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¡Disciplina!

Martes, 23 de Enero de 2007

… y su hermana melliza, la fuerza de voluntad, no lo olvidemos. Para todo hace falta disciplina. Leñe, para todo, no sólo para lo que no nos gusta hacer, también para aquello que nos apasiona.

Cuando estuve escribiendo mi trabajo de investigación para el DEA, durante dos años, lo único que leí fueron cosas relativas a mi tesina. La mayor parte de las veces leía fotocopias y el 100% de las veces leía con un lapiz en la mano o tomando apuntes en folios aparte. Cuando terminé todo aquello pensé “por fin puedo leer lo que me apetezca”. Entre que pensé eso y el momento en el que cogí un libro por placer pasó mucho tiempo. Y de hecho no lo cogí por placer, me obligué a cogerlo. Había perdido la disciplina de leer, y eso que me gusta mucho, pero lo había perdido. Y pensé que no la recuperaría hasta que en Italia empecé a coger trenes, buenos compañeros de los libros, y todo volvió a ser como era, cuando un libro me duraba en la mano un solo día.

¿El cine? Lo mismo. Quedar con gente y ser sociable, montar en bicicleta, viajar, joder, hasta hacer el amor, si me apuras.

Cuando la disciplina te la impones con las obligaciones el tiempo pasa mucho más rápido y liso, sin empedrado. Cuando te obligas a hacer lo que te gusta pronto vuelves a sentir ese cosquilleo que te dice que podrías seguir haciéndolo siempre.

Hace un año escribía en tres blogs todos los días, decenas de mails al día, cuentos, traducciones, teatro y mis guiones. Parecía vivir con cuatro manos. En estas navidades paré en seco, después de mucho tiempo. Y se resienten mis amigos que no reciben noticias mías, mis blogs que me miran con ojos de cachorro abandonado y, sobre todo, mis viejas ganas de dedicarme a escribir todo el tiempo.

Así que toca obligarse. ¡Disciplina, coño!

Si me permitís, yo os lo explico

Miércoles, 17 de Enero de 2007

Hay un verbo precioso en italiano: incupirsi (creo que se escribe así) que viene a significar algo así como “meterse hacia dentro”.

Desde que regresé a Bologna me he metido hacia dentro, como los caracoles asustados, porque miedo es lo que me ha dado al llegar de nuevo a estas cuatro paredes desconchadas que conforman mi agujero personal. Durante cuatro días no he salido de casa, me he concentrado en el ordenador pero manteniendo mi ausencia también en el cibermundo. Tengo la desagradable sensación de estar jugando los minutos de la basura de este periodo de mi vida, deseando simplemente que pasen porque ya no tienen mucho más que ofrecer. Desde luego el frío glaciar de esta ciudad y la niebla que nos está invadiendo no ayuda demasiado.

En esas estaba, lloriqueando, cuando me llegó una noticia terrible que, si me permitís, no os voy a contar. Pero sí os digo que era tan horrible que la concha del caracol se me quedó pequeña para lo adentro que me hubiese querido meter.

Después de eso lo único lo suficientemente decente que se puede hacer es pedir perdón por ser un pusilánime y salir ahí fuera. Para los Harlem Globetrotters nunca hay minutos de la basura. Así que me los quedo como ejemplo.

Las consecuencias del amor

Viernes, 8 de Diciembre de 2006

La noche de ayer fue bastante extraña. Por circunstancias poco claras nos quedamos en casa mi ex compañero de piso, su perro y yo. Al final organizamos una sesión de cine italiano en el salón con mi pc sirviendo de cine improvisado. La película elegida: Le conseguenze dell’amore, de Paolo Sorrentino. El protagonista vive en una habitación de hotel en algún lugar del cantón Ticino de Suiza desde hace ocho años. Cada tres días ingresa una maleta por valor de nueve millones de dólares en un banco exclusivo. Cada miércoles por la mañana se inyecta una dosis de heroína desde hace veinticuatro años, nunca hace excepciones. Una vez al año se renueva la sangre en un caro hospital helvético. Aparentemente las conexiones neuronales que provocan sentimiento o emociones han sido eliminadas de su cerebro. O al menos esa es la impresión que da.

