¡Teatro!

14 de Abril, 2008

Que guapa estabas ruliña. Pero guapa, guapa, ¿eh?, aunque tu papel iba de eso, claro. Te noté un poco manojito de nervios, pero no en el escenario, no, antes, cuando asomamos la cabeza por el salón de actos y te vimos terminando de prepararte. Nos dijiste hola con la mano y juraría que temblabas como una hoja de navaja afilada. Pero luego en escena no, ricitos, en escena estuviste estupenda. La gata me decía que, pasase lo que pasase, en ningún momento podría dejar de verte a ti sobre el escenario. Yo te confieso que me olvidé de que eras tú la que andabas debajo de la piel de la vecina tontuna y buenorri. Bueno, menos cuando dijiste que no te dejaban comer chocolate. Ahí sí que eras tú, sin dudarlo.

Tenía a tu hombretón a mi izquierda y era divertidísimo como se ponía colorado por solidaridad y empatía contigo. Sabes de lo que hablo, ¿no? Eso de taparse la cara, muerto de risa, pensando “ay ay ay ay ay ay, que está en escena, que hace de tonta, ay que risa, ay que punto, ay que me da, ay que vergüenza, ay ay ay”. Pero se meaba de risa en su asiento, y yo también. Eso a pesar de que el eco de la sala y el gallego de aldea de alguno se me atravesaba a veces, pero me reía igual. Y que frío, tú, vaya frío que se pasaba en ese auditorio de Narón, madre mía, vaya sitio para estrenar.

Lo siento por los sinsabores del año y porque hayas sentido que no te salió todo lo bien que tu creías. Te equivocas, salió mejor que eso y aún más, se me pasó volando la hora y media mientras os movíais sobre el escenario en esa comedia absurda de enredo con tantos y tantos esquemas reconocibles que era casi como que suene una canción que sabes de toda la vida por la radio. ¿Qué haces cuando pasa eso? Cantas, ricitos, cantas, no puedes hacer otra cosa. Así que allí estábamos nosotros, como aquella otra vez estuve yo, sólo que al otro lado, tu novio, tus amigos y un porcentaje inabarcable de señoras de tercera (y cuarta, y quinta) edad. Era hilarante ver como, seguramente poco acostumbradas a ir a ningún teatro, participaban de la obra, os hacían preguntas, os sugerían cosas, ay no abras la puerta, ay como venga el inspector ahora; eso, eso es comunión con el público, si señor. Así que a la porra el frío, el eco y mi no-lengua madre y que se levante el telón y que viva el espectáculo, esa emoción íntima que sólo se siente cuando te subes ahí arriba y empieza todo. Milagro, todo un milagro, año tras año.

¿Sabes que sentí cuando te vi allí sobre el escenario, ruliña? Envidia. Envidia cochina de ti y de los demás actores haciendo algo tan increíble. Habría pagado por estar encima con vosotros, en lugar de abajo, sentado en el patio de butacas.

Bien hecho, rizos. Me siento orgulloso de ti.

Un pequeño privilegio

12 de Abril, 2008

Sé que resulta recurrente en mí hablar de mis años escuchando cantautores en La Carbonería, pero es que anoche volví a acordarme de aquellos días con bastante nostalgia. Concretamente me acordé de un chico, Víctor, que algunas veces acompañaba a Pepe Camacho con la guitarra e incluso cantaba segundas voces. Una vez le puso música a un poema mío (que valor, que huevos) y me sonaba mucho más bonito que cuando lo escribí, sin dudarlo (menos mal que abandoné la poesía, madre mía). Era tan tímido que cantaba siempre en voz muy baja y sin separar los ojos de su guitarra. Probablemente tenía unos 19 años, aunque a mí me pareciese mucho mayor que yo, y lucía una perilla de mosquetero que le daba un aspecto aún más frágil.

El caso es que Víctor muchas veces venía con otro amigo suyo (¿Rafa?), ambos vestidos de negro, nacidos veinte años después de cuando les tocaba, auténticas enciclopedias de la música de cantautor. A veces, cuando los conciertos de los martes se terminaban, nos quedábamos unos cuantos a cantar muy mal a voz en grito canciones en catalán de Raimón y temas viejos de Paco Ibáñez. Una de esas veces Rafa, muy achispado, cogió su cerveza, la elevó al cielo y recitó con voz clara y firme:

Vengan a ver,
el palacio irreal
que inauguramos ayer
con alfombras de barro
y tapices de papel,
a la luz de la una,
a la luz de la luna,
a la luz de las dos,
a la luna de las tres.

