerdo a mí mismo que, aunque creamos que lo merezcamos, muchas veces no somos más que recuerdos ajados y borrosos en la cabeza de otros.
Creo que si vuelvo a encontrarme a C. no le daré las gracias, porque explicar por qué sería demasiado amargo.