La película no habla de amor, a pesar de su título. A lo máximo que llega al respecto es a hablar de reconocimiento y de nostalgia del afecto perdido. No hay amor ante alguien a quien no puedes dejar de tratar de usted.

Durante la película el teléfono de mi ex compañero sonó unas ocho veces. Ese día había roto de la peor manera posible su relación con una chica. Ocho llamadas que transformaron su cara ocho veces, mientras yo podía oír con claridad algo que roía sus entrañas, sentado a mi lado en el sofá, en silencio. No somos amigos, aunque le tengo afecto. Pero no se sentía capaz de hablar conmigo como con un amigo, ni yo de escucharlo y compartir aquello con él como se hubiese merecido. Así que nos limitamos a intercalar algún cigarrillo en silencio mientras la película transcurría.

Las rupturas en la realidad no son como en las teleseries, donde en el capítulo siguiente alguien dice “¿Cómo estás Mike?” y Mike, con cara algo afectada, responde “Supongo que bien, es mejor así”. No. Las rupturas son corrosivas y apestan a carne y vísceras quemadas, emiten un tono agudo, como el de un enjambre de moscas en el oído. No existen las rupturas civilizadas, como mucho existen los diálogos civilizados entre dos que no se quieren, o entre uno que no quiere y otro que se aguanta. En el infierno de la ruptura hace mucho frío, para el que deja de amar y para el que recibe la falta de amor, para ambos. Yo he estado en ambas partes y no sé con qué me quedo. Sufrí más dejando de amar, o más intensamente. Sufrí más tiempo cuando dejaron de amarme. En el primer caso los huesos se recompusieron después de un tiempo. En el segundo todavía siento la herida cuando cambia el tiempo.

Anoche, mientras veía la película, pensé en el adverbio del que nunca se habla en el cine o en los libros: después. Las consecuencias del amor vienen después del mismo y por mucho que mi compañero callase aún resuenan sus gritos en mis oídos.

Del cinismo como escudo

Lunes, 27 de Noviembre de 2006

No me acuerdo en qué punto de la red he encontrado la siguiente definición de cínico:

Ser miserable cuya defectuosa vista le hace ver las cosas como son y no como deberían ser.

Me gusta mucho más que la definición de la RAE (que cada vez me gusta menos como define) que básicamente se limita a identificar el cinismo con la desvergüenza. Como siempre, el uso de una palabra aventaja con mucho al uso que le otorgan los académicos.

Estaba pensando esta tarde, probablemente fruto del cansancio acumulado de estas diez últimas noches, en mis fantasmas del pasado. En algún momento de finales de 2005 aprendí a ahuyentarlos o a ignorarlos y desde entonces han dejado de molestarme. Pero esta tarde he sido yo quien ha echado un vistazo en las cavernas de mi memoria para ver por donde andan. Es algo que no se debe hacer jamás. Si llamas a los fantasmas corres el peligro de que aparezcan.

Pronto he reconocido el nudo familiar en mi estómago, como en los viejos tiempos, y mis mecanismos de defensa han saltado como resortes y han empezado a ironizar en voz alta sobre cualquier cosa. Desde hace muchos meses miro la vida con cierto desapego y bastante menos pasión de la que presumía hace no tanto. Intento explicar mi falta de pasión con alusiones a la tranquilidad, a la muralla que he costruido mucho más arriba del fondo más profundo, donde además he tirado unos cuantos cojines, así que cuando caigo, caigo sobre blandito. La respuesta de la mayoría es “pues no es poco”.

¿Entonces por qué a veces me da tanta pena?

Pequeños problemas sin importancia

Martes, 21 de Noviembre de 2006

Recuerdo una tira de Mafalda que me gustaba mucho, leída en esos libritos manoseados que tenía mi tía Esperanza en la habitación más maravillosamente llena de libros que yo recuerde. Hablo de memoria, pero en aquella tira Mafalda paseaba por la ciudad y se cruzaba con diversos personajes. De los primeros no me acuerdo, tal vez dos personas hablando de un problema económico grave, quizás alguien que estaba angustiado por el trabajo… no recuerdo. Sé que en la tercera viñeta salía Miguelito mirando hacia el cielo y diciendo “me pregunto si los ángeles podrán volar hacia atrás”. La conclusión de Mafalda era que todo el mundo vive intensamente su gran o pequeño dilema.