VENGAN A VER
LO QUE NO QUIEREN VER

Víctor lo miró sonriendo y dijo: “Grande, grandísimo Luis Pastor”.

Anoche arrastré a la gata al club de Jazz Dado Dadá porque Luis Pastor presentaba su último disco, Nesta esquina do tempo
, una serie de poemas de José Saramago a los que el cantautor extremeño (afromeño dice él) les pone música y voz. Llegamos, nos acomplamos en una mesa un poco escondida, pegada a la pared, y nos dispusimos a esperar que el concierto empezase.

¿Qué éramos, cuarenta, cincuenta personas tal vez? Delante de un grupito mínimo de personas, Luis Pastor subió al escenario acompañado a la guitarra por su Antonio de siempre y se colgó en el rostro una sonrisa inmensa que no abandonó en toda la noche. La sensación de volver a estar en La Carbonería, delante de los de siempre, que él cantaba para nosotros y sólo para nosotros, como cada martes… me sentí un privilegiado por oírle hablar de los emigrantes de la periferia de España que crearon los barrios del extrarradio de Madrid, por recordar a Pablo Guerrero y hacernos cantar Evohé, por recordar a Violeta Parra tocando la percusión contra su propio pecho, por los ruidos de caballos y cascos, por la risa que regaló sin parar. Por ponerme la piel de gallina haciendo sonar el auténtico himno de Extremadura, un canto a su pequeño pueblo natal en el que, dice, con pasar por allí ya es suficiente…

Haz descender una estrella
que bañe mi cuerpo con toda su luz.
Tráeme paisajes de encina en tus ojos
un verde pintado de azul,
limpia de nubes mi cielo,
llena mis horas de miel
tú mi lucero, mi flor de jara, ven.


¿Te acuerdas de la épica?

11 de Abril, 2008

Sí, tronco, del Alavés, ¿no te acuerdas? Te conté la historia a ti, que el fútbol te importa mucho menos que cero y te quedaste alucinado. Claro, el tema de fondo no era el partido sino del momumento a la heróica que se puede llegar a montar desde la nada. La cosa era así, más o menos: El Alavés, un equipo modesto y carne de segunda división resulta que por una serie de carambolas se clasifica para la Copa de la UEFA, esa competición donde la clase media baja futbolística se deja los huesos y la clase alta está condenada a ganarla sí o sí, si no quieren que se lo echen en cara.

Total, que eliminando a rivales tan extraños en la UEFA como el Rayo Vallecano resulta que el Alavés se planta en la final, toma ya, el Alavés, tío, que eran los más modestos posibles. Y delante el Liverpool, ¡el Liverpool!, vaya nombre para una final. Así que ahí se meten los del Alavés en el campo y empiezan perdiendo. Pero empatan. Encajan otros dos y vuelven a empatar. El Liverpool coloca el 4-3 casi al final y en el último suspiro vuelve a empatar el equipo de vitoria. 4-4, tronco, aquello era increíble. Y en la segunda parte de la prórroga, casi casi a punto de llegar a los penaltys, en un corner el pobre Geli en lugar de despejar cabecea hacia atrás y se mete el gol en propia puerta. 5-4, fin del partido, Liverpool campeón, el Alavés llora. Al día siguiente un diario deportivo inglés titula: “Gloria, honor y respeto al Alavés”. Y en el subtítulo: “El Liverpool gana la final de la UEFA”. Para los británicos el nombre que tenía que quedar grabado era el de los vitorianos. Eso es la épica. Ya lo decía mi primo, esa historia es tan épica porque la cuenta el Alavés, que fue el que perdió. Ganando no sería igual.

Es que me acordé anoche de eso viendo al pobre Getafe empatando a tres en el minuto 120 de partido contra el Bayern de Munich, ¡El Bayern de Munich, tío! ¿Habrá algo con un nombre más imponente que eso? Con apodos como “el Kaiser” o nombres como “Kahn”. Impresiona.

Y anoche, cuando acabó el partido me acordé de ti y pensé en el Alavés y me acordé de como intenté contarle a una chica en Italia lo que significó aquella final de la UEFA. Ella no hacía caso, no me escuchaba, repetía como un mantra: “No me gusta el fútbol, no me interesa el fútbol, no me gusta el fútbol”. Yo intentaba hacerle ver que NO estaba hablando de fútbol pero ella seguía sin hacerme caso. Y allí estaba yo, en Bologna, desconcertado por no lograr hacerle entender lo que para ti fue tan fácil de ver. Necesidad de contar, dicen.

