Archivo de la categoría "Pensadero"

Recuerdo cuando iba al cine

Jueves, 24 de Mayo de 2007

A mi correo electrónico aún llegan e-mails de sitios a los que yo solía ir cuando estaba en Bologna. Uno de ellos era el cine Nosadella:

Queridos amigos,
Vuestro cine preferido… cierra.
No es una broma, las dos salas del cine Nosadella terminarán sus proyecciones el domingo 27, ya no habrá más, en su lugar encontraréis apartamentos, mucho más beneficiosos, y que forman parte de un proyecto de recalificación urbana (snif) llevado a cabo por el ayuntamiento.

Nosotros, Enrico y yo, hemos intentado, con nuestra pasión por el cine, dar personalidad al Nosadella, un local único, realmente independiente y no ligado a ningún circuito, os hemos ofrecido muchas “joyitas”, tal vez películas de las que no habíais oído nunca hablar (como las que tenemos ahora mismo en programa) que os han dejado estupefactos, emocionado… pero dejemos los recuerdos para el próximo e-mail.

Os damos las gracias.

Os pedimos también, si queréis, que protestéis, que no lo dejéis pasar como una cosa de tantas de las que se suceden (leed en nuestra página la bonita carta de Roberta y las otras que siguen llegando).
Os pedimos también que, si por casualidad, conocéis un sitio donde tal vez podamos mudarnos… bastarían entre 600 y 800 metros cuadrados para hacer 150-200 sitios, para vosotros, si no venís todos juntos de golpe…

Hasta pronto (venid aunque sea sólo para que nos despidamos)

Mauro

Cuando buscaba piso en Bologna lo primero en lo que me fijé de mi apartamento era que estaba enfrente del cine Nosadella. El criterio de programación era, básicamente, “lo que nos va saliendo de los cojones”, con cosas como poner todos los lunes una película en versión original sin subtítulos o reestrenar una peli de tres años antes… porque a los dueños le gusta.

Recuerdo mi cine Rialto y sus programas dobles, mi cine Azul y sus escalones, mi cine Becquer y sus poltronas enormes… recuerdo cuando ir al cine significaba algo en sí mismo, el olor emocionante de la sala de terciopelo rojo y el reconocer, otro año más, al mismo tipo que siempre te ha vendido las entradas. Recuerdo como fueron cerrando poco a poco y me obceco y me empeño en seguir yendo a los pocos viejos cines que quedan en Sevilla y esquivando todo lo que puedo los megacines de los centros comerciales. Cuando ir al cine era algo importante, algo realmente importante.

Me quedo con una cosa: Mauro y Enrico no se rinden. Hay gente que no se rinde nunca, joder. Esos si que son los imprescindibles.

Yo es que soy así

Jueves, 3 de Mayo de 2007

Un comentario de Ninotchka en un post anterior me ha hecho recordar la vieja teoría del huevo duro, del buen doctor Jaelae. Últimamente ando dándole vueltas a ese tema en mis conversaciones, esos “tics” inmovilistas sobre rasgos más o menos importantes o definitorios de nuestro carácter que damos por descontados. Parece como que uno cogiera ciertas cartas del mazo en los primeros quince o veinte años de nuestra vida sin reparar en ningún momento en que la baraja sigue encima de la mesa y en que no hay regla alguna que nos impida coger cartas nuevas o descartar las viejas.

Me llevé años odiando los champiñones. Creo que en algún momento, siendo bastante pequeño, los probé y no me gustaron; desde entonces los champiñones formó parte de mi particular (y corta) lista negra de alimentos. A los 15 años pasé un mes de julio en el sur de Inglaterra. La señora que nos acogía había leído mucho a Dickens y eso de darnos de comer y tal no era algo que contemplase con demasiada frecuencia. Una noche salimos todo el grupo del viaje a cenar a una Crepería francesa y el primer crepe era… de champiñones. Gastaba tanta hambre que me lo comí sin pensar. Lo que sí pensé es que no estaban nada mal. En algún momento entre los 6 y los 15 años a mi cuerpo le empezaron a gustar los champiñones. Pero juro que si me lo hubiesen preguntado la noche antes hubiese puesto una genuina mueca de asco.

