Cómo desarmar a alguien

25 de Febrero, 2008
Yhebra: Vaya pesadilla más rara que he tenido. He soñado que me perseguían los Reyes Católicos.
Enrique: ¿Y cómo sabes que eran los reyes católicos? ¿Cómo sabes que no era Carlos V, por ejemplo?

Conversación entre los interfectos hace ya unos cuantos añitos. La he recordado hoy.

Doctorado: el musical

19 de Febrero, 2008

Ladys and gentelmen! En exclusiva y por primera vez en el mundo se recupera un fragmento de Doctorado: el musical.

Pasen y vean, que el Teatro abandonado se viste este mes de lentejuelas:

One more time, please. With feeling.

Renacer

14 de Febrero, 2008

Dice C. en un correo escrito a las cinco de la mañana:

Las hombres primitivos, leo en un libro sobre mitología, entendían la muerte como un renacimiento. Lo veían a su alrededor: era necesario que las plantas murieran y diesen su semilla para que creciesen de nuevo. Muerte y resurrección. Le estoy dando vueltas constantemente a esta idea, a lo necesario que es morir y renacer para acabar con el cansancio. Tú moriste en Italia. Regresaste. Todo el mundo te vio más joven. Es curioso: tras la noche, uno se corta el pelo, aligera sus ropas y cualquier trabajo le viene bien.

Y más adelante:

Pero ahora, en este primer punto de giro, tengo la sensación de que vamos a tener que avivarnos la llamita unos a otros constantemente; animarnos a morir y a renacer de otra forma.

Mi renacimiento está demasiado cerca en el tiempo y no tengo cansancio alguno que querer barrer. Tengo un amigo que está en ese punto en el que por sus hombros ya no se aparecen un angelito y un diablito dando opciones contrapuestas sino que se materializan sobre él dos del servicio de atención al cliente, chaqueta, corbata y maletín. Ambos andan bastante de acuerdo e intentan convencerlo con buenas palabras de que la felicidad tiene más vestidos que el de la música, que es el que él, mi amigo, le pone todas las mañanas. Él los escucha y le tienta, ay, le tienta cerrar los ojos y asentir con la cabeza.

Tengo una amiga a la que le han ofrecido la posibilidad de trabajar investigando en lo que siempre ha querido en Verona, a apenas ciento cincuenta kilómetros de Bologna. Lleva diez años viviendo en mi ciudad y ahora mismo se siente como si fuese un árbol pequeño al que estuviesen trasladando de una tierra a otra, con raíces y todo. Desde hace algún tiempo adivinaba cansancio en su cara y en su sonrisa, que ya sólo acompañaba a la de los demás, no las provocaba. Suerte.

Tengo alguien más que un amigo que está tentando a un futuro diferente como hacen los recién casados con la casa de sus sueños: van una y otra vez a mirarla, mueven los muebles, imaginan cocinas, decoran paredes, cambian los suelos, crecen los huertos… y se vuelven a marchar a deliberar a casa para que, cuando parece totalmente decididos, uno de los dos diga “¿Y si volvemos a verla otra vez?”. Esta última visita parece que ha sido la definitiva. Suerte también.

Mucha suerte.

Los damnificados de la rutina

11 de Febrero, 2008

Me llamó por teléfono C. la otra noche desde mi casa en Sevilla, donde compartía cena, pelis y risas con Yhebra, Idgie y el_hilo_de_Ariadna. El objeto de la llamada, en teoría, era preguntarme por algún problema técnico para conectar el ordenador al televisor, pero la razón última era simplemente hacerme saber que estaban juntos y que les habría gustado tenernos por allí. Les escuché encantado, bromeamos, hablamos de nada y además de manera desordenada y luego colgaron para seguir con su fiesta del domingo noche. Eché de menos muchas cosas pero tal vez la ausencia que más noté fue la menos esperada: no sentí envidia.

Evidentemente no me refiero a envidia malsana sino a una cierta sensación de fastidio sonriente, de melancolía nostálgica entre enfurruñada y alegre por no estar allí poniendo mi granito de arena en el ruido que se genera en mi salón, el salón con el techo más bajo del mundo. Ese detalle nos pone a todos más cerca, no es ninguna tontería.

La razón no es otra que ese extraño sentimiento de culpa que me invade (y me consta que no sólo a mí) cada vez que desequilibro esta rutina extraña que sigo desde hace ya más de un año. No sé si lo he comentado antes pero probablemente el período más liberador de mi vida haya sido ese año que pasé trabajando en el Palazzo Paleotti en Bologna como asistente informático. Trabajaba como una mula, seis días en semana, con unos turnos impresentables y un sueldo indigno. Pero el sábado, el sabado a las once de la noche cuando llegaba a casa de esa maldita sala de estudio, yo calentaba la comida que hubiese dejado hecha Massi a mediodía, cenaba con calma con la radio puesta y luego encendía un cigarrillo y me ponía una serie, o cargaba la Play. Y que le den por culo al mundo, me lo había merecido. Agotado, derrumbado y con el cerebro vacío, desprovisto de nada parecido al sentimiento de culpa, había trabajado mucho y muy duro y ahora me había ganado mi vagancia. Y mis trasnoches. Y mis viajes. Y todo lo demás. Me lo tenía bien merecido.