En estos días giro en torno a mi catarro y el consecuente mal humor que conlleva. Me lamento por mis discusiones absurdas y sin sentido o por lo desagradable que puede llegar a ser algún cliente, me quejo, en fin, de mi propia serie de noches de trabajo consecutivas.

Mientras tanto, en alguna otra parte, una chica de ojos oscuros se queda sin dormir angustiada por sus problemas en el trabajo y se le alimenta una úlcera por ello, por ello y por la incomprensión del mundo que la rodea.

Otras dos personas luchan por reinventarse una vida más bien lejana de aquella que habían imaginado, mal que bien, como pueden, sonriendo a veces, con libros, con cervezas, con lo que sea.

Hay otra persona que mira y remira su cuenta corriente preguntándose cómo narices va a pagar todos los recibos que se le acumulan en la cómoda de la entrada, pero quieras que no es una persona de naturaleza optimista y se ríe pensando en lo poco que le queda de salir a divertirse.

Hay una chica que lleva más de un año entrenándose para la soledad e intentando no volverse una cínica, rellenando horas de tiempo con minutos de dicha veloz, la que le provocan las pequeñas actividades que configuran su jornada. Fuma un cigarrillo y ve una película en su casa mientras piensa que, después de todo, no se está tan mal.

En Portugal un chico espera ansioso el reencuentro con el amor de su vida después de demasiado tiempo de no verla, entre la ilusión de recuperar lo que tuvo y el terror de no saber sentir lo que sintió. Tiene miedo de no reconocerla pero sobre todo tiene miedo de no reconocerse a sí mismo en los ojos de ella.

Hay una chica risueña a la que se le heló la sonrisa durante dos días en los que la vida dejó de tener sentido y la muerte empezó a amenazar brutalmente con nublar su mundo para siempre. La muerte se marchó después de su bravuconada y ella sonríe enorme de nuevo, pero con una piel de gallina bajo la ropa que tardará aún un tiempo en marcharse.

En algún lugar, al mismo tiempo que sucede todo lo anterior, probablemente Miguelito se sigue preguntando si los ángeles podrán volar hacia atrás… probablemente para él, nada tiene más importancia que eso.

A culo col mondo

Viernes, 15 de Septiembre de 2006

Es una expresión que me enseñó ayer mi amigo carabinieri, Alessandro. Se ha comprado una casa en las colinas de Bologna y me invitó a hacer una barbacoa y comerno dos bistecones a la fiorentina de tamaño XXL. Inolvidables, por cierto.

La expresión quiere decir algo así como “en paz con el mundo”, se dice cuando alguien parece fluir por la vida de manera completamente natural, con todo en su sitio, en equilibro absoluto con todas las cosas.

Él la usó para referirse a Marco, un herrero que trabaja y vive en Brento, la pequeña población en la que ha comprado la casa. Marco sostiene (completamente borracho, que es su estado natural) que es feliz desde hace dieciséis años. El momento en el que dejó la fábrica en la que trabajaba y se mudó con su madre a la casa donde vive ahora. En aquella época en Brento por no haber no había ni carreteras asfaltadas y, en vista de que en aquel momento estaba sin ocupación, se dedicó a hacer muchos de los trabajillos que hacían falta para poner a punto la vivienda: verjas, fontanería, carpintería… un tipo hábil, este Marco. Hay gente así (yo tengo dos manos izquierdas… y soy diestro).

Poco a poco llegaron los vecinos de las casas nuevas y, ya se sabe, cuando hay tan poquitos pues todos se conocen. Empezaron a pedirle a Marco pequeños trabajos en las casas, y él lo hacía encantado y ganaba bastante dinerillo con ello. Hasta que un día hizo uno de esos trabajos para un arquitecto que se había mudado allí. Le hizo una verja de hierro estupenda para la puerta trasera de la casa, con ornamentos preciosos. El arquitecto quedó impresionado con ese trabajo y le ofreció a Marco trabajar para su estudio: se trataría de hacer las verjas de los edificios que construyesen él y su socio. “¿Por qué no?”, dijo Marco.