Yo nunca me enfado (¿seguro?); me trago cualquier película, me gusta todo (¿cuál fue la última que te gustó?); soy muy tímido y pudoroso (¿no estabas anoche cantando en el karaoke?); mi hermano y yo no nos entendemos (diría que hace diez años que no discutes con él); soy muy desordenado (¿has visto que tienes los CDs por orden alfabético?)… tics, frases hechas que adoptamos en algún momento aproximadamente al final de la adolescencia y que tomamos como bandera sin preocuparnos de verificar periódicamente que siguen siendo ciertas.

Yo es que soy así, siempre analizando.

Tentación

Jueves, 26 de Abril de 2007

tentación.

(Del lat. temptatĭo, -ōnis).

1. f. Instigación o estímulo que induce el deseo de algo.

2. f. Persona, cosa o circunstancia que la provoca.

3. f. Rel. Solicitación al pecado inducida por el demonio.

caer alguien en la ~.

1. loc. verb. Dejarse vencer de ella.

Supongo que lo interesante es averiguar cuál es el origen de ese deseo, qué es lo que se espera obtener a cambio, si caer en la tentación es siempre algo que sucede por una búsqueda irreprimible de una sensación placentera.

Que yo diría que no.

Una vuelta de tuerca perversa

Jueves, 12 de Abril de 2007

Peleándome por chat con una de mis “víctimas” del meme se me ocurrió que esta manera de liberar bilis y destilar mala leche es muy sana y divertida, casi catártica, hala, a soltar sapos y culebras con convencimiento y sin asomo de culpa. ¡Almodovar es un ascooooooo! ¡Vargas Llosa es inaguantableeeeeeee!… y nos quedamos la mar de agusto.

¿Qué pasa si personalizamos el meme? ¿Si excavamos en las cloacas de nosotros mismos y eliminamos la distancia tranquila y relajada que tenemos con libros, películas o anuncios?

1. Un amigo que dejó de serlo.
2. Un desamor que te dejó marcado.
3. Alguien a quien sigas guardando rencor.
4. Una decepción personal que no has olvidado.
5. Una relación, de amigo o pareja, en la que te comportaste mal.

Ahí la mala leche se matiza… ¿verdad?

Por ahora no me atrevo a contestarlo. A lo mejor no lo hago nunca.

Y por supuesto no se lo paso a nadie.

Un personaje en busca de autor

Jueves, 29 de Marzo de 2007

Dice k:

A través de estas ventanas tenemos otra vida pública, en la que enseñamos lo que queremos. Lo que creemos que nos define, con la mayor sinceridad, con toda la honestidad posible. Y los que leen saben si somos listos o tontos, tímidos o presumidos, interesantes o aburridos. Lo saben o lo deciden, no sé. Y te dejan sus hilos para que los sigas si quieres. Y tú decides si ellos…

Siempre me he preguntado cuánto hay de real en esa extraña intimidad que se crea virtualmente con tanta facilidad en estos tiempos. El verano pasado pasé por Santander a conocer a Dordoka, con la que ya compartía amistad por Internet desde hacía algunos años. Era la primera vez que nos veíamos.

Necesitamos aproximadamente unos veinte segundos para darnos cuenta de que íbamos a congeniar igual de bien en persona que por el chat. Luego pasamos dos días hablando como cotorras y poniendo una tercera dimensión a algo que estaba más que definido ya en dos.