Eso se terminó. Me convertí en mi propio jefe y empecé a pagarme mucho menos de lo que cobraba antes y a tener un horario mucho más tiránico. Y encima me sentía completamente implicado en la “empresa”, tanto, tantísimo que no importaba lo que estuviera haciendo. Mi pensamiento, a veces de manera estridente, a veces como un murmullo, siempre acababa llegando al mismo punto: debería estar trabajando. Siempre. A todas horas. Han pasado quince meses y sigue ocurriéndome lo mismo. En lugar de escribir este post debería estar trabajando. En lugar de ver una película debería estar trabajando. En lugar de pasar un fin de semana en Madrid debería estar trabajando. ¿No te has enterado? Deberías-estar-trabajando. So mamón.

Con C. nunca vale un ratito. No me interesan los minutos de la basura con él, ni los intermedios ni los saludos breves. No me gustan, no los disfruto, no los saboreo. Con C. menos de cinco horas me parece tiempo mal empleado. Por eso no sentí envidia. Porque sabía cómo sería una noche así: película, charla, película, charla, cena, película, charla, charla, charla, a la cama, más charla, más, más y más. Levantarse a horas infinitamente tardías, desayunar hasta la hora de la cena, salir a saquear visualmente todas las librerías, charla, charla, charla. ¿Y yo? Disfrutando de esos momentos, de esas horas, exprimiéndolas… ojalá. Porque una parte de mí siempre pensará “deberías estar trabajando”, hay que joderse.

Cuando me da por fantasear, sueño con el momento en el que cerraré alguna de las cosas que tengo abiertas, de las gordas, digo. Que terminaré de hacer esto y aquello, lo que me persigue desde hace meses cuando no son años, que luego alguien lo verá y lo comprará, que funcionará, que irá adelante. Y sueño con el momento en el que termine todo, todo se acabe, ponga punto y final a algo. Entonces, sueño, digo, entonces me iré a hacer el insomne durante los días que haga falta y leeré a las cinco de la tarde y trasnocharé viendo películas en blanco y negro y jugaré cuatro campeonatos seguidos en la videoconsola y así todo será bueno, perfecto, cerrado. Entonces y sólo entonces.

C., junto con las tres personas que lo acompañaban cuando me llamó por teléfono y alguna persona más, son los auténticos damnificados de mi rutina, aquellos que de puro amor y amistad no osan quejarse cuando motivos tendrían de sobra para ello. No hay peor esclavista que el hijo de puta que duerme contigo cada noche.

Estamos momentáneamente fuera de servicioYa hemos vuelto

9 de Febrero, 2008

Mi gurú y dios informático (oh, gran Coquevas, te adoramos, bendícenos) va a estar purgando este sitio durante el día de mañana, así que si no me ven no se asusten que volvemos enseguida.

Seguiremos informando.

Diversificación

6 de Febrero, 2008

Para combatir la discontinuidad de este blog, nada como la obligación de ser constante en otro.

A partir de ahora todos los miércoles tendréis columna mía en Libro de Notas, hay que jorobarse.

Butaca no numerada.

Tened paciencia, en algún momento sentaré la cabeza…

El año en que odié París

29 de Enero, 2008

Corría el ya famoso 1998 cuando en un arrebato muy pensado (nótese la paradoja) compré junto con mi novia de entonces y otros dos amigos cuatro billetes de Interrail, una zona, y me lancé a conocer mundo, en el que sería el primero de muchos viajes en tren que traería mi vida. Pisamos Holanda y Bélgica y echamos un día en Amsterdam, un par en Brujas, otro en Bruselas y a la vuelta vegetamos sobre la pedregosa y fea Niza. Pero el objetivo real de aquel viaje era conocer París así que, aprovechando la casa de la prima de Diana allí en la zona cinco de la capital francesa, pasamos once días el la ciudad más romántica del mundo con la intención de conocerla a fondo.

Recuerdo a las chicas con la bandera francesa pintadas en los labios, el Sena y los Campos Elíseos vacíos, París casi completamente en silencio. Era el día de la final del mundial de Francia, y Zidane aplastaba al Brasil de Ronaldo sin tapujos.

Casi no recuerdo nada más.

Por circunstancias puramente personales (es decir, por la nociva relación que tuvimos mi ex y yo en aquel viaje), durante mucho tiempo recordé París con odio y asco. Me daban igual torres eiffeles, ríos y puentes mágicos, louvres y rodins, me daban igual Amiens o Chartre, en mi cabeza París era ira en mi interior, desear que terminaran aquellos días, amenazas, dolores de cabeza… en fin, lo contrario a un viaje soñado.