Así que entre el agujero que se me creaba dentro y la necesidad de contar, lo que fuera, cuando fuera, contar y contar otra vez, un 11 de abril de 2005 decidí abrir una bitácora y llamarla Reducir al mínimo. Hace hoy tres años exactos de eso.

Y viva el Alavés. Siempre.

Rescatunating post

2 de Abril, 2008

Este blog no caduca pero a veces me parece que si no dejo un post entre tanto desierto igual me lo cierran. En fin, que no voy a dejarlo pero es cierto que ando muy atareado y no veo el momento (ni el motivo claro) para poner algo aquí.

En realidad esto es un pequeño conjuro. Siempre que digo en público que no tengo nada que contar al día siguiente publico treinta entradas :P

Eso. Que sigo vivo.

De esta me despiden

19 de Marzo, 2008

Me temo que he dejado una gran gamberrada este mes en el Teatro Abandonado. Fue bonito mientras duró…


Endogamia de Pascua

Albóndigas con patitas

6 de Marzo, 2008

Dotado de una lógica aplastante, el niño Juan Cosaco preguntó en cierta ocasión a su madre que cómo eran las albóndigas cuando estaban vivas. Llevaba más razón que un santo, claro, ya que en su imaginario los pollos o los conejos o el pescado tenían un correspondiente “vivo” bastante claro. Pero, ¿albóndigas?

A partir de ese post se me ocurre intentar acotar un poco el extraño niño que fui yo también (como todos, vaya).

Con dos años me comía la arena de la playa. A puñados. Con ambas manos. A veces aparecía alguien que le decía a mi madre “Señora, su hijo se está comiendo la arena“, a lo que mi progenitora contestaba “ya lo sé, es que le gusta“.

Con cinco años mis padres me llevaron a una capea taurina en un cortijo sevillano, organizada por el antiguo jefe de mi madre. Supongo que podéis imaginar el tipo de persona que había por allí, así como su clase social y su orientación ideológica. En un momento dado mi madre me perdió de vista y se puso a buscarme por aquella finca. Finalmente dio con una sala grande adornada con cabezas de toros y otros animales donde muchas personas hacían corrillo alrededor de algo. Ese algo era yo subido a una silla. Dicen que estaba soltando un discurso del tipo “porque vosotros los ricos oprimís a los pobres y a los obreros, si les pagarais justamente la riqueza estaría mejor repartida y...”. Mi madre, avergonzada, me cogió en brazos para sacarme de allí. Uno de los señoritos que me había estado mirando le preguntó: “Señora, ¿este niño que lo ha tenido con Felipe González o qué?”

Con nueve años me gustó mi primera niña en serio. Se llamaba Dunia y era de Morón. Me trataba fatal. Su hermana mayor, Rebeca, era muchísimo más cariñosa conmigo, pero la que me gustaba era la otra, a lo mejor por ese nombre tan molón. Estas navidades, haciendo espeleología en internet con mi primo, el Dr. Breavman, aparecieron los nombres de Dunia y Rebeca. De la primera no sabemos nada. La segunda anda por Alemania en un macroencuentro de DJ: ahora se llama DJ Recca.

Más o menos con esa edad y bastantes años después, Breavman y yo jugábamos a “hablar”. Esto es, nos metíamos en el mar en la playa de Isla Cristina e improvisábamos una ficción, un auténtico culebrón, a veces con superhéroes y otras con un campamento de verano. Nuestros padres nos miraban alucinados preguntándose de qué narices estaríamos hablando.

Mi diversión del sábado por la noche con 12 y 13 años era ir al videoclub Papillón. Nada más llegar escogía una película (clasicos como No matarás… al vecino o Superdetective en Hollywood II) y luego me pasaba hasta las diez de la noche, hora de cierre, hablando con Kiki, la chica que atendía los sábados. Creo que estaba loco por ella pero era una chica tan “mayor” que ni siquiera me daba cuenta de ello.

Siempre había sido un niño gordito. Con 13 años adelgacé de golpe. Me di cuenta cuando en uno de los campamentos hice algún comentario sobre mi peso y una chica me dijo “¿Tú? ¡Pero si eres un palillo!“. Y sí que lo era.