Pero lo cierto es que no siempre ha sido así. He conocido a otras (pocas) personas con las que tenía sólo relación virtual y cualquier parecido con el feeling creado a través del ordenador era pura coincidencia. Timidez, tonos de voz, expresiones… qué sé yo. Pero hay una mezcla extraña de imaginación y verdad en todo esto de internet, de los blogs, de aquellos a los que acabas por considerar buenos amigos sin darte cuenta siquiera. A veces me recuerda a la sensación de los campamentos de verano, donde después de diez días tienes la mejor pandilla de amigos del mundo, amigos para siempre, pactos de sangre, juramentos de amistad eterna, incapacidad de soportar la idea de que no los verás más, o al menos no tan a menudo. Otras veces pienso en lo mucho que se parece al proceso de enamorar y enamorarse, esos momentos en los que das lo mejor de ti, sacas a pasear al personaje más maravilloso que tienes guardado en la manga por unas horas, días o semanas. Luego viene el yo real, a veces muy parecido al virtual (eso es lo ideal), otras bastante más mezquino o quizás mucho menos interesante.

Hay personas detrás de la pantalla que se toman la molestia de pasarse por aquí a diario y dejan un saludo, o un beso, o se enfadan, o se quedan un rato a charlar. Cuento con ellos. Ya no puedo hacer otra cosa. Y me río de mi mismo descubriendo a gente que me cae muy bien o de la que me sale decir “somos buenos amigos” cuando en realidad hay una mitad oculta que aún no conozco y, sobre todo, que aún no conocen de mí. Me gusta pensar que el Fanshawe de Reducir al mínimo no se diferencia demasiado del Alberto que ahora ronda por Sevilla, que nadie se decepcionará o se llevará a engaño cuando se cruce con mis tres dimensiones, pero lo cierto es que una parte de mí todavía se pregunta si ese Fanshawe no es más que un personaje algo snob que intenta desesperadamente enamorar a todo el que le pasa cerca…

Miedo

Domingo, 25 de Marzo de 2007

Miedo

A raíz de este post de Marcos, o más bien de sus comentarios, he recordado La noche del cazador, posiblemente la película con la que he pasado más miedo en toda mi vida. Y no hace tanto que la vi.

Hay una diferencia sustancial entre el miedo indefenso a lo desconocido de cuando era un niño y el miedo posibilista a lo conocido que nos atormenta cuando somos mayores. La película de Laughton te trae directamente las sensaciones del primero, del miedo de debajo de las sábanas, un miedo terrible por indefinido, porque no es a la muerte, o al dolor, no. Es al no saber. Al no saber qué es lo que vendrá después. En las pesadillas de la infancia nunca nos ocurre nada, pero lo que parece que está a punto de ocurrir es terrible. Lo cerca que nos quedamos de ello. Como me dijo Carlos una vez, no es un miedo de escalofrío, que te haga un nudo en el estómago o te provoque palpitaciones, es más bien algo situado en un punto indefinido debajo de las cervicales, detrás del cuello. Indescriptible.

Marcos lo llama a ese miedo infantil un miedo “más puro”. Intento pensar en mis miedos presentes, lo poco puros que me parecen y lo lejos que se encuentran de lo desconocido. Creo que si tuviera que ponerle un nombre a mis miedos de hoy, del yo adulto que parezco ser, los llamaría “miedo a perderlo todo”. Ni más ni menos. En la soledad del domingo por la tarde me ha llegado una punzada de miedo a perderlo todo. Ya se pasará.

Por mi gran culpa

Jueves, 22 de Marzo de 2007

Estaba estos días sintiéndome algo culpable por tener tan abandonado el blog, víctima inmediata de la locura de trabajo y sentimientos de la que se ha apoderado mi vida desde que regresé a Sevilla. Luego se me pasó. La culpa digo.

Posiblemente eso ha sido una de las grandes cosas que he aprendido en mi período italiano, de los grandes regalos con los que llené el equipaje a la vuelta: la capacidad no de dejar de sentirme culpable, sino más bien de minimizar los daños de esa culpabilidad. Sentirse culpable hasta cierto punto me parece un ejercicio de humanidad irrenunciable, parte de esa esencia que nos hace mejor persona o al menos que nos dignifica. Algo que haces mal te hace sentir culpable. Algo que dejas de hacer te hace sentir culpable. Algo que no puedes evitar te hace sentir culpable.