Desde entonces trabaja sólo para ellos. Se levanta sobre las nueve y empieza a trabajar a las 10. A las 12.30 sale para comer y duerme hasta las 15. Deja de trabajar a las 17.

No todos los días. Algunos se siente cansado y prefiere bajar al club social de Brento y no trabajar. Que tampoco es cosa de estresarse.

Sigue haciendo trabajillos para los vecinos, pero cobrando muy poco, porque le gusta echar una mano. Me contó que gana unos 3.000 € por cada verja que hace. Los arquitectos tienen trabajo siempre para él, pero él sólo acepta hacer dos al mes. Con lo que gana vive mucho mejor que muy bien. Tiene gustos sencillos, de vez en cuando se pega un viaje y sobre todo bebe cerveza. Es absolutamente feliz. A culo col mondo.

Siempre me han despertado la más verde de las envidias esta gente que encuentra una paz y un equilibrio con este tipo de cosas. Siempre me he preguntado si llegar a ese punto no sería un movimiento más inteligente que todo lo que he hecho hasta ahora. Entrar de aprendiz con él, convertirme en herrero, simplificar la vida y disfrutarla con bien poco… creo que sería completamente incapaz… y eso me da aún más envidia…

Una miserable parcela de poder

Viernes, 28 de Julio de 2006

Me estaba preguntando yo sólo el porqué de mi reacción violenta y furiosa con este asunto de la Wikipedia. Ya el título de mi anterior post, las actualizaciones, todo, indica un enfado mayúsculo ante una situación que, al menos en teoría, no me toca demasiado. Es decir, no conozco a Cisne Negro (bueno, ahora un poquito más) y no estoy implicado en la tira cómica de Lovie (más allá de como mero lector), por lo tanto una reacción lógica hubiese sido reseñar este caso y mostrar mi disconformidad con la gestión de la Wikipedia.

Pero no. Me enfurecí, mucho además. Se ha convertido en una cuestión personal y quisiera comprender por qué.

Hace unos días mi jefe, un tipo corto de miras y bastante maleducado, me ordenó que cambiara de sitio en el trabajo. Empecé a explicarle por qué me parecía mejor quedarme donde estaba y me cortó de raíz diciendo “aquí se hace lo que digo yo”, para a continuación marcharse dejándome con la palabra en la boca. Salí detrás de él como una hiena y le acusé de maleducado, de faltarme al respeto, de incapacidad de hablar con nadie a la cara, de autoritario, de que se le había subido el poder a la cabeza. En fin, se limitó a repetir que “aquí mando yo y punto”. Me consuela saber que se pasó dos días rabiando por esa discusión.

Pero parémonos en la parte de “subir el poder a la cabeza” (que bien me vendría una de las citas filosóficas de las que cuelga Khalo normalmente). Esto es el Palazzo Paleotti. Una sala de estudio y ordenadores de la universidad. La parcela de poder de mi jefe es… ínfima. Miserable. Insignificante. Pero en cambio él se siente inflado con ese poco poder, y lo ejerce desde el abuso. Yo me revelo, me cabreo, dimito (de hecho mañana es mi último día). Pero da igual, se siente con autoridad de gritar, amedrentar, repetir una y otra vez consignas como “aquí mando yo” o “soy responsable externo de las salas de estudio de Bologna. Cuando alguien no le acepta los gritos, enloquece. El es el que manda. Punto.

Hay parcelas de poder aún más pequeñas. El conductor de autobús que te cierra la puerta en la cara porque puede hacerlo. El manda en su autobús y decide que tú te quedas fuera, aunque te haya visto correr hacia la parada, no importa. Manda él, y abusa de ello. La persona de secretaría de la universidad que te hace la vida imposible con la matrícula porque no tiene ganas de trabajar. Cuando emites un quejido se enfada y decide que tú no te matriculas. Porque aquí manda ella. Es su parcela de poder y la exprime, la ejerce de la forma más abusiva posible. Sali con una chica que se enfadaba conmigo cuando yo era simpático o agradable con los camareros, cuando ayudaba a recoger o levantaba las cosas para que limpiasen más fácilmente la mesa. Ella decía “trabajan para ti, eres su jefe, mandas tú”.