Con quince años me atreví a hacer esquí acuático en una ciudad al sur de Inglaterra. El instructor nos aconsejó que si sentíamos que nos caíamos soltásemos el mango enganchado a la lancha motora para evitar rebotar y hacernos daño. Después de muchos intentos logré ponerme en pie sobre los esquíes. Cuando la lancha giró a la derecha solté el mango de golpe. No me caía en absoluto pero yo lo salté. Estuve volando unos cuantos segundos.

Con dieciséis años decidí dejar de afeitarme y de cortarme el pelo. Volví a rasurarme la barba más de dos años después. No me reconocí el rostro en absoluto y fue todo un shock verme tan mayor de golpe. Desde entonces he llevado perilla, rasurado mosquetero, barba mega arreglada, patillas, lenteja bajo el labio y, últimamente, afeitado Ahmadineyad.

El día que cumplí treinta años escribí un post en este blog con el nombre “Albóndigas con patitas”.

Cómo desarmar a alguien

25 de Febrero, 2008
Yhebra: Vaya pesadilla más rara que he tenido. He soñado que me perseguían los Reyes Católicos.
Enrique: ¿Y cómo sabes que eran los reyes católicos? ¿Cómo sabes que no era Carlos V, por ejemplo?

Conversación entre los interfectos hace ya unos cuantos añitos. La he recordado hoy.

Doctorado: el musical

19 de Febrero, 2008

Ladys and gentelmen! En exclusiva y por primera vez en el mundo se recupera un fragmento de Doctorado: el musical.

Pasen y vean, que el Teatro abandonado se viste este mes de lentejuelas:

One more time, please. With feeling.

Renacer

14 de Febrero, 2008

Dice C. en un correo escrito a las cinco de la mañana:

Las hombres primitivos, leo en un libro sobre mitología, entendían la muerte como un renacimiento. Lo veían a su alrededor: era necesario que las plantas murieran y diesen su semilla para que creciesen de nuevo. Muerte y resurrección. Le estoy dando vueltas constantemente a esta idea, a lo necesario que es morir y renacer para acabar con el cansancio. Tú moriste en Italia. Regresaste. Todo el mundo te vio más joven. Es curioso: tras la noche, uno se corta el pelo, aligera sus ropas y cualquier trabajo le viene bien.

Y más adelante:

Pero ahora, en este primer punto de giro, tengo la sensación de que vamos a tener que avivarnos la llamita unos a otros constantemente; animarnos a morir y a renacer de otra forma.

Mi renacimiento está demasiado cerca en el tiempo y no tengo cansancio alguno que querer barrer. Tengo un amigo que está en ese punto en el que por sus hombros ya no se aparecen un angelito y un diablito dando opciones contrapuestas sino que se materializan sobre él dos del servicio de atención al cliente, chaqueta, corbata y maletín. Ambos andan bastante de acuerdo e intentan convencerlo con buenas palabras de que la felicidad tiene más vestidos que el de la música, que es el que él, mi amigo, le pone todas las mañanas. Él los escucha y le tienta, ay, le tienta cerrar los ojos y asentir con la cabeza.

Tengo una amiga a la que le han ofrecido la posibilidad de trabajar investigando en lo que siempre ha querido en Verona, a apenas ciento cincuenta kilómetros de Bologna. Lleva diez años viviendo en mi ciudad y ahora mismo se siente como si fuese un árbol pequeño al que estuviesen trasladando de una tierra a otra, con raíces y todo. Desde hace algún tiempo adivinaba cansancio en su cara y en su sonrisa, que ya sólo acompañaba a la de los demás, no las provocaba. Suerte.

Tengo alguien más que un amigo que está tentando a un futuro diferente como hacen los recién casados con la casa de sus sueños: van una y otra vez a mirarla, mueven los muebles, imaginan cocinas, decoran paredes, cambian los suelos, crecen los huertos… y se vuelven a marchar a deliberar a casa para que, cuando parece totalmente decididos, uno de los dos diga “¿Y si volvemos a verla otra vez?”. Esta última visita parece que ha sido la definitiva. Suerte también.

Mucha suerte.