Tres casos diferentes… ¿para lo mismo? Yo creo que no. Sobre todo porque los dos primeros pueden remediarse de forma práctica (repara lo que hiciste, pide disculpas, haz aquello que dejaste de hacer) pero el tercero es un gusano que se incrusta en el cerebro y el sistema nervioso y te va devorando poco a poco hasta reducirte a una sombra, a un mero recuerdo de lo que fuiste.

La culpa es un estado enfermizo que condiciona y manipula tus sentimientos, un arma mortífera en manos de desalmados que saben retorcerla dentro de tus vísceras hasta convertirte en una masa gelatinosa y anular tu voluntad. Decía Maitena con mucho humor que las madres son auténticas expertas es el manejo de la culpa. Pero no sólo ellas. No hay peor arma que sentirse avegonzado de uno mismo, porque contra eso no puedes reaccionar con ira. Si te atacan y golpean llegas a defenderte y golpear tú. Si te atacas a ti mismo sólo puedes hacerte un ovillo y recibir los porrazos.

Me he pasado la vida sintiéndome culpable por infinidad de cosas: por vivir de mis padres, por no conseguir trabajo en cuanto dejé la carrera, por dar tumbos económicos y sentimentales, por la indecisión amorosa. Por dejar de querer.

Dejar de querer es un sentimiento tan horrible que la única posible redención es la tortura, el recordarte en cada momento cuán miserable eres, en condenarte a la escala más profundamente baja del peor de los infiernos. Soy, soy, soy, pocas palabras son todas las que encuentras para ahondar en la herida que te permite soportar mejor el terrible sentimiento de culpa que te asuela y te aplasta. Si eres castigado, la culpa sabe mejor. La culpa que te impide poner las cosas en su sitio, la culpa que te lleva a olvidar las razones profundas de todo lo que rodea a tus actos, la culpa que te lleva al maquillaje de las realidades que podrían redimirte, que hace que cierres los oídos a las voces sabias de los que ven el bosque desde fuera.

La culpa que se niega tajantemente a ser perdonada. Porque sabes que si te perdonas tendrás que aceptar que ya no te sientes culpable.

Siento la ausencia estos días. Pero ya he vuelto.

Lo importante que fuiste… (II)

Martes, 30 de Enero de 2007

A veces esos encuentros claves dejan menos sonrisas en el camino, incluso pueden llegar a dejar regueros de cadáveres sentimentales. Y las lecciones que se aprenden son más amargas.

Apenas un par de meses después de mi aventura en el avión con la chica de las manos destrozadas tuve el que hasta ahora ha sido mi primera (y visto como fue, espero que última) “aventura de una noche”. Por la razón que sea siempre he sido chico de pareja estable, he tenido dos relaciones largas y estoy en otra que ya va para un año. Los affaires esporádicos siempre se me han dado fatal, tan mal que con veintiocho años todavía no había tenido ninguno. Ni siquiera me había “enrollado” con alguna en mi adolescencia, nada, siempre cometo errores de primerizo tales como empeñarme en conocer bien a la chica en cuestión antes de dar ningún paso físico, asegurarme de que nos gustamos, darle importancia al sexo, esas cosas.

En su día todo esto para mí era una cuestión de principios. Ahora es un simple reconocimiento, a veces triste, de que es así como soy.

Eso no quiere decir que no haya tenido relaciones cortas, o historias que no pasaron de tres días. Pero en todos los casos para mí siempre fue mucho más que sexo con una semidesconocida, siempre me volcaba, siempre ponía mucho más de mí, siempre había mil sentimientos entremezclados. Que luego no cuajara es otra cosa.

Esta historia de una sola noche me ocurrió con una chica griega, amiga de una buena amiga mía. En aquel momento, recién abandonada la crisis, estaba más abierto y disponible a lo que fuera de lo que he estado nunca. Ella, C., salía a veces con nosotros a tomar algo y normalmente nos entendíamos muy bien, entre otras cosas porque hablaba italiano perfectamente, cosa que mi amiga no (nos entendíamos en inglés). Me parecía una chica interesante, pequeñita, algo oronda de cintura para abajo, muy blanca, el pelo muy corto y rizado y tintado de rojo rubí. Pero aparte de esa impresión superficial, no tenía ninguna otra.