Me doy cuenta de que he reaccionado como un perro rabioso ante lo que me parecía un abuso de una miserable parcela de poder, la de la Wikipedia. La soberbia, la chulería, la condescendencia, el no escuchar, el no discutir, el no dialogar, el cerrarse en la cabezonería y usar como arma él “aquí mando yo así que te callas”. Me ha sonado a nuevo rico en versión Internet, al que se pasa la vida siendo un Don Nadie y de repente se encuentra con poder en las manos, aunque sea ridículo, como un autobús, una comunidad de vecinos, una sala de ordenadores o un Wiki. Y entonces pienso en cómo personas que son sencillas, normales, con sus virtudes y sus defectos, al tener ese poco poder en las manos se transforman en dictadores, tiranos, seres despreciables que tratan de estar por encima, de pisotear a quien sea… simplemente “porque pueden”. Y en ese caso, ¿qué le sucede al que coge un poder de verdad, algo grande? Siempre se ha dicho que el poder corrompe, y empiezo a temer que suceda así en nueve de cada diez casos.

Me da por reflexionar sobre qué me ocurriría a mí si tuviera poder en mis manos, aunque fuera uno pequeño, cómo me comportaría, si mandaría al carajo mi ética y lo ejercería despóticamente como tantos otros. Pienso en cuando he sido profesor y he tenido un aula a cargo, si me he comportado así, si alguna vez he dicho “aquí mando yo y tú haces lo que yo te digo”.

A veces me da miedo rendirme, en ambos sentidos. En el que deja de pelear contra todo esto y en el que deja de pelear contra sí mismo para no caer en ello.

El tour y yo

Viernes, 21 de Julio de 2006

Por obra y gracia de mi señor hermano, hoy ando por aquí.

(Por cierto, el ropavejero se ha pasado por el callejón de la gata vagabunda y le ha dado por hablar de Auster…)

Narciso no habla de amor

Viernes, 7 de Julio de 2006

Vi hace unos días en el blog de Khalo un texto más que interesante del libro La era del vacío de Gilles Lipovetski. Entre otras cosas habla del drama que vive el Narciso contemporáneo:

Seguramente Chr.Lasch tiene razón al señalar el reflujo de la moda “sentimental”, destronada por el sexo, el placer, la autonomía, la violencia espectacular. El sentimentalismo ha sufrido el mismo destino que la muerte; resulta incómodo exhibir las pasiones, declarar ardientemente el amor, llorar, manifestar con demasiado énfasis los impulsos emocionales. Como en el caso de la muerte, el sentimentalismo resulta incómodo; se trata de permanecer digno en materia de afecto, es decir discreto. El “sentimiento prohibido”, lejos de designar un proceso anónimo de deshumanización, es un efecto del proceso de personalización que apunta a la erradicación de los signos rituales y ostentosos del sentimiento.

Eso me lleva a reflexionar sobre la enorme paradoja que supone el hecho de que la pornografía ha dejado de ser tabú y la verdadera pornografía contemporánea es el propio amor, de manera que el gesto de avergonzarse está íntimamente ligado a la expresión de sentimientos históricamente considerados “puros”. Es decir, que la escandalización ajena o el miedo al ridículo lo provoca la propia expresión del amor, y no otra cosa.

Profundizando en ello, C. me escribe en un correo electrónico:

Yo creo que relaciones vacías y expresiones de narcisismo como las que
refiere Lipovetski siempre ha habido. Lo que me resulta curioso es que siga habiéndolas, al menos en igual número, justo ahora, cuando el desarrollo de las comunicaciones lo han acortado todo en todos los sentidos.

(…)

Veámoslo al contrario: el desarrollo de las comunicaciones ha aumentado -o mantenido- el individualismo por el exceso de posibilidades que ofrece; por la eliminación de la espera; por alimentar la impaciencia; por impedir el silencio.