Los damnificados de la rutina

11 de Febrero, 2008

Me llamó por teléfono C. la otra noche desde mi casa en Sevilla, donde compartía cena, pelis y risas con Yhebra, Idgie y el_hilo_de_Ariadna. El objeto de la llamada, en teoría, era preguntarme por algún problema técnico para conectar el ordenador al televisor, pero la razón última era simplemente hacerme saber que estaban juntos y que les habría gustado tenernos por allí. Les escuché encantado, bromeamos, hablamos de nada y además de manera desordenada y luego colgaron para seguir con su fiesta del domingo noche. Eché de menos muchas cosas pero tal vez la ausencia que más noté fue la menos esperada: no sentí envidia.

Evidentemente no me refiero a envidia malsana sino a una cierta sensación de fastidio sonriente, de melancolía nostálgica entre enfurruñada y alegre por no estar allí poniendo mi granito de arena en el ruido que se genera en mi salón, el salón con el techo más bajo del mundo. Ese detalle nos pone a todos más cerca, no es ninguna tontería.

La razón no es otra que ese extraño sentimiento de culpa que me invade (y me consta que no sólo a mí) cada vez que desequilibro esta rutina extraña que sigo desde hace ya más de un año. No sé si lo he comentado antes pero probablemente el período más liberador de mi vida haya sido ese año que pasé trabajando en el Palazzo Paleotti en Bologna como asistente informático. Trabajaba como una mula, seis días en semana, con unos turnos impresentables y un sueldo indigno. Pero el sábado, el sabado a las once de la noche cuando llegaba a casa de esa maldita sala de estudio, yo calentaba la comida que hubiese dejado hecha Massi a mediodía, cenaba con calma con la radio puesta y luego encendía un cigarrillo y me ponía una serie, o cargaba la Play. Y que le den por culo al mundo, me lo había merecido. Agotado, derrumbado y con el cerebro vacío, desprovisto de nada parecido al sentimiento de culpa, había trabajado mucho y muy duro y ahora me había ganado mi vagancia. Y mis trasnoches. Y mis viajes. Y todo lo demás. Me lo tenía bien merecido.

Eso se terminó. Me convertí en mi propio jefe y empecé a pagarme mucho menos de lo que cobraba antes y a tener un horario mucho más tiránico. Y encima me sentía completamente implicado en la “empresa”, tanto, tantísimo que no importaba lo que estuviera haciendo. Mi pensamiento, a veces de manera estridente, a veces como un murmullo, siempre acababa llegando al mismo punto: debería estar trabajando. Siempre. A todas horas. Han pasado quince meses y sigue ocurriéndome lo mismo. En lugar de escribir este post debería estar trabajando. En lugar de ver una película debería estar trabajando. En lugar de pasar un fin de semana en Madrid debería estar trabajando. ¿No te has enterado? Deberías-estar-trabajando. So mamón.

Con C. nunca vale un ratito. No me interesan los minutos de la basura con él, ni los intermedios ni los saludos breves. No me gustan, no los disfruto, no los saboreo. Con C. menos de cinco horas me parece tiempo mal empleado. Por eso no sentí envidia. Porque sabía cómo sería una noche así: película, charla, película, charla, cena, película, charla, charla, charla, a la cama, más charla, más, más y más. Levantarse a horas infinitamente tardías, desayunar hasta la hora de la cena, salir a saquear visualmente todas las librerías, charla, charla, charla. ¿Y yo? Disfrutando de esos momentos, de esas horas, exprimiéndolas… ojalá. Porque una parte de mí siempre pensará “deberías estar trabajando”, hay que joderse.

Cuando me da por fantasear, sueño con el momento en el que cerraré alguna de las cosas que tengo abiertas, de las gordas, digo. Que terminaré de hacer esto y aquello, lo que me persigue desde hace meses cuando no son años, que luego alguien lo verá y lo comprará, que funcionará, que irá adelante. Y sueño con el momento en el que termine todo, todo se acabe, ponga punto y final a algo. Entonces, sueño, digo, entonces me iré a hacer el insomne durante los días que haga falta y leeré a las cinco de la tarde y trasnocharé viendo películas en blanco y negro y jugaré cuatro campeonatos seguidos en la videoconsola y así todo será bueno, perfecto, cerrado. Entonces y sólo entonces.

C., junto con las tres personas que lo acompañaban cuando me llamó por teléfono y alguna persona más, son los auténticos damnificados de mi rutina, aquellos que de puro amor y amistad no osan quejarse cuando motivos tendrían de sobra para ello. No hay peor esclavista que el hijo de puta que duerme contigo cada noche.