Una noche fuimos todos los amigos juntos a un Pub Irlandés en Via Caduti di Cefalonia y cerramos el local tomando cerveza y riéndonos. Mi camino de vuelta a casa coincidía con la parada de autobús de C. y de una amiga suya griega que había venido de visita. Todos andábamos achispados y haciendo bromas estúpidas llenas de dobles sentidos y connotaciones sexuales. Al final cuando llegó el autobús nos dimos un beso veloz en los labios y se marchó. Al día siguiente por la noche me llamó para “ver que hacía” y quedamos media hora después, los dos solos por primera vez.

En mi cabeza no había duda de lo que iba a pasar y para lo que habíamos quedado. Dos casi desconocidos que se citan a solas de noche el día después de un beso breve. Pues eso.

No fue divertido, no me gustó, me sentí mal conmigo mismo y con respecto a ella. Tardé cinco minutos en darme cuenta de que aquello no iba a ninguna parte, que mis sentimientos eran cero y que no tenía madera para este tipo de historias. Y tuve la fuerte sensación de que para ella había sido lo mismo.

Me equivoqué. De raíz. Un par de días después quedamos, ella quería que fuera a cenar a su casa, yo se lo cambié por un café en el centro. Hablamos un rato del tiempo y de la nieve que había llegado a Bologna, y al final logramos sacar el tema de nosotros dos. Lo más tranquilamente que pude (que no era mucho) le expliqué que por mi parte prefería dejarlo ahí, que no quería que la cosa avanzará más. Ella me dijo que hubiese preferido intentar algo más, a ver que tal iba, pero que, en fin, esto es cosa de dos y si yo no quería no había más que hablar. Nos despedimos como buenos amigos y con promesas de un futuro café y hasta luego.

Lo cierto es que no esperaba que para ella aquello hubiese sido algo más que una noche furtiva entre dos personas y, pensando en mi propia experiencia, en vista de que me había confesado que ella sentía algo más traté de evitar situaciones complicadas o “clavos ardiendo”. Rechacé quedar de nuevo a solas con ella durante un tiempo, siempre salíamos en grupo, de vez en cuando me mandaba algún sms que era diligentemente contestado y aquí paz y después gloria.

Ella se marchó a Grecia un mes más tarde. En su fiesta de despedida sucedieron varias cosas (algunas muy violentas que prefiero no contar) y antes de despedirnos me dio dos regalos. Uno era un CD elaborado con mucho cariño, la portada eran unas fotografías suyas y la selección cuidadísima. El otro era un cuadernito hecho a mano. En aquel cuaderno había una especie de diario, como una colección de cartas. Todas cartas dirigidas a mí, desde que estuvimos juntos aquella noche.

En aquellas cartas había decenas de reproches, declaraciones de amor, melancolías, euforias, recopilación de muchos momentos en los que nos habíamos cruzado, en que ella había venido al Paleotti mientras yo trabajaba y nos habíamos saludado… por cada encuentro fortuito ella analizaba mis reacciones, se hacía preguntas sobre lo que había podido querer decir tal mirada o cual gesto, se lamentaba de que yo no hubiese intentado conocerla mejor. Recuerdo en una parte en la que decía algo así como “he leído en tus ojos que estabas preocupado, te comprendo, esto también es extraño para mí”.

Yo no había gastado un miserable minuto de mi tiempo en pensar en ella.

Todo aquello que ella elucubraba en su mente sobre mis pensamientos eran imaginaciones suyas. Jamás me sentí preocupado o extraño por ella, después de aquel café de “el día después” no había dedicado nada de mí mismo en en ella. Yo no me merecía aquel cuaderno, aquel CD, aquellos sentimientos. No sentía nada por ella, un cierto afecto, nada más. Después de leer aquel cuaderno también sentí compasión. Y es algo horrible.