Una persona ya no tiene el mismo valor que tenía antes: si no me gusta, puedo conocer rápido a otra. Puedo tirarme a las tías que quiera, porque en ciertos canales del chat encuentro las que me apetezcan. Es genial tirarte a un montón de tías, perocreo que se pierden las dimensiones de lo real cuando cada una de ellas deja de ser una persona para convertirse, simplemente, en una posibilidad.

Los sentimientos están decididamente prohibidos socialmente. La dispersión provoca eso… mmmm …

¿Cuándo fue la útima vez que hablasteis abiertamente de amor, de amor sentido por vosotros?

Tierra de espíritus y fantasmas

Martes, 27 de Junio de 2006

¿No os ha pasado alguna vez que habéis entrado en vuestra habitación y habéis sentido que algo está fuera de sitio? Con un primer vistazo todo está en orden, pero mirando con más detalle al final uno se da cuenta de qué es lo que no va bien: la lata con los bolígrafos está girada, la silla demasiado hacia dentro, el armario ligeramente entreabierto, el teclado del ordenador algo movido… después la reacción casi siempre es la misma: 1. “Lo sabía”. 2. “Estoy enfermo”.

Cuando aterricé en Sevilla tuve esa sensación poderosamente: algo estaba fuera de lugar, algo no andaba bien. Pronto lo comprendí.

Era yo el que estaba fuera de sitio. Cogiendo un avión a todo correr después de más de seis meses de ausencia, que nadie me esperara a la salida de la puerta de aterrizaje, que mi padre y yo hiciéramos el viaje hacia la casa de ellos casi en silencio, que mi madre apenas me rozara con los labios antes de meterme a todo correr en el cuarto de mi abuela. Ella, pequeñita, que entreabre los ojos y se echa a llorar, apenas entiendo lo que dice, pero alcanza a besarme.

Después mucha gente, mis tíos, las personas que han cuidado a mi abuela estos meses, me hacen comentarios amables, intentan sonreir. Se sientan en los sillones, en las sillas, en torno a la abuela, en el jardín. Hace calor pero no tanto. Hay mucho silencio, una espera tensa y yo solo alcanzo a hacer café y a esbozar comentarios ingeniosos para que alguien ría aunque sea un poquito. La tele permanece encendida, mundiales, motos, fórmula uno, a los hombres de la familia nos ayuda el encefalograma plano de la programación deportiva del fin de semana. La piscina fuera limpia como nunca, extrañada de que nadie la use.

Luego las comidas, mi padre y mi tío han tomado el poder en la cocina y hacen menú de restaurante a diario. Sentarse a la mesa es un alivio para todos, que se agradecen en silencio la compañía mutua. Ahí ya se saca un poco de tiempo para tomarme el pelo con mi melena recién cortada, para incordiar a mi hermano a ver si se echa novia, para que las hermanas se lancen puyas ingeniosas de las que hacen sonreír con un poquito de vergüenza porque siempre da vergüenza sonreir cuando alguien cerquita se está muriendo.

Cuando bajo a la que ha sido mi casa durante muchos años la encuentro también llena de espíritus y fantasmas que habitan en las paredes y en las persianas, en las camas sin hacer y en el frigorífico vacío. Como ánimas en pena se aparecen por la noche las imágenes de madrugadas llenas de gente, de la música encendida, de celebrar el hecho de estar juntos, de risas, de anécdotas contadas seis mil veces. Ahora todo es oscuridad y quietud, las casas que deshabitas se mueren de tristeza y soledad.

El saludo veloz a un par de amigas, otro par de llamadas de teléfono para que sepan que, aunque fuera por dos días, estuviste cerca de ellos, buenos deseos, buena suerte, no trabajes demasiado, vaya calor, come algo más que estás esquelético, que bien te sienta el corte de pelo. Adios a la abuela y guardarse las lágrimas, que bastantes han derramado ellos ya. Un taxi de madrugada, cerrar la puerta de un tirón y el avión que te lleva a ¿tu casa?

Comprender que has dejado de tener un lugar donde volver, que ahora sólo te quedan lugares donde ir.