Hoy el Dr. Malcolm ha tenido a bien recoger el guante que le lancé y contarnos lo que estuvo haciendo allá por el año 1998, el año donde, dice, empezó a odiar un poquito Bologna. Gracias a que él escribió una entrada llamada Unibo.it en su blog yo aparecí en su vida (y el en la mía) hace ya casi dos años. Se dice pronto. El tiempo ha pasado y hemos aprendido a no llamarnos de usted, hemos compartido tapas y sol, nos hemos dado cuenta de que nos entendemos francamente bien. Quiero pensar que eso, eso y otras cosas que no sé pero él sí, le ha llevado a perdonar, un poquito, a la maléfica Bologna que tan malos tragos le hizo dar en 1998.

Hay que perdonar a las ciudades, testigos involuntarios de tu propio drama interno pero receptores de iras y odios, de rencores infinitos que son muy difíciles de borrar. Tendré que perdonar a aquella Paris que me parecía vacía y hueca cuando era yo el que no contenía nada dentro, o a esa Venecia que en mis tres visitas, tres, siempre ha sido una especie de infierno dantesco en tierra para mí; o a la Verona que después de sus dos amantes para mí significó un viaje de dos horas simplemente para destruir y romper definitivamente cosas construidas con infinita paciencia. Sí, tendré que ir a Verona a perdonarla, ya que mi Monia se muda para allá y seguro que en pocos meses la llena de sentido para que, como se hace con los amigos con los que no quieres estar enfadado, acabe riéndome y brindando por la composición del cloro mientras nuestras sonrisas delatan que no, que ya no estamos enfadados, que te he perdonado.

Perdonar ciudades, que dura tarea, pero se puede. Como cuando fui a Rímini, la Rímini de Fellini y Amarcord, a pasar el día entre amigos y tebeos y al volver reflexionaba y me admiraba de cómo no quedaban restos de rencor hacia aquella ciudad fea, turística, comercial que me acogió cuando abandoné Sevilla para siempre por primera vez. Porque, no sé si os lo he contado, cuando yo llegué a Italia no aterricé en Bologna sino en la casa de Amelia en Rímini…


Atendemos los días 29 por la mañana

29 de Enero, 2008

Queridos pacientes, el Dr. Breavman abre consulta en libro de notas.

Quiero una segunda opinión.

Explicaciones a la gallega

23 de Enero, 2008

“A ver, es que eso es como si escoges A o B, o, por ejemplo, X”

    La gata intentando explicarme algo, quién sabe qué…

¿Dónde estaba yo en 1998?

20 de Enero, 2008

Andaba replanteándome si era tan buena idea estudiar Periodismo, y eso que ya estaba en tercero de carrera. Fui a ver dos veces Titanic y otras dos Mejor Imposible pero la que más me gustó aquel año fue L.A. Confidential. Odiaba a Bon Jovi y pasé un Interrail a medio camino entre la fascinación y la pesadilla. Aún no conocía a C. ni a Mariajo. A Yhebra sí, pero aún no sabía que la quería tanto. Enrique apareció a finales de ese año con el pelo más corto y muchísimo más canijo, convencido de que Quevedo tenía mucho más que decir de la sociedad actual que cualquier filósofo contemporáneo. Me sentía atrapado sentimentalmente (y luego no fue pa tanto) y fui a ver a Sabina por segunda vez y a Aute por tercera. Conocí (y olvidé) París - además el día de la final del Mundial -, Amsterdam, Niza y Brujas. Juanito se fue de Erasmus a Alemania y me di cuenta de lo mucho que lo echaba de menos: le mandé un pack con recortes, músicas y muchos abrazos; pensar que estuve a punto de perderlo… Belén me regaló Leviatán de Paul Auster, el tío ese que había hecho Smoke y me cambió mi manera de ver el mundo. Por primera vez en la vida superé los sesenta kilos de peso (y no volví a bajar de ahí hasta 2005). Intenté aprender italiano por primera vez pero lo dejé, como tantos otros primeros intentos. Mis padres meditaban en serio comprarse una casa fuera de Sevilla y rechacé una beca Erasmus en Hull (Inglaterra) aún no sé por qué. Porque desde luego me habría ahorrado bastantes años de mala sangre. Una idiotez de Zubizarreta le dio un gol a Nigeria y nos mandó a tomar viento antes de empezar. Me fijé en otra chica, sólo por un momento, pero no se lo conté a nadie. Era infeliz.

Todo lo anterior puede no corresponder al 98. Pero el 98 es un estado de ánimo, y si no que se lo digan a los chicos del Zemos 98, que están de decaniversario. Así que felicidades.

¿Qué escuchabas en el 98 K? ¿Qué pelis veías gata? ¿Estabas ya en Sevilla, Dr. Malcolm? ¿Pensabas ya en cambiar de vida hermano? ¿Dónde estabais en el 98?