Entonces pensé. Pensé en cuántas veces había yo imaginado, fantaseado cosas que ocurrían en el cerebro de la chica que fue el meollo de mi crisis. Pensé en que todavía la echaba de menos muchas veces, pensé en cómo me recreaba imaginándola perdida en sus pensamientos sobre nuestro breve pasado común, mirando el e-mail vacío sin saber que escribirme, echándome de menos a veces…

Probablemente no es así. Probablemente nunca hace nada de eso. Probablemente se acuerda si se topa con una foto mía o con algún regalo que le dice, o limpiando los e-mails viejos de su cuenta de hotmail. Probablemente no malgaste un minuto de su vida en pensarme.

Cada vez que me pierdo en mis sueños y delirios de importancia en su cerebro me acuerdo de C. y de su cuaderno y me recuerdo a mí mismo que, aunque creamos que lo merezcamos, muchas veces no somos más que recuerdos ajados y borrosos en la cabeza de otros.

Creo que si vuelvo a encontrarme a C. no le daré las gracias, porque explicar por qué sería demasiado amargo.

Lo importante que fuiste… (I)

Lunes, 29 de Enero de 2007

… y tú ni siquiera lo sabías.

Tenía dieciséis años cuando mi primer amor, de Pamplona ella, me llamó por teléfono para decirme que no sabía si me quería. Decir que mi reacción fue dramática es quedarme drásticamente corto. El mundo se acababa, la vida era una puta mierda, nunca me volvería a enamorar, me quería morir, etc. etc. Cultivé mi imagen de chico atormentado (la de sexy desolado no colaba), me dejé crecer el pelo, la barba, era rebelde y antisocial, oh yeah.

Le contaba mis tristezas a una amiga en el descanso entre clase y clase, en el instituto, cuando otra chica, Natalia, que pasaba por allí se paró a escuchar nuestra conversación. Ella, Natalia, era para mí lo que sería la jefa de las animadoras para un “nerd” en el instituto de una película americana de adolescentes. Guapa, alta, un punto de soberbia y de distancia, me ignoraba, a mí y a otros gafotas como yo, abiertamente. Yo, que era un tipo duro y estaba por encima de esas cosas (oh yeah-bis) la miraba con suficiencia y superioridad.

Como digo, ella se paró a escuchar nuestra conversación y de repente dijo: “¿Qué clase de estúpida dejaría a un chico como tu?”. Y se marchó.

Luego Natalia y yo nos hicimos buenos amigos (¿qué habrá sido de ella?) pero jamás le agradecí la inyección de autoestima que me dio con esa simple frase con la que, probablemente, sólo intentaba ser amable. Fue el principio del final de mis grandes complejos de quinceañero. Si la vuelvo a ver será lo primero que haga, darle las gracias. Imagino que ella no sabrá por qué.

Mis reglas sobre cómo son las relaciones, cuál es mi rol, cómo me comporto con mi pareja, qué tipo de chica me gusta, esas cosas, eran prácticamente inamovibles. Cosas de ser el poseedor de la verdad absoluta (oh yeah-tris). Estaba yo en mi época de “Fanshawe, el gris” hace poco más de un año cuando conocí a A., la chica de las manos destrozadas. Parecía un pequeño pajarillo desvalido, diecinueve años recién cumplidos, tímida, nerviosa, frágil… tardé dos microsegundos en buscar un cubo para recogerme las babas. Después de meses de abstinencia y comportamiento monacal algo se me activaba dentro. No tuve demasiado tiempo para conocerla, se marchó al poco, había decidido acortar su estancia Erasmus en Bologna y regresaba en Navidad. El destino o la casualidad quiso que cogiéramos el mismo avión de vuelta, ya que yo hacía escala en Barcelona, que era su ciudad. Llegamos muy temprano al aeropuerto y durante todo el tiempo que duró nuestra espera y nuestro viaje jugamos a estar enamorados. Nos fumamos un cigarrillo a escondidas en el baño, hablábamos en voz baja con las manos entrelazadas, bájabamos la mirada cuando el otro sonreía. El viaje terminó con un beso fugaz en el autobús de la terminal y ella que se marchó corriendo, como una película americana feliz de Doris Day, mientras que a mí se me quedó dibujada una sonrisa enorme que me duró casi toda las vacaciones.

Después de aquello hablábamos por teléfono y nos escribíamos e-mails, todo muy romántico, yo era el mentor, el mecenas, ella me escuchaba fascinada y maravillada de mi personalidad (oh yeah… ¿por cuál vamos?). Luego regresé a Italia y esa dinámica continuó. Pocos días después me escribió y en mitad de otras cosas dejó caer esta frase “ah, por cierto, me he vuelto a acostar con mi ex novio y estoy muy contenta”.

Supongo que si me hubiese caido un coche en la cabeza no me habría quedado tan congelado.

Le mandé un e-mail agresivo y duro, hablando de decepciones y de autolesionarse, hablé con mis mejores amigos de ello, rasgándome las vestiduras, escribí un post al respecto (no pongo el enlace que me da vergüenza), grité a los cuatro vientos que volvía a los territorios grises.

La pobre me intentó llamar por teléfono y yo no le hice demasiado caso. Al final me mandó un e-mail donde me pedía disculpas (anda que ya me vale…) y donde escribió esta magnífica frase:

Pero no te preocupes, que te juro que no he vuelto a caer con él, no voy a dejar que me haga daño otra vez. Pero es que me encanta el sexo con él, es sólo eso, te lo juro, no pienses otra cosa

Bien. Tardé unos segundos en reaccionar. Luego tardé varios minutos en poder parar de reírme.

Esa mocosa acababa de dejarme K.O. de un sólo golpe y la mar de tranquila. Y, coño, tenía razón. Desde luego ella no tenía la culpa de las películas que yo pudiese montarme a raíz de un día de ensueño y aunque en aquella montaña me subí yo sólo ya se encargó ella de hacerme bajar a patadas. Fue genial. Toda mi concepción del amor, mi manera de afrontar las relaciones, toda mi vida en general cambió, a mejor, desde ese momento. Creo que nunca le he dado las gracias por darme el tirón final para salir de aquella terrible crisis. Todavía nos escribimos de vez en cuando, pero creo que voy a llamarla para agradecérselo. Aunque probablemente no tenga ni idea de lo que le hablo.

¡Disciplina!

Martes, 23 de Enero de 2007

… y su hermana melliza, la fuerza de voluntad, no lo olvidemos. Para todo hace falta disciplina. Leñe, para todo, no sólo para lo que no nos gusta hacer, también para aquello que nos apasiona.

Cuando estuve escribiendo mi trabajo de investigación para el DEA, durante dos años, lo único que leí fueron cosas relativas a mi tesina. La mayor parte de las veces leía fotocopias y el 100% de las veces leía con un lapiz en la mano o tomando apuntes en folios aparte. Cuando terminé todo aquello pensé “por fin puedo leer lo que me apetezca”. Entre que pensé eso y el momento en el que cogí un libro por placer pasó mucho tiempo. Y de hecho no lo cogí por placer, me obligué a cogerlo. Había perdido la disciplina de leer, y eso que me gusta mucho, pero lo había perdido. Y pensé que no la recuperaría hasta que en Italia empecé a coger trenes, buenos compañeros de los libros, y todo volvió a ser como era, cuando un libro me duraba en la mano un solo día.

¿El cine? Lo mismo. Quedar con gente y ser sociable, montar en bicicleta, viajar, joder, hasta hacer el amor, si me apuras.

Cuando la disciplina te la impones con las obligaciones el tiempo pasa mucho más rápido y liso, sin empedrado. Cuando te obligas a hacer lo que te gusta pronto vuelves a sentir ese cosquilleo que te dice que podrías seguir haciéndolo siempre.

Hace un año escribía en tres blogs todos los días, decenas de mails al día, cuentos, traducciones, teatro y mis guiones. Parecía vivir con cuatro manos. En estas navidades paré en seco, después de mucho tiempo. Y se resienten mis amigos que no reciben noticias mías, mis blogs que me miran con ojos de cachorro abandonado y, sobre todo, mis viejas ganas de dedicarme a escribir todo el tiempo.

Así que toca obligarse. ¡Disciplina, coño!